Detrás de un sueño 17. Ente oscuro #3
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17. Ente oscuro #3

—Ese es el problema. Experiencia o no, él te visualizó haciéndolo y, si algo tiene, además de talento y de ser medio mamón, es ojo para encontrar diamantes en bruto.

Lo dice con sarcasmo, pero también con sinceridad.

—Toma. Me imagino que tienes sed.

Me ofrece una botella de agua que saca de su mochila y la acepto agradecida.

—¿Diamante en bruto? ¿En serio? —pregunto incrédula.

Omar sonríe y mueve la cabeza de un lado a otro.

—Ahora lo entiendo. Tienes un aura artística nata de la que de plano no te has percatado. Necesitas acoger lo que naturalmente se te da. Si hoy sentiste que te exigió demasiado es porque puedes dar más. Créeme, lo poco que pude observar del rodaje estuvo mega chingón. Eres una actriz natural. Imagínate lo que podrías hacer con entrenamiento o clases de actuación.

Vaya.

Esto sí que me cae de sorpresa.

Siempre he tenido pánico escénico. Es verdad que últimamente me he soltado y me ha dejado de dar tanta pena, pero de eso a tener madera de actriz, ni al caso. Si estoy haciendo esto ahora es por Joseán, porque así lo quiso. A mí no me llama tanto la atención, pero tengo que aceptar que lo he disfrutado.

—Okey, lo tomaré en cuenta y le tendré más paciencia al director loco —bromeo.

Omar se muestra atento, pero su mirada se va unos segundos hacia donde Joseán está revisando una toma con Sergio.

Aprovecho.

Porque claro.

Natalia y su incapacidad de quedarse callada.

—Por cierto, te quería preguntar algo, si no te molesta. ¿Has hablado con Denisse?

La sonrisa se le borra de inmediato.

También se tensa.

—No. Nunca hablo con ella más que cuando me la topo en casa de Josa y, por obvias razones, no lo he hecho. Ya no vivo en México, ¿recuerdas?

Lo dice a regañadientes.

—Lo sé, Omar. Simplemente creo que deberías hacerlo. Sobre todo, después de…

No puedo terminar la frase porque se levanta de la banca y se planta frente a mí.

Su reacción me toma por sorpresa.

—Sé lo que estás intentando hacer. Olvídalo. No sé qué te haya contado, pero te aseguro que no se va a repetir. Nisi es… es la hermanita de mi mejor amigo. Nada más. No significa nada más.

No sé a quién quiere convencer más.

A mí o a él mismo.

No me gusta la forma en que se expresa. Me preocupa saber que Denisse sufre por él, que está estúpidamente enamorada, aunque no lo acepte, y escucharlo decir que ella no significa nada me da rabia.

—O sea, que para acostarte con ella no fue la hermanita de tu mejor amigo, pero para llamarla, aunque sea una vez y ver cómo está, sí lo es — le reclamo, molesta, cruzándome de brazos—. ¿No se merece ni un segundo de tu tiempo?

Pues qué se cree este wey.

Omar aprieta la mandíbula.

Por un segundo parece que va a contestarme algo horrible. Luego mira hacia otro lado, como si estuviera obligándose a no hacerlo.

—Mira, no tengo por qué justificar mis acciones ante nadie y menos ante ti. Créeme que si tuvieras la película completa no opinarías lo mismo.

Concluye dándose la media vuelta y dejándome ahí sentada.

¿La película completa?

¿A qué se refiere con eso?

En fin.

Últimamente la he cagado de sobremanera por andar de metiche.

—¿Qué le dijiste a Omar que se paró encabronado? —pregunta Joseán al acercarse, mientras revisa si ya terminó de guardar el equipo.

—Nada. Creo que tenía hambre y andaba de mal humor —miento.

—Ay, que no sea mamón. Todos estamos igual de hambrientos —aclara, riendo.

Se acerca a mí, me toma de las mejillas y se inclina para darme un beso.

—Estuviste perfecta, ¿sabes?

Me vuelve a besar.

—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué me ponías como chancla a cada rato? —pregunto, más en tono de broma que de reclamo.

Sabe que cuando me tiene así, accedo a casi cualquier cosa.

—Precisamente por eso, princesa. Para que estuvieras perfecta.

Me guiña el ojo.

—Anda, ya vámonos. Si no, te me vas a desmayar de hambre.

—¡Por favor! Estoy a punto de comerme una rama o unas ancas de rana gruñona.

—¡Ah, Nat! ¿Tan rápido ya me redujiste a estatus de sapo otra vez?

—Te lo ganaste a pulso, loquito.

Lo regaño con afecto y aprovecho para quitarle la gorra que lleva puesta; se la vuelvo a colocar hacia atrás. Se exaspera cada vez que lo hago porque no le gusta.

—No lo puedo evitar —dice, acomodándose la gorra con fingida resignación—. Cuando hago esto, soy poseído por un oscuro ente que toma las riendas y dirige todo en mi lugar. La verdad es que no lo conozco bien, pero yo que tú le hacía caso porque sí está medio loquito. Al menos algo así solía decir un director de cine muy reconocido para justificar su mal humor.

Mis ojos dan dos vueltas.

Con razón Omar dice que a Joseán le sale lo mamón.

Pero me encanta.

***

El último día de filmación empieza incluso más temprano que el anterior.

A las cinco de la mañana ya estamos todos medio vivos, envueltos en chamarras, con termos de café en la mano y cara de arrepentimiento profundo. La humedad se mete por todas partes y el frío de la madrugada no perdona, aunque Joseán insiste en que esa luz azulada, previa al amanecer, es justo lo que necesita para las primeras tomas.

—Lo que necesitas es un exorcismo —murmura Sergio, cargando una mochila con equipo.

—Luego —contesta Joseán, sin siquiera voltear—. Primero filmamos.

Definitivamente, el oscuro ente director sigue en posesión.

A estas alturas ya todos lo aceptamos.

Joseán no camina: avanza con propósito.

No pide: indica.

No mira: encuadra.

Todo a su alrededor parece convertirse en parte de una composición que solo él ve completa.

Y, aún y cuando me cueste admitirlo, es impresionante.

Durante el primer día yo había pasado la mayor parte del tiempo tratando de entender qué demonios estaba haciendo. Caminaba cuando me lo pedía, volteaba cuando me lo indicaba, decía frases que me sonaban hermosas, pero también extrañas, y me quedaba quieta en lugares donde cualquier persona normal se habría sentido ridícula. Pero poco a poco empecé a comprender que no se trataba de actuar una historia de forma tradicional.

No era una escena, luego otra, luego otra.

Era más bien una sensación.

Un sueño construido por pedazos.

Diego, por ejemplo, me dejó con la boca abierta. En persona era bastante normal, incluso medio bromista, pero en cuanto Joseán decía “acción”, algo en él cambiaba. Se le borraba lo cotidiano de la cara. Podía verse perdido, agotado, esperanzado o roto en cuestión de segundos. Repetía la misma escena una y otra vez sin que pareciera repetida. Cada toma tenía una pequeña diferencia, una forma distinta de respirar, de mirar, de contenerse.

Yo, en cambio, sigo sintiéndome como una intrusa con vestuario bonito.

—No intentes actuar —me dijo Joseán después de la tercera toma en la que seguramente puse cara de estreñimiento artístico—. No quiero que parezcas actriz.

—Qué alivio, porque no lo soy.

—Exacto. Quiero que parezcas recuerdo.

—Ah, claro. Facilísimo. Ahorita mismo me transformo en concepto abstracto.

Diego suelta una carcajada y Joseán me mira con esa paciencia fingida que usa cuando en realidad está a punto de perderla.

—Nat.

—¿Qué?

—Nat.

—¿Qué?

—Solo camina. No sonrías. No busques a Diego. No busques la cámara. Escucha el agua y piensa en algo que extrañes, aunque aún no lo hayas perdido.

Eso me deja callada.

Porque, sin querer, me da justo en un lugar sensible.

No me gusta sentirme observada. Nunca me ha gustado. Pero hay algo extraño en repetir una escena hasta que dejo de pensar en mí y empiezo a sentir lo que Joseán quiere. Por unos segundos, dejo de ser Natalia.

Y eso me da miedo.

Pero también algo más.

Volvemos a empezar.

Esta vez camino sin pensar tanto en mis manos, en mi cara, en si me veo tonta o si estoy arruinando la toma. Escucho el agua. Siento la piedra fría bajo mis pies. Pienso en mi casa. En mis papás. En Denisse. En la posibilidad absurda de extrañar a Joseán incluso teniéndolo a pocos metros, porque algo dentro de mí sabe que todo lo que estamos viviendo es muy frágil para durar intacto.

—Corte —dice Joseán.

No habla de inmediato.

Solo se queda mirando la pantalla de la cámara.

Luego sonríe.

No una sonrisa enorme, no una de esas con hoyuelos que me derriten. Una sonrisa pequeña, casi privada.

—Esa es.

Siento un calor extraño en el pecho.

No entiendo del todo el corto, y tal vez esa es la idea. Sé que Diego persigue algo. Sé que mi personaje aparece y desaparece como una presencia que lo llama, lo confunde o lo obliga a seguir. Sé que hay agua, escaleras, puertas que no llevan a ningún lado, frases sueltas y silencios larguísimos. Pero todavía no logro entender qué está contando Joseán en realidad.

Y eso me inquieta.

Porque al verlo dirigir, al verlo mirarme detrás de la cámara, empiezo a sospechar que tal vez el corto dice más de él que de cualquier personaje.

Los días de rodaje se vuelven una mezcla de humedad, tomas repetidas, ropa sucia, café tibio y Joseán diciendo “otra vez” con una calma cada vez menos humana.

El veintiocho empezamos a odiar la palabra continuidad.

El veintinueve Sergio amenaza con abandonar el cine para vender tamales.

Y para hoy, último día de filmación, todos tenemos cara de haber sido adoptados por la selva.

A media mañana, mientras Sergio y Alejandra revisan continuidad y Diego intenta quitarse lodo de un zapato, veo a Omar sentado aparte, sobre una piedra, tomando agua en silencio.

Desde nuestra conversación incómoda no hemos vuelto a hablar.

No me gusta dejar las cosas así, aunque a veces debo aprender a cerrar la boca y permitir que los demás administren sus propios desastres. Pero Denisse es mi amiga. Y, aunque Omar me cae bien, eso no me quita las ganas de sacudirlo un poco.

Me acerco con cautela.

—¿Puedo?

Omar levanta la mirada y después señala el espacio junto a él.

—Si vienes a regañarme otra vez, mínimo tráeme café.

—No vengo a regañarte.

—Qué decepción.

Me siento a su lado.

Durante unos segundos ninguno dice nada. El ruido del agua y las voces de los demás llenan el silencio.

—Perdón por meterme —digo al fin—. No era mi lugar.

Omar suelta una risa breve, sin humor.

—No. No era tu lugar.

Okey.

Merecido.