Detrás de un sueño 18. La sorpresa #2
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18. La sorpresa #2

—Déjame quitarme el cloro de la alberca. Me baño de volada, ¿sí?

—¿Te alcanzo? —pregunta, iluso.

—Cuando salga, entras tú. Déjame preparar tu sorpresa.

¡Ja! Ahora a ver quién está frustrado.

—No juegues con fuego, Nat. Mejor apúrale.

Me desabrocho el cordón del top y lo dejo caer al tiempo que camino exagerando el movimiento de la cadera hacia la regadera. Siento que mantiene su atención en mi hasta cerrar la puerta.

Si soy honesta, todo este jueguito en parte tiene que ver con el nerviosismo que siento.

Sé que estoy lista y no me voy a echar para atrás. Aunque, si quisiera hacerlo, también sería válido. Sé que me entendería y no habría problema. Aun así, el miedo a no cumplir las expectativas sigue ahí, residual, escondido debajo de todo lo que ya hemos hecho.

Joseán ya conoce mi cuerpo muy bien y yo el suyo, pero no tanto como quisiera. Sé que lo afecto tanto como él a mí.

Son muchas emociones a la vez.

Respiro profundo, cierro la llave del agua, abro la puerta para tomar la bata de baño y salgo rumbo a la recámara.

Ya basta de vacilaciones.

—Todo tuyo —señalo la regadera con el dedo, mientras camino hacia donde dejé la maleta.

—Me tardo cinco minutos máximo.

Esa fue una advertencia.

Lo sé.

—Okey.

Me medio visto con el numerito negro que, ya puesto, puedo decir que está de buen gusto. Modesto y muy sexy. El short a media pompa se me ve algo bien y la camiseta trae soporte al frente.

Perfecto.

Aprovecho para secarme el cabello con la toalla. Busco si de casualidad hay un cepillo en el buró y me encuentro con una enorme caja de preservativos.

La saco y no he terminado de leer la parte trasera cuando siento a Joseán muy cerca.

Levanto la mirada con la caja en la mano y no sé cómo la quijada se me mantiene en su lugar.

Gotas de agua le escurren por el pecho y los brazos. El cabello hacia atrás, con algunos mechones necios que se asoman. La toalla amarrada a la cintura, peligrosamente baja, me deja apreciar esa línea oscura que desciende desde su ombligo.

Sus ojos me recorren ahí sentada hasta aterrizar en mi mano. Arquea una ceja y noto que se está aguantando la risa.

—Qué pretencioso. Una caja con sesenta, ¿en serio? —rompo el hielo.

—Los compré en el Costco —confiesa, con una sonrisa apenas contenida—. Ven aquí.

Me pongo de pie y me acerco a él.

Me quiere ahí, frente a él, mientras me observa como si llevara días con hambre y yo acabara de aparecer en charola de plata.

—Fuera de broma, los vamos a usar. Sé que te estás tomando las pastillas, pero empezaste hace poco y no quiero arriesgarte.

—Okey.

Me puede pedir lo que sea y se lo doy.

Me sigue observando con una intensidad desconcertante. Como si tuviera una revolución dentro de la mente y tratara de encontrar las palabras correctas. Toma mis mejillas, levantando mi cara. Una de sus manos se queda ahí y la otra baja a mi cuello.

Internamente sé lo que me está diciendo solo con la forma en que me mira.

No necesita palabras porque puedo ver el amor desbordado en sus ojos.

Lo sé porque siento lo mismo.

—Quiero que me prometas que, si en cualquier momento no te sientes cómoda o quieres parar, me lo vas a decir. Porque no estamos aquí para que te sientas presionada.

—No te preocupes. Eso lo sé —respondo con seguridad.

—Sí, pero necesito que sepas algunas cosas que no he podido expresarte con palabras. Sabes que no soy un wey empalagoso. No hablo mucho y sé que a veces soy hosco.

La mano que está en mi mejilla juega ahora con mi cabello.

—Nunca creí que una mujer pudiera darme ganas de verla todos los días. De estar con ella simplemente por disfrutar su compañía. Nunca creí que me iba a morir de ganas por decirle a una mujer “amor”, “mi amor” o incluso “princesa”. Nunca creí que fuera posible enamorarme como un idiota de alguien hasta que te conocí.

Se me llenan los ojos porque desde la primera palabra sé lo que me quiere decir.

—Nunca creí sentir la necesidad de decir “te amo”. Y eso es lo que siento. Necesito que sepas que te amo a ti. Solo a ti, Natalia.

Lo dice como si por fin soltara algo que llevaba meses atorado.

—¿Y sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunta con una mueca coqueta en los labios—. Que me estoy muriendo de nervios y a la vez de ganas de hacerte el amor. Me da pánico no poder hacer esto especial y placentero para ti.

Concluye mostrando una tímida sonrisa, al tiempo que seca mis lágrimas con los dedos.

Ya no puedo más.

Levanto los brazos para enredarlos en su cuello. Tengo que pararme de puntas y él me abraza de la cintura para ayudarme a quedar a su altura. Quiero decirle que no importa, que no hay forma de que esto no sea especial, que desde el primer momento en que lo vi me dejó completamente encantada. Que llevo meses pensando en cómo sería entregarme por completo a él.

Que necesito ser suya por fin.

—José Ángel, estás aquí. Conmigo. Me estás diciendo justo lo que yo ya venía sintiendo en cada cosa que haces por mí. Eso es más que suficiente —le digo, tratando de que mi voz no tiemble tanto—. Yo también te amo. Sin reservas y con todo lo que soy. Lo demás… lo demás es algo que quiero vivir contigo. Porque también me quema. Porque también lo necesito.

Le devuelvo el sentimiento con sinceridad.

Ahora, completamente vulnerables, comprendo que ambos tenemos miedo.

Y, aún así, ninguno quiere irse.

No hay nada más que decir.

Cerramos el espacio que queda entre los dos y nos encontramos en un beso desbordante. Por primera vez, siento que ya no estamos llegando al borde de nada.

Lo estamos cruzando.

El beso se torna urgente. Mis manos acarician su espalda y descienden hasta encontrar el borde de la toalla que en este instante me estorba de sobremanera. Sin pensarlo, tiro de ella y cae al suelo.

El beso se detiene y es reemplazado por una sonrisa de triunfo sobre mis labios.

—Tramposa —murmura, divertido con mi atrevimiento.

Joseán da un paso hacia atrás. Lo miro a los ojos. No me atrevo dejar de hacerlo aún.

Él sonríe, malévolo y travieso a la vez.

—Voltéate —me ordena con voz seductora.

No cuestiono.

Obedezco.

Le doy la espalda y siento el calor de su cuerpo tras de mí en un instante. Sus manos bajan lentamente desde mis hombros hasta las muñecas, para luego volver y rodear mi cintura. Sube mi camiseta con cuidado hasta removerla por completo y dejarla acompañando la toalla en el suelo.

Me quedo así, de espaldas a él, con tan solo el ridículo pedacito de encaje cubriéndome.

Cada caricia se siente lenta, cuidadosa, casi devota. Cada beso en mi hombro y cuello provoca que mi respiración se torne más agitada.

No soy la única afectada.

Puedo sentir la cálida piel de Joseán adherida a la mía. Me siento pequeña, a duras penas le llego a la clavícula, pero no me importa. Estoy tan perdida en el calor que me provoca, en la atención paciente que presta a mi cuerpo, que ni cuenta me doy de que avanzamos lentamente hasta el pie de la cama.

Él me voltea y besa mi boca con desesperación, tirando suavemente de mi pelo suelto. Mis manos exploran su espalda hasta llegar a la firmeza de sus glúteos. Lo aprieto sin medida, con dedos y uñas, empujando su pelvis hacia mí para sentirlo más cerca.

Un sonido bajo, salido del fondo de su garganta, me lo dice todo.

Que pierda el control.

No importa.

Cuando mis dedos buscan acariciarlo, me separa provocando que me siente en la cama. Joseán se queda de pie y lo observo completo, ante mí, sin una sola barrera.

Se me escapa el aire al apreciar lo bello y fascinante que es.

Quien haya dicho la atrocidad de que un hombre desnudo es feo y grotesco nunca tuvo a este espécimen como modelo. Simplemente se me hace agua la boca mientras me invade el temor de pensar en lo que viene.

¿Qué predominará?

¿El dolor?

¿El placer?

No lo sé.

—Natalia.

Mi nombre en sus labios hace que vuelva a verle a los ojos. Su mirada carnal, acompañada de una sonrisa que expresa haberme leído el pensamiento, me estremece.

—Acuéstate.

Me rindo ante la instrucción.

Al parecer le gusta eso de jalar las riendas porque no deja de mandarme. Quedo recostada en medio de la cama. Me siento extraña al no saber qué hacer. Decido sostenerme con los codos para levantarme un poco.

—Quítatelos —dice, señalando las sobras de mi ropa interior con un gesto de la cabeza y los ojos. Esta vez no suena a orden.

Suena a súplica.

Modestia a un lado, deslizo el delicado encaje por mis piernas. Al llegar a los tobillos, él termina de hacerlo por mí y lo avienta al piso, su expresión de obvia anticipación.

Comienzo a reír nerviosa.

—¿Vas a darme órdenes toda la noche? —rompo el hielo.

—¿Te molesta?

—No.

—Entonces sí.

Lo dice como amenaza y promesa al mismo tiempo. Luego sube a la cama, acechándome, hasta quedar colocado sobre mí para besar, lamer y mordisquear cada centímetro de mi piel.

Como ya conoce el camino de sobra, no tarda en llevarme otra vez a ese punto donde dejo de pensar con claridad.

Mientras recupero el aire y bajo de la nube orgásmica en la que me encuentro, Joseán aprovecha para sacar un preservativo de la caja que dejé olvidada en el buró. En cuestión de segundos lo abre y se lo coloca sin dejar de mirarme.

Observo cada movimiento con una curiosidad que casi no puedo disimular.

Nerviosa, muerdo mi labio inferior.

Joseán me cubre de nuevo con su cuerpo, reverente, cuidadoso. Me besa con dulzura, despacio. Mis manos exploran todo lo que está a su alcance y no es suficiente.

Puedo sentirlo ahí, justo donde mi cuerpo ya lo espera.

Su boca sigue en la mía, más urgente ahora, como si tuviera miedo de que me arrepienta. Su mano traza un camino que ya sabe de memoria. El placer se enreda, sube, se complica, y cuando me abre poco a poco —cuidadoso, paciente, terriblemente paciente— dejo de pensar en cualquier otra cosa que no sea él.

Y entonces vuelvo a caer.

Con tanta fuerza que apenas me doy cuenta del momento en que empieza a acomodarse entre mis piernas.

Me quedo sin aliento.

—¿Estás bien? —pregunta, afligido, al escucharme ahogar un sonido de desconcierto.