Detrás de un sueño 1 5 . La visita incómoda #3
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1 5 . La visita incómoda #3

Se me quiere escapar la risa nerviosa que traigo atorada.

Por supuesto, fui tratada con profesionalismo, amabilidad y respeto. El doctor, la verdad, me cayó súper bien y se ve bastante alivianado.

Tras la recomendación médica, opté por tomar pastillas bajas en contenido hormonal. Parece ser lo mejor por la edad que tengo y, más adelante, podría optar por algo más duradero, como un implante.

Salgo del consultorio receta en mano y Joseán, como de costumbre, ya se adelantó: pagó la consulta y el examen de laboratorio.

Lo voy a ahorcar.

—No tenías que pagar. ¿Sí sabes que tengo dinero para estas cosas, ¿verdad? —reprocho mientras descendemos en el elevador al estacionamiento.

Joseán levanta una ceja y me mira de lado, claramente irritado.

—Ya lo sé, Nat, pero no manches. No me pesa en lo más mínimo pagarla y además creo que es lo correcto dadas las circunstancias.

Salimos del elevador y caminamos hacia el coche tomados de la mano, como siempre, tratando de que mis cortas piernas alcancen las zancadas que da Joseán cuando camina rápido. Constantemente es lo mismo. Parece que lo van correteando y es súper chistoso ver cómo siempre tiene que intentar caminar más despacio para no dejarme atrás.

—¿Circunstancias? —pregunto al aproximarnos a su coche, al que por cierto le urge una visita al autolavado porque está lleno de polvo. El color negro brillante ya parece gris.

—Exacto. Nada más de pensar en que voy a disfrutar de los frutos de esta pequeña inversión, vale la pena el gasto, ¿no crees?

Lo dice con un tono insinuante, seguido de un guiño bastante sexy.

—Estás loquito.

—Siempre dices eso cuando sabes que tengo la razón.

Sonríe.

Llegamos al coche, pero aún no abre la puerta. Nos quedamos de pie, uno frente al otro.

—No vas a ser el único que lo va a disfrutar, así que no. No tienes la razón… loquito —remarco, mordiéndome el labio inferior.

Joseán se acerca a mí, haciendo que mi cuerpo se recargue contra la polvosa puerta.

—Okey, lo acepto. Sí estoy loco, pero eso es culpa tuya porque así me traes.

Me planta un beso. Súper rico y muy subido de tono para un estacionamiento público.

Al separarnos, casi sin aliento, me dice que me toca manejar. Me da las llaves del auto y accedo con la condición de pasar a lavarlo. Nos atacamos de risa porque mi silueta se quedó marcada en la puerta y me ensucié la ropa. Por supuesto, el muy aprovechado me sacudió efusivamente la espalda, poniendo especial atención en mi trasero.

—Listo. Ya no tienes polvo —concluye, dándome un besito en la nariz.

No me queda más que poner los ojos en blanco.

Suspiro como una niña.

La neta, a la que trae loca es a mí, pero, en fin.

***

Anoche nos fuimos de antro. Para variar, acabamos en un canta bar. Tanto Denisse como Joseán no me han dejado de fregar con la cantada. Ambos confabularon en mi contra y se dieron a la tarea de reclutar a Javier y a Pablo. Total, todos acabaron saliendo con nosotros. Digo todos porque también llegó Adriana con el novio en turno, Liliana y Luis, a quienes ya tenía rato que no veía fuera de la escuela.

La pasamos muy bien. Me medí con la bebida, solo un poco para darme valor y no acabar haciendo el ridículo de mi vida. Me hicieron cantar varias veces. No solo mis amigos, también el resto de las personas que estaban ahí pidieron que lo hiciera de nuevo.

Nunca había recibido tanta atención. Aunque al principio me dio pánico escénico y me sentí bastante incómoda, después de un rato fui ganando confianza, seguridad en mí misma, y eso fue un gran logro.

Terminamos regresando tarde, con la garganta rasposa de tanto cantar y el cuerpo cansado, pero con esa felicidad ligera que solo aparece después de una noche inesperadamente buena.

Joseán me dejó en casa de Rosa casi de madrugada y, antes de despedirse, me dio un beso largo, de esos que no ayudan en nada cuando una tiene que subir a dormir sola.

Dormí poco, pero no por angustia.

Tenía la cabeza llena de música, risas, aplausos y de la forma en que Joseán me miraba cada vez que subía al escenario. Cuando abrí los ojos, ya era tardísimo. Agradecí profundamente no tener clases y que mi turno en el café empezara hasta la tarde, porque de otra manera habría llegado arrastrándome como alma en pena.

Hoy es el último día que trabajo hasta regresar en enero. En verdad, los dueños de esta empresa son lo máximo. Me dieron oportunidad de tomarme los días sin goce de sueldo, claro está, pero puedo regresar a trabajar sin problema alguno.

Llegué al café aún con la garganta un poco rasposa por la cantada de anoche y con mi proceso mental dividido entre la emoción del viaje, la presión de terminar de hacer la maleta y esa mezcla rara de nervios y felicidad que me deja Joseán últimamente. Me pasé la mañana medio inútil, contestando mensajes de todos los involucrados en mi nueva y no solicitada carrera como cantante de canta bar, revisando que no se me olvidara nada para Aguascalientes y tratando de no pensar mucho en lo que viene.

Para cuando empezó mi turno, ya estaba sobreviviendo a base de café cargado, corrector y pura fuerza de voluntad.

—Nati, te toca atender la caja, por favorcito —escucho a Pablo, y vuelvo a la realidad.

Creo que algo me estaban diciendo y yo ni en cuenta, porque Javi se está riendo de mí cínicamente.

—Andas en la luna, amix. ¿Te desvelaste mucho acaso? Supongo que el bomboncito no te dejó dormir, ¿eh? —dice Javi, meneando las cejas sugestivamente.

—¡Qué te importa, Javi! Ni se te ocurra empezar con lo mismo porque ya sabes cuál es mi respuesta.

—Sí, ya sé. Eres la más aburrida. Yo que todos los días llego con la ilusión de que cuentes con lujo de detalle las cochinadas que haces con el delicioso novio que te cargas. ¡Y nada! A mí se me hace que lo voy a invitar a que se cambie de bando —se queja, moviendo las manos, exasperado.

Ni madres, wey. Si alguien lo invita, ese voy a ser yo —interfiere Pablo, señalándose con el dedo y adoptando una pose de indignación, inclinándose ligeramente con la otra mano en la cadera.

No puedo evitar poner los ojos en blanco. Son un par de enfadosos y, además, la pobre señora que está esperando su café ya nos volteó a ver feo.

—Ya mejor no digo nada porque se va a enojar —dice Javi, entregándole el café a nuestra espectadora—. Pero cambiando de tema, antes de que llegue más gente… en serio, amix, ¿nunca has pensado dedicarte a eso de la artisteada?

Lo pregunta con un tono más serio mientras termina de preparar otro café.

—Claro que no. Eso no me late para nada —le contesto tajante.

—Pues deberías. Con lo chula que estás, esos ojos verdosos de anime japonés y la mentada voz que tienes, que por cierto tenías escondida cual secreto de Estado, podrías llegar al estrellato sin bronca.

—Ay, Javi, gracias por el cumplido, pero la neta nunca me ha pasado por la mente. Ese tipo de vida no me interesa. Me da mucha hueva —afirmo casualmente.

—Déjala, Javi. Cuando menos se lo espere, la inscribimos en un programa de talentos y la llevamos a la audición a la fuerza. Es más, si tenemos que secuestrar al bomboncito para presionarla, yo me apunto a cuidarlo —increpa Pablo.

—Ustedes dos me van a volver loca. Son un par de divas maquiavélicas. ¡Ni se les ocurra hacerme algo así porque ni borracha me paro en una audición! —les contesto riendo, al tiempo que sacudo el área de cajas con mi trapito verde.

—Y habló la maestra manipuladora. ¿Qué no le hiciste lo mismo a tu novio?

—¡No es lo mismo, Javier! No manches —exclamo con indignación, pero sonriendo.

Sé que sus intenciones son buenas.

Esa sonrisa que ilumina mi cara se disipa en el momento en que volteo para ver la puerta del establecimiento.

Entran varios clientes, incluyendo un grupo de mujeres que vienen de la universidad, con mochilas al hombro, platicando y revisando sus celulares. El tono rubio de cabello, falso a más no poder, lo puedo reconocer a kilómetros de distancia.

Ahí viene Zaira.

Directo hacia mí.

Y no estoy en posibilidades de escabullirme.

—¿Quieres que las atienda yo? —me pregunta Javi, frunciendo el ceño con preocupación.

Es lindo de su parte porque sé que quiere protegerme. La última vez que Zaira se apareció por aquí acabé hecha un manojo de lágrimas.

Pero aquí y ahora no hay cosa que pueda decirme que vaya a afectarme.

O por lo menos eso quiero creer.

—No, gracias. Yo lo hago —contesto, encogiéndome de hombros, tratando de mostrar desinterés.

Al fin y al cabo, ahora sí tengo armas para defenderme de sus agresiones verbales.

Zaira se acerca a la caja caminando con determinación. Sus zapatos hacen ruido con cada paso que da. Nada discreta, como siempre. Está vestida impecable, pero llamativa: chamarra roja muy entallada, abrochada, aunque con los dos primeros botones abiertos a manera de escote; pantalones de mezclilla negros ajustadísimos y unas mega plataformas también negras.

Se detiene justo frente a mí. La caja registradora y el mostrador son lo único que la mantienen a distancia.

Como es mi costumbre, sonrío conforme lo indica el reglamento del establecimiento y le doy la bienvenida propiamente.

—¿Qué vas a llevar? —pregunto casual al terminar el saludo sistemático.

—Nada. Solo quiero hablar contigo —dice cortante, con un aire de grandeza digno de la reina de Inglaterra.

Los dedos de su mano derecha golpeando el mostrador. Sus uñas postizas hacen un ruido muy fuerte y molesto.

¿Acaso cree que me estoy rascando el ombligo?

Estoy trabajando.

—No hay nadie que ayude a mis compañeros como para tomarme tiempo y hacerlo —contesto, cruzándome de brazos.

—Me tiene sin cuidado. Quiero hablar contigo, así que, si no quieres que toda la cafetería y tu séquito de reinas del carnaval se enteren de lo que vengo a decirte, mejor vamos afuera.

Agh.

Qué niña tan insoportable.

—Yo tomo las órdenes, no son tantas personas. Si necesitas algo, me avisas, ¿va? —dice Pablo, acercándose para tomar mi lugar en la caja.

Una de sus manos toca suavemente la parte baja de mi espalda y me brinda un gesto de aliento. Lo oculta bien, pero sé que ganas no le faltan de desgreñar a Zaira.