Detrás de un sueño 23 . Surreal #2
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23 . Surreal #2

Joseán se tensa a mi lado. No dice nada. Solo permanece inmóvil, con la mirada fija al frente, como si en vez de estar viendo su corto estuviera esperando una sentencia.

Entonces aparece el título.

Un sueño surrealista.

No sé qué espero ver.

Tal vez una sucesión de escenas bonitas, tomas del jardín, planos raros, música intensa y una historia medio incomprensible de esas que a Joseán le encantan. Algo bueno, sí, porque sé lo talentoso que es, pero no algo que me haga olvidar que estoy sentada en una sala llena de desconocidos, con las manos heladas y el corazón golpeándome las costillas.

La primera imagen es del jardín al amanecer. Neblina, piedra húmeda, vegetación creciendo por todas partes. La cámara avanza despacio entre columnas imposibles, como si alguien caminara dentro de un lugar que no debería existir. No hay música aún. Solo agua, pájaros, viento.

Luego aparece Diego, sentado al pie de una escalera que no lleva a ninguna parte. Se ve perdido, cansado, como si hubiera caminado durante años. En la mano sostiene una libreta vacía.

Una voz en off, es solo un susurro, y dice:

—Todo sueño empieza cuando alguien decide cerrar los ojos.

Se me eriza la piel.

La voz es mía.

No recuerdo haber dicho esa frase así. No de esa forma. Durante el rodaje me pareció una línea extraña, una de tantas que Joseán me pidió repetir hasta cansarse. En pantalla, en cambio, suena como una advertencia.

No quería verme.

Pero tampoco podía negar que una parte de mí, mínima, traicionera y muy curiosa, necesitaba saber qué había encontrado él cuando me miraba detrás de la cámara. Qué había visto en mí para insistir tanto. Qué parte de mí conocía él que yo aún no.

La cámara sigue a Diego mientras camina por el jardín. Cada tanto, aparezco yo.

No yo.

Otra.

Una versión de mí que no sabía que existía.

Primero entre dos columnas cubiertas de musgo, con el vestido claro moviéndose suavemente a causa del viento. Luego reflejada en el agua, tan borrosa que parece un recuerdo. Después corriendo por una escalera, descalza, con el cabello suelto y una cinta roja amarrada a la muñeca.

Nunca permanezco mucho tiempo en pantalla.

Aparezco y desaparezco como una idea que se niega a ser atrapada.

Siento un nudo en la garganta. Porque hasta ese instante entiendo la razón por la que Joseán me exigió tanto. Por qué me pedía que no actuara bonito, que no sonriera, que no intentara verme bien. Quería que pareciera inalcanzable. Triste. Viva. Como si guardara un secreto.

Como si yo fuera el sueño.

Diego me sigue por el jardín, pero cada vez que está a punto de alcanzarme, el lugar cambia. Una puerta da al mismo sitio. Una escalera termina en el vacío. Un arco lo lleva de regreso al inicio. Todo es hermoso y desesperante.

Y entonces comprendo.

El corto no trata de una pareja.

Ni siquiera trata de una mujer.

Trata de perseguir algo que uno mismo abandonó.

Una vocación.

Un deseo.

Una parte del alma.

Me atrevo a mirar a Joseán de reojo. Sigue inmóvil, pero tiene la mandíbula tensa y los ojos brillantes. No sé si está nervioso, emocionado o aterrado de que todos en esa sala vean mucho de él.

En la pantalla, Diego por fin me alcanza cerca de una estructura altísima, rodeada de vegetación. Yo estoy de espaldas. Cuando volteo, no parezco feliz de verlo.

Parezco esperarlo.

—¿Por qué me sigues? —pregunta mi voz.

—Porque eres lo único que reconozco —contesta él.

Mi personaje sonríe apenas.

—No. Me sigues porque no te atreves a reconocerte a ti.

La sala está en silencio absoluto.

Diego baja la mirada y entonces yo le entrego una cámara antigua. No recordaba que esa toma hubiera quedado tan bella. Mis manos, las suyas, el objeto entre ambos, la luz filtrándose por las hojas. Todo parece suspendido.

—No me despiertes a mí —dice mi voz—. Despierta tú.

La imagen cambia. Diego abre los ojos al pie de la primera escalera. La libreta sigue vacía, pero la cámara está en sus manos. Esta vez no se ve perdido. Se levanta despacio, mira alrededor y, por primera vez, sonríe.

La última toma es desde su punto de vista, a través del lente. Yo aparezco una vez más, a lo lejos, entre los árboles. Pero esta vez no huyo. Solo lo miro.

La pantalla se va a negro.

Durante un segundo nadie se mueve.

Yo tampoco.

Siento un hueco en el pecho, como si acabara de ver algo demasiado íntimo. Algo que no me pertenece por completo, aunque mi cara, mi voz y mi cuerpo estén ahí, ocupando la pantalla.

Entonces empiezan los aplausos.

Primero pocos.

Luego más.

Después toda la sala.

Joseán suelta el aire que al parecer contenía desde el inicio. Yo lo miro, aún incapaz de decir algo. Él gira su rostro hacia mí.

—¿Estás bien? —me pregunta en voz baja.

No sé cómo contestarle.

Porque sí.

Y no.

Porque acabo de verme como él me ve.

No como Natalia, la estudiante, la barista, la hija de Ricardo y Elena, la amiga de Denisse, la novia que aún no sabe bien qué hacer con tanto sentimiento.

Me veo convertida en símbolo.

En sueño.

En musa.

Y eso es hermoso, pero también aterrador.

—Ahora entiendo —susurro.

Joseán frunce un poco el ceño.

—¿Qué cosa?

Vuelvo a ver hacia la pantalla, aún negra, mientras los aplausos siguen llenando la sala.

—Lo que viste cuando me pediste que lo hiciera.

No me contesta.

Solo me toma la mano por debajo del descanso del asiento y entrelaza sus dedos con los míos.

Los demás cortos pasan después, pero yo ya no puedo verlos igual. Algunos son muy buenos. Uno incluso me parece técnicamente impecable. Pero yo sigo atorada en la imagen de Diego despertando con la cámara en las manos. En mi voz diciendo “despierta tú”. En Joseán sentado a mi lado, intentando fingir que no se conmovió frente a una sala llena de gente.

Al terminar la última proyección, encienden las luces.

La gente empieza a moverse, a comentar, a votar desde sus celulares con un código que aparece en pantalla. Yo voto con manos temblorosas. No sé si está permitido votar por el corto en el que salgo, pero no pienso preguntarlo. Obviamente voto por él.

Después viene una pausa eterna.

Los organizadores suben al escenario. Agradecen a los participantes, al jurado, a los patrocinadores, al público. Yo no escucho casi nada. Tengo la mano de Joseán atrapada entre las mías y él sigue quieto.

—Pase lo que pase —le digo en voz baja—, ya ganaste.

Me mira.

—No digas eso.

—Es verdad.

—Nat…

—Terminaste algo tuyo. Lo enseñaste. La gente lo vio. Eso ya es ganar.

Su expresión se quiebra.

—Gracias.

Entonces anuncian una mención especial.

No es él.

Aplaudimos.

Luego anuncian el tercer lugar.

Tampoco.

Segundo lugar.

Tampoco.

Siento que el estómago se me va al suelo.

Joseán suelta mi mano y se recarga en el asiento, como si ya hubiera aceptado el resultado antes de escucharlo. Yo estoy a punto de decirle algo cuando la presentadora vuelve al micrófono.

—Y el primer lugar de esta edición, elegido por la valoración del jurado y el voto del público, es para…

Pausa dramática.

Muy innecesaria.

Cruel, incluso.

— Un sueño surrealista , de José Ángel Cuén Garay.

No sé qué pasa primero. Si el grito de Denisse. El aplauso brutal de Javi y Pablo. El sonido de Laura cubriéndose la boca. O mi corazón explotando en el pecho.

Joseán se queda sentado.

Literalmente.

No se mueve.

—José Ángel —digo, riendo y llorando al mismo tiempo—. Ganaste.

Me mira como si no hubiera entendido el idioma.

—Ganaste, amor.

Entonces reacciona.

Se pone de pie y yo hago lo mismo, pero intento hacerme a un lado para dejarlo pasar. No me deja. Me toma de la mano con fuerza.

—Vienes conmigo.

—No. Tú sube.

—Vienes conmigo, Natalia.

—Joseán, no—

—Sin ti no.

No lo dice fuerte.

No lo dice dramático.

Lo dice como una verdad simple.

Y no puedo discutir.

Caminamos juntos hacia el escenario entre aplausos que parecen no terminar. Yo siento que las piernas no me responden. Él me tiene de la mano con tanta fuerza que estoy segura de que me va a dejar marcados los dedos, pero no me importa.

Suben también Sergio, Alejandra y Diego.

El equipo.

Su equipo.

Al llegar al escenario, le entregan un reconocimiento y un sobre con la información del premio. Hay fotos. Aplausos. Luces. Gente diciendo su nombre.

José Ángel Cuén Garay.

Joseán… Mi sapo.

El hombre que me dijo meses atrás que no sabía qué hacer con su vida. El que tenía guiones guardados. El que no se atrevía a terminar. El que ahora está ahí, frente a todos, con un premio en las manos y los ojos brillantes.

Le acercan el micrófono.

Por un segundo pienso que no va a decir nada. Pero lo toma. Respira hondo.

—Gracias —dice, con la voz un poco más baja de lo normal—. La verdad no preparé nada porque estaba convencido de que no iba a ganar.

La sala ríe. Él también pero con timidez.

—Gracias al jurado, al público, a la organización y a todos los que hicieron posible esta muestra. Gracias a Sergio, Alejandra, Diego y a todos los que se dejaron arrastrar a Xilitla para filmar con cero presupuesto, muchas desveladas y demasiada humedad.

Más risas.

Joseán mira al equipo.

Luego a su familia.

—Gracias a mi familia por estar aquí. A mi madre y a mi abuela, porque si algo aprendí de ellas es que los sueños también necesitan casa para no morirse de frío.

Rosa y Laura empiezan a llorar.

Yo también.

Joseán traga saliva y cierra los ojos un segundo. Después voltea para verme a mí.

Ay, no.

No.

—Y gracias a Natalia.