Detrás de un sueño 17. Ente oscuro
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17. Ente oscuro

—¿Por qué no aprovechas y te duermes? —sugiere Joseán mientras nos incorporamos a la carretera—. Nos vamos a tardar como siete horas en llegar.

La idea no suena mal. Estoy cansada, traigo los ojos pesados y la cruda navideña todavía me cobra intereses. Pero tampoco me late convertirme en copiloto fuera de combate a los veinte minutos de viaje.

—Si me da mucho sueño, tal vez me echo una siesta —contesto, acomodándome el cinturón—.

Pero nada más un ratito. Nunca he tomado este camino y quiero ver los paisajes, los pueblitos, todo. Dicen que la zona de Xilitla es preciosa.

—Lo es.

Lo dice muy rápido.

No como alguien que está repitiendo algo que leyó en internet.

—Además —agrego—, igual descanso un poco y ya después te ayudo a manejar.

Joseán suelta una risa baja.

—Ajá. Claro.

—¿Qué? Sí manejo bien.

—No dije que no.

—Pero lo pensaste.

—Pensé que prefiero conservar la camioneta de mi mamá intacta, eso es todo.

Le doy un manotazo suave en el brazo y él sonríe sin apartar la vista del camino.

—Grosero.

—Realista.

Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar sonreír.

—Bueno, entonces entretén a tu copiloto antes de que se quede dormida por ofendida.

Joseán se acomoda mejor en el asiento. Una mano firme en el volante, la otra descansando cerca de la palanca. Por la ventana empiezan a pasar los primeros tramos de carretera, algunos planos y todavía conocidos.

—La Sierra Potosina está muy chingona —dice al fin—. Hay mucho que ver: cascadas, cuevas, reservas naturales, ríos de esos que parecen editados porque el agua se ve súper azul.

Se le suaviza la voz mientras habla, como si el paisaje le importara más de lo que quiere admitir.

—También hay comunidades indígenas, pueblos bien chiquitos, lugares que parecen detenidos en el tiempo. Es una zona que muchos extranjeros conocen mejor que nosotros. Vienen, la recorren, se enamoran… y nosotros, siendo mexicanos, a veces ni idea tenemos de que existe.

Lo dice con interés. Casi con cariño.

Y entonces caigo en la cuenta.

No está hablando como alguien que solo ha visto fotos.

—¿Ya habías venido? —pregunto, intentando sonar casual.

Se queda pensativo unos segundos.

Noto cómo aprieta la mandíbula.

Lo conozco.

Sé perfecto que no me va a gustar la respuesta.

—Sí.

Nada más.

Una sola palabra.

Claro que no me basta.

—¿Hace cuánto?

—Hace como dos años. Más o menos.

No agrega explicación.

Ni modo. Ahora quiero saber.

—¿Y fuiste con tu familia o con amigos?

—No —responde cortante.

Lo noto incómodo. Levanta una mano para pasársela por el cabello. No me voy a distraer con lo apetecible que se ve manejando. No en este momento.

Se da cuenta de que lo miro fijamente.

Me quedo en silencio.

—Fui con Zaira —dice al fin, soltando el aire—. Una de tantas veces en las que me dio un arranque y quise salir de casa por unos días. Estaba hasta la madre, me había encabronado con mi papá, como de costumbre, y me salí en la moto sin rumbo fijo. Acabé pasando por ella y llegamos hasta Xilitla después de andar de pueblo en pueblo como dos días.

Si alguna vez he deseado tener un control remoto para retroceder unos minutos en el tiempo, es ahora.

Preferiría haberme quedado con la duda.

Eso me pasa por fisgona.

Si me hubiera dicho que fue con alguien más, otra chica, quien fuera, probablemente me habría molestado. Pero no así. No con esta punzada ridícula en el pecho.

Tenía que ser Zaira.

La dichosa Zaira.

Justo cuando creí que este lugar podía ser algo especial para nosotros, un sitio nuevo, una especie de inicio, resulta que ya viene cargado de recuerdos que no me pertenecen.

Me hierve la sangre.

Y me da coraje que me hierva, porque sé que Joseán tiene un pasado y sé que es injusto reclamarle por algo que pasó antes de mí.

Pero saberlo no evita que me duela.

Mientras lucho por controlar mis emociones, Joseán estira la mano y toma la mía.

—Princesa, no te enojes, por favor.

Esa súplica casi empeora las cosas.

—Me lo hubieras dicho antes —reclamo, más fuerte de lo que pretendía—. ¿No crees que era importante mencionar que vamos al mismo lugar al que fuiste con ella?

Joseán respira profundo.

—Tal vez sí te lo pude haber dicho, pero ¿para qué? Sabía que no te iba a gustar.

—Ah, entonces mejor ocultarlo. Gran estrategia.

—No lo oculté, Nat. No estaba pensando en eso. Y, además, recuerda que todo este desmadre fue idea tuya. Tú fuiste la que me inscribió en el concurso. No es mi culpa que tengamos que ir justo ahí.

Suelta mi mano para colocar la suya de nuevo en el volante.

Me quedo helada.

No porque no tenga razón.

Sino porque es verdad.

Y aún así me duele.

Opto por no verlo. Giro la cara hacia la ventana y me pierdo en los sembradíos, en las montañas que se ven a lo lejos, en las pequeñas casas rurales que aparecen y desaparecen al borde del camino.

—Natalia —dice después de unos segundos—. No te quedes callada, por favor. Di algo.

Su voz suena exasperada, pero también preocupada.

Me cruzo de brazos y giro hacia la ventana, aunque el cinturón me jala incómodo.

—Me voy a dormir un rato, ¿sí?

Opto por la evasión.

—Nat, no manches.

—Ya, olvídalo.

Pero no lo olvido.

Solo no quiero discutir.

No quiero pensar en Zaira sobre su moto, abrazada a su cintura mientras recorrían pueblos sin rumbo. No quiero imaginarlo deteniéndose con ella en miradores, compartiendo comida en fondas, riéndose de cosas que yo no conozco. No quiero preguntarme si este camino le va a traer recuerdos.

Si Xilitla le va a saber a ella antes que a mí.

Eso es lo que realmente me molesta.

No el viaje.

No el pasado.

Sino la posibilidad de llegar a un lugar hermoso y sentir que estoy pisando una memoria ajena.

Escucho a Joseán soltar un gruñido de frustración, pero no dice nada más.

Así está mejor.

Cierro los ojos y trato de concentrarme en mi respiración. Prefiero dormir un rato, aunque sé que no voy a descansar. Prefiero enfocarme en lo que venimos a hacer, en el corto, en el trabajo que tengo encomendado.

Al final, no venimos de vacaciones. Venimos a filmar. O eso intento repetirme hasta que el ruido de la carretera, el movimiento constante de la camioneta y el cansancio acumulado empiezan a arrastrarme lentamente hacia el sueño.

***

Y vaya que me traen a trabajar peor que becaria sin derechos. Empezamos a filmar casi de madrugada. Son las siete de la tarde y apenas concluimos la primera parte del corto.

¿Será correcto o normal que me den ganas de ahorcar a mi novio?

Ayer, después de mi siesta berrinchuda, logré despertar a tiempo para admirar la belleza natural que rodea este pedazo mágico de mi México querido. Abrí los ojos, estaba recargada contra el vidrio de la camioneta y, por un instante, se me fue el enojo.

La carretera empezaba a cambiar. Los paisajes planos habían quedado atrás y, poco a poco, el verde empezó a tragárselo todo. Árboles enormes, montañas cubiertas de vegetación, curvas que parecían esconder otro mundo detrás de cada vuelta. Había una neblina ligera atorada entre los cerros, como si alguien hubiera decidido envolver la sierra en una tela transparente. La vastedad del paisaje me dejó sin palabras. El aire se sentía distinto incluso dentro de la camioneta: más húmedo, más limpio, más vivo.

Joseán no hizo comentario alguno sobre la discusión y siguió sin hacerlo. Llegamos en una especie de tregua silenciosa, de esas donde ninguno de los dos quiere abrir la boca porque sabe que, si lo hace, puede salir algo que arruine el momento.

Obviamente, necia que soy, tampoco toqué el tema.

Ni lo pienso tocar.

Cuando llegamos a la Posada El Castillo me quedé boquiabierta.

El lugar parecía sacado de una película: una construcción antigua, imponente, con ese aire de casona detenida en el tiempo, rodeada de plantas, humedad y un silencio extraño, como si las paredes guardaran demasiadas historias. Nos recibió una mujer encantadora, parte de la familia que conserva la historia del lugar, y nos contó algunas anécdotas de Edward James, de la familia Gastélum y de cómo aquella casa terminó convertida en una especie de refugio histórico en medio de Xilitla.

Mientras hablaba, Joseán escuchaba con atención absoluta.

No la atención educada de quien finge interés, sino esa otra, la que se le pone cuando algo lo toca por dentro. Vi cómo sus ojos recorrían los techos, los pasillos, las escaleras, la luz que entraba por las ventanas. Casi podía verlo imaginando encuadres.

Me dio ternura.

También me dio coraje.

Porque justo cuando se pone así, cuando la vida parece encenderlo desde adentro, me pregunto cómo demonios pudo pasar tantos años fingiendo que esto no le importaba.

Los demás ya estaban instalados en sus respectivos cuartos: Omar, Sergio, Alejandra y las chicas que nos ayudarían a filmar. También estaba Diego, el actor que conoceríamos en la locación, un muchacho de San Luis que estudió teatro y que, según Sergio, aceptó ayudarnos porque le encantó el guion y porque “cualquier excusa para ir a Xilitla era buena”.

No estuvimos ni dos minutos dentro de la hermosa alcoba cuando Joseán ya estaba revisando baterías, memorias, lentes, tripié, micrófonos y una lista que traía doblada en la bolsa trasera del pantalón. Su energía cambió de golpe. El novio cariñoso, el hombre que me tomaba la mano en carretera, el sapo intenso de mis desgracias, empezó a transformarse en otra cosa.

Director.

Así, con todas sus letras.

—Tenemos que ir al jardín antes de que se nos vaya la luz —dijo, como si todos hubiéramos firmado un contrato de obediencia absoluta.

—¿Ni siquiera vamos a desempacar? —preguntó Alejandra, cargando una mochila enorme.

—Luego desempacan.

—Qué considerado —murmuró Sergio.

—Gracias, intento mejorar —contestó Joseán sin inmutarse.

Y así, sin mayor ceremonia, salimos rumbo al jardín surrealista.

Al llegar, olvidé todo.

La discusión en carretera.

El cansancio.

El hambre.

A Zaira.

Todo.