20 . De vuelta a la realidad #2
—O varias —agrega Pablo, sin perder la oportunidad.
—Los dos son unos corrientes, de verdad.
—Y tú eres una ingrata —dice Javi—. Te desapareces y regresas con cara de “año nuevo, vida nueva” y pretendes que no preguntemos nada. O sea, no manches.
Me termino de acomodar el delantal demasiado rápido, como si amarrar el nudo pudiera salvarme de ellos.
—No voy a contarles detalles.
Javi suelta un grito ahogado.
—¡Entonces sí hay detalles!
—Yo no dije eso.
—Lo dijiste con los ojitos —interviene Pablo—. Además, traes un brillo sospechoso. Eso no lo da dormir ocho horas, mija. Eso lo da otra cosa.
—Ya cállense o les aviento leche caliente.
—Mírala —dice Javi, encantado—. Amenazando con violencia doméstica laboral. Qué cambiada volvió nuestra niña.
—Sigo siendo la misma.
Los dos se miran.
—No —dicen al mismo tiempo.
Les aviento dos sobres de azúcar.
—Bueno, suficiente. Tengo que trabajar.
—Está bien, amix —dice Javi, levantando las manos—. No te presionamos.
—Gracias.
—Pero cuando estés lista para hablar de tu despertar sensual y otras tragedias de cama, aquí estaremos.
—Javier.
—¿Qué? Le puse título elegante.
Pablo suelta una carcajada.
A pesar de la vergüenza, no puedo evitar reírme con ellos. Los extrañé. A sus comentarios impropios, a sus caras de metiches, a esa forma que tienen de hacerme sentir acompañada incluso cuando me dan ganas de desaparecer de la pena.
Javi y Pablo no son solo mis compañeros de trabajo. No sé en qué momento se volvieron esa clase de personas que una empieza a buscar con la mirada cuando entra a un lugar. Javi con sus mil planes imposibles para dejar de servir cafés y volverse empresario creativo de quién sabe qué. Pablo con su cara de pocos amigos, su humor filoso y esa ternura que se le escapa cuando cree que nadie lo está viendo.
Los dos hacen mucho ruido.
Y, aun así, la cafetería se siente más hogar cuando están cerca.
El turno se va rápido. Entre clientes, cafés, bromas y mi intento de no quedarme dormida de pie, la tarde termina antes de lo esperado.
Cuando salgo, ya está oscuro y hace frío.
En cuanto llego a casa de Rosa, subo a mi cuarto, me pongo la pijama y me tiro a la cama como costal.
Apenas estoy cerrado los ojos cuando suena mi celular.
Joseán: ¿Sobreviviste al regreso a la realidad?
Sonrío.
Natalia: Apenas. Javi y Pablo me interrogaron como si trabajaran para la policía judicial.
Joseán: ¿Y confesaste?
Natalia: Obvio no. Soy una mujer de principios.
Joseán: Nat.
Natalia: Bueno, casi.
Joseán: ¿Qué tanto les dijiste?
Natalia: Nada comprometedor.
Joseán: Eso suena comprometedor.
Natalia: Dije que la pasamos bonito.
Joseán: ¿Bonito?
Natalia: Ajá.
Joseán: ¿Eso fue todo?
Natalia: También que eres un sapo fresa, arrogante, intenso y con complejo de poste protector.
Joseán: Ah, bueno. La verdad, ante todo.
Natalia: Exacto.
Joseán: Qué lástima. Me hubiera gustado saber cómo describes mis otras habilidades ante terceros.
Ay, Dios.
Natalia: No manches, ¿así o más arrogante? Jajaja.
Joseán: ¿Eso fue descripción o diagnóstico?
Natalia: Ambas.
Joseán: Qué dura eres conmigo, Nat.
Natalia: Pobrecito. ¿Quieres que te mande flores?
Joseán: Prefiero que me mandes otra cosa.
Me muerdo el labio sin poder evitarlo.
Natalia: José Ángel.
Joseán: Me encanta cuando me regañas por mensaje. Casi puedo verte poniendo esa cara de niña seria.
Natalia: No tengo cara de niña seria.
Joseán: Sí tienes.
Natalia: Qué necio.
Joseán: Necio y enamorado.
Me quedo viendo la pantalla unos segundos, sintiendo cómo se me afloja algo en el pecho.
Natalia: No juegues sucio.
Joseán: No estoy jugando.
Natalia: ¿Qué haces entonces?
Joseán: Pensar en ti.
Natalia: ¿En mí o en Manzanillo?
Joseán: En ti en Manzanillo.
Joseán: En ti en la terraza.
Joseán: En ti usando mi camiseta.
El calor me sube al cuello.
Natalia: Ya.
Joseán: ¿Ya qué?
Natalia: Ya compórtate.
Joseán: No puedo. Llevo todo el día intentando y me está yendo del nabo.
Natalia: Pues esfuérzate más.
Joseán: Me esfuerzo. Pero luego me acuerdo de tu cara cuando te despiertas y se me arruina el avance.
Natalia: Me voy a dormir.
Joseán: Ajá.
Natalia: En serio.
Joseán: Claro, amor.
Me quedo viendo la pantalla como tarada.
Amor. Otra vez.
Natalia: Descansa tú también, sapo.
Joseán: Sueña conmigo.
Dejo el celular sobre mi pecho, sonriendo como tonta.
El mes apenas empieza y ya se siente cargado de cosas. En unos días regresamos a clases. Yo tengo que retomar el ritmo de la universidad, el trabajo, los proyectos, las lecturas pendientes y esa vida que parece no detenerse por nada ni por nadie.
Joseán, por su parte, tiene que terminar de editar el corto y enviarlo antes del treinta y uno de enero para entrar oficialmente al concurso.
Eso me emociona y me pone nerviosa.
No he visto casi nada. Apenas pedazos, escenas sueltas, imágenes que no entiendo del todo. Sé lo que filmamos, por supuesto, pero no sé cómo se verá desde su perspectiva. Desde su mente. Desde esa parte de él que a veces parece cerrada para todos.
Me da curiosidad.
También miedo.
Porque, de alguna forma, yo estoy ahí.
Mi voz. Mi cara.
Mi cuerpo caminando entre estructuras imposibles.
Una versión de mí que aún no conozco.
Cierro los ojos.
El futuro inmediato se anuncia pesado, lleno de pendientes y rutinas. Pero algo dentro de mí sabe que enero no va a ser un mes cualquiera.
Hay cosas esperando.
El concurso. El corto.
Rosa y sus viajes cada vez más frecuentes a Cuernavaca.
Y Joseán.
Siempre Joseán.
De vuelta a la realidad, sí.
Pero una realidad que ya no se parece en nada a la que tenía antes de él.
***
Regresar a clases es exactamente tan brutal como esperaba.
El cuerpo aún me pide playa, sol, mar y mañanas lentas, pero la universidad no tiene consideración alguna con mis recientes revelaciones existenciales ni con mi corazón enamorado. Desde el primer día nos dejan lecturas, trabajos en equipo, exposiciones y un par de tareas que, estoy segura, los maestros inventan solo para recordarnos que las vacaciones terminaron.
Mi horario vuelve a devorarme.
Clases por la mañana. Trabajo en la tarde. Tareas en la noche. Mensajes de mis papás. Mensajes de Joseán. Mensajes de Denisse. Javi y Pablo opinando de mi vida sentimental como si fueran miembros honorarios de un consejo consultivo no solicitado.
Y, en medio de todo, Joseán empieza a desaparecer poco a poco dentro de su propio mundo.
No de mí.
Eso lo entiendo.
Pero sí del mundo normal.
Está como loco con la edición del corto. Tiene que entregar la versión final antes del treinta y uno y, conforme se acerca la fecha, cada hora disponible de su vida parece tragársela la computadora.
Lo veo poco.
Mucho menos de lo que quiero.
Algunos fines de semana voy a su casa con la excusa de pasar tiempo con Denisse, aunque todos sabemos que no es la única razón. Me quedo un rato con ella en su cuarto, rodeadas de papas, cargadores, ropa que no piensa doblar y conversaciones que saltan entre chismes de la universidad, series pendientes en streaming y la vida en general.
A veces Joseán aparece después de horas encerrado, despeinado, con la barba un poco crecida y los ojos cansados de tanto mirar la pantalla. Baja a comer algo con nosotras o nos alcanza en la sala para ver media película antes de quedarse dormido a mi lado.
No siempre hablamos mucho.
He recurrido a sentarme cerca de él mientras revisa tomas, corta escenas o escucha el mismo fragmento de audio una y otra vez. Los audífonos parecen ya algo permanente en su cabeza. Yo hago tarea en un rincón o leo, fingiendo que no me muero de ganas de que cierre la laptop y me mire.
Pero no lo presiono.
Hay algo hermoso y frustrante en verlo así: completamente entregado a algo suyo. Concentrado, obsesivo, insoportable por momentos, pero vivo.
Muy vivo.
—Te vas a quedar ciego —le digo una tarde, sentada en el piso del cuarto de televisión de su casa, rodeada de apuntes.
—No puedo. Todavía tengo que corregir color.
—No sé qué significa eso, pero suena a enfermedad.
—Un poco sí.
—¿Ya comiste?
—Ajá.
—¿Qué comiste?
Se queda callado.
—José Ángel.
—Café.
—No manches. El café no es comida.
—Depende de qué tan desesperado estés.
—No, depende de si tienes o no ganas de vivir.
Le lanzo un cojín del sillón.
Él apenas alcanza a esquivarlo y se ríe