18. La sorpresa #3
Puedo ver su esfuerzo en la forma en que su cuerpo se contrae, en cada músculo tenso y marcado, en las venas de su cuello.
Asiento.
Uso la mano derecha para hacer a un lado los mechones de su cabello. Quiero verlo a los ojos. No pienso perderme sus expresiones.
—Sigue, por favor —lo urjo, moviendo un poco la cadera.
El sonido que sale de mi boca al sentirlo entrar en mí es una mezcla de sorpresa, dolor y entrega. El malestar me invade de golpe, intenso y punzante, al cruzar esa barrera que mi cuerpo no conocía.
Pero en cuestión de segundos empieza a disiparse.
Como cuando te quitan de golpe un curita de una herida, pero más profundo. Más íntimo. Más abrumador.
Joseán se queda inmóvil.
Me espera.
Su rostro se ve atormentado y su respiración, trabajosa. Gotas de sudor le escurren por la frente.
Lo amo tanto.
Mando el dolor y el miedo al rincón más remoto de mi mente para poder concentrarme en cada exquisito centímetro de piel que puedo sentir dentro de mí.
—Estoy bien —advierto.
Respiro profundo.
Necesito expresar lo que quiero.
—Ya pasó… muévete, por favor.
Sonríe con una mezcla de alivio y deseo.
—Lo que tú digas, princesa.
Entre besos, caricias y miradas, el ritmo empieza lento, tortuoso, provocador. Todo rastro de dolor e incomodidad se va esfumando hasta transformarse en un cúmulo de sensaciones nuevas, extrañas y placenteras.
Le pido más.
Le pido que no se detenga. Que se deje llevar. Que me deje seguir repitiendo su nombre como si fuera lo único que sé decir.
Lo recibo sin mesura. Cada movimiento me lleva más cerca de una cima que no creía posible, hasta que uno de sus dedos encuentra ese punto que me hace perder la razón.
Mi cuerpo se rinde a una intensidad que no puedo explicar con palabras.
Nunca creí lograrlo.
No la primera vez.
Me siento extasiada.
Eufórica.
Joseán no tarda. Pero sé —lo sentí en cada músculo tenso, en cada respiración contenida— que esperó. Que se obligó a esperar.
Verlo perderse así, después de tanto, me deja sin palabras. Es el tipo de cosa que uno quisiera fotografiar en la memoria y guardar para siempre: él, completamente deshecho, completamente mío por un segundo.
Se derrumba sobre mí con todo su peso. Se acomoda en el hueco de mi cuello y ahí se queda, respirando agitado, recuperándose. Lo abrazo con todo lo que tengo —brazos, piernas, lo que sea— sin importarme que me aplaste ni que me cueste trabajo respirar.
No me importa nada de eso.
Le digo que lo amo una y otra vez.
Finalmente, miramos el techo, sin poder desacelerar la respiración. Las palpitaciones de mi corazón están aceleradas como si hubiera corrido un maratón.
Estoy feliz.
Completamente satisfecha.
Sin remordimiento alguno.
—No manches, Natalia —me dice risueño, asombrado—. Eso estuvo…
Lo interrumpo emocionada.
—¡Intenso! ¡Genial!
—Sí, eso también, pero iba a decir súper chingón.
Me guiña el ojo y, en respuesta, pongo los míos en blanco.
Me toma de la mejilla con una seriedad dulce. Sus ojos siguen entretenidos, pero intensos.
—Ya en serio. Gracias, Nat.
Le respondo con un beso.
—Espérame tantito. —Me dice con ternura.
Se levanta en dirección al baño. Obviamente aprovecho para admirarle el trasero, muy discreta yo. Dejo salir un suspiro y me estiro deliciosamente, sintiendo de inmediato mi cuerpo sensible, magullado y usado, lo cual recibo con gusto al recordar la causa de dicho mal.
Escucho el agua de la llave correr y lo alcanzo a ver de espalda, ligeramente, a través de los vidrios.
Al regresar trae una toalla pequeña en la mano, pero me distraigo al admirar cada paso que da en dirección a la cama.
Es mío.
Mío y solo mío.
Se sienta a mi lado y, sin decir nada, se acerca para colocar con suavidad la toalla entre mis piernas.
¡Ay, qué vergüenza!
Me limpia con ternura, sin morbo, sin comentario alguno. Luego se levanta y deja la toalla en el baño. De vuelta en la cama se acuesta a mi lado, me besa la frente y me abraza de cucharita.
—Te amo, Natalia.
Es lo último que escucho antes de quedarme profundamente dormida. El agotamiento acumulado de tantos días ocupados nos arrastra sin pedir permiso.
***
Me despierto al sentirme acalorada. El reloj marca las dos de la mañana.
¡Ya es Año Nuevo y ni siquiera nos acordamos de festejar!
Bueno, puedo decir que festejé con mi primera vez, y eso es más divertido que cualquier otra cosa.
Ya me imagino las caras de Javi y Pablo cuando les cuente que ya no hay “patrimonio histórico”.
Me río internamente ante lo cagada que va a estar esa conversación
No me arrepiento. Ni un poquito. Tal vez amar también se trate de eso: confiar. En la otra persona, sí, pero también en una misma. En la voz interna que, aunque tiemble, sabe cuándo algo se siente correcto.
Comienzo un año nuevo con muchas diferencias. No sé qué se avecina, pero por primera vez no quiero adelantarme al miedo.
Quiero estar aquí.
En este cuerpo.
En esta cama.
En este instante.
El calor es incómodo. Estoy sudando y no ayuda en nada que Joseán esté apergollado de mí. Tampoco ayuda que nos hayamos quedado cuajados sin un ápice de ropa. Lentamente comienzo a zafarme, deslizándome con cautela, hasta terminar de desenredarme de Joseán. Recojo mi ropa del suelo y camino a la regadera. Aprovecho para lavarme los dientes y atender a mi abandonada vejiga, que puedo escuchar dándome las gracias por aliviarla.
Abro la regadera y aprovecho para inspeccionarme en el enorme espejo que está a un lado, mientras sale el agua caliente. Mi cabello está todo enmarañado. Los labios hinchados. El cuello y otras partes del cuerpo enrojecidas. En efecto, sí he quedado un poco magullada, por lo que le sonrío triunfante a mi reflejo.
No llevo ni cinco minutos bajo la deliciosa cascada de agua hirviendo cuando, abruptamente, se abre la puerta de la cabina y, muy quitado de la pena, entra Joseán.
Cierra la puerta y me observa.
—¿Por qué no invitas? —pregunta sonriente.
—No quise despertarte —le miento descaradamente.
Ni siquiera pasó por mi mente sugerirle que nos bañáramos juntos. Mucho menos a las dos de la madrugada.
—Mmm. Qué mala.
Se acerca con determinación. El agua lo cubre también y…
—¡Agh! No mames, está como para pelar pollos —exclama, aturdido.
Me ataco de risa y me volteo para regular la temperatura con la manija. La tenía a todo lo que da. Bañarme con agua muy caliente es una mala costumbre que tengo desde pequeña. Lo sé. No lo puedo evitar y nunca creí tener que preocuparme por no quemar a alguien más.
—Listo. Así está mejor.
—Estás loca. Se te va a caer la piel. ¿O qué? ¿De plano te querías desinfectar? Así, como cuando hierves el agua diez minutos.
Se burla mientras toma el jabón y comienza a hacer espuma.
—Claro que no. Es relajante y así me gusta.
—No creo que sea muy bueno para la circulación —me advierte, acercándose.
Sus manos comienzan a enjabonar mis hombros, luego mi cuello, hasta llegar a mis pechos, que recorre lentamente con las palmas.
Lo observo de pies a cabeza.
Se me escapa una sonrisa pícara cuando mi mente conjura una travesura algo atrevida.
—Mmm. Veo que ya despertaste —murmuro, intentando sonar seductora.
Lo tomo con la mano y lo acaricio lentamente. Un gruñido de apreciación me invita a continuar.
Al ver que sus ojos se cierran, me coloco en cuclillas.
No tengo la menor idea de cómo hacer esto.
Pero quiero hacerlo.
Quiero darle lo mismo que él me ha dado tantas veces: placer sin reservas, sin pena, sin miedo.
Él se inclina para verme. Su respiración se corta. Me observa.
Es todo lo que necesito para atreverme.
Al principio me guía el instinto. La lengua, los labios, la presión cuidadosa. Mis manos acompañan el movimiento mientras él, con los dedos enredados en mi pelo, marca un ritmo lento, paciente, como si no quisiera asustarme ni dejarse ir en exceso.
No es fácil.
La quijada me duele un poco, pero no me importa.
Probarlo, sentir cómo reacciona, escuchar la forma en que su respiración se rompe por mi culpa, me fortalece. Me da una seguridad nueva. La certeza de que puedo desarmarlo de la misma forma en que él me desarma a mí.
Mis ojos lo buscan.
Las miradas se conectan.
No hay palabras para describir la expresión de su rostro. Es fascinante. Bella. La expresión de un hombre que está a punto de perder la poca cordura que le queda. El ritmo cambia.
Escucho mi nombre.
Una advertencia.
Me detengo.
Él me ayuda a levantarme y, con cierta brusquedad, termina por recargarme contra la pared fría para plantarme un beso completamente obsceno. Una de sus manos me sostiene. La otra termina lo que empecé.
Siento cómo se estremece contra mí, cómo toda esa fuerza que siempre parece tener bajo control se le escapa de golpe. Por un segundo deja de ser el hombre que manda, que cuida, que se contiene. Es solo José Ángel, vulnerable y mío, perdiéndose por completo.
Ay, Dios.
Esta Natalia atrevida me está cayendo bien.