17. Ente oscuro #5
Mis manos, que como de costumbre parecen tener mente propia, sueltan las sábanas que habían empuñado con fuerza y terminan en su nuca. Mis dedos desesperados se enredan en su pelo, urgiéndolo a no detenerse. El contraste de su cabello negro y despeinado contra mi piel clara es algo digno de apreciarse, pero no tengo capacidad de contemplar nada. No ahora.
Entonces necesito verlo.
Abro los ojos con esfuerzo y me concentro en él. Joseán ya me está viendo.
No sonríe. No juega. Solo me mira con una intensidad que me deja completamente expuesta, como si estuviera memorizando cada reacción, cada temblor, cada respiración que se me escapa.
Quiero cerrar los ojos, pero no puedo.
Y cuando nuestros ojos se encuentran, es cuando entiendo que está ahí conmigo, viéndome deshacerme sin burlarse, sin esconderse, sin apartarse, algo dentro de mí termina de rendirse.
Sé que estoy cerca de la cúspide por la forma en que mi cuerpo empieza a contraerse, por la fuerza con la que se me escapa la respiración, por la forma en que todo se concentra en un solo punto hasta volverse insoportable.
—¡Ah…! —se me escapa un gemido roto cuando el orgasmo me toma por sorpresa.
Cada oleada, cada sacudida, es recibida sin reserva por esa boca que, claramente, vino a arruinarme la vida.
Otra risa sofocada, seguida de besos ligeros en la parte interna de mi muslo, me devuelve poco a poco la lucidez. Entonces me percato de que aún tengo los dedos aferrados a los mechones de su cabello y lo suelto de volada.
Pobre.
Lo voy a dejar calvo.
—Perdón —murmuro, tímida y apenada.
Él levanta la cabeza, arquea una ceja y lentamente pasa la lengua por su labio inferior antes de morderlo y sonreír con esa arrogancia triunfante que debería estar prohibida.
Ay, dioses del Olimpo y cualquier otro panteón.
Qué bello y sexy.
No puedo más.
Lo necesito.
Lo quiero completo.
Tomo valor y me incorporo hasta quedar sentada. Con mis manos lo tomo de los bíceps y lo jalo repentinamente hacia mí, con toda la intención de besarlo. Él titubea. Entiendo la razón, pero no me importa dónde estuvo hace unos instantes. La modestia ya la eché por la ventana.
Cierro el espacio que queda entre nosotros y lo beso sin pensar en nada más. Ni en vergüenza, ni en pudor, ni en lo que debería hacer una señorita decente en esta situación. La señorita decente se fue hace rato.
Me dejo caer llevándolo conmigo.
Labios.
Lenguas.
Respiraciones entrecortadas al borde de un abismo.
Mis piernas se enredan en su cintura y recuerdo la primera vez que lo tuve así, en una alberca a la luz de la luna. Mis traviesos pies encuentran el resorte de sus bóxers y empiezan a tirar de él para removerlos, pero siento sus manos detener la travesía.
Y, con ello, detenerlo todo.
—José Ángel, no —reclamo, intentando recuperar el aliento.
De nuevo me va a dejar así.
No entiendo.
Es evidente que él también necesita desfogarse. Lo siento en la tensión de su cuerpo, en su respiración, en la forma en que tiene los ojos oscurecidos de deseo y aún así se obliga a poner distancia.
—¿Confías en mí? —pregunta, mirándome fijamente.
—Sabes que sí —afirmo sin titubear.
—Entonces date un baño y descansa. Mañana te tengo una sorpresa, así que necesitamos dormir bien.
Lo dice con una naturalidad ofensiva.
¿Qué?
¡Pero si mañana nos regresamos!
Es el último día del año y quedamos de pasarla con la familia.
—¿Qué sorpresa? —pregunto, incorporándome un poco.
—No seas curiosa. No te voy a decir nada más.
Me da un beso suave en la frente, como si eso compensara algo.
No compensa nada.
Lo miro, indignada.
Él solo sonríe, tal cual si acabara de ganar una batalla que yo ni siquiera sabía que estábamos peleando.
No quiero arruinar el momento. Tampoco quiero verme como una desesperada. Así que Natalia, muy obediente, se levanta para darse un baño, decidiendo que, a pesar de la sorpresita, está completamente satisfecha.
Bueno.
Casi completamente.
Y vaya que satisfecha en muchos sentidos.
Me da un gusto tremendo ver a Joseán relajado, contento. El orgullo que reflejó al concluir exitosamente el arduo trabajo de estos días se me quedó grabado. También la forma en que todos lo felicitaron, la manera en que Sergio le dio una palmada en la espalda, en que Omar le dijo algo en voz baja que lo hizo sonreír, en que Alejandra gritó “¡se logró!” como si acabáramos de filmar una superproducción.
Y, aunque no lo diga en voz alta, sé que para él sí lo fue.
Su primer cortometraje terminado.
Su primer sueño materializado.
También me siento feliz al recibir elogios por mi trabajo. No termino de sorprenderme de lo rápido que encuentro cierta paz frente a la cámara, segura de mí misma, en sintonía con lo que Joseán necesita, aun con mi pánico escénico respirándome en la nuca.
Mucho tiene que ver la persona que está detrás de ella, claro. Sus exigencias, su forma de mirar, esa certeza insoportable con la que parece saber qué puedo dar incluso antes de que yo lo sepa. Pero también entiendo algo que apenas estoy descubriendo: puedo hacerlo.
No sé si será igual en otras circunstancias.
Ya lo averiguaré, porque me late explorarlo como pasatiempo.
Recapitulando este año, me doy cuenta del giro inesperado que ha tomado mi vida y lo recibo con gratitud.
No puedo pedir más.
O quizá sí.
Pero, por ahora, no me quejo.