Detrás de un sueño 16. Familia #3
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16. Familia #3

Después de la cena llega el intercambio de regalos, que como siempre termina en reclamos porque alguien llevó una bufanda horrible, otro compró una taza con frase motivacional y mi tío Ernesto, fiel a su costumbre, envolvió dinero en una caja enorme para “crear expectativa”. Mis primos chicos gritan al abrir juguetes. Mis tías se ríen de cualquier cosa. Mi mamá canta villancicos desafinada mientras recoge platos y mi papá, aunque intenta hacerse el serio, termina sirviendo ponche a todo mundo.

Por un rato dejo de pensar en las despedidas, en Xilitla, en el miedo, en Joseán, en el futuro.

Solo estoy aquí.

En mi casa.

Con mi familia.

Con el ruido, el desorden y las bromas malas de siempre. Más tarde, como era de esperarse, alguien prende el karaoke.

Ese es el momento perfecto para huir.

Los conozco como la palma de mi mano y sé que no tardan en pedirme que cante. El problema es que solo puedo huir al jardín, así que mejor me sirvo un poco de valentía líquida para enfrentar lo que viene.

Mi estrategia falla, por supuesto.

Tres canciones después, Carmen me empuja al centro de la sala, mi tío anuncia con solemnidad que “la artista de la familia” nos va a deleitar, y yo termino cantando frente a todos mientras mis primos hacen coros espantosos y mi mamá me mira con una mezcla de orgullo y sorpresa que me da más pena que los aplausos.

Canto una. Luego otra. Luego una tercera porque mi familia no conoce la moderación.

Para cuando por fin logro escapar, tengo la garganta cansada, los pies adoloridos y el corazón lleno de esa nostalgia bonita que solo aparece cuando sabes que un momento se va a convertir en recuerdo.

Me duermo tarde.

O temprano, más bien.

Al abrir los ojos, la poca luz que alcanza a entrar por mi ventana me molesta demasiado. Los efectos del exceso de comida, alcohol y uso de mi voz los siento de inmediato. Traigo la boca seca, muero de sed y me siento fatal del estómago.

Al mismo tiempo, me lleno de emoción porque hoy llega Joseán. Así que más vale que, después de empinarme un litro de agua, un sal de uvas, un buen baño y un desayuno cura-cruda, pueda volver a la vida.

La ansiedad me carcome la piel. Me he cambiado de ropa tres veces y finalmente decido usar un suéter largo color guinda, leggins negros y botas a la rodilla del mismo color. Opto por dejarme el cabello suelto, natural, y usar muy poco maquillaje.

Me pregunto qué va a pensar Joseán cuando conozca mi casa. El lugar donde crecí, lleno de lindos recuerdos.

Es una casita blanca, con vigas de madera en los techos, herrería forjada en las ventanas y macetitas que mi mamá mueve de lugar cada dos semanas porque jura que así les da mejor el sol. Por dentro, las paredes son de ladrillo anaranjado y los muebles, de madera rústica con telas coloridas. Nada combina muy exacto, pero todo tiene historia.

El único lugar de la casa que no es rústico es mi recámara. Aunque es muy pequeña, los muebles son blancos y más modernos. Mi escritorio blanco, mis libros, el espejo que tengo desde secundaria y una lámpara que Karla siempre ha odiado. Definitivamente nada que ver con lo que él está acostumbrado.

Mi tren de pensamiento es interrumpido por el sonido de mi celular. Es un mensaje de Joseán avisándome que ya entró a la ciudad. Le mandé mi ubicación desde ayer, pero aun así espero que Maps no lo meta por alguna calle rara, porque con las aplicaciones y las direcciones de este país nunca se sabe.

Joseán: Ya entré a la ciudad.

Joseán: Creo que Maps sí me está llevando bien, pero si termino en un baldío vienes por mí.

Natalia: Jajaja. No exageres.

Natalia: Cuando entres al fraccionamiento mandame mensaje.

Joseán: Sale.

Media hora después

Joseán: Ya casi llego.

Bajo las escaleras como caballo desbocado.

Mi mamá está en la cocina lavando los trastes del desayuno; huele a café recalentado, jabón de limón y tortillas recién guardadas. Me siento en la barra un ratito.

—¿Y mi papá? —pregunto, porque por obvias razones hoy no trabaja y es raro que no esté en la casa al mediodía.

—Fue al súper por leche, bolillos y unas cosas que hacen falta para complementar el recalentado —responde mi madre muy jovial—. ¿Ya viene tu novio?

—Sí, ya no debe tardar. Lo esperaré afuera porque no es fácil dar con la casa cuando entras al fraccionamiento.

—Okey.

No pasan ni diez minutos cuando veo que la camioneta azul de la mamá de Joseán se acerca. Al verme parada frente a la reja de mi casa, se le iluminan los ojos y me saluda muy efusivo. No termino de acostumbrarme a lo que me pasa por dentro cada vez que lo veo. La piel se me eriza y me invade una emoción inexplicable.

En cuanto veo que abre la puerta, corro hacia él. Ni siquiera lo dejo bajar del auto. Me subo en el estribo para quedar a su nivel, me acerco y, como si tuvieran mente propia, mis manos lo toman de la cabeza, enmarañando los dedos en su cabello.

Sin pensarlo, le planto un beso impulsivo que responde con la misma intensidad.

Me toma de la cintura y me levanta hasta dejarme sentada de lado en sus piernas. Siento cómo el volante se me encaja un poco en la cadera, pero no me importa. Prefiero saciar la sed que he tenido durante días, la cual, al parecer, no es solo mía.

Joseán lleva la mano derecha a mi cabello. Siento cómo la enreda y da un ligero tirón que ayuda a separarnos unos centímetros para tomar aire.

—Nat, no quiero arruinar el recibimiento, pero ¿tu papá tiene una pick-up roja? —susurra, aún muy cerca de mis labios.

Inmediatamente abro los ojos y puedo observar que está viendo algo en el espejo retrovisor.

¡Trágame tierra!

—Creo que le estoy estorbando la entrada a la cochera —añade, sin preocupación alguna.

Y además se está riendo.

—¡No manches! Qué horror. Nos vio —refuto, asustada.

—Tú bájate como si nada. Solo dame oportunidad de estacionar la camioneta donde no estorbe porque necesito hacer tiempo.

—¿Tiempo para qué? No me dejes sola, que si no me va a regañar por estar trepada encima de ti en el carro —contesto, ya un poco desesperada.

Joseán sigue riéndose. No me dice nada. Solo toma mi mano y la guía hacia abajo, lo suficiente para que yo entienda perfectamente el problema.

Okey.

Qué pendeja.

Ya entendí.

—Estás loquito. ¿No era más fácil decirme: ‘Natalia, por qué no entretienes a tu papá en lo que se me baja la emoción de tenerte en mis brazos después de tanto tiempo’?

Nada mejor que un chiste de frase dominguera nacido del nerviosismo mientras empiezo mi descenso del carro.