Detrás de un sueño 16. Familia #2
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16. Familia #2

Eso ya no fue pregunta, sino afirmación de su parte. Quiero imaginarme que, hasta cierto punto, sabe que en realidad no le estoy pidiendo permiso.

—Sí, ya te lo había comentado. Van dos amigos de Joseán y otras dos chicas —añado.

Mi mamá aprieta los dedos alrededor de la taza.

Le doy un sorbo al café y tomo una galleta para calmar los nervios por la anticipación de lo que viene.

—¿Y sería mucho pedirte que te quedes con las chicas?

Ante la pregunta, que más bien suena a súplica, no me queda nada más que ser sincera. Sé que no le va a agradar la respuesta, pero es lo mejor.

—Mamá, si te contesto que sí, ¿en serio me creerías?

Ella solo aprieta los labios y fija la mirada en la mía. Me observa claramente preocupada. Siento horrible pensar que la voy a decepcionar, pero no puedo hacer nada al respecto.

—Lo supuse —añado—. Sé que te preocupa, pero, mamá, en México igual estoy sola. Nunca te he dado razón para no tenerme confianza y al final creo que ya debo empezar a tomar mis propias decisiones, ¿no crees?

Me sigue observando detenidamente. Le da un trago a su café, coloca la taza en la mesita y cambia de posición, acercándose a mí. Coloca los codos en la mesa y se recarga. Respira profundo y exhala.

—Natalia, la preocupación de una madre jamás cesa. Ya lo entenderás cuando tengas un hijo. ¿Quiero que te vayas de viaje con tu novio? No. ¿Creo que aún eres muy joven? Por supuesto. ¿Me preocupa que salgas con un chico seis años mayor que tú? Claro que sí. Yo tuve tu edad y sé que, si te lo prohíbo, de todas maneras, lo harás.

Hace una pausa. Su voz se suaviza.

—Te tengo confianza, de eso no tengas la menor duda. Pero, por favor, hija, sé responsable. Cuida tu corazón. No quiero que te sientas presionada, no quiero que hagas algo para lo que no estés lista. Llevas muy poco tiempo de novia con él y aún no lo conoces del todo. No tomes decisiones de las que posteriormente te puedas arrepentir.

Entiendo perfectamente la súplica de mi madre. Todo lo que me acaba de decir lo he pensado una y otra vez. Sin embargo, no voy a cambiar de opinión. Mi decisión está tomada y necesito que me entienda.

Que me apoye.

Le sonrío afectuosamente y aprovecho para acercarme un poco y tomarla de la mano.

—Gracias, mamá. Créeme que tomo en cuenta todo lo que me dices. Ten confianza en que afrontaré mis decisiones con responsabilidad. Tengo que empezar a hacer mi vida y… pues, si cometo errores, aprenderé de ellos.

Trago saliva. Intento sonar segura. No sé si lo logro

—Y sobre José Ángel… lo quiero, ma. De verdad lo quiero. Me trata súper bien, es atento, caballeroso y tiene un corazón enorme. A veces aparenta lo contrario, pero es noble. Y no sé dónde vamos a parar, pero lo que sí sé es que quiero aprovechar el tiempo con él y vivir las experiencias al máximo. ¿Sí me explico?

Ella solo me sonríe y me da un apretón en la mano. Sus ojos lo dicen todo: me comprende y va a respetar mi elección. Sus ojos están brillosos, pero no llora. Mi mamá es de esas mujeres que se quiebran para adentro. Lo que no sé es cómo le va a hacer para suavizarle el golpe a mi papá.

Después, quizá porque las conversaciones importantes abren otras puertas, terminamos hablando de su trabajo, mis clases y las preocupaciones de mi papá. Los clientes tardan mucho en pagar y constantemente solicitan servicios por resultados, por lo que el dinero escasea en casa.

No es una novedad. Nunca hemos sido adinerados, pero a como va la economía, el día a día se vuelve más apremiante.

***

No sé qué tiene la Navidad que me siempre me pone nostálgica. Tal vez es el olor a ponche, tal vez las sillas vacías, tal vez que una crece y descubre que diciembre no arregla nada, solo lo ilumina con foquitos.

Cuando era pequeña me llenaba de emoción por los regalos. Esperaba con ansias la noche para dormir y ver, al día siguiente, los regalos que me llevaba Santa y después, en enero, los Reyes Magos. Siempre se juntaba la familia materna y echaban la casa por la ventana. Las casas de mis tíos invariablemente contaban con toda la parafernalia navideña.

En cambio, después de que mi abuela murió, mis papás, en casa, adornaban escasamente. Colocábamos un árbol pequeño y lo decorábamos con los adornos antiguos de mi abuela. Nada más.

Mi madre nunca ha sido fan de los festejos, pero, ya entrada la pasa muy bien.

La Navidad me provoca nostalgia al pensar en las personas que están solas o que no tienen los medios para festejar. Me provoca desesperación ver los excesos y despilfarros de otros, el desperdicio de comida, en fin.

Cuando empiezo a pensar en estas cosas, divago a tal grado que luego quiero descifrar el misterio de la existencia. Por eso mejor aprovecho el tiempo para convivir con la familia.

La cena de Navidad está en todo su apogeo. Mis tíos y primos, a quienes no he visto desde hace varios meses, ya están algo tomados. Los chistes, las canciones y las bromas están a la orden. No falta el primo que se siente comediante de stand up, la tía que pregunta si ya tengo novio, aunque toda la mesa ya lo sabe, ni el tío que, con dos tequilas encima, de pronto se vuelve experto en política internacional.

La casa está llena de ruido, olor a ponche, bacalao, pavo recalentándose antes de siquiera ser servido y esa mezcla extraña de perfumes de señora, lociones de hombre y humo de cohetes que se cuela cada vez que alguien abre la puerta. Mis primos más chicos corren entre las sillas con luces de bengala apagadas, porque mi mamá ya los amenazó con quitarles los regalos si se les ocurre prenderlas adentro. Mis tías se reparten órdenes como generales en guerra y, aun así, nadie sabe dónde quedaron las cucharas del postre.

—Natalia, hija, pásame los platos hondos —me pide una de mis tías.

—¿Platos hondos para qué, tía?

—No sé, pero tu mamá dijo platos hondos.

Muy típico. En esta familia la logística navideña funciona bajo un sistema de órdenes cruzadas que nadie entiende, pero todos obedecemos por supervivencia.

Me río mientras entro a la cocina. Mi mamá está probando el ponche con una cuchara, muy seria, como si estuviera evaluando un vino carísimo.

—Le falta algo —murmura.

—¿Más azúcar?

—No. Más piquete, pero no le digas a tu papá.

Mi madre, señoras y señores. La misma que hace dos días me estaba dando una plática solemne sobre responsabilidad, ahora está adulterando el ponche familiar con cara de santa.

La quiero demasiado.

Regreso a la sala con los platos que nadie necesitaba y me topo con la mirada sospechosa de mi papá. Está sentado en el sillón individual, observando el caos con una mezcla de resignación y vigilancia paterna. Desde que llegué no ha dejado de preguntarme, de formas más o menos sutiles, a qué hora llega Joseán mañana, cuánto tiempo se va a quedar y exactamente cuántas personas van a la famosa filmación.

El señor está en modo preventivo.

Y no lo culpo del todo.

A media cena me llega un mensaje de Joseán.

Joseán: ¿Sigues viva?

Natalia: Apenas. Mi familia está en modo posada con esteroides.

Joseán: Acá todo raro, pero bonito.

Natalia: ¿Raro cómo?

Joseán: Estamos en casa de mi abuela. Solo mi mamá, Nisi, Rosa y yo.

Joseán: Hace años no pasábamos una Navidad tan tranquilos.

Se me aprieta el corazón al leerlo.

Natalia: ¿Y eso es bueno?

Tarda un poco en contestar. Me imagino que está sentado en algún rincón de la casa de Rosa, con el celular en la mano y esa expresión seria que se le pone cuando algo le importa mucho.

Joseán: Sí.

Joseán: Muy bueno.

Joseán: Mi mamá se rió hace rato. De verdad.

Joseán: Nisi casi llora y la abuela hizo que no se dio cuenta.

Sonrío como idiota frente al plato.

Natalia: Me da mucho gusto :)

Joseán: A mí también.

Joseán: Creo que hacía mucho que no nos sentíamos… familia.

Ay, no.

Mi corazón.

Estoy a punto de contestarle cuando mi tía Maru, que no tiene ningún respeto por la privacidad ajena, se asoma por encima de mi hombro.

—¿Ese es el novio?

Bloqueo el celular de inmediato.

—Tía.

—Ay, ni que una no hubiera sido joven. Estás sonriendo como mensa. Es el novio.

Mi mamá, desde la cocina, grita:

—¡Déjala en paz!

Mi papá, desde el sillón, agrega:

—¿Qué novio? Fingiendo demencia.

Y ahí se arma el caos.

Mis primos empiezan a chiflar. Una tía pide foto. Otra pregunta si es guapo. Un primo que no veía desde hace meses dice que seguro es feo porque “los guapos no son fieles”, comentario que provoca que mi mamá le lance una servilleta y que mi papá diga que por fin alguien en esta familia habla con sentido común.

—No empiecen —protesto, completamente roja.

—A ver, enséñanos una foto —pide Carmen, que no pertenece a esta familia pero se integró tan bien que ya hasta opina como si tuviera derecho de sangre.

—No.

—Entonces es feo —dictamina uno de mis primos.

—No es feo —contesto muy rápido.

Error.

La mesa entera hace “uuuuu” como si estuviéramos en secundaria.

Dios mío.

¿Por qué volví?

El celular vuelve a vibrar en mi mano.

Joseán: ¿Todo bien? ¿Por qué desapareciste?

Natalia: Mi familia descubrió que estaba hablando contigo.

Natalia: Ahora quieren foto, acta de nacimiento y carta de no antecedentes penales.

Joseán: Mándales mi RFC también.

Natalia: No les des ideas.

Joseán: ¿Tu papá ya me odia?

Miro a mi padre, que finge no estar pendiente de mi celular mientras parte una pierna de pavo con más violencia de la necesaria.

Natalia: Digamos que está reuniendo pruebas.

Joseán: Perfecto. Mañana llevo mi mejor cara de ciudadano responsable.

Natalia: Más te vale.

Joseán: Feliz Navidad, princesa.

Natalia: Feliz Navidad, sapo.

Guardo el celular con una sonrisa que no puedo disimular. Mi mamá me observa desde la cocina y me guiña un ojo. Mi papá también me ve, pero él no guiña nada. Él mastica en silencio, como si acabara de aceptar una misión de Estado.