Detrás de un sueño 20 . De vuelta a la realidad
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20 . De vuelta a la realidad

Regresar a la Ciudad de México después de Manzanillo se siente como despertar de golpe mientras sueñas algo padre, sin café y con alguien gritándote que ya se acabó lo bueno.

No uno de esos sueños raros que se olvidan a los cinco minutos, sino de esos que permanecen pegados a la piel, aunque abras los ojos y vuelvas a escuchar tráfico, cláxones, voces, pendientes y la vida normal exigiendo su turno.

El vuelo es tranquilo. Corto, sin sobresaltos y con una vista preciosa cuando dejamos atrás el mar. Joseán se queda despierto esta vez, sentado a mi lado, con mi mano entre las suyas y el pulgar acariciándome los nudillos de vez en cuando.

No hablamos demasiado.

Tampoco hace falta.

A ratos lo veo de reojo y me da una especie de ternura incómoda darme cuenta de que, después de todo lo que vivimos en esos dos días, sigue siendo él. El mismo sapo arrogante, distraído, intenso y hermoso de siempre. Y yo sigo siendo yo. Solo que con una cantidad absurda de recuerdos nuevos que no sé dónde acomodar.

Al aterrizar, recogemos las maletas y pedimos un taxi rumbo a casa de Rosa. El trayecto se me hace eterno y muy corto al mismo tiempo. Eterno porque el tráfico de regreso a la ciudad se empeña en recordarnos, con cláxones y enfrenones, que las vacaciones terminaron. Corto porque cada minuto nos acerca más la inminencia de despedirnos.

Cuando llegamos, Joseán baja primero para sacar mis cosas de la cajuela. Yo me quedo unos segundos dentro del coche, mirando la fachada de la casa de Rosa como si fuera distinta, aunque no haya cambiado absolutamente nada.Gracia

La que cambió soy yo.

—¿Lista? —pregunta Joseán, abriéndome la puerta.

—No.

Sonríe apenas.

—Qué bueno. Yo tampoco.

Me ayuda a bajar y toma mi maleta como si no pesara nada. Caminamos hasta la entrada en silencio. Las rueditas de la maleta hacen mucho ruido sobre el piso, como si también quisieran arruinar el momento.

Al llegar a la puerta, se detiene y me mira de esa forma que ya empiezo a reconocer demasiado: como si quisiera decir mil cosas, pero ninguna le alcanzara.

—Te voy a extrañar —dice finalmente.

Siento un nudo en la garganta.

—Me vas a ver mañana, exagerado.

—No es lo mismo.

No.

No lo es.

Porque mañana volvemos a la vida real. A clases, trabajo, horarios, mensajes robados entre pendientes, besos breves y ganas guardadas para después Ya no habrá mar, ni terraza, ni una casa prestada en la que podamos fingir que el mundo se detiene para nosotros.

—Yo también te voy a extrañar —admito.

Joseán deja la maleta a un lado y me toma de la cintura. Me acerca a él con cuidado, como si aún estuviera midiendo cuánto me duele el cuerpo después del viaje. Me da un beso suave. Uno de esos que no buscan empezar nada, solo dejar algo guardado.

—Descansa, Nat.

—Tú también.

—Te escribo llegando.

—Más te vale.

Sonríe y me da un último beso en la frente antes de soltarme.

Lo veo subir al taxi y esperar a que arranque. Me quedo parada en la entrada, con la maleta a un lado, hasta que el coche se pierde al final de la calle.

Patético.

Pero feliz.

Apenas entro a la casa, escucho pasos apresurados desde la sala.

—¡Por fin! —exclama Denisse, apareciendo como si hubiera estado escondida detrás de un sillón esperando mi llegada.

Trae pants, una sudadera enorme y el cabello recogido en una coleta mal hecha. Su cara es la representación exacta de una persona desesperada por chisme y privada injustamente de sus derechos humanos.

—Hola a ti también —contesto, cerrando la puerta.

—¿Ya se fue?

—Qué directa, no manches —le digo riendo.

—Wey, llevo horas aquí esperando. Abu ya me dio café, galletas, fruta y hasta me ofreció sopa. O sea, la pobre ya agotó el menú de contención emocional. Necesito que mi hermano desaparezca oficialmente para que tú y yo podamos hablar como Dios manda.

—Ya se fue.

Denisse abre los ojos, emocionada.

—Perfecto. Sube tus cosas y bajas. O mejor, las subo contigo. O no, espera, primero dime algo: ¿sigues siendo una mujer pura e inocente o ya tengo que prender una veladora por tu alma pecadora?

—¡Denisse!

—¿Qué? Pregunta válida.

—No voy a contestarte eso. Menos donde tu abuela podría aparecer cargando sopa, wey.

—Entonces sí hay algo que contestar.

Le lanzo mis mejores ojos de advertencia, pero se limita a sonreír como una desquiciada.

Rosa aparece desde el comedor antes de que Denisse pueda seguir con su interrogatorio. Al verla, la sonrisa se me suaviza.

—Natalia, qué gusto que ya estás de regreso, hija.

—Gracias, Rosa. Feliz Año Nuevo.

Me acerco para abrazarla. Ella me recibe con cariño, pero algo en su abrazo se siente distinto. No es la Rosa firme de siempre, la que huele a crema de manos y manda sin alzar la voz. Esta vez se siente más ligera. Más cansada. Al separarme, la observo con atención. Trae ojeras, el rostro un poco apagado y el cabello, aunque perfectamente peinado como siempre, no logra ocultar que se ve agotada.

—¿Todo bien? —pregunto sin pensarlo.

Rosa sonríe, pero su sonrisa no llega del todo a los ojos.

—Claro, niña. Nomás cansancio. Estos días han estado movidos y he ido mucho a Cuernavaca. Ya sabes cómo es una: deja pendientes, luego se le juntan y después anda corriendo como loca.

Denisse la mira también, con una preocupación que intenta disimular.

—Abu, deberías descansar más. Últimamente te vas a Cuernavaca a cada rato.

—Ay, Denisse, no empieces. Estoy bien.

Pero no suena bien.

O tal vez soy yo, que después de lo ocurrido con Laura y todo lo que he visto en esa familia, ya escucho alarmas donde antes no las habría escuchado.

—Sube a dejar tus cosas, Natalia —dice Rosa, cambiando el tema—. Más tarde, si tienes hambre, le digo a Cristina que te prepare algo.

—Gracias, pero comí en el aeropuerto. Solo quiero ordenar mis cosas y descansar.

—Eso. Descansa —dice Rosa, acariciándome el brazo con ternura.

Denisse me ayuda a subir la maleta, aunque más que ayudar, parece escoltarme para asegurarse de que no escape de darle el reporte completo. En cuanto cerramos la puerta de mi cuarto, se avienta sobre mi cama.

—Habla wey.

—Ni siquiera he abierto la maleta.

—La maleta puede esperar. Mi paz mental no.

Me río y empiezo a sacar ropa sucia para ponerla en una bolsa.

—La pasamos muy bien.

—Eso ya lo sé por tu cara de “me fui dos días y regresé casada por la Iglesia”.

—No manches.

—Es la neta, wey. Traes cara de mujer realizada.

—Denisse.

—Nati.

Nos quedamos viendo y las dos soltamos la carcajada.

Termino contándole una versión editada de Manzanillo. La casa, la playa, la comida, la cena en Las Hadas, lo hermoso que estuvo todo. No entro en detalles íntimos. No porque no confíe en ella, sino porque hay cosas que, por ahora, quiero conservar solo para mí. Como si hablar demasiado pudiera quitarles algo de magia.

Denisse, por supuesto, entiende perfectamente que hay huecos en mi relato.

Y, por supuesto, decide no respetarlos del todo.

—Okey, entonces no me vas a contar todo.

—No.

—Pero ¿estás bien?

La pregunta me toma por sorpresa porque ya no suena burlona. Suena genuina.

—Sí —contesto—. Estoy muy bien.

Denisse sonríe, más tranquila.

—Entonces con eso me basta. Por ahora.

—Qué generosa.

—No te acostumbres, amiga. Nomás me estoy conteniendo porque es mi hermano y no quiero películas mentales.

Guardo unas sandalias en el clóset y, mientras doblo un vestido, recuerdo algo que me ha estado dando vueltas desde Xilitla.

—Oye… ¿has sabido algo de Omar?

Denisse se tensó un poco.

Lo suficiente para notarlo.

—¿Omar? No. ¿Por qué?

Decido no contarle lo que él me dijo. No la conversación completa. No era mía para repetirla y, además, sentí que, si abría esa puerta, iba a meterme en un lugar que no me correspondía.

—Nada. Solo que Joseán comentó que se va a Colombia por algo de investigación periodística. En una zona complicada, cerca de la frontera. Me dio pendiente.

Denisse bajó la mirada.

—Omar siempre anda buscando meterse donde no debe.

Lo dijo con molestia, pero había miedo debajo. Mucho.

—¿Te preocupa?

—No —respondió muy rápido.

Ajá.

Claro.

—Solo digo que es un idiota. Eso es todo.

—Sí. Un idiota muy valiente, al parecer.

Denisse se quedó callada.

Por un instante pensé que diría algo más, algo verdadero, pero no lo hizo. Se levantó de la cama y empezó a revisar una pulsera que había dejado sobre mi buró como si de pronto fuera el objeto más interesante del mundo.

—Ya veremos si regresa completo —murmuró.

No supe qué contestar. Así que no dije nada. A veces el silencio también es una forma de acompañar.

***

Al día siguiente me despierto tardísimo.

Tardísimo de verdad.

De esos despertares en los que abres un ojo, ves la hora en el celular y durante tres segundos tu cerebro se niega a aceptar la realidad.

Me siento de golpe.

—¡No manches!

Tengo menos de una hora para bañarme, arreglarme, comer algo y llegar al trabajo. Por supuesto, el universo decidió que ese era el momento perfecto para que mi cabello amaneciera con voluntad propia, mi ropa limpia estuviera ahí adentro de la maleta y mi cara pareciera la de alguien que había sido atropellada por las vacaciones.

Logro llegar a la cafetería a tiempo.

Javi está recargado en la barra, cruzado de brazos, observándome con una amplia sonrisa. Pablo, a su lado, tiene la misma cara.

Qué miedo.

—Buenos días —saluda Javi, con voz de quien ya trae veneno preparado.

Antes de que pueda contestarle, los dos se me vienen encima. Nos abrazamos, nos decimos “Feliz Navidad”, “Feliz Año” y todo el show atrasado, con más escándalo del socialmente aceptable para una cafetería a esa hora. Algunos clientes voltean a vernos como si estuvieran a punto de pedir que nos canalicen a un manicomio.

—Ya, ya, qué intensidad —digo, separándome para ponerme el delantal—. Ni que me hubiera ido a la guerra.

—Peor —responde Javi, mirándome de arriba abajo—. Te fuiste con el novio.

—Y regresaste sospechosamente luminosa —agrega Pablo.

—Ay, no. Ni empiecen.

—Ay, no, mana. Yo ni he dicho nada —responde, llevándose una mano al pecho—. Pero tú vienes caminando como si hubieras tenido una revelación espiritual.