Detrás de un sueño 1 5 . La visita incómoda
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1 5 . La visita incómoda

El pequeño arbolito navideño, con luces de colores intermitentes, parece un frijol solitario en un plato de arroz. El consultorio del doctor Cabrera es todo lo contrario a lo que imaginé que sería un lugar donde se atiende exclusivamente a mujeres. Completamente minimalista, con sillones de piel negra, acentos cromados, piso de loseta blanco y negro tipo dominó y un recibidor de vidrio biselado. La decoración es muy masculina, salvo por las impresionantes fotografías de bebés y siluetas de mujeres embarazadas que adornan la pared.

Aunque están lindas, se me encoge la nariz solo con verlas.

Dios me libre y me ampare.

Nooooo.

¿Cómo fué que terminé en el consultorio del ginecólogo con Joseán sentado a mi lado, esperando a que me atiendan?

No tengo la menor idea.

Creo que tuve un lapso de demencia cuando acepté que viniera conmigo.

Cruzo y descruzo las piernas por quinta vez, intentando no pensar en que, en unos minutos, un señor que no conozco va a hacerme preguntas que ni mi mamá se atrevería a formular en voz alta.

Todo se lo debo al estrés de los exámenes finales. Si alguien me hubiera advertido lo difícil que iba a ser pasar las materias del primer semestre con buenas calificaciones, creo que habría desistido de la idea de estudiar. Por supuesto, gracias a que soy una perfecta obsesiva y tengo que mantener la beca, todo me pareció el doble de pesado.

Pasé con un promedio que hasta a mí me sorprendió.

Mi pobre novio quería colgarme de una lámpara al segundo día de exámenes, así que opté por mandarlo a descansar de mi persona durante siete días. Era demasiada distracción y se la pasaba quejándose de mi obsesión.

Aunado a los exámenes, mi nivel de estrés se eleva por los cielos por culpa del cortometraje. Estoy feliz de que Joseán, aunque todavía medio renuente y dramático, haya accedido a filmarlo. El problema es que el muy tramposo decidió cobrar venganza.

Tengo que actuar en él.

Porque aparentemente mandar su guion a un concurso sin permiso no se paga con una disculpa, sino con humillación pública frente a una cámara.

Por más que le dije que estaba loco y que intenté desanimarlo amenazando con arruinar la producción gracias a mi falta de experiencia y habilidad, no pude convencerlo de lo contrario. No ha dado marcha atrás y eso me tiene súper agobiada.

Por lo menos ya al terminar noviembre, el corto dejó de ser una pelea entre nosotros y empezó a convertirse en una lista interminable de pendientes.

El próximo viernes me voy a Aguascalientes cuatro días para pasar Navidad con mi familia. El 25 de diciembre me va a alcanzar Joseán para conocer a mis papás y, al día siguiente, nos vamos a Xilitla para filmar durante cuatro días. La idea es regresar y pasar Año Nuevo con su familia.

Joseán y su familia pasarán Nochebuena en casa de Rosa. Fue algo muy curioso porque Denisse me comentó que su abuela casi nunca hace la cena de Navidad en su casa y que, de hecho, no es muy dada a los festejos o celebraciones familiares.

Por cierto, Salvador no está invitado, aun cuando el señor es su hijo. Rosa está cien por ciento del lado de su nuera y sus nietos.

Hace cuatro días, Laura finalmente se armó de valor y le pidió el divorcio a su marido.

Se armó una trifulca espantosa en casa de Joseán.

Por lo que Denisse me contó, Salvador amenazó a Laura con dejarla en la calle, como si todo lo que tenían fuera únicamente suyo y pudiera repartir castigos a su antojo.

Denisse y Joseán, con justa razón, se pusieron furiosos. Le recordaron que no se le olvidara de dónde venía realmente la mayor parte de la fortuna familiar.

Ahí fue cuando entendí algo que hasta entonces para mí no era obvio: el dinero no venía solo de los negocios de Salvador. En realidad, buena parte de lo que tienen proviene de la familia Garay, la familia materna de Joseán y Denisse. Dinero viejo, como dicen. Propiedades, inversiones, herencias, ese tipo de riqueza que no se presume demasiado porque siempre ha estado ahí.

Y supongo que eso explica muchas cosas.

El apellido Cuén pesaba por el carácter de Salvador, por sus negocios y por su presencia imponente. Pero el apellido Garay era el que sostenía gran parte de la estructura que él parecía empeñado en controlar.

Al parecer entendió el mensaje porque se salió de la casa y se fue a vivir a uno de los departamentos que tiene en la ciudad.

Está de más decir que Joseán le renunció.

Oficialmente tengo un novio desempleado.

Con mucha renuencia vendió su moto para poder financiar el corto. Sentí horrible verlo fingir que no le dolía, pero no quiso pedirle dinero a su mamá y eso es admirable. Al final son solo cosas materiales totalmente reemplazables. Sergio, Alejandra y tres amigas de ella nos van a ayudar con la filmación. Dos de las chicas van a actuar junto con otro muchacho que voy a conocer en la locación. El sí se dedica a la actuación, así que no entiendo por qué Joseán quiere que yo también lo haga si no soy actriz.

Hoy nos enteramos de que Omar también va a ayudar. Aprovechó que tenía tiempo libre para visitar a su mamá y ver a su mejor amigo. No fue nada fácil conseguir los permisos y coordinar los horarios para filmar en locación. El acceso al jardín de las Pozas está controlado, los tiempos son estrictos y, obviamente, no es como llegar con una cámara y ponerse a grabar donde a uno se le antoje.

Hubo llamadas, correos, pagos, autorizaciones y más trámites de los que cualquiera de nosotros imaginó. Pero al final lo logramos.

El estrés se ha seguido acumulando hasta dejarme exhausta. También porque, cuando terminé de presentar el último examen, me fui de inmediato a casa de Joseán. Estaba solo y nos encerramos en su recámara.

Hice todo lo posible por aprovechar el tiempo para trabajar en el guion y aprender mi parte. Aprovechamos para hacer las reservaciones del lugar donde se quedará todo el grupo.

Una vez que terminamos, nos sentamos en el suelo a jugar videojuegos. Notaba a Joseán algo tenso. Sabía por qué, obvio no soy tonta. Tenía una semana completa sin verlo y apenas le di un besito y un abrazo cuando llegué. Claro que tenía ganas de devorarlo, pero me contuve. Evité el ocio lo más que pude porque ya llevaba días ocultando un temor estúpido a llevar nuestra relación a otro nivel.

Gran parte del “descanso” para estudiar fue más bien un pretexto para evitar dar ese paso.

No soy tonta, eso ya lo mencioné. Por eso no tengo idea de cómo creí que me saldría con la mía después de no vernos siete días.

Recordarlo aún me estremece y me planta una sonrisa mega descarada en el rostro.

—¿Qué jugamos? —preguntó Joseán al agacharse para abrir el cajón donde guarda las cajas de videojuegos.

—¿Qué tal el de los dragones? Ese que estabas jugando el otro día que te caí de sorpresa. No tengo idea de cómo se juega, pero me puedes explicar.

Joseán tomó el juego y lo insertó en la consola. Luego se llevó las manos a la cabeza y se sentó en el suelo alfombrado, al pie de la cama.

—Vente. Yo te enseño.

Me tiré al piso junto a él.

—No, ahí no te sientes. Vente para acá.

Al decirlo, extendió la mano para que la tomara y me guió hasta sentarme frente a él, en medio de sus piernas. Me encerró entre sus brazos al acomodarme recargada contra su pecho. Descansó la barbilla en mi hombro y colocó el control entre mis manos.

Mmm.

No sé qué está tramando, pero me gusta.

Comenzó a explicarme para qué servía cada botón y cómo debía utilizarlos. Cada palabra era como una caricia al sentirla tan cerca de mi oído. Sentí la energía que emanaba de él cuando su boca hizo contacto justo ahí, en el hueco de mi cuello.

Me reí, alterada.

—No sé por qué tengo el presentimiento de que este juego está un poco difícil —comenté entre risas, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón.

No viene al caso que me sienta así, máxime que no es la primera vez que jugamos, pero la posición y la forma en que me tiene abrazada no sirven de mucho para concentrarme.

—Claro que no. Vas a ver. El juego es de esos que te gustan, está chingón.

Comencé a jugar. Las imágenes son considerablemente sangrientas y los monstruos, dragones y demás criaturas están bien difíciles de derrotar. Creo que no soy muy buena porque, en cuestión de segundos, morí masacrada dos veces.

Me ataqué de la risa.

—No manches, soy malísima.

—Vas muy bien. Inténtalo de nuevo.

No sentía que iba muy bien, pero, en fin.

Me reí nuevamente cuando me mataron, pero el juego engancha, así que unos minutos después ya había avanzado al siguiente nivel. El control era una extensión de mis manos.

—¡A huevo! Los maté a todos —grité, sonriendo como niña de diez años.

Joseán se rió junto conmigo.

No había notado sus manos sobre mis muslos cuando empecé a jugar, pero definitivamente me di cuenta de que estaban ahí cuando separaron ligeramente mis piernas y comenzaron a fruncir el delicado material que las cubría, subiéndolo poco a poco.

Maldita la hora en que se me ocurrió ponerme falda.

Era de esas largas, con mucha tela, tipo gitana. Negra, con olanes en la base, pero no deja de ser falda. Me latió usarla porque el sol brillaba desde temprano, prometiendo un día cálido, y ya tenía rato que no hacía calorcito, pero en ese momento me arrepentí de mi ocurrencia.

Dejé caer el control de inmediato y me mataron en un segundo.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Joseán sobre mi cuello.

Comenzó a adornar mí ya erizada piel con delicados besos.

—No puedo concentrarme —exhalé, cerrando los ojos.

Sus labios me abandonaron y quise gritarle que no parara.

—Levanta el control, Nat —ordenó—. Sigue jugando.

Por supuesto que entre líneas escuché: “mientras yo juego”.

Muy obediente, continué, pero no pude poner atención. No me interesó en lo más mínimo matar monstruos mientras sentía cómo las manos de Joseán acariciaban mis piernas en un vaivén que provocó que mi falda subiera a una altura muy indecente.

Estaba segura de que podía admirar mi ropa interior, pero por alguna extraña razón no me atreví a decirle nada. Mi tarea era concentrarme en jugar, así que intenté hacerlo.