Detrás de un sueño 23 . Surreal #3
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23 . Surreal #3

Siento que toda la sangre se me sube a la cara.

—Porque este corto existe porque ella no me dejó seguir escondiéndolo. Porque mandó un guion que yo no me atreví a enviar. Porque creyó en algo mío antes de que yo tuviera el valor de hacerlo. Y, aunque ella no lo sabía, terminó siendo el centro de ese sueño. Mi musa.

Se me llenan los ojos de lágrimas.

No puedo moverme.

—Este premio también es tuyo, Natalia.

La sala aplaude.

Yo quiero desaparecer.

Y quedarme ahí para siempre.

Todo simultáneo.

Joseán suelta el micrófono y me mira con una sonrisa pequeña, nerviosa, hermosa. No hace falta que diga nada más.

Cuando bajamos del escenario, todo es caos. Abrazos, felicitaciones, fotos, gritos, lágrimas. Denisse prácticamente se le cuelga del cuello a su hermano y después me abraza a mí como si también hubiera ganado algo. Laura llora sin intentar disimularlo. Rosa le toma la cara a Joseán entre las manos y le dice algo tan bajito que no alcanzo a escuchar, pero veo cómo él cierra los ojos un instante.

Salvador se acerca al final.

Por un momento, nadie habla.

Luego le extiende la mano.

—Felicidades, Ángel.

Joseán la mira.

Después, en lugar de estrechársela, Salvador lo abraza.

Es torpe.

Breve.

Pero es un abrazo.

Joseán tarda en reaccionar, pero termina levantando una mano para darle una palmada en la espalda.

No sé si eso arregla algo.

Probablemente no.

Pero tampoco es nada.

Y en esa familia, a veces un gesto pequeño parece cargar años enteros.

—Tenemos que celebrar —declara Javi, limpiándose una lágrima que finge no tener—. Pero celebrar bien. Nada de cafecito y galletas.

—Obvio —dice Pablo—. Hoy somos artistas premiados por asociación.

—¿Por asociación? —pregunto.

—Sí. Nosotros somos amigos de la musa.

—Qué horror.

—Respeta tu título.

Todos hablan simultáneamente. Alguien propone ir a cenar. Denisse dice que quiere brindar. Alejandra grita que necesita fotos para Insta. Sergio abraza el reconocimiento como si fuera suyo. Diego sonríe con esa calma de actor que parece que ya sabía el final antes que todos.

Joseán sigue a mi lado.

No me suelta.

Ni siquiera cuando la gente se acerca a felicitarlo.

Y yo, en medio de toda esa alegría, de los aplausos aún resonándome en el cuerpo, de la emoción enorme de verlo ganar, siento una punzada fría atravesarme el pecho.

Porque con todo y el ruido de la celebración, entiendo por completo lo que significa.

Ganó.

El corto ganó.

Su sueño acaba de abrir una puerta.

Y esa puerta no lleva a la universidad, ni a la casa de Rosa, ni a los desayunos improvisados, ni a los mensajes robados entre clases y trabajo.

Porque entre las felicitaciones, las fotos y el sobre del premio, hay una palabra que empieza a crecer hasta taparlo todo.

Nueva York.

Dos años.

Dos años lejos.

Dos años o tal vez más, en una ciudad que yo apenas puedo imaginar, haciendo lo que siempre quiso hacer, persiguiendo por fin esa parte de sí mismo que despertó en pantalla.

Me siento egoísta por pensarlo.

Horrible.

Injusta.

¿Cómo puede dolerme algo que debería hacerme feliz?

Joseán se inclina hacia mí, aún sonriente, todavía abrumado.

—¿Estás bien?

La misma pregunta.

Otra vez.

Lo miro.

Veo al hombre que acaba de ganar. Al que tembló en silencio antes de ver su corto. Al que me subió con él al escenario porque, de alguna forma, entiende mejor que yo que esto nos pertenece a los dos.

Y sonrío.

Porque no puedo hacer otra cosa.

—Sí —miento, o tal vez no del todo—. Estoy feliz por ti.

Su sonrisa se suaviza.

—Por nosotros.

Asiento.

Por nosotros.

Sí.

Pero mientras todos empiezan a caminar hacia la salida, buscando dónde celebrar, siento que algo dentro de mí se queda quieto.

Nueva York aún no es una despedida.

Todavía.

Pero ya empieza a sentirse como una pregunta.

Una que no quiero hacerme.

¿Qué voy a hacer sin él?