DEUDA DE SANGRE (Los Vorónov 1)
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Capítulo 1 — El entierro
Llovía sobre Granada como si el cielo también quisiera cobrarse algo.
Irene Salazar permanecía de pie frente al ataúd de su padre con los zapatos hundiéndose en el barro del cementerio de San José, y pensaba, con una frialdad que la asustaba, que no sentía casi nada.
Lo había llorado meses atrás, cuando el hombre al que conoció se evaporó detrás de las deudas, las llamadas a deshoras y aquella mirada que ya no la veía a ella sino a algo que lo perseguía.
El cuerpo lo habían encontrado en el coche, en el garaje, con el motor encendido.
La autopsia decía infarto. Irene no se lo creía, pero no tenía con quién discutirlo.
A su lado, Mateo temblaba. Diecinueve años y los hombros de un niño que todavía no entiende que el suelo puede abrirse. Le apretó la mano. Fue lo único cálido en toda la mañana.
El cura decía algo sobre el descanso y el perdón.
Apenas quedaban una docena de personas: dos tías lejanas, un par de empleados de la constructora, Lucía bajo un paraguas negro al fondo, fiel como siempre.
Nadie más. Su padre había construido medio barrio de las afueras y se iba acompañado por el eco.
Fue entonces cuando lo vio.
Estaba apartado del grupo, bajo un ciprés, sin paraguas, como si la lluvia fuese un detalle que no le concernía.
Alto, de abrigo largo y oscuro, el pelo rubio ceniza peinado hacia atrás y la mandíbula de alguien a quien le habían enseñado a no mover un músculo de más.
No lloraba. No rezaba. La miraba a ella.
Irene desvió la vista. Cuando volvió a buscarlo, seguía ahí, inmóvil, con los ojos clavados en ella con una atención que no tenía nada de respetuosa y todo de inventario. Como si la estuviera tasando.
—¿Quién es ese? —murmuró Mateo.
—Ni idea.
Mentira a medias. No lo conocía, pero reconocía el tipo. En los últimos meses de vida de su padre habían empezado a aparecer hombres así: trajes caros, voces bajas, coches sin matrícula visible. Hombres que no venían a comprar pisos.
El cura cerró el misal. Bajaron el ataúd. Alguien echó la primera palada de tierra mojada y el sonido —ese golpe sordo y definitivo— fue lo único que logró ponerle un nudo en la garganta.
Cuando levantó la cabeza, el hombre del ciprés ya no estaba.
Lo encontró junto a su coche.
Había mandado a Mateo con Lucía —«llévatelo a casa, ahora voy»— y había cruzado sola el aparcamiento bajo la lluvia, con las llaves en la mano, pensando en la pila de papeles que la esperaba, los bancos, el notario, todo el papeleo mezquino con que la muerte castiga a los vivos.
Y entonces él estaba allí, apoyado en el capó de su utilitario abollado como si fuera suyo, con un paraguas negro ahora abierto sobre la cabeza.
Ni una gota en el abrigo. Alguien se lo sostenía: un segundo hombre, más joven, que se retiró unos pasos en cuanto ella llegó.
—Señorita Salazar. —No era una pregunta. El acento, leve, raspaba las consonantes. Del este—. La acompaño en el sentimiento.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no. —Se apartó del coche con una lentitud estudiada—. Nikolái Vorónov. Su padre y yo teníamos… negocios.
El modo en que dejó caer la pausa antes de «negocios» le heló la sangre más que la lluvia.
—Mi padre construía edificios.
—Su padre movía dinero. —Lo dijo sin crueldad, que fue lo peor. Lo dijo como se informa de la hora—. El mío, concretamente. Durante seis años. Con mucho cuidado, debo reconocerlo. Hasta que dejó de tenerlo.
Irene apretó las llaves hasta que el metal se le clavó en la palma.
—No sé de qué me habla, y acabo de enterrar a mi padre, así que si me disculpa…
—Catorce coma dos.
Se detuvo.
—¿Perdón?
—Millones. —Vorónov ladeó apenas la cabeza, y por primera vez algo cruzó su rostro que no era frialdad: una especie de paciencia terrible, la de quien tiene todo el tiempo del mundo porque siempre cobra—.
Es lo que su padre perdió de lo que no era suyo.
Antes de que el motor de su coche se encendiera solo en un garaje cerrado.
El mundo se estrechó hasta reducirse al sonido de la lluvia sobre el paraguas de él y a la ausencia de paraguas sobre ella. El agua le corría por la nuca, por la espalda. No la sentía.
—Está diciendo que lo mataron.
—Estoy diciendo que debía mucho a mucha gente, y que no toda esa gente es tan razonable como yo. —Dio un paso. Olía a algo caro y seco, a cedro, incongruente bajo aquel aguacero—. Y estoy diciendo, señorita Salazar, que una deuda no se entierra con el deudor. Pasa. Como una casa. Como un apellido.
—Yo no tengo nada que ver con los negocios de mi padre.
—Lo sé. —La miró, y de nuevo esa atención de inventario, pero ahora había algo más abajo, algo que ella no supo nombrar y que le erizó la piel contra su voluntad—. Es lo único interesante de todo este asunto. Que no tiene nada que ver y, sin embargo, lo hereda todo.
Irene dio un paso atrás hasta chocar con su propio coche.
—Me está amenazando.
—No. —Pareció casi ofendido—. Si la estuviera amenazando, ya lo sabría; no estaríamos conversando bajo la lluvia como personas civilizadas.
La estoy informando. Hay una diferencia, y le conviene aprenderla rápido.
—Sacó una tarjeta del bolsillo interior, blanca, sin más que un número impreso, y la deslizó bajo el limpiaparabrisas del coche de ella con dos dedos, sin prisa—.
Tiene un hermano. Mateo. Estudia primero de Ingeniería, vive con usted, y conduce una moto que, francamente, debería revisar los frenos.
El miedo le subió por la garganta como bilis.
—Si le tocas un pelo…
—Tutéame, ya que amenazas. —Y sonrió por primera vez, y fue peor que cualquier gesto anterior, porque era una sonrisa de verdad, pequeña, y le transformó la cara en algo casi humano—.
No voy a tocarle un pelo a tu hermano, Irene.
Al contrario. Vengo a ofrecerte la única forma de que nadie lo haga.
—Cerró el paraguas de golpe, como quien ya ha dicho lo que venía a decir, y la lluvia cayó por fin sobre él, oscureciéndole el abrigo, aplastándole el pelo, sin que moviera un solo músculo para evitarlo—.
Llama a ese número cuando se te pase el orgullo.
Tienes hasta el viernes. Después, la decisión la tomarán otros, y te aseguro que no les gustas tanto como a mí.
Se dio la vuelta y caminó hacia un coche negro que Irene no había visto llegar, con el hombre joven abriéndole la puerta. Antes de entrar, se detuvo. No se giró del todo. Solo lo justo para que ella le viera el perfil, la lluvia resbalándole por la mandíbula.
—Lo del motor en el garaje —dijo—. No fui yo. Por si eso cambia algo. —Una pausa—. No lo cambia. Pero quería que lo supieras.
La puerta se cerró. El coche se deslizó fuera del aparcamiento sin hacer apenas ruido, como todo lo que rodeaba a aquel hombre, y la dejó sola bajo el diluvio, con una tarjeta blanca atrapada bajo el limpiaparabrisas y un nombre repitiéndose dentro del pecho como una amenaza o una condena.
Nikolái Vorónov.
Irene se quedó muy quieta mientras el agua la empapaba hasta los huesos. Pensó en Mateo, en sus frenos, en la moto. Pensó en el motor encendido de un coche en un garaje cerrado. Pensó, por un instante que la avergonzaría durante semanas, en la curva de aquella sonrisa pequeña y verdadera.
Luego cogió la tarjeta, se metió en el coche y condujo a casa con las manos temblándole sobre el volante, sabiendo ya —aunque tardaría tres días en admitirlo— que el viernes iba a llamar.
Fin del capítulo 1.