19. Feliz año #2
Soy yo quien lo busca, quien lo provoca, quien se mueve sobre él hasta sentir cómo su cuerpo responde debajo del mío. La sensación me roba el aire y, simultáneamente, me da una seguridad nueva. Una parte de mí, la que ayer temblaba de nervios, observa desde lejos a esta Natalia que no se esconde, que no espera instrucciones, que no pide permiso para querer.
Joseán intenta besarme el cuello, pero tomo su cara entre mis manos y lo obligo a mirarme.
Quiero verlo.
Quiero verlo mientras entiende que no soy tan frágil como cree.
Su respiración se rompe.
—Nat…
Mi nombre suena como advertencia y súplica.
Me muevo otra vez, más despacio, midiendo la presión, aprendiendo de su reacción. Él cierra los ojos un instante y aprieta los dedos sobre mi cintura.
Eso me enciende más.
El poder de provocarle eso me recorre entera. No porque quiera dominarlo. Sino porque por primera vez entiendo que esto también puede nacer de mí. De mis ganas. De mis manos. De mi decisión.
También puedo dar.
Buscar.
Decidir.
El mundo se reduce al roce de nuestros cuerpos, al sonido del mar, a su respiración contra mi boca, a mis manos en su cabello, a las suyas bajando por mi espalda hasta aferrarse a mí con una mezcla de deseo y contención.
No hay cama.
No hay noche.
No hay miedo.
Solo esta mañana luminosa, el año recién nacido y nosotros dos encontrando una manera distinta de hablarnos. Cuando el placer empieza a crecer, lento y profundo, apoyo la frente contra la suya. Joseán no deja de observarme. Me sostiene con fuerza, pero deja que sea yo quien decida cuánto, cómo, cuándo.
Y eso, más que cualquier otra cosa, me hace sentir poderosa. No era solo lo que él me hacía sentir. Era darme cuenta de que mi cuerpo también tenía memoria, voluntad y una voz que yo apenas estaba aprendiendo a escuchar.
No sé cuánto tiempo pasa.
Solo sé que, cuando todo se desborda, lo hace sin prisa, como una ola que sube hasta cubrirlo todo. Me aferro a él, temblando, y él me sigue unos segundos después, escondiendo el rostro en mi cuello mientras dice mi nombre con una voz que no le había escuchado antes.
Nos quedamos así, abrazados, respirando con dificultad.
La bata sigue abierta, el café ya se enfrió y la papaya seguramente se está calentando con el sol.
Me río bajito.
Joseán levanta la cabeza, aún agitado.
—¿De qué te ríes?
—De que tu queja formal fue atendida en tiempo y forma.
Tarda medio segundo en entender.
Luego se ríe conmigo, fuerte, libre, con esa risa suya que me afloja el corazón.
—Excelente servicio —dice, dándome un beso en el hombro—. Definitivamente voy a levantar otra queja mañana.
—Abusivo.
—Hombre de costumbres, princesa.
Le doy un golpe suave en el pecho, pero no me muevo de encima de él.
No todavía.
Porque por primera vez en mucho tiempo no tengo prisa por llegar a ningún lado.
Joseán me abraza con fuerza, aún con la respiración desordenada. Sus manos suben y bajan por mi espalda con una suavidad que me adormece. Cierro los ojos un instante, recargada en su hombro, dejándome envolver por el calor de su cuerpo y el ruido constante del mar.
Entonces lo siento tensarse. No mucho. Apenas.
Pero ya empiezo a conocerlo lo suficiente como para notarlo.
—¿Qué pasa? —pregunto dejando de apartar la vista.
Joseán me mira. La expresión de hace unos segundos, juguetona y satisfecha, se transforma en una preocupación inmediata.
—Nat…
Ese tono.
Ay, no.
—¿Qué?
Traga saliva y baja la mirada un segundo, como si estuviera armando la frase con cuidado.
—No usamos condón.
El comentario cae entre nosotros como un balde de agua fría.
Por supuesto.
¿Cómo no me di cuenta?
Me quedo inmóvil, aún sentada sobre él. Toda la escena luminosa y perfecta se llena, de golpe, de realidad.
—Ay, Dios —murmuro.
—Perdón —dice de inmediato—. Perdón, Nat. Me dejé llevar. No debí. Yo tenía que…
—José Ángel —lo interrumpo, tocándole la cara—. Respira.
—No. No me digas que respire. La cagué.
Su angustia es tan evidente que, en lugar de asustarme más, me enternece.
—No la cagaste solo tú. Yo también estaba aquí, ¿te acuerdas? Bastante participativa, por cierto.
No sonríe. Ni un poquito.
Okey. Esto sí le preocupa.
—Estoy tomando mis pastillas —le digo con calma—. Las tomo todos los días. Religiosamente. No se me ha pasado ninguna.
—¿Segura?
—Segura.
—¿A la misma hora?
Lo miro, levantando una ceja.
—Mira nada más al señor interrogatorio.
—Nat.
—Sí. A la misma hora. Tengo alarma en el celular y todo. No soy tan irresponsable.
Joseán cierra los ojos y suelta el aire despacio, pero no parece relajarse del todo.
—De todos modos, no estuvo bien —dice—. Anoche usamos. Hoy debimos usar también.
—Lo sé.
Y lo sé de verdad.
Porque una cosa es que no haya peligro real, o que al menos yo me sienta tranquila con mi método, y otra muy distinta es que actuáramos como si no importara. Importa. Claro que importa. Mi cuerpo, mi salud, mi tranquilidad. Todo importa.
—No quiero que pienses que me vale madre —añade, mirándome con una seriedad que me aprieta el pecho—. No me vale. Nada de esto me vale.
—Lo sé.
—No quiero arriesgarte.
—También lo sé.
Me acomodo un poco la bata, no por vergüenza, sino porque el mood cambió. Ya no estamos jugando. Joseán lo nota y me ayuda a cerrarla con cuidado, como si ese gesto fuera una disculpa silenciosa.
—A partir de ahora, sin excepción —dice—. Aunque tú tomes pastillas. Aunque estemos muy seguros. Aunque me vea muy bonito y te distraigas.
Eso último logra arrancarme una risa.
—Qué humilde.
—Estoy tratando de bajar la tensión.
—Te sale pésimo.
—Pero funcionó ¿no?
Sonrío tímida.
Luego le tomo la mano y entrelazo mis dedos con los suyos.
—Estoy bien, ¿sí? No me arrepiento. No estoy asustada. Pero sí tienes razón. Hay que cuidarnos. Siempre.
Joseán asiente.
—Siempre.
Se queda mirándome unos segundos, aún serio.
—¿Me prometes que si algo te preocupa me lo vas a decir? Lo que sea. Aunque sea incómodo.
—Te lo prometo.
—Y yo prometo no volver a dejar que el hombre de costumbres tome decisiones sin consultar al adulto responsable.
—¿Y quién es el adulto responsable?
—Claramente tú.
—Buena respuesta.
Ahora sí sonríe.
Me acerco y le doy un beso suave, distinto a los de hace rato. Más tranquilo. Más nuestro. Uno que no busca encender nada, sino acomodar las cosas otra vez en su lugar. Cuando me separo, Joseán apoya la frente contra la mía.
—Feliz Año Nuevo, princesa.
—Feliz Año Nuevo, sapo irresponsable.
Se ríe, al fin.
—Responsable en rehabilitación.
—Más te vale.
Nos quedamos abrazados un ratito más, con la brisa entrando desde el mar y el resto del desayuno ya completamente frío.
No me importa.
Creo que esto también cuenta como intimidad: hablar de lo incómodo, aceptar que la regamos y cuidarnos sin que el mundo se acabe. O tal vez sí se rompe un poco la fantasía. Pero no de mala manera. A veces romperla es justo lo que permite que algo sea real.
Después de nuestra “conversación responsable” y de terminar el desayuno frío, decidimos que lo más lógico es darnos un baño, vestirnos y salir a conocer un poco. La casa es maravillosa, sí, pero tampoco vamos a pasar todo el día encerrados ahí como par de recién casados en luna de miel.
Aunque ganas no faltan.
Me pongo un vestido ligero de algodón, sandalias cómodas y lentes de sol. Joseán opta por shorts, camiseta blanca y gorra. Lo odio un poco porque se ve bien con absolutamente todo. Incluso despeinado, medio bronceado y con cara de no haber dormido lo suficiente.
O tal vez precisamente por eso.
Pedimos un taxi para movernos sin estar batallando y, mientras esperamos frente a la casa, no puedo evitar mirar hacia el mar otra vez. Desde lo alto, Manzanillo se extiende como una mezcla curiosa de puerto, cerros, palmeras y mar azul intenso. No es un destino de postal perfecta como otros lugares turísticos que salen en anuncios, pero tiene algo muy suyo. Algo más real.
El taxi llega por fin y Joseán le pide al chofer que nos lleve hacia la zona de playa, evitando el centro y el área del puerto. Yo apenas estaba aprendiendo a ubicarme, así que me dediqué a mirar por la ventana como perrito en coche, pero con más dignidad.
Manzanillo me sorprende.
Hay partes que se ven muy sencillas, incluso descuidadas, y otras que de pronto se abren hacia vistas preciosas. Cerros verdes, casas blancas trepadas en las laderas, buganvilias cayendo sobre bardas, hoteles escondidos entre palmeras y ese mar que aparece y desaparece entre vueltas y calles como si jugara con nosotros.
El aire huele a sal, a sol, a bloqueador, a pescado frito y a humedad. Un olor que, por alguna razón, me hace sentir en vacaciones de verdad.
Llegamos a una playa muy tranquila. No está vacía, por supuesto, porque es primero de enero y temporada alta, pero tampoco es un caos imposible. Hay familias bajo sombrillas, niños corriendo hacia el agua, parejas caminando por la orilla y vendedores ofreciendo de todo: cocos, camarones, pulseras, pareos, mangos con chile.
Rentamos dos camastros y una sombrilla.
Por un rato no haremos nada.
Y es glorioso.
Solo estar ahí, con los pies enterrados en la arena, el sonido del mar al frente y el sol pegándome en la piel, me hace sentir una felicidad absurda. De esas que no necesitan explicación.
—Te estás riendo sola —me dice Joseán, recostado en el camastro de al lado.
—Estoy feliz.
La respuesta sale tan sencilla que hasta yo me sorprendo.
Él voltea a verme. Sus ojos se suavizan.
—Qué bueno.
No dice más.
Y eso me gusta.
Después entramos al mar. Al principio me da un poco de miedo porque las olas tienen más fuerza de la que aparentan desde la orilla. La espuma me golpea las pantorrillas y la arena se me hunde bajo los pies, como si el mar quisiera jalarme hacia adentro.
Joseán me toma de la mano y camina conmigo hasta que el agua nos llega a la cintura.
—No me sueltes —le advierto, apretándole los dedos.
—Ni loco.