Detrás de un sueño 1 5 . La visita incómoda #2
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1 5 . La visita incómoda #2

Dejé de respirar en cuanto sentí sus dedos merodear la parte interna de mi muslo, cada vez más cerca de donde mi cuerpo ya lo esperaba. El muy astuto no dejaba de mirar la pantalla porque al mismo tiempo me daba instrucciones para no fallar la misión encomendada.

Cuando sigilosamente deslizó los dedos por debajo de la suave tela que me cubría, morí quemada por el fuego del dragón que intentaba derrotar.

El pobre personaje del juego no tenía escapatoria.

Yo tampoco.

—Vuelve a intentarlo —instigó con la voz entrecortada.

Comenzó a acariciarme con delicadeza y sentí una risita al escuchar la forma en que mi respiración falló por completo. Me recargué en su hombro.

—Sigue. Ya revivió tu personaje —volvió a ordenar.

Presioné el botón en el control. Traté de concentrarme, pero era imposible. Creo que eso era exactamente lo que Joseán quería: jugar hasta ver cuánto tiempo podía aguantar antes de perderme por completo ante sus caricias.

Sus dedos eran un martirio constante sobre mi piel sensible. La presión, el movimiento, la forma en que parecía conocer un camino que para mí es novedad, hizo que se esfumara toda coherencia. Entre más jugaba con mi cuerpo, más vidas perdía en el videojuego.

La pantalla desplegó un mensaje sangriento avisando que había vuelto a morir.

Dejé caer el control al suelo.

No me interesó seguir.

Joseán seguía llevándome poco a poco a un punto donde el mundo entero se reduce a sus manos y mi respiración. El juego deja de existir, me seguía tocando, con un ritmo perfecto y en el lugar exacto, explorando cada contorno y, al sentir que se atrevía a ir un poco más lejos, no pude evitar la bocanada de aire que apagó el sonido que estaba a punto de escaparse de mi boca.

—José Ángel, por favor… ya —supliqué con suavidad.

Estaba sufriendo por satisfacer la necesidad de estallar y él lo sabía. Sentí cómo el placer se arremolinaba en mis piernas, en el estómago, en cada rincón de mi cuerpo. Sabía lo que estaba a punto de pasar y, cuando finalmente sucedió, se me escapó un sonido entre placer y angustia.

Me quedé recargada en su hombro, temblando como secuela de lo ocurrido. Me dio un poco de pena porque no sabía qué hacer o decir, y no tengo idea de cómo se escuchó lo que acababa de salir de mí.

Joseán se movió un poco para acomodarse y aproveché para colocarme de lado, acurrucada contra él.

—Ya me dio pena —confesé.

—¿Por?

—Porque creo que soné como una loca.

—No como una loca —respondió con una sonrisa expresiva, los ojos brillosos, llenos de deseo y satisfacción—. Más bien perfecta.

En ese instante lo decidí.

Me levanté para cambiar de posición e hincarme a su lado. Llevé mis manos a su cara para enmarcarla con ellas. Tracé suavemente, con un pulgar, el contorno de sus cejas y, con el otro, sus labios. No dejé de mirarlo fijamente a los ojos.

Me acerqué más hasta montarme sobre sus piernas. Joseán llevó las manos a mis muslos, deslizándolas suavemente hacia arriba, por debajo de la falda, hasta llegar a mis glúteos.

Seguíamos con la mirada enganchada.

Ambos jadeando.

La exploración se tornó urgente cuando comenzó a tocarme con más presión.

—Perfecta —susurró.

Cerró la distancia para plantarme un beso abrasador, completamente sucio y muy mojado. Nunca me habían besado con semejante intensidad. Era un beso sexual y apabullante. Una de sus manos me tomó del cuello y la quijada, y aproveché el movimiento para abrir los botones de su camisa.

Aproveché para tocarlo, para recorrer con mis manos cada contorno de su pecho, de su estómago. Mis dedos pensaron por sí solos al llegar al primer botón de su pantalón de mezclilla. Ese, el deslavado lleno de hoyos con el que lo vi por primera vez. Di un ligero tirón y los demás se desabrocharon con facilidad.

Joseán separó su boca de la mía y detuvo mis manos.

Ambos estábamos sonrojados, completamente agitados.

—No, Nat.

—¿Por qué?

—Es demasiado y no quiero que sea aquí. Puede llegar alguien. Además, no quiero que te sientas obligada. Solo cuando estés completamente segura.

—Ya sé, pero quiero regresarte el… el…

En serio sigo siendo la más zonza.

Ni siquiera podía decirlo.

—¿Orgasmo? —preguntó, arqueando una ceja, a punto de reírse.

Solamente asentí.

Me soltó las manos y regresé a la tarea que me encomendé.

—Enséñame, porfa —le pedí, susurrándole al oído y alcanzando el lóbulo con mi lengua.

No tuve que decirlo una vez más.

Toma mi mano, la guía.

Me enseñó perfectamente.

Y amé cada segundo.

Ya un poco más tarde, estábamos acurrucados en el enorme sofá del cuarto de televisión. Joseán me tenía abrazada en silencio. Cada uno leía en uno de esos momentos en los que estás tan cómodo con alguien que no hacen falta palabras. Solo disfrutas la compañía y la sensación de pertenencia.

No podía concentrarme en el libro porque mi cabeza daba vueltas. He estado pensando durante días sin parar y mi parte racional me detiene, pero justo cuando suceden cosas como lo que acabamos de compartir, ya no me interesa escuchar a la razón.

Sé que estoy lista y que quiero dar ese paso.

Sé que tiene que ser él.

—Voy a hacer cita con el ginecólogo para la próxima semana.

Así, de la nada, lo solté.

Pero de alguna manera tenía que demostrarle que estaba lista y que quería hacer lo correcto. Ser responsable.

Joseán solo se me quedó viendo, como estudiando mi decidida expresión facial.

—Okey. Me dices qué día y te acompaño —dijo con aire despreocupado.

—¡Claro que no! ¿Cómo vas a ir conmigo? Qué pena —le contesté, separándome de él para quedar sentada.

Me sonrió.

—Nat, una de las razones por las que quieres ir y me lo estás diciendo es porque tiene que ver conmigo. Otras, meramente por salud. Así que cualquier resolución que vayas a tomar sobre cómo cuidarte me interesa. Quiero saber qué opciones tienes, qué sería lo menos agresivo para tu cuerpo, y no quiero que te sientas presionada y decidas algo que a la larga te haga daño o te afecte cuando en un futuro queramos tener hijos.

Me quedé congelada.

—Por mi parte —continuó— te prometo que antes de tu cita te voy a dar estudios de laboratorio para que estés segura de que no tengo alguna enfermedad o algo, ¿okey? Si tú vas al doctor, yo también.

Lo dijo así, muy impasible.

Me quedé boquiabierta.

Regresando al presente, puedo decir que justo ahí, tuve un lapso de demencia. Escucharlo decir “cuando en un futuro queramos tener hijos” me dejó helada. El detalle de los análisis fue la cereza del pastel porque, en serio, no lo puedo adorar más de lo que ya lo adoro.

Precisamente ese es otro tema que revolotea en mi mente. No he sido capaz de decirle con palabras lo que siento. Él tampoco lo ha hecho y, honestamente, creo que aun cuando evitamos las cursilerías porque no está en nuestra naturaleza ser melosos, nos hace falta dar el salto.

Antes que nada, falta decir “te amo”.

Y no lo hemos hecho.

—Natalia, ya cálmate. No sé por qué estás tan nerviosa.

Joseán me saca del trance de recuerdos deteniendo mi pierna bailadora con su mano. Ya no tengo oportunidad de contestarle porque escucho que me llaman para entrar a la consulta.

La señora que funge como ayudante y recepcionista al menos inspira confianza. Tendrá alrededor de cincuenta años, chaparrita, de cabello corto, ondulado y negro. Usa lentes y su bata blanca reglamentaria.

Al vernos, sonríe abiertamente y me siento un poco más tranquila.

Al entrar al consultorio, nos recibe el doctor. Un hombre muy alto, como de cincuenta años, moreno claro, cabello castaño, ojos negros, bastante bien parecido. Se muestra seguro de sí mismo, con un aparente aire de profesionalismo.

Su consultorio está decorado similar al exterior. La diferencia es que la pared detrás de su escritorio la cubre por completo un librero de caoba, donde descansan diferentes ornamentos que parecen reconocimientos, diplomas y varias fotografías donde aparecen dos niñas. En algunas se ven muy pequeñas, pero el portarretrato más grande las muestra ya adolescentes.

Supongo que deben ser sus hijas.

Eso me reconforta.

Que el doctor tenga hijas que se acercan a mi edad.

El doctor Cabrera nos pide sentarnos frente a su escritorio de madera y comienza a hacerme una serie de preguntas referentes a mi historia clínica. Nunca me he enfermado de algo grave, no me han operado salvo de las anginas cuando tenía cuatro años.

Varias de las preguntas son muy íntimas y sé que estoy roja como tomate porque Joseán está ahí, a mi lado, y no me ha soltado la mano. Es un gesto bastante tierno, el hecho de que esté aquí apoyándome, pero no deja de darme una pena terrible.

Le comento al doctor que la única vez que he visitado al ginecólogo fue cuando tenía dieciséis años, por razones meramente rutinarias. De hecho, mi mamá no me quería llevar porque no creía necesario que fuera hasta que estuviera mayor.

Traducción: quería que tuviera necesidad de ir hasta que me casara o algo por el estilo.

El médico nos explica que ese tema es recurrente en pacientes jóvenes. Que las mujeres debemos acudir al especialista a revisiones anuales desde que inicia la menstruación, con el fin de prevenir problemas futuros y no esperar hasta ser sexualmente activas. Una cosa no tiene que ver con la otra.

Ay, qué pena.

Hago algunas preguntas y Joseán pregunta más de lo necesario. Cada vez que lo hace, me mira primero, como pidiendo permiso sin decirlo. Quiero escurrirme debajo del asiento porque, al parecer, está muy interesado en saber cosas que ni a mí se me habían ocurrido.

El doctor nos explica los pros y contras de todas las opciones disponibles, haciendo énfasis en que ningún método es cien por ciento infalible.

Qué miedo.

También me recomienda ponerme la vacuna contra el virus del papiloma humano para prevenir cáncer cervicouterino, lo cual me parece excelente. Ni siquiera sabía que existe.

Por fin tengo que pasar al área de revisión. Joseán se queda leyendo unos folletos en el escritorio y entro al cubículo contiguo. Sigo las instrucciones al pie de la letra y, en un santiamén, terminamos con el mega incómodo escrutinio de mi aparato reproductor.