Detrás de un sueño 19. Feliz año
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19. Feliz año

Al despertar al día siguiente, lo primero que siento es una paz extraña.

No de esas que llegan porque todo está resuelto. Mi vida claramente no funciona así, sino de esas que aparecen después de cruzar una puerta importante y darte cuenta de que sigues siendo tú. La misma. Pero no exactamente igual.

Empieza un año nuevo.

Uno lleno de expectativas, incógnitas y cosas que aún no sé nombrar.

Joseán duerme a mi lado, profundamente. Está boca abajo, con un brazo debajo de la almohada y el cabello cayéndole sobre la frente. La sábana le cubre hasta la cintura y su espalda, amplia y relajada, sube y baja con cada respiración lenta.

Se ve pacífico.

Sin defensas.

Hermoso de una manera tan íntima que me da ternura y pudor al mismo tiempo.

No puedo evitar quedarme mirándolo. Hay algo en esta escena que estoy segura, se va a quedar guardado en mi memoria para siempre. No por perfecta. Sino por real.

La noche anterior marca una línea invisible entre la Natalia que llegó a la Ciudad de México con una maleta, miedo, sueños y más preguntas que respuestas, y esta otra que despierta en una casa frente al mar, enredada en las sábanas con el hombre que ama.

Me quedará marcada para siempre.

Y agradezco que el recuerdo no me pese. Que no venga con miedo, ni culpa, ni ganas de borrarlo. Al contrario. Me deja tibia por dentro.

Me entristece pensar en cuántas mujeres no pueden recordar su primera experiencia con cariño. Cuántas la vivieron con miedo, presión, arrepentimiento o dolor. Cuántas la vivieron sin querer del todo, por impulso, por borrachera, por obligación, por complacer a alguien más. Cuántas, peor aún, ni siquiera tuvieron opción.

No quiero detenerme demasiado en eso porque se me hace un nudo en la garganta.

Soy afortunada.

De verdad lo soy.

La luz del sol empieza a entrar por el enorme ventanal como si el mar la estuviera devolviendo en pedazos. Todo el cuarto se baña en tonos dorados y azules. Las cortinas se mueven con la brisa que logra colarse por alguna rendija y, a lo lejos, las olas revientan contra las rocas con una fuerza constante, profunda, casi hipnótica.

Por un momento, el mundo parece recién estrenado.

Con muchísimo cuidado, me escurro de la cama para no despertarlo. Me quedo inmóvil unos segundos cuando Joseán se mueve, pero solo acomoda la cara contra la almohada y sigue dormido.

Sonrío.

Entro al baño, me lavo los dientes, me recojo el cabello de cualquier forma y me pongo una bata blanca que encuentro colgada detrás de la puerta. No traigo nada debajo y esa simple conciencia me provoca una sonrisa tonta frente al espejo.

Definitivamente algo cambió.

Bajo a la cocina procurando no hacer ruido. La casa está en silencio, apenas acompañada por el sonido del mar y el zumbido leve del refrigerador. Preparo café, sirvo jugo de naranja, corto papaya y busco algo para cocinar. Encuentro huevos, jamón, pan de caja, mantequilla y un poco de queso.

Perfecto.

No soy chef, pero unos huevitos con jamón y pan tostado los hago con los ojos cerrados.

Me tomo mi tiempo. Pongo todo en una charola grande: dos platos, cubiertos, servilletas, café, jugo, fruta, pan tostado con mantequilla y los huevos recién hechos. La idea es subir, despertarlo y desayunar en la terraza de la recámara viendo el mar.

Qué buen plan el mio.

Cuando entro al cuarto, con mucho cuidado de no tirar nada, Joseán ya está despierto.

Está sentado en la cama, despeinado, con la sábana sobre la cadera y cara de pocos amigos.

—Qué bonito —dice, con voz ronca de recién despertado—. Me abandonas en nuestra primera mañana del año.

Me detengo a media habitación con la charola en las manos.

—Buenos días para ti también.

—No. Nada de buenos días. Me desperté y no estabas.

—Fui a preparar el desayuno.

Se fija en la charola y su expresión se suaviza de inmediato.

—Okey. Eso ayuda a tu caso.

—Qué considerado.

—Pero igual me quitaste la ilusión.

—¿Cuál ilusión?

La sonrisa que me dedica es lenta, perezosa y completamente indecente.

—La del mañanero.

Casi tiro el café.

—José Ángel.

—¿Qué? Es una tradición muy respetable.

—¿Según quién?

—Según yo, que soy un hombre de costumbres.

—Pues qué rápido te llenaste de costumbres. Apenas llevas unas horas con vida sexual formal.

Se ataca de risa y se levanta para ayudarme con la charola.

—Ven acá, insolente.

—Cuidado con el café, hombre de costumbres.

Llevamos todo a la terraza. El aire está fresco, pero no frío. La vista es espectacular: el mar extendido frente a nosotros, el cielo limpio, la alberca brillando abajo como si alguien hubiera puesto un espejo líquido sobre el risco. Nos sentamos en la mesa pequeña, aún con esa torpeza feliz de quienes acaban de compartir algo enorme y no saben bien cómo volver a la normalidad. Una servilleta se me quiere volar dos veces y tengo que atraparla con el codo, muy fina yo.

Nos reímos.

Joseán prueba el café primero.

—Está buenísimo.

—Gracias.

Por lo menos de algo sirve mi trabajo mal pagado preparando cafés ajenos.

Luego prueba los huevos con jamón y cierra los ojos.

—Y esto también.

—No exageres. Son huevos con jamón.

—No estoy exagerando. Me gusta que me cocines.

Lo dice de forma tan sencilla que me calienta el pecho.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Desayunamos un rato en silencio, pero no es incómodo. Es de esos silencios llenos de cosas. De miradas que se encuentran y se sostienen un segundo más de lo necesario. De sonrisas pequeñas. De recuerdos frescos que todavía viven en la piel.

Joseán deja el tenedor sobre el plato y me mira con atención.

—¿Estás bien?

Sé exactamente a qué se refiere.

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Te duele algo?

Me sonrojo.

—Un poco. Pero nada grave.

Su expresión cambia de inmediato, preocupado.

—Nat…

—Estoy bien —lo interrumpo con suavidad—. En serio. Solo me siento… diferente.

—¿Diferente cómo?

Observo mi taza, buscando una respuesta que no suene como una canción de Luis Miguel.

No quiero decir algo cursi. Tampoco quiero minimizarlo.

—Como si hubiera hecho algo importante. Algo que quería, pero que me daba miedo. Y ahora que ya pasó, no me siento arrepentida. Me siento tranquila.

Joseán suelta el aire despacio, como si hubiera estado conteniendo la respiración.

—Es lo único que me importa.

—¿Qué?

—Que no te arrepientas. Que no hubieras despertado pensando que fue mucho o que te dejaste llevar por mí.

Me estiro sobre la mesa y le tomo la mano.

—No me dejé llevar por ti. Bueno, sí, un poquito —admito, sonriendo— pero porque yo también quería. Mucho.

La forma en que me mira me deja sin aire.

—Yo también quería mucho —murmura.

—Sí, eso me quedó claro.

Se ríe, pero enseguida se pone serio otra vez.

—Gracias por confiar en mí.

—Gracias por cuidarme.

Nos quedamos así unos segundos, tomados de la mano sobre la mesa, con el desayuno a medio terminar y el mar haciendo ruido debajo de nosotros.

No sé en qué momento exacto el ambiente cambia.

Quizá cuando su pulgar empieza a acariciar mis nudillos.

Quizá cuando me acuerdo de su estúpida queja formal.

Quizá cuando tomo conciencia de que no tengo nada debajo de la bata y, que por primera vez, esa conciencia no me da vergüenza.

Me da poder.

Termino el último sorbo de café y dejo la taza sobre la mesa.

—Entonces… —digo, intentando sonar casual.

Joseán levanta una ceja.

—¿Entonces qué?

—¿Eso del mañanero era una queja formal o solo un comentario dramático?

Su sonrisa aparece de inmediato.

—Era una queja formalísima.

—Ah.

Me pongo de pie.

—¿Ah?

—Mueve la silla un poco hacia atrás.

Me mira con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Para qué?

—Tú muévela.

—Mmm. Qué mandona amaneciste.

—Estoy probando cosas nuevas.

Eso le borra un poco la sonrisa.

Obedece.

Empuja la silla hacia atrás, quedando de frente a mí. El aire fresco me roza las piernas desnudas bajo la bata y siento cómo el corazón se me acelera, pero no retrocedo.

No quiero retroceder.

Me paro frente a él y llevo las manos al lazo de la bata.

Joseán entiende un segundo antes de que lo haga.

Su mirada cambia.

Se oscurece.

—Natalia…

—¿Qué?

—Estás jugando sucio.

—No. Estoy siendo considerada con tu queja formal.

Desato el nudo lentamente.

La bata se abre lo suficiente para que se dé cuenta de que no llevo nada debajo. El viento intenta mover la tela y yo la sostengo cuidadosamente con los dedos, lo justo para no descubrirme por completo todavía.

La mandíbula de Joseán se tensa.

—Tramposa —murmura.

—Puede ser.

Doy un paso hacia él.

—¿Te molesta?

—Me preocupa que estés descubriendo muy rápido lo fácil que puedes desarmarme.

La frase me atraviesa entera.

Siento nervios, sí. Pero ya no son los de antes. No son miedo ni pena. Es expectativa. Curiosidad. Deseo.

Me acerco más hasta quedar entre sus piernas. Joseán levanta las manos, pero no me toca de inmediato. Espera, como si aún pidiera permiso en silencio.

Eso me derrite más que cualquier caricia. Tomo sus manos y las llevo a mi cintura.

—Puedes tocarme.

Sus dedos se cierran sobre la tela de la bata y después sobre mi piel. Despacio. Con cuidado. Como si no quisiera romper el momento por precipitarse.

Yo no tengo tanta paciencia.

Me siento sobre él, acomodándome a horcajadas en sus piernas. La bata se abre por completo entre nosotros y el aire me acaricia la espalda, el pecho, los muslos. Debería darme vergüenza estar así, expuesta en plena terraza, aunque nadie pueda vernos.

Pero no me da.

Me siento viva.

Deseada.

Dueña de mí.

Joseán me mira como si no supiera si rezar o perder la cabeza.

—Princesa…

—No me digas que me comporte.

—Ni loco.

Sonrío y lo beso.

Al principio lento, disfrutando el sabor a café en su boca, la tibieza de sus labios, la forma en que sus manos se deslizan por mi espalda y me atraen más hacia él. Luego el beso cambia, se vuelve más profundo, más húmedo, más urgente.

Esta vez soy yo quien marca el ritmo.