23 . Surreal
El día de la proyección llega demasiado rápido.
O tal vez muy lento.
No sé.
Las cuarenta y ocho horas posteriores a nuestra noche en el Ritz se sienten rarísimas. Por un lado, la rutina sigue como si nada: clases, trabajo, tareas, cafés, clientes imposibles, mensajes de mis papás y pendientes acumulados. Por otro lado, una parte de mí sigue viviendo en esa habitación suspendida sobre Reforma.
Bueno.
Varias partes de mí.
Porque sigo adolorida.
No de una forma terrible, ni mucho menos preocupante, pero sí de esas molestias sutiles que aparecen cuando me agacho, cuando subo escaleras, cuando me siento muy rápido o cuando cruzo las piernas sin pensar. Y cada vez que eso pasa, me sonrojo como idiota. En plena clase. En el trabajo. En mi cuarto.
Es absurdo.
Me basta sentir un tirón leve en los muslos o un dolorcito discreto en la espalda para acordarme de Joseán en esa habitación, de la ciudad detrás del ventanal, de su voz baja, de sus manos, de esa manera suya de dar órdenes sin levantar la voz y hacerme perder cualquier intento de dignidad.
Sigo impactada. No porque no sepa que es intenso, eso es algo que ya se.
Sino porque esa noche descubrí una versión de él más peligrosa, más contenida y, en el mismo instante, más desbordada. Como si todas las semanas de nervios, cansancio y espera se hubieran convertido en algo físico. Algo que me dejó temblando, agotada y con una sonrisa estúpida imposible de borrar.
Por supuesto, Javi y Pablo notan mi estado.
No voy a entrar en detalles porque son dos corrientes y no merecen más material. Basta decir que Javi me pregunta si necesito una dona para sentarme cómoda y Pablo casi se ahoga de risa con su propio café.
Los odio.
Mucho.
Pero el día de la proyección nada de eso importa.
Desde que despierto tengo el estómago hecho nudo. La muestra será en la Cineteca Nacional, en una sala donde se proyectarán los cortos seleccionados. No es una alfombra roja de esas que salen en televisión, pero sí habrá un registro, un pequeño photocall con los logos del concurso, jurado, invitados, familiares, amigos y los equipos participantes.
Para mí es suficiente para sentir que voy a desmayarme.
No solo por Joseán.
También por mí.
Porque yo aún no he visto el corto.
Ni un segundo editado.
Nada.
He confiado en él por completo y ahora la primera vez que vea el resultado será sentada en una sala llena de desconocidos. Mi cara, mi voz y mi cuerpo estarán en pantalla, ocupando un lugar que yo no sé si estoy lista para mirar.
Denisse llega a casa de Rosa desde temprano con una energía insoportable.
—Hoy somos gente importante —anuncia, entrando a mi cuarto sin tocar, como siempre.
—Buenos días a ti también.
Trae una bolsa enorme colgada del brazo y una sonrisa sospechosa.
—Mi mamá te mandó esto.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
La miro con desconfianza.
—Denisse.
—Natalia.
—¿Qué hicieron?
—Nada ilegal. Ábrelo.
Dentro de la bolsa hay una caja blanca, perfectamente envuelta con papel delgado y un listón negro. Me empieza a dar pena antes de tocarla. Cuando abro la caja, me quedo sin palabras.
Es un vestido.
Oscuro, de una tela suave y pesada al mismo tiempo, como si cayera con intención propia. No es escandaloso ni exagerado. Es ceñido en el torso, pero suelto en la caída; elegante, sutil. Tiene un escote discreto y una abertura lateral que no grita “mírenme”, pero no pasa desapercibida.
—No —digo de inmediato.
—Sí.
—No puedo aceptar esto.
—Ya es tuyo.
—Denisse, esto se ve carísimo.
—Porque lo es.
—¡Peor!
—Mi mamá dijo que quería regalártelo. Que tú también eres parte de esto y que mereces sentirte hermosa hoy.
Se me aprieta la garganta.
—No puedo.
—Sí puedes. Además, ya le atinó a tu talla, a tu altura y a tu complejo de “ay, no, qué pena, no merezco cosas bonitas”. Así que te lo pones y te callas.
—Qué delicada eres.
—Es parte de mi encanto.
Toco la tela con cuidado.
—Dile gracias de mi parte.
—Se lo dices tú cuando la veas.
Me pruebo el vestido con miedo de que no me quede. Pero me queda perfecto. Perfecto de verdad. Como si lo hubieran hecho para mí. La tela se ajusta donde tiene que ajustarse y cae donde tiene que caer. No me hace sentir disfrazada, ni exagerada, ni incómoda. Me hace sentir elegante. Segura. Distinta.
Cuando me veo al espejo, no puedo hablar.
Denisse aparece detrás de mí, cruzada de brazos.
—Pareces princesa.
Me río, nerviosa.
—No empieces.
—Lo digo en serio.
Yo también lo siento.
Por primera vez, ese apodo que Joseán me dice desde el inicio no suena como burla, ni como juego, ni como algo suyo. Frente al espejo, con ese vestido oscuro y el cabello cayéndome en ondas suaves sobre los hombros, me siento un poquito así.
Como princesa.
Una con nervios, claro.
Pero princesa al fin.
Joseán pasa por mí una hora después. Cuando bajo las escaleras, él está en el vestíbulo hablando con Rosa. Trae traje oscuro, camisa blanca, corbata negra y el cabello peinado con ese desastre controlado que solo él puede lograr. Se ve tan bien que por un segundo olvido cómo bajar el último escalón.
Él voltea al escucharme.
Y se queda quieto.
Completamente quieto.
Su mirada me recorre de arriba abajo, pero esta vez no es descarada. Es lenta. Como si estuviera viendo algo que no esperaba. Como si, por primera vez en mucho tiempo, yo hubiera logrado dejarlo sin comentario inmediato.
Eso me encanta.
—¿Qué? —pregunto, porque si no digo algo voy a morirme de nervios.
Joseán da un paso hacia mí.
—Ahora sí —murmura—. Princesa de verdad.
El calor me sube a la cara.
—No te emociones, sapo. A ti ya te besaron y, aun así, no se te quitó lo arrogante.
Rosa suelta una risa discreta detrás de él.
Joseán sonríe.
—Pero me veo bien en traje.
—Eso no pienso discutirlo.
—Qué generosa.
—No te acostumbres. Hoy es una excepción.
Se acerca para tomar mi mano y besarme los nudillos. El gesto es tan suyo, tan elegante y tan insoportablemente efectivo, que tengo que fingir que no me tiemblan las piernas.
—Te ves hermosa, Nat.
No dice “sexy”. No dice nada bromista.
Hermosa.
Y eso, viniendo de él, me deshace. .
—Tú también —contesto en voz baja.
—¿Hermoso?
—No abuses.
Llegamos a la Cineteca casi todos a la misma hora. El tráfico pesado, una amenaza constante pero llegamos.
Laura se ve preciosa y bastante más tranquila que en semanas anteriores. Denisse, por supuesto, va espectacular, con un vestido verde oscuro que le hace ver las piernas interminables. Rosa insiste en ir, a pesar de las protestas de todos, y aparece elegantísima, con un conjunto azul marino y una mascada clara. Cristina casi llora al verla bajar, como si estuviera mandando a su hija al altar.
Salvador también va.
Eso me sorprende.
Llega separado, serio, impecablemente vestido. No hace gran entrada ni trata de llamar la atención. Saluda a Rosa con un beso en la frente, a Laura con una cordialidad extraña pero decente, y a sus hijos con una torpeza que parece nueva en él.
—Felicidades, Ángel —le dice a Joseán.
Joseán se queda rígido un segundo.
—Todavía no gano nada.
—Terminaste algo. Eso ya merece felicitarse.
No es un discurso. No es una reconciliación.
Pero es algo.
Y lo sé por la forma en que Joseán baja la mirada y asiente.
—Gracias.
También están Javi y Pablo, por supuesto, porque se auto-invitan de una manera tan agresiva que nadie tiene fuerza para decirles que no. Javi lleva un saco color vino que, según él, es “cineasta queer de festival europeo”, y Pablo va de negro completo porque dice que así se ve “misterioso y mamado”.
No voy a comentar más al respecto.
Alejandra, Sergio, Diego y parte del equipo de filmación también llegan. Omar no puede ir. Sigue fuera de México por el reportaje en Colombia, y aunque nadie lo dice en voz alta, noto cómo Denisse revisa el celular cada ciertos minutos.
La entrada al evento tiene una alfombra sencilla y un muro con logos del concurso, patrocinadores y la palabra “selección oficial” repetida varias veces. Hay fotógrafos, no muchos, pero suficientes para hacerme sentir que no sé dónde poner las manos.
Joseán posa con el equipo.
Luego lo llaman para otra foto con los directores seleccionados.
Yo intento hacerme a un lado, pero él me toma de la mano antes de que pueda escapar.
—Tú vienes conmigo.
—No, yo no—
—Sí.
—Joseán.
—Natalia.
Esa es toda la discusión.
Acabo en la foto, muerta de pena, entre él y Diego, con Alejandra acomodándome un mechón de cabello como si fuera mi representante artística y Javi gritando desde atrás que levante la barbilla porque “la musa no se encorva”.
Qué oso.
Qué bonito.
Después nos hacen pasar a la sala. No podemos sentarnos todos juntos, por supuesto. El equipo queda en una fila, la familia un poco más atrás y Javi y Pablo terminan tres lugares a la izquierda de Denisse, cosa que seguramente es obra del destino para desesperarla.
Joseán se sienta a mi lado. No me toma la mano al principio. Tiene ambas apoyadas sobre las piernas, los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Está muy quieto.
Demasiado.
—Respira —le susurro.
—Estoy respirando.
—Pareces estatua.
—Estatua que respira.
—José Ángel.
Me mira de reojo.
—Estoy bien.
Mentira.
Pero no insisto.
La presentación empieza con unas palabras breves de los organizadores. Explican que los cortos seleccionados serán proyectados esa noche, que el jurado ya evaluó una parte, pero que la respuesta del público también contará para la decisión final. No entiendo exactamente el sistema de votación porque mis nervios están haciendo ruido, pero sí entiendo algo: aún puede pasar cualquier cosa.
Proyectan el primer corto.
Es bueno. Dramático, muy bien fotografiado, de esos que te dejan con un nudo en la garganta aunque no estés del todo segura de por qué. El segundo es más experimental. Tiene animación mezclada con imagen real y una música extraña que a Joseán seguramente le gusta más que a mí.
Yo apenas puedo concentrarme.
Sé que el suyo es el tercero.
Cuando la pantalla se queda en negro después del segundo corto, siento que el corazón se me sube a la garganta.