1 5 . La visita incómoda #4
Le devuelvo el gesto y me desabrocho el delantal para colocarlo junto a la puerta del mostrador. No es buena idea salir a la calle a hacer quién sabe qué con el uniforme completo.
Sin articular palabra alguna, salgo del área de atención y me dirijo a la puerta. Zaira me sigue, chasqueando los zapatos. Puedo sentir las miradas de sus amigas siguiéndonos.
Al salir, el aire helado de invierno me provoca un escalofrío. Ya se está haciendo de noche. La poca luz del área exterior del café proviene de las farolas metálicas, colocadas estratégicamente lejos unas de otras para provocar un ambiente agradable. El ruido del inevitable tráfico decembrino está en todo su esplendor.
Me detengo junto a las jardineras, donde no se alcanza a ver bien desde dentro.
Si causamos una escena, necesito la menor cantidad de testigos posible.
Qué pena.
—Soy toda oídos. ¿Qué se te ofrece? —inicio la conversación, cruzándome de brazos.
Ambas quedamos de pie, pero puedo recargarme en la jardinera más alta, así que lo hago para mostrar una actitud desinteresada.
—Josa no me dirige la palabra —suelta.
—¿Y eso es problema mío por?
Zaira aprieta la mandíbula.
—Porque es tu culpa.
No contesto.
Algo en su voz me hace entender que viene distinta. No menos insoportable, claro, pero sí distinta. Más cansada. Más desesperada.
—Desde que apareciste, todo cambió —continúa—. Y no me salgas con que no tienes nada que ver porque sí tienes. Tú llegaste con tu cara de niña buena, tus discursos de “sigue tus sueños” y esa necesidad ridícula de salvarlo, y ahora resulta que yo soy la mala de la historia.
—Yo no estoy contando ninguna historia, Zaira. Ni tratando de salvar a nadie.
—No, por supuesto. Tú solo estás ahí, haciéndote la inocente mientras él se convence de que contigo puede ser una mejor versión de sí mismo.
Eso sí me pega.
No por ella.
Por lo cerca que está de la verdad.
—Si viniste a insultarme, la verdad tengo mejores cosas que hacer.
—No vine a insultarte —dice, aunque la forma en que me mira demuestra lo contrario—. Vine a decirte que no sabes en lo que te estás metiendo. Tú crees que lo conoces porque te contó dos tragedias familiares y te enseñó sus guiones. Crees que, porque ahora te lleva de la mano, te abre la puerta y te mira como si fueras la única mujer en el mundo, ya ganaste.
Suelto una risa breve, sin humor.
—¿Ganaste? ¿Esto qué, es una competencia?
—Para ti no. Para mí sí fue mucho tiempo —admite, y eso me sorprende más de lo que quisiera—. Y sí, ya sé que suena patético. No necesito que me lo digas.
Por primera vez desde que la conozco, no parece una villana de cuento barato.
Parece una persona rota tratando de no verse rota.
—Zaira…
—No —me interrumpe—. Déjame terminar. Josa no me quiere como yo quiero. Ya lo sé. No soy idiota. Pero tampoco me puedes pedir que desaparezca como si nada después de años de estar ahí. Tú no sabes lo que fue para mí. No sabes lo que era tenerlo cuando todo lo demás se estaba cayendo. Y ahora de pronto tú llegas, él decide que quiere ser bueno, que quiere hacer las cosas bien, y yo quedo como el error que tiene que borrar.
No sé qué decir.
Porque parte de mí quiere mandarla al diablo.
Y otra parte, una muy incómoda, entiende demasiado bien lo que está diciendo.
—Joseán no te está borrando —respondo al fin—. Pero sí está tratando de poner límites. Y tal vez eso te duele porque durante mucho tiempo ninguno de los dos los tuvo.
Me mira con rabia, pero no responde de inmediato.
—No tienes idea de lo que tuvimos.
—No. No la tengo —acepto—. Y tampoco quiero competir con eso. No me interesa medirme contra tu historia con él porque, honestamente, saldría perdiendo en muchas cosas. Tú estuviste antes, sabes cosas que yo apenas estoy entendiendo, lo acompañaste en momentos que yo ni siquiera puedo imaginar y él a tí. No voy a negar eso.
Su expresión cambia un poco.
Como si esperara otra respuesta.
—Pero también te voy a decir algo —continúo, dando un paso hacia ella—. Que hayas estado antes no significa que tengas derecho a seguir ocupando un lugar que él ya no quiere darte. Y que hayas sufrido no te da permiso de lastimar a los demás.
Zaira se nota vulnerable por un segundo, pero se recupera rápido.
—Qué madura.
—No. Nada madura. Me estoy muriendo de celos y me encantaría decirte muchas cosas horribles. Pero por respeto a lo que siento por Joseán, y porque sé que él te tiene cariño, no lo voy a hacer.
Se queda callada.
El silencio entre nosotras se vuelve raro. Pesado.
—Lo que tú y Joseán tuvieron fue importante —digo, bajando un poco la voz—. No voy a fingir que no. Pero también creo que se hicieron daño. Se usaron. Se sostuvieron. Se confundieron. Llámalo como quieras. Y ahora él está intentando salir de eso.
—¿Y tú vas a salvarlo?
—No. Ese es el punto. Yo no voy a salvarlo. No soy su terapeuta, ni su mamá, ni su proyecto de vida. Soy su novia. Lo quiero. Lo apoyo. Pero no puedo hacer el trabajo por él. Tampoco tú.
Zaira aprieta los labios.
—Él siempre vuelve cuando se siente mal.
La punzada llega directo al pecho.
Respiro profundo antes de contestar.
—Tal vez. Pero si vuelve a ti por costumbre, por culpa o por miedo, eso tampoco es amor. Y tú deberías querer algo mejor que eso.
Sus ojos se llenan de algo que no alcanzo a descifrar. ¿Coraje? ¿Dolor? ¿Vergüenza?
Tal vez las tres.
—No te hagas la buena conmigo, Natalia.
—No me estoy haciendo la buena. Me estás cayendo pésimo, para ser honesta.
Zaira parpadea, sorprendida.