2 2 . Cisne negro
Febrero llega sin pedir permiso.
Después del susto con Rosa, la vida empieza a acomodarse poco a poco en una especie de normalidad vigilada. No la normalidad tranquila de antes, sino una más consciente, más frágil, como si todos camináramos bajito dentro de la casa para no espantar la buena suerte.
Rosa ya está de vuelta en casa, aunque todos la cuidamos como si fuera de cristal. Cristina le prepara comida baja en sal, Laura le habla a diario, Denisse la visita más de lo normal y Joseán se aparece con cualquier pretexto para asegurarse de que esté tomando sus medicamentos, como si Rosa no fuera perfectamente capaz de mentirle en la cara con una sonrisa elegantísima.
Rosa, por supuesto, dice que todos exageramos.
Nadie le hace caso.
Yo vuelvo de lleno a mi rutina: universidad, trabajo, tareas, lecturas, proyectos en equipo y cafés preparados para personas que no deberían tener tanto poder de decisión. Los días se van apilando uno encima del otro hasta que, de pronto, faltan solo dos para la proyección del corto.
Dos días.
Cuarenta y ocho horas.
Nada.
Y aun así, suficiente tiempo para que Joseán esté a punto de perder la razón.
No lo dice, claro. Joseán jamás aceptaría en voz alta que está nervioso. Pero lo está. Lo noto en la forma en que revisa el correo cada diez minutos, en que se queda callado de repente, en que no termina las frases y en que se le olvidan cosas tan básicas como comer.
También lo noto en sus mensajes.
Joseán: ¿Tú crees que debí cortar más la escena del agua?
Natalia: No he visto la escena del agua, genio.
Joseán: Cierto.
Natalia: Pero seguro está bien.
Joseán: No eres de gran ayuda ahorita la verdad.
Natalia: Soy apoyo moral, no editora.
Joseán: Apoyo moral con cero información técnica.
Natalia: Exacto. El mejor tipo de apoyo moral. Cero datos, pura fe.
A veces me da ternura. A veces me dan ganas de zarandearlo.
El hecho de que yo aún no haya visto el corto completo lo hace todo más extraño. Ya no solo estoy nerviosa por él, sino por mí. Por verme en pantalla. Por escuchar mi voz. Por descubrir qué había hecho con esas tomas en las que yo caminaba entre piedras, escaleras y agua sin entender del todo qué estaba contando.
Joseán insistía en que no quería que lo viera antes; se niega rotundo porque, según él, si lo veo antes ‘se sala’, lo cual me da muchísima risa. En algún momento le dije que en lugar de director ya estaba hablando como brujo. Pero me resigno a esperar.
A medio día, saliendo de la universidad, recibo un mensaje suyo.
Joseán: Hoy tenemos date.
Me detengo a mitad de la banqueta, con la mochila colgada al hombro.
Natalia: ¿Tenemos?
Joseán: Sí.
Natali: ¿Desde cuándo?
Joseán: Desde que decidí que necesitamos salir antes de que me dé un colapso mental.
Natalia: Ah, bueno. Por salud pública.
Joseán: Exacto. Ponte guapa.
Natalia: Siempre.
Joseán: Más guapa.
Natalia: Cuidado, sapo.
Joseán: Elegante, pero cómoda. Algo para estar al aire libre.
Leo el mensaje dos veces. Elegante. Cómoda. Al aire libre.
Con Joseán, esas tres cosas juntas pueden significar cualquier cosa. Desde una cena en una terraza hasta caminar por un bosque a medianoche porque “la luz está interesante”.
Natalia: ¿Me vas a decir a dónde vamos?
Joseán: No.
Natalia: No me sorprende.
Joseán: 7:30. Paso por ti.
Y ya. Cero explicación.
Me paso toda la tarde en el trabajo imaginando escenarios posibles. Javi y Pablo, por supuesto, no ayudan. Me apuro para llegar una hora antes y poder salir temprano.
—Igual te va a proponer matrimonio —dice Pablo mientras sirve leche en una jarra.
—No digas tonterías.
—O te va a cortar —agrega Javi, muy serio.
—Javier.
—¿Qué? También es sorpresa. De mal gusto, pero sorpresa.
—Los odio.
—No es cierto —dice Pablo—. Somos tus guías espirituales.
—Son dos plagas.
—Plagas con intuición romántica, chula. Respeta.
No les cuento mucho más porque, honestamente, yo tampoco sé nada. Llego a casa de Rosa con el tiempo justo para bañarme y arreglarme. Elijo un vestido negro, sencillo, de manga larga y tela ligera, que me llega arriba de la rodilla. Me pongo botas cómodas, una chamarra bonita y aretes pequeños. Me ondulo un poco el cabello, me maquillo más de lo normal y, cuando me veo al espejo, decido que sí.
Me veo guapa. No exagerada. No disfrazada. Guapa.
Rosa me encuentra en el vestíbulo justo cuando bajo.
—Qué bonita te ves, niña.
—Gracias, Rosa.
—¿Sales con Ángel?
—Sí. Pero no me dijo a dónde. Muy normal todo.
Rosa hace cara de complicidad.
—Eso suena a él.
—¿Debería preocuparme?
—Un poco.
Nos reímos.
Joseán llega puntual. Cuando abro la puerta, lo encuentro parado del otro lado con pantalón oscuro, camisa negra, chamarra y esa expresión suya de hombre que pretende estar tranquilo cuando en realidad trae algo perfectamente calculado y probablemente carísimo.
Me mira de arriba abajo. Despacio. Con descaro.
—¿Qué? —pregunto, fingiendo molestia.
—Nada.
—Ajá.
—Te ves hermosa.
Lo dice sin juego. Sin burla. Así, directo. Me deja sin defensa.
—Tú también te ves… bastante decente.
—Qué generosa.
—No te emociones.
Me toma de la mano y me lleva al coche. No sin antes darme un beso super prometedor.
—¿Ahora sí me vas a decir?
—Vamos a Chapultepec.
—¿A Chapultepec?
—Ajá.
—¿A caminar? ¿Al castillo? ¿A ver ardillas? ¿A que me secuestre un mimo?
—No le atinas. No seas impaciente.
—Me estás pidiendo demasiado.
—Ya verás.
No suelta más información hasta que llegamos.
El Castillo de Chapultepec iluminado de noche me deja sin palabras. Hay algo mágico en verlo así, elevado sobre el bosque, con esa mezcla de historia, piedra, luces y ciudad respirando alrededor.
Cuando veo los anuncios y la gente formada, entiendo.
—¿Vamos a ver ballet?
Joseán solo se limita a sonreír.
—El cisne negro.
Me quedo mirándolo.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Tú me trajiste a ver ballet?
—No pongas esa cara. También tengo cultura.
—No es eso. Es que…
No sé cómo explicarlo. Me conmueve. Tal vez porque no es un plan obvio. Tal vez porque sé que está nervioso por el corto y, aun así, piensa en hacer algo distinto, algo bonito. Tal vez porque elige una historia de música, cuerpo, escena y oscuridad justo cuando estamos a punto de enfrentarnos a otra pantalla, otra sala y otra manera de ver arte.
O tal vez porque se acuerda de aquella conversación camino a Acapulco, cuando le dije que siempre había querido ver ballet, y mi corazón de pollo no estaba preparado para ese nivel de memoria.
Entramos tomados de la mano.
La noche está fresca y el ambiente tiene algo distinto a cualquier función tradicional. No se siente como ir a un teatro cerrado, sino como entrar a una especie de ritual al aire libre, con el Castillo de fondo y el bosque envolviéndolo todo. La gente habla en voz baja. Las luces guían la mirada y, cuando empieza la música, siento que todo alrededor cambia.
No es exactamente El lago de los cisnes que una imagina. El de la princesa encantada y el príncipe enamorado. Esta versión como que tiene algo más oscuro, más retorcido. Se siente contada desde otro lugar, como si el centro de la historia no fuera la pureza del cisne blanco, sino la sombra que siempre estuvo acechando alrededor.
El cisne negro. La tentación. La manipulación. El deseo de poseer algo que no se puede tener sin destruirlo.
No entiendo cada decisión artística, por supuesto. No soy experta en ballet. Pero no hace falta. Hay imágenes que hablan solas: cuerpos moviéndose entre luz y oscuridad, brazos que parecen alas, giros que cortan el aire, miradas cargadas de amenaza y deseo. La música se mete en el pecho y, a ratos, el silencio del público es tan intenso que parece parte de la coreografía.
Joseán está completamente atento y eso me encanta. No está viendo el espectáculo como alguien aburrido que llevó a su novia por quedar bien. Lo ve igual que lo que le importa: buscando encuadres, símbolos, movimiento, intención. A veces siento su pulgar acariciar mi mano, pero no aparta los ojos del escenario.
Cuando termina, tardo unos segundos en reaccionar.
—Guau —murmuro.
—¿Te gustó?
—Muchísimo.
Su sonrisa es pequeña, casi aliviada.
—Qué bueno.
—No sabía que te gustaba el ballet.
—Me gusta cualquier cosa que cuente algo sin tener que explicarlo todo.
Lo miro.
—Eso sonó muy tú.
—Gracias, supongo.
—Fue cumplido.
Salimos caminando despacio, con el eco de la música en el cuerpo. El aire frío me pega en la cara y me hace aferrarme a su brazo.
—¿Estás menos nervioso? —pregunto.
—No.
—Pésima respuesta.
—Estoy peor.
—No manches, José Ángel. Se supone que esto era para relajarte.
—Ya sé. Me salió mal.
Se queda callado un momento.
—Porque viendo esto me cae el veinte de que, cuando alguien crea algo, en realidad se expone. Aunque no quiera. Aunque intente esconderse detrás de técnica, luces, música o lo que sea. Al final, algo tuyo queda ahí, enfrente de todos.
No sé qué decir. Porque tiene razón.
—Tal vez eso es lo que lo hace valer la pena —respondo.
Joseán me mira de reojo.
—¿Quién te dio permiso de decir cosas profundas?
—Me salen sin querer.
Me río y me acurruco en sus brazos.
Más tarde, después de la función, me lleva a cenar a Polanco. Cuando el coche se detiene frente a Harry’s en Masaryk, levanto una ceja.
—¿Así o más discreto?
—Hoy no quería discreción.
El lugar es elegante sin ser silencioso. Tiene esa energía de restaurante caro donde todo el mundo parece saber exactamente cómo sentarse, cómo pedir y cómo mirar alrededor sin parecer impresionado. Yo, por supuesto, intento no parecer impresionada y fracaso por dentro.
Nos dan una mesa bonita.
Joseán pide vino y yo un drink que se ve súper coqueto para lo fuerte que está. Pedimos una entrada para compartir, luego él ordena carne y yo pescado. Todo está delicioso, aunque sospecho que, me gustaría cualquier cosa porque la noche ya viene cargada de demasiadas emociones.
—Gracias por traerme —digo mientras parto un pedazo de pan.
—¿Al ballet o aquí?
—A todo.
Joseán prefiere ver su copa.
—Necesitaba hacer algo que no tuviera que ver con el corto.
—Pero terminó teniendo que ver con el corto. ¿Verdad?