Detrás de un sueño 2 2 . Cisne negro #2
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2 2 . Cisne negro #2

—Porque mi cerebro ultimamente es un lugar insoportable. —Me dice con preocupación.

—Eso ya lo sabía.

Se ve preocupado.

—Estoy aterrado, Nat.

La confesión me toma desprevenida.

—Lo sé.

—No. No creo que lo sepas. No es solo si gusta o no. Es verlo afuera. Que otros lo vean. Que tú lo veas. Que tal vez lo entiendas demasiado.

Siento un hueco en el estómago.

—¿Te preocupa que lo entienda?

—Me preocupa que veas más de mí de lo que sé decirte.

La frase queda entre nosotros. Pesada. Hermosa. Peligrosa.

—José Ángel —digo, tomando su mano sobre la mesa—. Yo ya veo mucho de ti.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Y aquí sigues.

—Aquí sigo.

No dice nada más. Solo gira mi mano para besarme los nudillos.

Joseán empieza a respirar distinto, como si haberlo dicho le hubiera quitado una piedra del pecho.

La cena continúa más ligera después de eso. Hablamos de la coreografía, de la gente demasiado perfumada de la mesa de al lado, de si Javi fingiría desmayarse cuando viera a Joseán en traje para la proyección, de lo mucho que Denisse iba a llorar, aunque negara estar emocionada.

Por un rato, los nervios bajan. No desaparecen, pero bajan.

Cuando terminamos de cenar, pienso que va a pedir la cuenta y que vamos a regresar a casa. En lugar de eso, Joseán deja una tarjeta sobre la mesa. No es una tarjeta de crédito. Es una de esas tarjetas de hotel.

La veo. Luego a él.

—¿Qué es eso?

Su expresión cambia. Se pone serio. Eso me pone nerviosa.

—Una habitación.

—Eso lo deduje.

—En el Ritz.

Me quedo inmóvil.

—¿Perdón?

—Reservé una noche.

—¿Otra sorpresa?

—La última de hoy.

—Ajá. Porque eres una persona medida.

—Nunca he presumido serlo y lo sabes.

Tomo la tarjeta entre los dedos y la observo como si fuera evidencia de un crimen.

—¿Y si digo que no?

—Entonces te llevo a casa.

Lo dice sin titubear. Sin presión. Sin afán de conquista. Solo verdad. Eso me desarma un poco.

—¿Así nada más?

—Así nada más. Pero quería tener un lugar donde no tuviéramos que estar contando minutos, ni cuidando que alguien nos escuche, ni fingiendo que no me estoy volviendo loco cada vez que te veo.

El calor me sube por el cuello.

—Joseán…

—No tienes que decir que sí.

—No estoy diciendo que no.

Ahora sí sonrie. Lento. Oscuro. Exactamente como no debería hacerlo en público.

—Entonces vámonos.

El Ritz-Carlton se alza sobre Reforma como una torre de cristal suspendida sobre la ciudad. Desde el lobby todo huele a lujo discreto: madera, flores, perfume caro, aire limpio. Yo intento caminar como si perteneciera a ese lugar, pero por dentro voy pensando que mis botas probablemente cuestan menos que una copa en el bar.

Joseán, por supuesto, parece perfectamente cómodo. Eso me molesta un poco. Y me gusta mucho.

Subimos en silencio. No de esos silencios incómodos, sino de los que vibran. De los que se llenan con todo lo que ninguno se atreve a decir porque decirlo sería encender algo antes de tiempo.

Cuando entramos a la habitación, lo primero que veo es la ciudad.

Una vista inmensa.

Luces extendidas hacia todas partes, Reforma abajo, Chapultepec oscuro a un lado, edificios brillando como si alguien hubiera regado estrellas sobre el concreto.

Me acerco al ventanal sin poder evitarlo.

—Está increíble —murmuro.

Escucho la puerta cerrarse detrás de mí.

Después, el seguro.

No me muevo.

Veo su reflejo acercarse en el cristal. Joseán aparece detrás de mí, despacio, como si no quisiera romper el mood , aunque claramente quiera romperme la compostura.

—Te traje aquí porque necesitaba una noche sin interrupciones —dice, muy cerca de mi oído.

Mi respiración cambió.

—¿Para descansar?

Su risa fue baja.

—No.

Sus manos encontraron mi cintura.

No me jaló.

No me apresuró.

Solo me sostuvo ahí, frente a la ciudad, mientras sus dedos se cerraban sobre la tela de mi vestido con una seguridad que me hizo cerrar los ojos.

—También porque llevo semanas portándome muy bien.

—Eso es discutible.

—No para mis estándares.

Me río, pero la risa se me corta cuando sus labios rozan mi cuello.

Una vez.

Luego otra.

—Hoy estás muy callada, princesa.

—Estoy pensando.

—Mala idea.

—¿Por qué?

—Porque cuando piensas de más, te me escapas.

Abro los ojos y lo veo en el reflejo.

Su mirada no tiene nada de juguetona.

Había deseo, sí. Muchísimo. Pero también tensión. Nervios. Todo lo que no había podido soltar durante semanas. El corto, la proyección, Rosa, la familia, el miedo, la espera, nosotros. Todo parecía reunido en sus manos.

Me doy la vuelta lentamente.

—No me estoy escapando —le aseguro. Aunque el corazón me salta en el pecho.

Joseán fija los ojos en mi boca.

—Más te vale.

El beso no es suave.

Tampoco brusco.

Es contenido durante apenas un segundo, como si todavía intentara recordar sus propias reglas.

Después algo cede.

Me toma de la nuca con una mano, enredando los dedos en mi cabello, y me besa.

Dios, el beso.

No tiene nada de paciencia. Me abre la boca con la suya, reclamándome con una intensidad que me deja sin aire. Mis manos suben a su cuello y me aferro a él mientras su otra mano baja por mi costado, subiendo la tela ligera del vestido hasta encontrar la piel desnuda de mi muslo.

Me aprieta con fuerza, me sube la pierna y la engancha a su cadera.

La ciudad queda a mi espalda.

Él al frente.

Todo lo demás desaparece.

Hay una urgencia nueva en sus movimientos. Un desfogue puro. Todo el miedo de los últimos días, la espera, el hospital, el corto, la proyección, la familia, nosotros, concentrado en sus manos. Hay algo distinto en él esa noche. Una necesidad más oscura, más mandona, más segura. Como si todo el control que intenta mantener durante el día se le fuera en un instante.

Sus ojos están encendidos.

—Si algo no te gusta, me lo dices.

Trago saliva, completamente entregada a la forma en que me sostiene con la mirada.

—Te lo digo.

—Bien.

Esa sola palabra me recorre entera.

Lo hago.

Me besa de nuevo, más lento ahora, pero no menos intenso. Como si estuviera marcando un ritmo que no piensa abandonar. Me quita la chamarra con calma, dejándola caer sobre una silla, y después vuelve a mí.

Cada movimiento suyo tiene una intención precisa.

Cada pausa parece calculada para desesperarme.

—Estás insoportable —murmuro.

—Aún no.

Ay, Dios.

Me toma de la mano y me lleva hacia la cama, pero no me deja sentarme. Me detiene frente a él, baja el cierre de mi vestido con una lentitud cruel y lo desliza por mis hombros hasta dejarlo caer al suelo.

Me quedo quieta.

No por miedo.

Por anticipación.

Él me observa como si estuviera frente a algo que no piensa tocar sin antes memorizarlo.

—No sabes lo que me haces —dice.

La voz le sale grave, casi rota.

—Creo que sí.

—No. No tienes idea.

Y entonces me besa otra vez.

A partir de ahí, la cordura de Joseán termina de romperse. Su manera de perder el control no es volverse descuidado, sino volverse implacable. Sigue siendo él, pero más intenso. Más seguro. Más decidido a sacarme de mí misma.

No hay prisa, pero sí urgencia.

No hay brusquedad, pero sí fuerza.

Me habla bajo al oído, me guía, me gira, me busca la reacción con una paciencia que tiene muy poco de inocente. Todo es nuevo y fascinante. La forma en que me mira. La forma en que espera. La forma en que disfruta cada sonido que me arranca como si fuera una respuesta que necesitara escuchar.

Y yo, que había creído conocer su intensidad, descubro que aún le quedan rincones nuevos.

Más tarde, cuando por fin quedamos tendidos entre sábanas revueltas y la ciudad sigue brillando detrás del ventanal, entiendo que esa noche no fue solo deseo.

Fue descarga.

Refugio.

Una forma de decir sin palabras: tengo miedo, pero contigo puedo soltarlo un rato.

Joseán está recostado boca arriba, con un brazo alrededor de mí. Yo tengo la cabeza sobre su pecho y escucho su corazón bajar poco a poco de ritmo.

—¿Estás bien? —pregunta, acariciándome el cabello.

Sonrío contra su piel.

—Más que bien.

—¿Segura?

—Sí.

—Me puse un poco intenso.

Suelto una risa bajita.

—¿Un poco?

—Okey. Si. Mucho.

Levanto la cara para verlo.

—Me gustó.

La sonrisa que aparece en su rostro es lenta, satisfecha y por demás arrogante.

—No me digas eso.

—¿Por qué?

—Porque lo voy a tomar como autorización para repetirlo.

—Tal vez lo fue.

Sus ojos se oscurecen de nuevo.

—Natalia.

—¿Qué?

—Duérmete.

Me río y vuelvo a recargarme en su pecho.

—Mandón.

—Por tu bien.

Cierro los ojos, aún sonriendo. Faltan dos días para la proyección. Dos días para ver el corto. Dos días para ver, en una pantalla y frente a otras personas, la parte de Joseán que más miedo le da mostrar.

Esa noche, sin embargo, no quiero pensar en eso.

Ni en el concurso.

Ni en la gente.

Ni en el resultado.

Solo en la ciudad brillando allá afuera, en su respiración debajo de mi oído y en la sensación extraña de estar justo en el borde de algo importante.

Algo que aún no sé si va a abrirnos una puerta.