Detrás de un sueño 19. Feliz año #3
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19. Feliz año #3

Una ola nos golpea más fuerte de lo esperado y me hace perder el equilibrio. Joseán me jala hacia él antes de que termine tragando agua salada. Me quedo pegada a su pecho, riéndome y tosiendo con el pelo en la cara y la honra completamente ahogada.

—Muy heroico de tu parte —le digo, escupiendo un poco de agua.

—Te dije que no te iba a soltar.

—Casi me ahogo. No manches.

—Exagerada. Fue una olita nada mas.

—Para ti, que mides lo mismo que un poste.

—Poste protector.

—Sapo poste.

—Cada vez me pones nombres peores.

—Te los ganas.

Nos quedamos un rato jugando entre olas, besándonos a escondidas cuando el agua nos cubre un poco más, riéndonos como si no tuviéramos que volver a ningún lado. Como si la universidad, el trabajo, la casa de Rosa, Denisse, su familia, mis papás y todo lo demás pertenecieran a otra vida.

Spoiler: sí tenemos que volver.

Pero no todavía.

Más tarde, muertos de hambre y con la piel salada, caminamos hacia un changarro de mariscos que está a unos metros de la playa. Tiene mesas de plástico, mantelitos de colores, sillas medio chuecas con logo de chela y una vista espectacular.

Exactamente mi tipo de lugar.

—Aquí se come rico —asegura Joseán, como si fuera experto local después de llevar menos de veinticuatro horas en Manzanillo.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Porque huele bien.

—Ah, bueno. Gran criterio gastronómico.

—A huevo. El olfato nunca falla.

—Qué profundo, Joseán. Qué hombre tan de mundo.

—Búrlate, pero ahorita vas a ver.

Pedimos ceviche, pescado zarandeado, tostadas de camarón y una orden de ostiones que Joseán pide con demasiada emoción para mi gusto. Cuando llegan, los veo con desconfianza.

—No manches.

—¿Qué?

—Eso se ve como algo que el mar decidió expulsar por una muy buena razón.

Joseán suelta una carcajada.

—No seas dramática. Pruébalos.

—No.

—Uno.

—No.

—Natalia.

—No me digas Natalia para obligarme a comer babas marinas.

—Son ostiones.

—Son babas marinas con limón y Valentina.

—Ay, por favor. No seas niña.

—No soy niña. Soy una mujer con instinto de supervivencia.

—Dicen que son afrodisíacos.

Lo veo fijamente.

—¿Perdón?

Se encoge de hombros, bastante entretenido.

—Eso dicen.

—Después de anoche y esta mañana, ¿en serio crees que necesitas ayuda de un ostión?

Joseán se atraganta con la risa.

— Touché .

—No, no. A ver. Me preocupa tu nivel de ambición.

—¿Mi nivel de ambición?

—Sí. O sea, ¿qué sigue? ¿Pedir un licuado de víbora, chochos milagrosos y una veladora?

—No seas payasa.

—Tú eres el que está pidiendo babas marinas con supuestos poderes sexuales, no yo.

—No son babas marinas.

—Lo son.

—No lo son.

—Son babas marinas premium, si quieres. Pero babas marinas.

Joseán toma uno, le pone limón y salsa, y me lo acerca como si me estuviera ofreciendo la solución a todos mis problemas.

—Ándale. Uno.

—Ni de chiste.

—Confía en mí.

—Confío en ti con muchas cosas. Con esto, no.

—Qué poca fe.

Se ríe y se lo come él, sin dejar de mirarme.

—Mmm.

—No hagas sonidos raros para convencerme.

—Está buenísimo.

—Qué bueno. Entonces cómete los demás tú y yo observo resultados.

Joseán levanta las cejas.

—Eso suena como experimento científico.

—Soy una mujer de investigación.

—Dominguera y científica. Qué peligro.

—Y tú, sapo con complejo de poste protector. Cómete tus babas marinas.

Se come tres, solo por llevarme la contraria. Yo me mantengo firme en mi postura y me dedico al ceviche, que está espectacular. El pescado zarandeado llega después, servido con tortillas calientes, salsa, arroz y ensalada. Comemos como si no hubiéramos desayunado. Bueno, en realidad sí desayunamos, pero después de la mañana que tuvimos, mi cuerpo decide que necesita compensación calórica inmediata. Sin preguntas. Sin juicios.

Mientras esperamos la cuenta, me llega un mensaje de Denisse.

Denisse: Feliz Año Nuevo, desaparecida.

Denisse: ¿Mi hermano sigue vivo o ya lo aventaste al mar?

Sonrío como tonta.

Natalia: Sigue vivo. Por ahora.

Denisse: Eso suena sospechoso.

Natalia: Todo suena sospechoso cuando eres metiche.

Denisse: Soy tu mejor amiga. Es mi derecho.

Natalia: Luego te cuento.

Denisse: Ese “luego te cuento” viene cargado de pecado.

Natalia: Adiós, Denisse.

Denisse: ME URGE QUE REGRESES.

Bloqueo el celular con una sonrisa imposible de ocultar.

—¿Nisi? —pregunta Joseán.

—Sí.

—¿Me está quemando?

—Poquito.

—Qué raro.

—Dice que le urge que regrese.

—Me imagino. Le debes chisme.

—Muchísimo.

—¿Chisme que me involucra?

—No seas egocéntrico.

Joseán ladea la cabeza, mirándome con una sonrisa muy segura.

—O sea, sí.

—O sea, cállate y pide la cuenta.

Se ríe y levanta la mano para llamar al mesero.

Regresamos a la casa por la tarde, con la piel caliente por el sol, el cabello lleno de sal y esa flojera deliciosa que solo da pasar horas en la playa. Durante el camino de vuelta me recargo contra la ventana del taxi, viendo cómo la ciudad cambia de color con la caída del sol. Las calles se ven más tranquilas, las palmeras se mueven con la brisa y el mar, a lo lejos, parece una lámina oscura llena de destellos.

Me siento contenta.

De verdad contenta.

No eufórica ni nerviosa ni acelerada. Contenta. Serena. Parece como que por un día entero la vida hubiera decidido decirnos: “ándenle, no la caguen, ahí les va tantita paz”.

Al llegar a la casa, nos bañamos para quitarnos la sal y la arena. Yo me pongo ropa cómoda mientras Joseán revisa su celular en la cama, tirado boca abajo, con el cabello húmedo y cara de estar tramando algo.

—Tenemos reservación para cenar —dice de pronto.

—¿Tenemos?

—Ajá.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de venir.

—No manches. Qué organizado me saliste.

—Tengo mis momentos.

—¿Y a dónde vamos?

—A un lugar bonito. En Las Hadas.

Eso me llama la atención.

—¿Las Hadas? ¿El hotel?

—Sí. Hay un restaurante ahí. Se llama Legazpi. Es más formal, así que ponte guapa.

—¿Más guapa que esto? —pregunto, señalándome con total descaro.

Joseán deja de ver el celular y me recorre arriba a abajo. Yo estoy en shorts, camiseta floja y el cabello hecho un desastre húmedo.

—Punto válido —dice, muy serio—. Entonces ponte igual de guapa, pero con zapatos.

—Qué idiota.

Le aviento una toalla y él la esquiva riéndose.

Aun cuando es primero de enero, muchas cosas siguen abiertas por la temporada alta. Eso me sorprende un poco, pero supongo que en lugares de playa las vacaciones mandan más que el calendario.

Me arreglo con más cuidado del que pensaba. Elijo un vestido sencillo, color arena, que había metido a la maleta “por si acaso”, sandalias altas y aretes pequeños. Me dejo el cabello suelto, con las ondas naturales que me deja el mar, y solo me pongo un poco de maquillaje.

Cuando salgo del baño, Joseán ya está listo.

Camisa azul marino, pantalón claro, cabello todavía un poco húmedo, reloj en la muñeca y esa expresión suya de “sé perfectamente lo que estoy provocando”. Se ve guapísimo. También se ve insoportablemente fresa, como de esos hombres que seguramente aprendieron a manejar lancha antes que estándar y que usan relojes tan caros que una prefiere no preguntar.

—¿Qué? —pregunta al notar que me quedo viéndolo.

—Nada.

—Ajá.

—Te ves bien.

—Tú te ves increíble.

Lo dice sin burla.

Eso lo hace peor.

Las Hadas de noche parece otro lugar. Todo blanco, curvas, luces cálidas y mar oscuro al fondo, como si alguien hubiera diseñado el hotel para que una se sintiera dentro de una película vieja.

El restaurante tiene ese aire elegante de hotel clásico, con vistas hacia la bahía y una iluminación tenue que hace que todo se sienta más íntimo. No es ostentoso de una forma incómoda, sino bonito, cuidado, como si cada mesa estuviera puesta para que la gente hablara más bajito y se mirara más de la cuenta.

Pedimos para compartir una entrada de mariscos, luego pescado para mí y un filete para él. Tomamos dos drinks, nada fuerte, nada de borrachera. Yo pido algo con frutos rojos y espumoso que se ve más bonito de lo que sabe, aunque está rico. Joseán pide un whisky, porque claro, el hombre tiene que recuperar su reputación después de aceptar que a veces se le antojan piñas coladas.

—No te juzgo —le digo, levantando mi copa.

—Sí me juzgas.

—Un poquito.

—Te pasas, qué cruel.

—Soy honesta.

Platicamos de todo. Del corto, de Xilitla, de mis papás, de lo mucho que Denisse iba a interrogarme cuando regresáramos. También hablamos de cosas más simples: películas malas que nos gustan, canciones que nos dan pena, comidas que no soportamos, lugares que queremos conocer.

Mientras habla, juega con el borde del vaso. Cuando se ríe, baja la mirada primero, como si todavía le diera pena estar tan tranquilo.

Me gusta escucharlo hablar cuando no está defendiéndose de nada. Me gusta verlo relajado.

Me gusta saber que, aunque tiene sombras, también tiene esta parte luminosa que no siempre deja salir.

Cuando regresamos a la casa, ya es tarde. El aire está fresco y el cielo despejado. Desde la terraza se alcanzan a ver algunas luces lejanas y el mar suena más fuerte, invisible en la oscuridad. Me arden un poco los hombros por el sol y tengo arena en lugares donde no debería seguir habiendo arena.

No me importa.

Estoy feliz.

Decimos muy poco y no hace falta más.

Joseán me toma de la mano y me lleva hacia la recámara. Esta vez no hay prisa ni juegos de poder ni bromas para disimular los nervios. Solo esa certeza silenciosa de dos personas que ya se conocen un poco más que la noche anterior.

La puerta se cierra detrás de nosotros.

Y el resto de la noche se quedó entre el sonido del mar, las sábanas revueltas y la forma en que supe, sin necesidad de pensarlo mucho, que algo en mí había cruzado una frontera de la que no quería volver.

Al día siguiente, dos de enero, nuestro vuelo salía al mediodía.

Teníamos que regresar.

A la universidad.

Al trabajo.

A la casa de Rosa.

A los pendientes, los horarios, la vida real.

Pero por unas horas más, aún éramos solo nosotros.

Manzanillo, el mar y este pequeño paréntesis que ya empezaba a dolerme de tanto saber que se estaba terminando.