Detrás de un sueño 17. Ente oscuro #2
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17. Ente oscuro #2

La magnificencia de lo que mis ojos presenciaron me hizo el día. En medio de una vegetación impresionante se erguían estructuras imposibles, escaleras que no llevaban a ninguna parte, columnas que parecían crecer entre las plantas, arcos, plataformas, formas que no sabía si eran arquitectura, escultura o delirio.

Más de treinta estructuras levantadas entre musgos, cataratas y palmeras. Un lugar insólito, como el vestigio de una civilización antigua que decidió desaparecer dejando solamente sus sueños.

Ahora entiendo la inspiración de Joseán para el guion. El lugar parece respirar. Parece guardar secretos. Me recordó un poco a la manera en que proyectaron la ciudad de los elfos en ‘El Señor de los Anillos’, pero más salvaje, más húmedo, más mexicano, más imposible.

Tomamos cientos de fotos. Caminamos hasta quedar exhaustos. Joseán no dejaba de detenerse en cada rincón para observar la luz, la textura de las paredes, la forma en que el agua caía sobre la piedra. A veces sacaba la cámara y grababa unos segundos. Otras solo miraba, como si quisiera guardarlo todo en la mente antes de decidir qué hacer con ello.

Alejandra aprovechó para sacar el celular.

—A ver, todos júntense. Voy a subir una “story”.

—No —dijo Joseán de inmediato.

Todos volteamos a verlo.

—¿No qué? —preguntó Ale, con el celular en alto.

—No suban nada del rodaje, ni de las locaciones exactas, ni del vestuario. Nada que pueda verse como parte del corto.

—Relájate, Hitchcock —respondió Sergio—. Solo es una foto de nosotros sudados y con cara de turistas.

—Justo por eso no —insistió Joseán—. Podemos subir fotos normales del viaje, pero nada que anticipe el concepto. Si esto va a concursar, quiero controlar lo que se enseña.

—Ay, ya salió el tirano —dije.

Joseán me miró con esa sonrisa que me pone de malas y de buenas al mismo tiempo.

—Apenas estoy calentando, Natalia.

—Eso suena a amenaza.

—Lo es.

Alejandra bajó el celular, resignada.

—Okey, señor director. Entonces subo una foto de mi café y una palmera borrosa. ¿Eso sí pasa por su comité de censura?

—Aprobado —contestó Joseán, muy serio.

—Qué honor.

Omar, que venía caminando detrás de nosotros, se rió.

—Te dije, Natalia. Este cabrón se pone insoportable cuando trae una cámara cerca.

—Me estoy dando cuenta.

Joseán fingió no escucharlo, pero le vi la sonrisa.

Fuimos a cenar todos juntos al comedor principal y jugamos cartas y billar en el cuarto de juegos. La comida estuvo deliciosa y, para cuando terminamos, todos estábamos más relajados. Sergio y Diego se pusieron a discutir sobre películas, Alejandra se apropió de una mesa para revisar maquillaje y vestuario, y Omar estaba sentado con una cerveza en la mano, observando a Joseán con esa cara de ‘te conozco perfecto y sé que te vas a hacer menso’.

—Por cierto, cabrón —dijo Omar, dejando la botella sobre la mesa—. Tenemos que hablar de la difusión.

Joseán ni siquiera le quitó la vista al cuaderno donde estaba revisando sus notas.

—No.

—Ni sabes qué voy a decir wey.

—Sí sé. Y la respuesta es no.

—No seas ermitaño de social media, Josa. Si vas a meter el corto a un concurso, necesitas moverlo wey. Aunque sea un poquito.

Joseán hizo una mueca de fastidio.

—No soy influencer.

—Nadie te está pidiendo que bailes enfrente de una cámara, pendejo. Solo digo que necesitas una cuenta decente para el proyecto. Fotos del proceso, una sinopsis, algo del rodaje, behind the scenes…

—Qué horror —murmuró Joseán.

Yo solté una risita, más por su cara de sufrimiento que por otra cosa.

—No te rías tanto, Natalia —me advirtió Omar—. Tú también entras en el paquete.

—¿Yo por qué? —pregunté, indignada.

—Porque eres la protagonista.

—Yo soy una víctima circunstancial de las malas decisiones de mi novio.

—Pues la víctima circunstancial va a tener que ayudar.

Joseán alzó la mirada y me observó con una sonrisa muy entretenida.

—No le pidas mucho. Natalia tiene Instagram nada más para stalkear restaurantes, animales, cafeterías y cuentas de postres.

—No es cierto —reclamé.

—Sí es cierto. Tienes como tres fotos.

—Cinco.

—Una es de un tenis.

—Era una foto artística.

—Era tu tenis, Nat.

—Con buena luz.

Sergio soltó una carcajada y Alejandra, desde la otra mesa, levantó la mano sin dejar de revisar unas brochas.

—Confirmo que un tenis con buena luz puede ser arte.

—Gracias, Ale. Alguien entiende.

Joseán seguía riéndose, así que le lancé una servilleta.

—Además tú no tienes derecho a burlarte. Tu Instagram parece una cuenta fantasma. Ni foto de perfil tienes.

—Sí tengo.

—Un círculo negro no cuenta como foto de perfil.

—Es minimalista.

—Es sospechoso mas bien.

Omar señaló a Joseán con la botella, triunfante.

—¿Ves? A eso me refiero. Son dos raritos. Se encontraron porque el algoritmo no sabía dónde más ponerlos.

—No necesitamos redes para vivir —respondió Joseán, recargándose en la silla.

Para vivir, no. Para que alguien vea tu corto y te des a conocer, sí —insiste Omar—. No te estoy diciendo que te vuelvas celebridad de internet. Pero si vas a hacer esto, hazlo bien. Un proyecto también se comunica. Si nadie sabe que existe, se muere en tu computadora, igual que todos tus guiones abandonados.

Eso último lo dijo en tono de broma, pero le pegó a Joseán donde tenía que pegarle.

Lo noté.

Su sonrisa se apagó un poco.

—Podemos hacer una cuenta del corto —intervine antes de que se pusiera demasiado serio—. Nada personal. Solo del proyecto. Subimos algunas fotos de locación, cosas del proceso, sin revelar mucho. Algo sobrio.

Joseán me miró.

—¿Sobrio?

—Sí. Nada de “hola, chicos, acompáñenme a grabar mi cortito”. Qué oso.

—Gracias a Dios.

—Pero Omar tiene razón —continué—. Si quieres tomarte esto en serio, también tienes que dejar que exista fuera de tu cabeza.

Se quedó callado unos segundos.

—Odio que digas cosas razonables cuando quiero llevarte la contraria.

—Es uno de mis talentos.

—Uno de muchos —contestó, bajando un poco la voz.

Sentí cómo el calor me subía a la cara y fingí muchísimo interés en el vaso de agua frente a mí.

—Entonces queda —dijo Omar, aprovechando—. Cuenta del corto. Nombre, foto decente, un par de publicaciones del proceso y luego vemos qué más.

—Sin subir escenas —advirtió Joseán.

—Sin subir escenas —aceptó Omar.

—Sin revelar el final.

—Nadie quiere revelar tu final, Nolan.

—Sin ponerme frases motivacionales encima de fotos viendo al horizonte.

—Qué lástima, ya tenía una que decía: “persigue tus sueños, aunque te dé amsiedad ”.

—Ansiedad, Omar.

—Eso dije.

Me ataqué de risa.

Joseán, aunque intentó ocultarlo, también sonrió.

—Está bien —cedió al fin—. Pero si veo una sola publicación cursi, cierro la cuenta.

—No vas a cerrar nada —dije.

—¿Ah, no?

—No. Porque yo voy a tener la contraseña.

—Eso sí me da miedo.

—Debería.

Omar levantó la botella a manera de brindis.

—Por los ermitaños de social media entrando al mundo moderno.

—Qué asco —dijo Joseán.

—Salud —contesté, chocando mi vaso con la botella de Omar.

Y aunque Joseán siguió haciéndose el difícil, pude ver en sus ojos esa chispa de emoción que intentaba esconder. No era solo la cuenta, ni las publicaciones, ni el concurso. Era el hecho de que, poco a poco, su proyecto empezaba a salir del rincón oscuro donde lo había tenido guardado durante años.

Y eso, aunque le diera pánico, también lo estaba haciendo sentir vivo.

Nos fuimos a dormir tarde, con los pies adoloridos, la ropa oliendo a humedad y la cabeza llena de tomas, pendientes y una emoción que nadie decía en voz alta.

***

Hoy toca levantarme de madrugada para desayunar y prepararme.

Maquillaje, vestuario, peinado y toda la parafernalia que, con mi limitada creatividad, tengo que inventarme. Alejandra me ayuda muchísimo. Tiene muy buen ojo para esas cosas y, aunque al principio me siento disfrazada, termino contenta con el resultado.

—Pareces musa de poeta loco —me dice mientras me acomoda el cabello.

—No sé si eso es bueno o preocupante.

—Ambas. Pero para el corto funciona.

No paramos de trabajar.

Cambio de vestuario dos veces más. Camino descalza sobre piedra húmeda. Me siento en lugares donde seguramente viven insectos con más derechos que yo. Repito escenas una y otra vez. Miro a la nada, corro entre columnas, extiendo las manos hacia una pared como si estuviera teniendo una revelación mística y, en una toma particularmente ridícula, tengo que quedarme inmóvil mientras Diego camina detrás de mí murmurando líneas que aún no entiendo del todo.

Mi novio se transforma en director.

Y vaya sorpresa.

La única forma que se me ocurre para describirlo es: tirano-genio.

La naturalidad con la que se desenvuelve, la facilidad con la que visualiza cada escena, cada instante, es deslumbrante. Sabe dónde quiere la cámara, a qué hora necesita determinada luz, qué emoción debe tener cada plano. Habla con Sergio sobre ángulos, con Omar sobre sonido, con Diego sobre intención, con Alejandra sobre continuidad y conmigo…

Bueno.

Conmigo pierde la paciencia.

—Nat, no veas hacia la cámara.

—No estoy mirando a la cámara.

—Sí estás mirando a la cámara.

—Estoy viendo cerca de la cámara.

—Eso es mirar a la cámara.

—Pues cambia la cámara de lugar.

Sergio suelta una carcajada detrás del tripié y Joseán lo fulmina con los ojos.

—Otra vez —ordena.

Exigente en extremo.

Se exaspera al ver que metemos la pata, nos deja descansar muy poco y conmigo es por demás demandante. Hay momentos en que me deja idiotizada, que me hace sentir tanto orgullo y tanta pasión que me dan ganas de secuestrarlo un rato para devorarlo.

Pero cuando saca al dictador, como ahora, me dan ganas de ahorcarlo.

Tengo hambre, estoy cansada y muero de sueño.

Estoy tan metida en mis pensamientos que yo ni me doy cuenta que Omar se sentó junto a mí, con los codos sobre las rodillas, la botella de agua colgando de una mano.

—Tenle paciencia, Natalia. Cuando ese cabrón se para detrás del lente se vuelve un poco loco.

—Ya me voy percatando. De haber sabido le digo que se buscara otra actriz. Además, él sabe perfecto que no tengo ni tantita de experiencia. Era obvio que la iba a regar.

Omar ríe ante mi queja.