Detrás de un sueño 1 5 . La visita incómoda #5
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1 5 . La visita incómoda #5

—Pero eso no significa que no pueda entender que estás sufriendo —añado—. Y justo por eso te digo esto: deja de perseguir una versión de Joseán que no existe. Quiérete un poco más. Si de verdad lo quieres, déjalo decidir sin tener que cargar contigo como responsabilidad emocional. Y si quieres seguir siendo su amiga, sé su amiga de verdad. No alguien que está esperando a que yo me equivoque para ocupar mi lugar.

Su rostro se endurece, pero esta vez no dice nada cruel.

Solo me observa.

—¿Ya terminaste? —pregunta.

—Sí.

Asiente una vez, muy despacio.

—Ojalá tengas razón.

Se coloca de nuevo los lentes, pero antes de irse se detiene.

—Dile que me debe una conversación. Una de verdad. No una donde intenta quedar bien con todos.

—Díselo tú.

Zaira suelta una risa muy leve, casi triste.

—Ese es el problema. Ya no sé si me va a escuchar.

Me quedo en silencio y la veo caminar hacia la banqueta. No regresa con sus amigas y se aleja sin decir nada más.

Me quedo unos segundos junto a la jardinera, con las manos heladas y el estómago hecho nudo.

La verdad es que Zaira no vino solo a pelear conmigo. Vino a recordarme que la historia de Joseán empezó mucho antes de mí. Y que, aunque yo no quiera competir con fantasmas, algunos fantasmas todavía saben tocar la puerta.

Respiro hondo, me acomodo el cabello y regreso al café como si nada hubiera pasado.

Pablo me mira en cuanto entro.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí —le contesto, tomando de nuevo mi delantal—. Todo bien.

No sé si me cree, pero no insiste.

La verdad es que más tarde, cuando Joseán llega por mí, opto por no decirle nada acerca de la visita incómoda. No por esconderle algo, sino porque, por primera vez, entiendo que esa conversación no me toca resolverla a mí.

Zaira tiene que agarrar la onda y eventualmente ya será decisión de Joseán seguir la amistad con ella o no. Claro está que yo preferiría la segunda opción.

Al llegar a casa nos recibe Laura, saludándonos con cariño. Últimamente ha pasado a supervisar la casa cada vez que Rosa se va a Cuernavaca, lo cual ha sido más seguido. Aprovecho para darle a Laura un abrazo y desearle feliz Navidad, ya que no la veré hasta el próximo año.

Subimos a mi cuarto para recoger las maletas que aún no cierro. Necesito ponerme ropa cómoda para irme al aeropuerto y Joseán me sigue al subir las escaleras. Está callado, pensativo. Puedo sentir su mirada siguiendo atentamente cada paso que doy.

Al llegar a la puerta de la recámara, Joseán se queda de pie detrás de mí y lentamente siento cómo desliza una mano por mi cintura hasta descansarla en mi estómago. Ejerce un poco de presión hasta quedar completamente pegado a mí.

Al intentar tomar el picaporte, Joseán me gana y, en menos de lo que canta un gallo, abre la puerta. Cruzamos el umbral y escucho cómo la puerta se cierra al tiempo que él, sin esfuerzo alguno, me maniobra hasta dejarme adherida a ella.

Toma mis manos y las entrelaza con las suyas. Me observa detenidamente, sin articular palabra alguna. Sus expresivos ojos tienen un aire de preocupación o angustia, no lo sé.

Intento preguntarle qué le pasa y al mismo tiempo moverme, pero es inútil. En un instante me está besando con fuerza. Suelta mis manos, dejándolas libres para merodear, e instintivamente las coloco sobre su cuello y ejerzo más presión.

Necesito el contacto. Es como si mi cuerpo quisiera fundirse con el suyo.

Lo anticipo: cada vez que me toca, pierdo el control. Y ahorita no es buena idea. Estamos en mi cuarto, en casa de su abuela, su mamá está cerca.

—Mis maletas —susurro encima de su boca, aprovechando que ambos necesitamos aire.

—No quiero que te vayas —contesta despacio, sin despegarse un milímetro de mi boca.

Me muerde suavemente el labio inferior, provocándome un revoloteo interno que me deja mareada. Me cae que no necesito alcohol para emborracharme. Solo necesito que me bese así y pierdo la razón en un segundo.

Por eso decido usar mis manos y poner distancia.

—Son solo pocos días y nos vamos a ver en Navidad —le recuerdo, mientras camino hacia la cama para revisar si me falta colocar algo en las maletas. Me ocupo de inmediato en acomodar la ropa faltante y guardar mi bolsita con artículos de tocador.

Joseán se sienta en la cama y me observa.

Verlo ahí sentado hace que emanen de mi cerebro pensamientos que no vienen al caso en este momento, porque me dan ganas de acercarme, de tirarlo en la cama y…

—No sé qué cochinadas estás pensando, pero te recomiendo que quites esa carita porque pierdes el vuelo —me dice, muy sonriente.

Seguro mi expresión dejó entrever las negras intenciones que cruzaron mi mente.

Me río nerviosa y termino de cerrar las maletas.

—Ándale, ya ayúdame a bajar esto al coche. Es tu culpa por andar calentando el boiler cuando no tienes tiempo de meterte a bañar —bromeo.

Joseán se ataca de risa, toma mis maletas, comienza a rodar la más pequeña y se coloca la de morral en el hombro.

—Está bien, tú ganas. Pero créeme que cuando menos te lo imagines nos vamos a dar un baño muy, muy largo.

Lo sigo con una sonrisa que me adorna la cara todo el camino hasta el aeropuerto, incluso cuando llega el momento de despedirnos y tengo que fingir que no me cuesta soltarle la mano.