Detrás de un sueño 1 4 . Natalia y sus grandes ideas #3
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1 4 . Natalia y sus grandes ideas #3

Lo dice con mucha suavidad. Tiene las manos en los bolsillos del pantalón de mezclilla y la cara escondida por el velo de su cabello, viendo hacia abajo como estudiando el frío suelo de mármol. No quiere o no puede verla a los ojos.

—A mí no me tienes que pedir disculpa. Pídesela a tu novia —lo corrige.

Agh.

Se me cae la cara de vergüenza.

Me tallo los ojos con una mano para borrar la evidencia líquida de mi frustración y coraje.

No dejo de mirar a Joseán.

—Perdón, Nat, pero… entiende que no lo voy a hacer y…

—Tú escúchame bien porque no lo voy a repetir —interrumpe Laura, antes de que Joseán vuelva con lo mismo—. Si hay una persona en este mundo con la que voy a estar eternamente agradecida, eres tú. Tu labor como hijo ha ido más allá de la mía como madre, pero eso se acabó. No más.

Joseán la ve con detenimiento.

Laura respira hondo, como si llevara años guardando esas palabras.

—Seis años te he visto apagado, perdido, alejado de tu hermana. Te he observado caer y cometer errores. Muchos. Pero…

Laura voltea a verme con ternura.

—Desde que esta mujer entró en tu vida, volví a verte con luz. Te he visto contento. Cerraste la brecha que habías abierto con tu hermana para ocultar lo que realmente hacías, y no me cabe la menor duda de que mucho de eso tiene que ver con Natalia.

No sé dónde meterme.

—Así que te recomiendo que la escuches. Que te des la oportunidad de agradecer que se preocupe por tu bienestar. Que quiera verte pleno. Porque, aunque a veces no lo parezca, me percato de todo.

Su voz tiembla un poco, pero no se rompe.

—He vivido inmersa en mi propia depresión, sí. Pero el amor que siento por ustedes, mis hijos, es lo que me mantiene viva. Incluso cuando he recaído, incluso cuando he fallado de formas que nunca voy a dejar de lamentar, ustedes son la razón por la que quiero luchar. Me interesa vivir porque quiero verlos brillar. Quiero que sean felices y algún día, si Dios lo permite, quiero conocer a mis nietos.

Joseán está completamente inmóvil.

—Y ¿sabes qué? También quiero seguir viviendo porque estoy segura de que un día voy a entrar a una sala de cine y podré decir con orgullo: “Esa película la dirigió mi hijo”.

Se me aprieta el corazón.

—No me voy a disculpar por entrometerme —continúa Laura—, porque la verdad es que escuché toda su conversación y no me queda claro por qué no has hecho nada al respecto. Créeme que no me trago el cuento de que no te interesa.

No termino de digerir las palabras de Laura cuando Joseán, aún con esa expresión de asombro, se lleva las manos al cabello y cierra brevemente los ojos. Inhala. Al abrirlos, los noto cristalinos.

Doy un paso hacia atrás y me recargo en la mesa del comedor, escondiendo las manos en la bolsa frontal de mi sudadera. La posición me ayuda a relajarme.

Joseán va a comenzar a hablar.

—Mi papá…

—Al diablo con tu padre —responde Laura, con una fuerza que no esperaba de ella—. Tienes veinticuatro años, Ángel. Puedes hacer lo que te venga en gana. No necesitas la aprobación de nadie. Ni siquiera la mía. Mucho menos la de él. Deja de perder el tiempo.

Ahora sí estoy en completo shock ante la escena que tengo frente a mí.

Joseán empieza a llorar al escuchar las últimas palabras de su madre.

No me lo esperaba.

Mis ojos viajan más allá de la escena, donde Denisse está sentada al pie de la escalera, abrazándose las rodillas, hecha un mar de lágrimas.

Ni siquiera me había percatado de que estaba ahí.

No sé en qué momento bajó de su cuarto para escuchar.

Y yo abrazo una extraña sensación que no puedo explicar.

Me siento foránea, como la espectadora que entró al teatro sin pagar boleto para ver un drama familiar que me conmueve hasta la médula.

Es inútil impedir que mis ojos se llenen de lágrimas.

Me siento culpable y, al mismo tiempo, siento alivio porque sé que estoy presenciando un parteaguas en la vida de personas que, en poco tiempo, he aprendido a querer de manera entrañable.

No. Miento.

A una no la quiero.

La amo.

Porque, a pesar de todo, lo bueno y lo malo, estoy perdida y estúpidamente enamorada de José Ángel Cuén.

Laura y Joseán están inmersos en un abrazo empapado de sollozos. Denisse se incorpora para hacer lo mismo. Los observo y me enternece de sobremanera verlos así.

Sigo de pie, debatiendo si sentarme y esperar, cuando Laura extiende el brazo izquierdo hacia mí, invitándome en silencio a unirme a ellos.

Le sonrío y avanzo para acomodarme entre ella y Joseán. Nos abrazamos con fuerza.

Un momento después nos separamos y él toma mi mano firmemente, como si no quisiera que me esfume o salga huyendo despavorida.

Denisse rompe el silencio.

—Okey, después de este relajito yo me regreso a mi camita. ¡Los amo!

Se despide con su característico humor, provocando un alivio de tensión muy grato. Le da un beso a su mamá, le despeina aún más el cabello a su hermano y me da un abrazo.

—Te quiero, amiga —susurra en mi oído.

—Yo también, loquita. Buenas noches.

Laura nos sonríe, se da media vuelta y comienza a dirigirse a la escalera.

—Los dejo. Ten cuidado cuando lleves a Natalia a su casa, que ya es tarde —comenta casualmente mientras sube los escalones.

—Sí, mamá.

—Buenas noches —contesto.

Aún tomados de la mano, ambos observamos a su mamá caminar por el pasillo hasta desaparecer cerca de la entrada de su recámara. Así, sin mayor ceremonia, Laura se va a dormir como si no acabara de moverle el piso a todos.

No lo puedo explicar, pero la sensación sombría que usualmente se percibe en esta álgida mansión se esfuma por completo.

Inmediatamente, Joseán me jala hacia él para abrazarme. Hunde su cara húmeda en el hueco de mi cuello y rodea mi cintura con los brazos.

Con una mano le acaricio el cabello y con la otra correspondo el abrazo.

—Perdóname —suplica con suavidad.

Siento cómo su voz repercute sobre mi hombro.

—Perdóname —besa mi cuello—. Perdóname.

Se mueve para tomar mi rostro con las manos y me mira fijamente a los ojos.

—Perdóname.

Besa mi nariz.

Le contesto con un gesto alegre, silencioso pero lleno de promesas.

—Olvídalo, ¿sí?

Sus labios terminan sobre los míos suavemente, sin urgencia, en un beso casto pero alentador.

Es solo un instante.

Al separarnos, me sonríe como nunca.