17. Ente oscuro #4
—Pero Denisse es mi amiga —añado—. Y la quiero. Entonces a veces mi boca actúa antes que mi cerebro.
—Eso ya lo noté.
Lo miro feo y él sonríe.
—Yo también me pasé —admite después—. No debí decir que no significaba nada. No fue eso lo que quise decir.
No contesto. Prefiero dejarlo continuar.
—Nisi no es cualquier persona para mí. Ese es precisamente el problema.
La forma en que lo dice me hace voltear a verlo.
—¿Entonces?
Omar se pasa una mano por la cara, cansado.
—Entonces es la hermana de mi mejor amigo. La vi crecer. Estuve en su casa mil veces. Josa confía en mí. Y lo que pasó… no fue algo que debió pasar así.
—¿Te arrepientes?
Tarda mucho en contestar.
—Me arrepiento de las circunstancias —dice al fin—. No de ella.
Siento que algo en mi pecho se afloja.
—¿Y por qué no le dices eso?
—Porque si le digo algo, se vuelve real. Y si se vuelve real, la puedo lastimar peor.
—Creo que ya la estás lastimando.
Omar cierra los ojos un momento.
—Lo sé.
Su respuesta es tan baja que casi se pierde entre el ruido del agua.
Por primera vez, no veo al amigo guapo, seguro y medio mamón de Joseán. Veo a un hombre asustado. Uno que tal vez no está huyendo porque no le importa, sino porque le importa en demasía y no sabe qué hacer con eso.
—No voy a decirle nada a Joseán —le aclaro.
Omar abre los ojos y me ve.
—Gracias.
—Pero no la trates como un error. Eso sí no.
Asiente lentamente.
—No lo es.
Y con eso, por ahora, me basta.
No queda todo arreglado. Ni cerca. Pero al menos ya no quiero aventarlo a una cascada.
El resto del día se nos va en una mezcla de cansancio, carreras, tomas repetidas y pequeños momentos de euforia cada vez que algo sale como Joseán lo había imaginado.
Alejandra se convierte en la guardiana oficial del vestuario; Sergio, en el único capaz de decirle a Joseán que está siendo insoportable sin morir en el intento; Diego, en el profesional que todos necesitamos; y Omar, aunque más callado, está pendiente de sonido, equipo y logística con una eficiencia que agradecemos más de una vez.
La última toma es al atardecer.
Estoy descalza, con el vestido húmedo en la parte baja y el cabello hecho un desastre. Diego debe quedarse inmóvil al pie de una estructura mientras yo me alejo lentamente, sin mirar atrás. Joseán quiere que la luz se filtre entre las hojas justo cuando mi figura queda medio oculta por la vegetación.
Lo repetimos cuatro veces.
En la quinta, todo parece alinearse.
El viento.
La luz.
El silencio.
Mi cansancio.
La respiración contenida de todos detrás de la cámara.
—Corte —dice Joseán.
Nadie habla.
Ni siquiera él.
Solo revisa la toma. Una vez. Dos. Tres.
Después baja la cámara.
—Ya estuvo.
Tardo unos segundos en entender.
—¿Ya estuvo qué? —pregunta Sergio.
Joseán levanta la mirada.
Tiene los ojos brillantes.
—Terminamos.
Por un segundo nadie reacciona. Luego Alejandra grita, Sergio aplaude, Diego suelta un “¡por fin!” lleno de alivio y Omar le da un golpe amistoso en la espalda a Joseán, que casi lo manda de boca al piso.
Yo me quedo quieta, observándolo.
Joseán parece feliz, pero también abrumado. Como si no supiera dónde poner tanta emoción. Como si terminar el corto no fuera solo cerrar un proyecto, sino abrir una puerta que llevaba años evitando.
Me acerco a él.
—Lo lograste —le digo.
Me mira como si mis palabras pesaran toneladas.
—Lo logramos.
No sé qué contestar.
Porque ahora entiendo que, aunque el corto sea suyo, aunque la visión sea suya, aunque yo haya llegado a esto por accidente, algo de mí ya está dentro de ese sueño y no solo detrás.
Y tal vez nunca pueda salirme del todo.
***
Esa noche, después de cenar casi en silencio y fingir que no nos estábamos mirando como dos idiotas, regresamos al cuarto.
El cansancio del día se siente en todo el cuerpo. Tengo los pies adoloridos, la piel húmeda por el clima de Xilitla y llena de imágenes: el jardín, la cámara, Joseán dando instrucciones, Omar confundido, la última toma, todos gritando cuando por fin terminamos.
Aun así, en cuanto se cierra la puerta detrás de nosotros, el silencio cambia.
Ese tipo de silencio que una debería reconocer como peligroso y, aún así, decide ignorar porque aparentemente la inteligencia también se cansa.
No sé en qué momento la conversación sobre el rodaje se convierte en besos. Tampoco sé en qué momento los besos se vuelven esto.
Piernas entrelazadas. Mis manos en su cabello, alentando el descenso de su boca hacia mi pecho desnudo. Una de sus manos acaricia mi cintura y la otra merodea por debajo de mis shorts, jugando con ese límite que ya conoce demasiado bien.
El cansancio desaparece.
El sentido común también.
Llevamos cuatro noches jugando a lo mismo: él me enloquece, yo me deshago, él se detiene antes de cruzar la línea y yo termino preguntándome si voy a sobrevivir a tanta consideración.
Siento que se me apaga la parte del cerebro encargada de tomar buenas decisiones.
Y no entiendo por qué.
—José Ángel, por favor —imploro, desesperada, con la voz entrecortada.
—¿Por favor qué? —responde en un hilo de voz que me eriza la piel.
—Más.
Puedo sentir su reacción antes de verla. La vibración de una risa sofocada contra mi piel. En un instante, sus manos están deslizando los últimos restos de mi ropa. El movimiento lo obliga a levantarse hasta quedar hincado frente a mí.
Siento cómo todo el color se me sube a la cara ante la intensidad de su mirada. No de esas tiernas. No del todo. Es deseo puro, una forma de verme que me hace sentir expuesta y poderosa de golpe.
Despojada frente a él.
De la misma forma lo observo.
Sus manos empiezan a acariciarme lentamente desde los pies, subiendo por mis piernas hasta la parte posterior de las rodillas, ese lugar absurdamente sensible que provoca una revolución en cada poro de mi piel. Cada músculo de su pecho y abdomen se contrae con el movimiento. Cada contorno de sus brazos se marca cuando me toma con fuerza de las pantorrillas y me jala hacia él, dejándome a centímetros de sus rodillas entreabiertas.
Puedo ver la forma en que lo afecto. Quisiera verlo igual. Todo. Sin tela, sin límites, sin esa paciencia suya que me está volviendo loca.
—Deja de verme así, Natalia —murmura con voz grave—. Estoy a un segundo de perder el control.
—¿Y quién dice que no lo puedes perder?
Lo tiento.
No puedo creer que eso salió de mi boca.
Él solo sonríe muy entretenido y vuelve a colocarse sobre mí, pero no me toca. Se queda suspendido, con los brazos a cada lado de mi cabeza. Me besa con fervor. Respondo, pero no me deja disfrutarlo suficiente porque comienza a descender, trazando un camino con la lengua desde mi cuello hasta mi pecho, bajando por mi estómago, mi ombligo, hasta que siento el calor de su aliento sobre el hueso de mi cadera.
Está muy cerca.
Me tenso por completo ante la inminencia de un acto aún desconocido. Me invade la mortificación de pensar en hacer eso. En dejarme ver así. En permitir algo tan íntimo.
Joseán lo nota de inmediato.
—Relájate, Nat —murmura.
Apenas lo escucho cuando toma mi pierna derecha y la coloca sobre su hombro. Por instinto flexiono la otra, y en un segundo se me borra la sensatez al sentir su boca.
La vergüenza intenta aparecer, pero no le doy oportunidad. El placer la aplasta sin pedir permiso.