Detrás de un sueño 18. La sorpresa
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18. La sorpresa

Hoy se acaba el año.

Nos despedimos de todos con abrazos, agradecimientos y esa torpeza bonita de la gente que compartió demasiadas horas de cansancio, humedad y caos como para simplemente decir “bye” y subirse a una camioneta.

Me pregunto si aún tengo cuerpo, alma o solo una colección de moretones, sueño y tierra metida en lugares inexplicables. La ropa se me pega a la piel, el cabello me huele a humedad y tengo los pies tan cansados que hasta llegar a la camioneta se siente como una prueba de supervivencia.

Pero el corto está filmado.

O al menos eso dice Joseán.

Después de cuatro días, nadie tiene energía para contradecirlo.

—¿Se va a regresar Omar con nosotros? —le pregunto a Joseán al ver a su querido amigo parado junto a la camioneta, con la maleta lista.

Nada más falta que esa sea la sorpresa.

Después de que me despertaron otra vez de madrugada, cuando mi cerebro todavía no carbura porque le falta cafeína en calidad de emergencia nacional, no creo estar de humor para una broma. De plano ya me perdí porque no entiendo nada.

—No, amor. Omar nos va a llevar al aeropuerto y va a regresar en la camioneta para dejársela a mi mamá —explica Joseán, muy quitado de la pena.

Okey.

Demos un paso atrás porque sigo dormida.

¿Amor?

¿Desde cuándo tan meloso?

¿Aeropuerto?

Me va a dar un colapso mental con tanto cambio. Hasta ese momento, yo seguía convencida de que íbamos a regresar a Ciudad de México para pasar Año Nuevo con su familia. Ese era el plan original, al menos el que me habían vendido. Pero, por supuesto, Joseán tenía otros planes.

Porque aparentemente informar con anticipación no forma parte de sus habilidades románticas.

—Nat, reacciona. No te quedes ahí parada. ¿No se te olvida nada?

—Necesito un café.

—Vamos por uno para llevar, ándale —accede, tomando mi mano—. Aún no me acostumbro a tu falta de coordinación mañanera.

—No es falta de coordinación, es falta de carburación. Y tú estás muy eufórico para ser tan temprano.

—Es por tu sorpresa.

Bendita cafeína.

Gracias, dioses de las plantas de café, por este néctar milagroso.

Me siento mucho mejor. Ahora sí puedo enfrentar cualquier cosa.

Ya estamos en el coche. Omar va manejando, yo de copiloto y Joseán en el asiento trasero.

Omar se ríe de mi patético estado de confusión.

—¿Ya me vas a decir a dónde vamos? —pregunto, volteando hacia atrás.

—Te puedo decir que no vamos a casa, amor. Eso sí. Ya que lleguemos al aeropuerto vas a ver.

Y dale con el “amor”.

Ni hablar, me gusta el jueguito porque aparentemente le divierte demasiado. Supongo que nunca tuvo la intención de pasar Año Nuevo con su familia.

Un buen rato después, dada la lejanía del aeropuerto, nos despedimos de Omar. En dos días regresa a Venezuela para cubrir un reportaje especial sobre un grupo paramilitar en la frontera con Colombia. No sabemos cómo consiguió acceso, pero suena peligrosísimo y no deja de preocuparnos.

Al llegar al mostrador, era inevitable enterarme de nuestro destino. Cuando colocan las etiquetas en las maletas, alcanzo a distinguir las letras MZO.

¿Es en serio?

Joseán me mira de reojo, con una expresión de estar muy orgulloso de sí mismo.

La chica que nos atiende nos entrega los pases de abordar.

—Su vuelo a Manzanillo sale en cuarenta y cinco minutos. Deben pasar a la sala de abordar inmediatamente, por el pasillo de seguridad a su izquierda. Feliz viaje y feliz año.

Al agradecer la amable atención no puedo contener mi emoción. Abrazo a Joseán, feliz, ridícula y completamente emocionada con mi sorpresa.

—¡Gracias, gracias!

—De nada, princesa.

Pobre Joseán. Debe estar exhausto. En cuanto se recarga en el asiento del avión, se queda profundamente dormido. Termino convenciéndolo, de recostarse sobre mis piernas después de despegar. Yo también caigo rendida.

Siento horrible tenerlo que despertar, pero ya anunciaron el descenso. Acaricio lentamente su cabello.

—Despierta, amor. Ya vamos a aterrizar.

¿Amor?

Bueno, ahora yo soy la que está media loca y cursi.

—Joseán —insisto, sacudiéndolo un poco.

Se levanta modorro y se estira como gato. Endereza su asiento y me regala una sonrisa perezosa.

—¿Dormiste rico?

—Como bebé.

—Me da gusto. Ahora espero que despierte mi pierna, porque me la dejaste entumecida.

—Mmm. Ahora mismo lo remediamos.

Sigue sonriendo, ahora travieso. Planta su mano izquierda sobre mi muslo y lo masajea.

Ay, qué rico.

Mi pierna comienza a relajarse. Su mano sube y masajea. Sube más. Masajea de nuevo. Se acerca a terreno peligroso.

—¡Auch! —exclama al sentir el manotazo que le propino.

Se ataca de risa y se soba la mano.

Me abrocho el cinturón, riendo junto con él.

—¡Compórtate!

La última vez que vine a Manzanillo tenía doce años. Recuerdo que me encantó porque no se siente esa vibra de zona turística saturada como en otros destinos playeros. Aún conserva ese dulce sabor a pueblo y, a la vez, algo de moderno centro vacacional.

Lo mejor de dos mundos.

Joseán me comenta que no vamos a la zona hotelera, sino a una exclusiva zona residencial en las colinas. Vamos a una casa que, para mi gran sorpresa, le prestó Charlie.

—Me la ofreció en tregua —explica—. El wey no dejaba de buscarme y pedirme disculpas por lo de Acapulco. La neta accedí a hablar con él porque ya me tenía hasta la madre. La casa la rentan durante el año para vacaciones, estaba disponible y aproveché.

—Pues por lo menos algo sacaste. Y ¿esto quiere decir que ya son amigos de nuevo? ¿Todo olvidado?

Nada más de acordarme se me pone la piel de gallina. En serio ese wey me caga.

—Por supuesto que no. Le dije que tenía que pedirte perdón a ti. Si tú aceptas, entonces ya veremos.

Guau.

—Gracias.

—Nada que agradecer, Nat. Es lo menos que puedo hacer, además de romperle la nariz.

Sonríe al ver que el taxi se está deteniendo.

—Ya llegamos.

La casa es simplemente hermosa. De esas casas que una ve en revistas y piensa: claro, esto existe, pero no para gente como yo.

Estilo mediterráneo y, para variar un poco en la zona, blanca. No es enorme, pero sí es una residencia. La parte de abajo es completamente abierta. La cocina, sala y área de entretenimiento se encuentran a la vista, enmarcadas por un enorme ventanal con puertas corredizas que mira al mar desde lo alto del risco. Se alcanzan a escuchar las olas retumbando contra las piedras. Un sonido imponente y, a la vez, relajante.

Al acercarme a la puerta veo que hay una veranda techada, con una mesa para cuatro personas y dos sillones de jardín. La alberca está completamente volada hacia el risco. Un caso seguro de vértigo si asomas demasiado la cabeza por la orilla.

Simplemente increíble.

Continuamos con el tour tomados de la mano. Joseán, como niño en dulcería, me muestra cada rincón. La recámara principal también tiene un ventanal con una vista espectacular. Una cama king size —o más grande, no sé, pero parece ring— y el baño en plano abierto con lo necesario para privacidad. Hay dos lavabos, una regadera de presión con puerta de cristal y una tina de hidromasaje sobre una plataforma que solo la separa del cuarto un vidrio. Se alcanza a ver desde la recámara.

Este cuarto grita pareja con tiempo, privacidad y malas decisiones.

Qué astuto me salió este muchachito.

—¿Tienes hambre? —pregunta, interrumpiendo mi tren de pensamiento.

De hecho, bastante.

—Sí, algo. ¿Tú?

—No seas modesta. Ya escuché cómo te ruge el estómago.

—Okey, muero de hambre. No te burles de mi pobre solitaria. Es ella la que está rugiendo.

—Estoy seguro de que las lombrices no rugen, Nat —responde, pinchándome la nariz—. Bajo a preparar algo mientras te cambias. ¿Te late comer afuera y aprovechamos el clima y la alberca?

—Me súper late, pero ¿cómo le hago? No traigo traje de baño.

—¿Y?

Silencio.

Está demente.

—Nat, es broma. Aunque me parece la mejor idea. Abre mi maleta mientras hago algo de comer.

Me da un beso y sale de la recámara, dejándome nuevamente confundida.

¿Para qué voy a abrir su maleta? ¿Quiere que me ponga un short suyo o qué?

Al abrirla veo, a un lado, una bolsa rosita y un morralito de colores muy familiar.

Denisse.

Tomo el morral y adentro están mis dos bikinis, las chanclas de piedritas y dos vestiditos de playa.

¡La amo!

En la bolsita rosa, cerrada con cinta adhesiva transparente, hay una notita que dice “disfrútalo :)”, junto con un minúsculo numerito de encaje negro.

Yo la mato.

—Tú y tu hermana son diabólicos —comento antes de darle una mordida al baguette que preparó Joseán.

Jamón serrano, provolone, lechuga, tomate, Dijon, alcaparras y aceitunas. Una grosería de sándwich.

—Yo no fui. Por mí te tendría aquí sentada como Dios te trajo al mundo. Fue todo ocurrencia de Nisi.

Le doy otra mordida a mi baguette y emito un gemido de satisfacción.

—Me vas a echar a perder si me sigues consintiendo.

—Esa es la idea, princesa. Esa es la idea —responde, terminándose su bocado—. Por cierto, ¿qué traía la bolsa rosa?

—Es sorpresa. No te voy a decir.

La venganza es dulce.

Joseán pone los ojos en blanco ante mi comentario infantil, y ahí entonces me doy cuenta de que lo pensé en voz alta.

Terminamos de comer y, dos copas de tinto después, nadamos. Cachondeamos en el agua. Nos recostamos en los camastros a tomar el sol y dormimos un rato. Así continuamos hasta admirar la puesta de sol.

El sol nos seca la piel, el vino me suelta la risa y el mar sigue retumbando abajo como si tuviera algo que decir.

Sin expresarlo con palabras, con solo una mirada, lo decidimos.

Joseán se acerca con esa sonrisa peligrosa que ya conozco demasiado bien. Antes de que pueda decir algo, me toma de la cintura y me carga en brazos, obligándome a rodearle el cuello para no perder el equilibrio.

—¿Siempre tienes que hacer entradas dramáticas? —pregunto, riendo.

—Solo cuando la escena lo amerita.

Avanza hacia la recámara con una seguridad que me hace sentir ligera, deseada, inevitable. Me baja al cruzar la puerta y lo veo venir con esa calma peligrosa de quien ya decidió exactamente qué quiere hacer.

Lo detengo con un gesto de negación, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Ahora se espera.