Detrás de un sueño 16. Familia
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16. Familia

—¡Natalia!

El grito emocionado de mi mamá seguramente se alcanzó a escuchar hasta la pista de aterrizaje del minúsculo aeropuerto de mi ciudad natal. Honestamente, no me importa. Verla ahí, con los brazos abiertos y cara de felicidad total, me enternece.

Dejo las maletas en el camino para abrazarla. Una se me cae de lado, pero me vale. Que ruede si quiere.

—Hola, mamá. ¡Te he extrañado un buen! —confieso con gusto, sin soltarla.

—Yo más, hijita. Yo más.

De reojo alcanzo a ver a mi padre recogiendo mis maletas abandonadas. Finge molestia por el tiradero, pero lo veo sonreír mientras levanta las maletas. Me separo de mi mamá y me acerco a él para darle un abrazo igual de afectuoso.

—Nati, qué bueno que llegaste con bien. Gracias a Dios.

—Te extrañé mucho, papito —le digo sinceramente, de la forma en que lo llamaba de niña.

Comenzamos a caminar hacia el estacionamiento. Ambos se ven muy bien. Felices. Hasta cierto punto, radiantes. Me pregunto si es por la emoción de verme o porque mi ausencia les vino de maravilla para reencontrarse como pareja. Qué bonito por ellos. Qué incómodo para mí pensarlo.

Yo creo que más bien es lo segundo, porque irradian tranquilidad, alegría. Se ven en paz.

Mamá parece más joven. Está más delgada, trae el cabello castaño perfectamente alaciado hasta los hombros y una blusa blanca de tela semitraslúcida con una camiseta ceñida debajo. Pero lo que me descoloca de verdad es verla con jeans ajustados y sandalias de pata de gallo con piedritas, casi iguales a las mías.

En serio se ve súper guapa.

Hasta parece mi hermana en lugar de mi mamá.

Me ha dejado anonadada.

Mi papá, como siempre, lleva su vestimenta casual y conservadora: camisa polo azul, pantalones claros y zapatos cómodos. Se dejó crecer la barba de candado y, aunque me cueste admitirlo de mi propio padre, se ve más joven. Bastante galán.

Me río como niña chiquita porque de plano no lo puedo creer.

—¿Por qué la risita, Nati? —pregunta mi mamá, sonriendo.

—Ay, mamá, pues es que se ven como muy… no sé… ¿jóvenes y guapos?

Mi mamá se muerde la sonrisa y mi papá mira hacia otro lado, como si le diera pena que yo hubiera notado algo.

Llegamos a donde está estacionada la camioneta de mi papá. Mientras él abre las puertas y acomoda las maletas, mi mamá me comenta entusiasmada que se puso a dieta y aprovechó para cambiarse de look .

—Te ves guapísima, mami. Pareces mi hermana.

Ambas reímos y subimos al carro.

Una vez sentada en el asiento trasero, tomo el celular de mi bolso. Lo prendo y espero a que agarre señal. En cuanto se conecta, veo que tengo dos mensajes de Joseán.

Joseán: ¿Ya aterrizaste? ¿Todo bien?

Joseán: Te extraño. Ya prende el celular, que sé que ya llegaste.

Por supuesto, ni tarda ni perezosa le contesto a don intenso.

Natalia: Ya llegué. Todo bien.

Natalia: Yo también te extraño.

Natalia: Mis papás están rarísimos.

Un minuto después, vuelve a sonar el celular.

Joseán: ¿Rarísimos por qué?

Natalia: Creo que les sentó bien mi ausencia. Parecen adolescentes.

Joseán: Capaz y se bañan juntos desde que no estás.

Ay, no.

Tengo que morderme los labios para no soltar la carcajada frente a mis papás.

Natalia: Cállate. No quiero imaginar eso.

Natalia: Te marco al rato.

Mi mamá voltea desde el asiento de adelante, con esa sonrisa de señora que ya sabe todo antes de preguntar.

—¿Por qué te estás riendo tan sospechosa, hija? Porque con esa cara de perrito enamorado seguramente ya estás mensajeándote con tu novio, ¿verdad? —pregunta mi mamá, llena de curiosidad.

Al mismo tiempo escucho a mi papá gruñir y veo cómo aprieta el volante con firmeza. Alguien no está muy contento con la idea de que tengo novio.

Opto por ignorar la molestia de mi padre y fingir demencia.

—Sí, mamá. Era Joseán. Quería saber si había llegado bien.

Y hacer comentarios inapropiados acerca de sus actividades, agrego mentalmente.

—Me da gusto que se preocupe por ti. En la casa me platicas a detalle con un cafecito, porque por teléfono, videollamada o por mensajes no es lo mismo —sugiere.

—Claro, ma. Me late la idea.

—No entiendo por qué tanto interés —dice mi papá, con la vista fija en el camino—. La dejamos estudiar fuera, no ir a conseguir novio a la primera. Es muy rápido. Y, por lo que me dijo tu mamá, ese chico te lleva seis años.

—Ricardo, no empieces. Ya hablamos de esto. Primero lo conocemos y luego opinas. Además, se te olvida que tú eres ocho años mayor que yo.

Mi mamá coloca una mano sobre el muslo de mi papá. Es un gesto íntimo, pero también estratégico, porque lo calma de inmediato.

Siempre mi mamá, con ese efecto calmante y cariñoso, ha podido manejar los arranques de mi padre. A veces suele ser un poco apasionado al discutir o dar su punto de vista. Supongo que es el abogado que lleva dentro.

El resto del camino transcurre con la radio bajita, mi mamá preguntándome por tonterías para cambiar de tema y mi papá fingiendo que no escucha cada vez que aparece el nombre de Joseán. Yo contesto lo mínimo y miro por la ventana, reconociendo calles que antes me parecían enormes y ahora se ven raramente pequeñas.

***

Al día siguiente despierto en mi cama de siempre, mirando el mismo techo de siempre, y por alguna razón me da por pensar en las etapas de la vida.

Supongo que una no se da cuenta de que una etapa terminó hasta que vuelve al lugar donde empezó y todo se ve igual, menos tú.

Mi cuarto sigue siendo mi cuarto. La cama, el clóset, mis libros, el espejo con una esquina manchada, todo está en su lugar. La que se siente fuera de lugar soy yo.

Hasta ahora he tenido una vida bastante privilegiada. No de dinero, porque tampoco, pero sí de amor.

De papás presentes.

De una casa segura.

De amistades bonitas.

De problemas normales.

Y tal vez por eso me cuesta tanto entender esta sensación de estar parada entre dos versiones de mí misma: la Natalia que vivía aquí y la Natalia que ya no sabe si podría volver del todo.

Los meses que llevo fuera de casa me han abierto un camino de posibilidades infinitas. De toma de decisiones con las que me he dado cuenta de que las riendas de mi vida las llevo yo y nadie más.

A veces me pregunto si he tomado las decisiones correctas. Si de verdad lo que hago es lo que quiero. Hasta ahora me agrada mucho, quiero seguir y me siento plena, pero… ¿y a la larga? ¿Podré ser exitosa? ¿Tendré un trabajo que me llene? ¿O moriré ahogada en el mar de gente que busca lo mismo que yo? ¿Me voy a casar? ¿Tendré hijos? ¿Seré una madre trabajadora? ¿Me quedaré en casa? ¿Me va a dar tiempo de hacer todo o voy a terminar sobreviviendo con café, ansiedad y deudas?

A veces la incertidumbre, las dudas y las preguntas invaden mi mente y no sé por qué. Los sueños que a veces tengo, como anoche, donde me veo rodeada de ovaciones y aplausos, no los comprendo.

Es como si mi subconsciente tratara de remover mis miedos, de decirme algo importante.

***

Llevo tres días en casa con mis padres y la verdad es que los he visto poco, ya que me la he pasado de vaga. No llevaba ni diez minutos levantada al día siguiente de mi llegada cuando Karla vino a visitarme. Nos quedamos platicando un rato, desayunamos y por la tarde visitamos un restaurante bar nuevo, muy de esos que ponen plantas colgantes, focos cálidos y nombres raros en el menú. Estaba demasiado lleno y ahí nos encontramos a algunos amigos de la prepa. Incluso estaba Enrique y me dio gusto verlo contento con su novia. Gusto de verdad, no de ese que una finge para sentirse evolucionada.

Ayer nos fuimos a comer y al cine. Hemos estado inseparables.

Durante años, Karla fue mi roca, mi cómplice, y la extraño como nunca. Nuestra amistad va más allá de la distancia y estoy segura de que durará por muchos años, aun cuando no vivamos en la misma ciudad. Con Karla no hubo saludo normal. Hubo grito, abrazo, jaloneo, y luego una inspección completa de mi cara porque, según ella, ‘el novio chilango me traía toda idiota’.

Hoy por la mañana mi mamá salió a visitar a una amiga, pero quedamos de ir por el afamado café por la tarde. Aprovecho la mañana para descansar y pasar un rato de fodonga en la cama. Me siento feliz de estar aquí, pero a la vez esta casa y mi recámara me parecen foráneas.

Ahora extraño mi cuarto rentado y a las compañeras que ahí viven. Extraño a Denisse y sus locuras, pero más que nada extraño a Joseán.

Tres días sin él y parezco perro sin dueño. Es completamente patético porque la parte racional de mi cerebro sabe que es, en gran medida, por la novedad. Porque llevamos poco tiempo juntos y estamos en la etapa del enamoramiento idiota.

Por eso debo ser cautelosa y no dejarme caer al vacío.

El problema es que la parte sentimental, cursi y nada racional de mi existencia me dice todo lo contrario. Me dice que así es el amor y que no pasa nada si me dejo caer al precipicio porque ahí van a estar las redes que me sostendrán y nunca dejarán que esto acabe.

Me dispongo a seguir descansando y a estudiar el guion, porque necesito ocupar a la ardilla que no deja de correr como loca en mi cabeza.

Por la tarde, mamá y yo terminamos en el café de siempre, el que ella presume como si sirvieran elixir de vida y no latte de vainilla con espuma excesiva. Café en mano y un plato de galletas de chocolate sobre la mesa adornan la amena charla con mi madre. Mi mamá no interrumpe. Solo sostiene la taza con ambas manos, me mira por encima del borde y asiente de vez en cuando, tal cual estuviera armando un expediente mental.

Le estoy platicando todo.

Bueno, casi todo.

Mi amistad con Denisse y la forma en que se fue desenvolviendo de manera paralela la amistad con su hermano, que eventualmente nos llevó a ser novios. Cuando le hablo de Laura, mi mamá se queda observando su café en silencio. No la conoce, pero se le nota la tristeza.

—Entonces, al parecer, tu relación con este chico es seria —dice mamá finalmente.

—Sí, ma. Tan seria como puede ser… supongo —titubeo.

—Y te vas pasado mañana a Xilitla con él, a la filmación.