Detrás de un sueño 16. Familia #4
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16. Familia #4

Joseán no deja de reírse. Cierro la puerta de la camioneta, me volteo y, sin deberla ni temerla, muy amablemente comienzo a abrir la reja de la cochera para que mi papá entre con su carro, brindándole una cálida sonrisa que, por supuesto, no devuelve.

Antes de entrar, mi celular vibra.

Karla: “¿Ya llegó?”

Me quedo viendo la pantalla un segundo, con esa mezcla ridícula de nervios y emoción que no pienso admitirle a nadie.

“Ya”, le contesto.

Su respuesta llega casi de inmediato.

“Respira. Y acuérdate de que si te mira bonito, tú también sabes hacerte la digna.”

Me río bajito, niego con la cabeza y bloqueo el celular antes de que se me ocurra contestarle una tontería. Karla siempre tiene la habilidad de hacerme sentir acompañada, incluso cuando no está.

Karla siempre tiene la habilidad de hacerme sentir acompañada, incluso cuando no está.

El motor del carro de mi papá me obliga a guardar el celular. Levanto la vista justo cuando entra despacio a la cochera, con la misma cara seria con la que seguramente manejó todo el camino desde el súper hasta la casa.

Estaciona, apaga el carro y baja sin prisa.

Primero voltea a verme a mí. Luego a Joseán.

—Buenas tardes —dice, extendiéndole la mano.

Joseán, para mi sorpresa, deja de reírse de inmediato y se endereza como si acabaran de pasarle lista.

—Buenas tardes, señor —contesta, estrechándole la mano—. Muchas gracias por recibirme.

Mi papá asiente, serio, midiéndolo de pies a cabeza con una discreción bastante cuestionable. Luego camina hacia la parte trasera de la camioneta, como si acabara de decidir que el primer filtro de aceptación consiste en cargar bolsas del súper.

—Ayúdame con esto, Natalia.

Claro. Bolsas. Verduras.

Refrescos. Tensión emocional.

Todo junto.

Joseán toma varias bolsas sin que nadie se lo pida, y eso, por alguna razón, parece desconcertar un poco a mi papá. Yo agarro lo primero que encuentro y camino hacia la entrada intentando fingir que no estoy analizando cada gesto de ambos.

Apenas cruzamos la puerta, mi mamá aparece desde la cocina, secándose las manos con un trapo.

—Ya llegaron —dice, y su mirada va directo a Joseán.

Él deja las bolsas sobre la mesa y se endereza otra vez.

—Buenas tardes, señora. Mucho gusto. Gracias por recibirme.

Mi mamá sonríe con esa amabilidad suya que siempre intenta suavizarlo todo.

—Bienvenido, Joseán. Pasa, estás en tu casa.

Y ahí estamos: mi mamá siendo encantadora, mi papá guardando silencio con cara de auditor, Joseán portándose mucho más educado de lo que me conviene admitir y yo parada en medio de todos, sintiendo que cada segundo pesa más de lo normal.

Va a ser un día muy largo.

***

—¿Lista? —pregunta Joseán al cerrar la cajuela de la camioneta.

Ha terminado de subir nuestras cosas y solo me falta despedirme de mis papás, que están a unos cuantos pasos, de pie frente a la reja de la casa.

A pesar de la accidentada primera impresión que tuvo mi padre sobre Joseán, todo salió de maravilla. Bueno, de maravilla después de que sobrevivimos al interrogatorio disfrazado de comida familiar.

Mi papá le preguntó por la universidad, por su familia, por su edad, por el viaje, por la filmación y por sus planes con una calma tan falsa, que hasta mi mamá le pateó discretamente el tobillo debajo de la mesa. Joseán contestó todo sin ponerse nervioso. No hizo bromas de más, no intentó caerle bien a la fuerza y tampoco se achicó. Cuando mi papá le preguntó qué pensaba hacer con su vida, Joseán habló del corto. De Xilitla. Del concurso. De cine. De lo mucho que le costó decidirse a intentarlo.

La verdad es que hubo química. Más con mi mamá. Creo que la pobre se quedó platónicamente enamorada de su yerno y no la culpo. Mi querido Ángel suele tener ese efecto. Sin problema alguno puede ser encantador.

Anoche nos quedamos platicando hasta tarde y vaya que valió la pena. Estoy feliz con la forma en que resultó la presentación porque, al menos, veo a mis papás más tranquilos ante mi inminente partida. No he recibido sermones, comentarios incómodos o reproches por el hecho de irme con Joseán. Supongo que la charla con mamá sirvió y ella ayudó a atenuar la situación con papá.

—Lista. Ya tengo todo. Vamos a despedirnos —le digo finalmente, tomándolo de la mano.

Primero abrazo a mi madre. Nos estrujamos con todo el amor que podemos desbordar y, sin separarme de ella, le recuerdo que la quiero y la voy a extrañar.

—Cuídate mucho, Nati —aconseja.

Repito la secuencia con mi papá. Su abrazo resistente muestra el trabajo que le cuesta dejarme ir. Finalmente me da un beso en la mejilla.

Su mirada fija y vidriosa me lo dice todo.

Amo a mi papá.

En serio es lo máximo.

Joseán se despide de ambos. Mi mamá le da un abrazo afectuoso y alcanzo a ver que le susurra algo al oído. En respuesta, él le sonríe y asiente con determinación.

Nota mental: al rato le pregunto qué le dijo, porque así soy de curiosa.

Cuando me subo a la camioneta y los veo por el espejo retrovisor, mi mamá levanta la mano. Mi papá no. Él se queda quieto, con los brazos cruzados, hasta que por fin levanta apenas dos dedos en despedida. Y eso, viniendo de él, es prácticamente una bendición papal.