Detrás de un sueño 1 4 . Natalia y sus grandes ideas #2
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1 4 . Natalia y sus grandes ideas #2

—Precisamente por eso, amiga. Fue algo casual y ya. Lo quería hacer con él. Fin de la historia. No hay nada más y nunca lo habrá. ¿Quieres que te diga que fue una experiencia maravillosa llena de amor, dulzura y ternura? Pues no. Así no fue. Simplemente fue sexo. Cogimos como conejos toda la noche, no dormimos casi nada y luego volvió a suceder cuando llegamos aquí. Nos fuimos un rato a su depa y luego me trajo.

Lo dice sin parpadear, como si entre más vulgar fuera, menos pudiera dolerle.

Por lo menos ya medio me platicó.

Sé que hay algo más ahí y se lo está guardando.

Me da la impresión de que Denisse sufre por no ser correspondida como quisiera, y haber compartido ese tiempo con él no le ayudó en nada. Por el contrario, le destrozó el corazón.

Pobre de mi amiga.

Pero no hay nada que pueda hacer al respecto más que aguantar con cariño la lata que me da con mis disque cursilerías, porque en el fondo eso es justo, lo que ella añora.

Joseán decide aparecerse y Denisse se retira de la mesa, diciendo que tiene sueño.

—¿Y ahora qué mosca le picó a Nisi? —pregunta, muy sacado de onda con la actitud de su hermana.

—Pues no sé. Creo que anda agobiada con una materia que tal vez no pase —miento descaradamente.

—Mmm. Pues ojalá le vaya bien porque los extraordinarios son de hueva.

—¿Cómo está tu mamá? —le pregunto, cambiando de tema.

—Bastante bien. Ya se iba a acostar. De hecho, estas últimas semanas la he visto más animada. Hasta ha estado saliendo con sus amigas y retomó algunas actividades que tenía olvidadas, ya sabes, esas madres de caridad que le gustan. No ha dejado de ir con su terapeuta y se está tomando las medicinas. En las mañanas, cuando voy a revisar que las haya tomado, la encuentro ya despierta y de muy buen humor. Es como si estuviera viendo a la mamá de mi infancia otra vez —dice, entusiasmado.

—¡Qué buena onda! Eso está súper bien, ¿no?

—Claro que sí, pero… me preocupa que de repente le dé un bajón. Cualquier pendejada le puede afectar. Y luego mi papá, que no ayuda. Pero, en fin. Creo que mi mamá por fin entendió que su marido es un caso perdido. Me cae que ojalá un día encuentre el valor para mandarlo a la chingada.

Mmm. Y que tú también lo mandes al mismo lugar, pienso, queriendo externarlo.

Pero no lo hago por lo inadecuado del comentario.

Me pongo de pie para acercarme a él. Está sentado del lado contrario de la mesa y es demasiada distancia. Me leyó el pensamiento porque extiende los brazos, invitándome en silencio a sentarme en sus piernas. Necesito estar más cerca.

No para provocarlo, o no solo para eso.

Para que sienta que estoy ahí.

En cuanto lo hago, me maniobra para quedar sentada de frente, con mis piernas extendidas a los lados de las suyas en una posición muy íntima y sugestiva. Las palmas de sus manos comienzan a recorrer mis piernas desde las rodillas hasta pasar por mi cadera. El roce es delicado, sensual. Al llegar a mi cintura, las deja descansar justo en el límite de la pretina de los jeans negros que decidí usar hoy. Sus pulgares acarician el contorno de mi estómago y encienden mi cuerpo.

Mis manos se quedan inmóviles sobre sus hombros.

Mi frente, adherida a la suya.

Lo miro a los ojos con intensidad.

—Deja de preocuparte tantito —le digo con suavidad—. Aunque sea por hoy. No puedes controlar todo, José Ángel. Tu mamá no está sola. Tiene a Denisse, te tiene a ti, y ahora parece que también está volviendo a encontrarse a sí misma.

Joseán me sonríe con ternura.

—Mmm. Tengo una novia muy sabia.

Sus manos comienzan a deslizarse hacia arriba, acariciando mis costados y detallando cada contorno con los dedos. Sus pulgares rozan ligeramente mis pechos. Ese cosquilleo que siento entre las piernas cada vez que me toca ya es una sensación bastante familiar, una que pide ser atendida.

La posición en la que estamos no ayuda a calmarla.

Todo lo contrario.

Las ganas de provocar mayor fricción me consumen.

Seguimos frente con frente. Joseán sabe perfectamente lo que me hace. Me toma del cuello con ambas manos, ejerciendo solo un poco de presión.

—Dame un beso, Nat —murmura con los labios a milímetros de los míos.

No tiene que repetirlo.

Obedezco de inmediato.

El beso empieza tímido, pero pronto se vuelve profundo. Nuestras bocas se buscan con una urgencia que ya no tiene nada de inocente. La razón se me está apagando por completo, devorada por el deseo.

Pero hay una pequeña luz, a lo lejos, que me recuerda algo importante.

Necesito hablar. Necesito confesar mi pequeño pecado.

Trato de calmarme para suavizar la intensidad del encuentro y, poco a poco, la cordura regresa.

—José Ángel —susurro su nombre aún con los labios sobre su boca.

Se detiene y me mira con los ojos entornados.

—Mmm —es lo único que logra articular.

Está igual de afectado que yo, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de decirle.

—Tengo algo que contarte. O más bien… algo que confesarte —empiezo, encontrando valor incluso con la respiración agitada.

Me observa extrañado.

—¿Qué pasó?

Pone un poco de distancia al recargarse en el respaldo de la silla.

—Pues… no sé cómo empezar. —hago una pausa tratando de ordenar mis ideas.

—Me tomé la libertad de inscribirte en un concurso de cortometrajes. Envié el guion que me gusta, el de Un sueño surrealista, y… te aceptaron.

Me sigue observando serio, sin expresión alguna.

—Tendrías que filmar el corto y entregarlo antes del treinta y uno de enero.

Creo que no está nada contento.

Se agita, intenta moverse y entiendo que tengo que pararme.

Apenas lo hago, escucho crujir la silla por el impulso repentino con el que se pone de pie.

Se ve molesto. Muy molesto.

Después de estar tan cómodos, verlo así, enojado conmigo, con el cabello desordenado por culpa de mis manos, me causa demasiada angustia.

—¿Qué? —pregunta, levantando la voz.

—Eh… lo que oíste. ¿Concurso? ¿Filmar un corto? —titubeo.

—¿Estás loca? No mames, Natalia, ese guion es mío —increpa, señalándose con el pulgar.

Su expresión no es de coraje puro, sino de desesperación.

—No tenías derecho a usarlo, ni enviarlo, ni mucho menos inscribirlo en algo así. ¿Cómo se te ocurre? No tienes idea de lo que conlleva filmar algo. ¿No pensaste que sería buena idea preguntarme? No sé por qué insistes con lo mismo. No me interesa. El cine es un pinche pasatiempo para el que ya no tengo tiempo.

Se me van a salir las lágrimas.

Si no es que una ya se escapó.

Me siento enojada y decepcionada a la vez.

Sí, pasó por mi mente que pudiera enfadarse, pero no así. No al grado de levantarme la voz.

Necesito que me escuche porque no creo merecer esto.

—Sé que debí preguntarte —digo, limpiándome una lágrima con rabia—. Lo sé. Me equivoqué en eso. Pero mi intención era impulsarte para que, aunque sea una vez en tu vida, intentes hacer lo que realmente te apasiona. ¡En serio! No como un simple pasatiempo, porque no lo es. Tienes que quitarte esa idea que traes incrustada en la cabeza de que no debes hacerlo. Es completamente ridícula.

Me limpio otra lágrima, furiosa conmigo misma por no poder controlarlas.

—¿Qué no te das cuenta de lo extraordinariamente bueno que eres con una cámara? He visto tu trabajo, y lo has hecho con una pinche cámara microscópica. He visto metraje de cosas que grabaste hace años con esa cámara que tienes en tu recámara en exhibición como pieza de museo. He leído varios de tus guiones. Encima de todo, escribes ideas apasionantes y cautivadoras. ¿Por qué no puedes darte la oportunidad, aunque sea una vez? Imagínate. Si ganaras, podrías irte a estudiar a Nueva York, algo que querías hacer años atrás. Tendrías una oportunidad real de dedicar tu vida al cine.

—¿Por qué crees que eso es lo que quiero? —responde, cada vez más alterado—. No me interesa largarme a otro país. ¡No puedo irme! Entiéndelo, Nat. ¡No quiero! Y por favor dime que no te gastaste dinero en la inscripción, porque más me voy a encabronar. No tienes derecho a entrometerte así en mi vida.

—¡Ángel!

Una voz femenina, severa, llega desde el pie de la escalera.

Laura, la mamá de Joseán, está ahí.

Comienza a acercarse a nosotros. Lleva puesta una bata larga azul de dormir, elegante incluso a esa hora. Su cabello castaño, lacio y cortado a la altura de los hombros, enmarca unos ojos color miel idénticos a los de sus hijos.

A la fecha, no he convivido mucho con ella. Joseán me presentó formalmente como su novia unos días después de regresar del viaje, pero si cruzamos tres palabras fue mucho. La he visto poco, así que no he tenido oportunidad de conocerla mejor.

Me quiero esconder en alguna parte para que no vea las lágrimas que no pude contener. Nunca fue mi intención causar una escena al grado de provocar una intervención. Por lo menos me consuela el hecho de no ser yo la que estaba gritando, y eso aminora un poco mi vergüenza.

Joseán se queda completamente perplejo y solo la sigue con la mirada mientras se aproxima.

—¿En qué momento creíste, hijo, que esa era la forma correcta de hablarle a tu novia? —le reprocha con calma, casi imitando sus propias palabras.

Ya de pie cerca de ambos, cruza los brazos.

Joseán sigue perplejo, pero ahora con ojos de plato.

Okey.

Natalia al rescate.

—Una disculpa, señora. No era nuestra intención molestarla.

—Nada de señora, por favor. Dime Laura —me responde sin apartar la atención hacia su hijo—. Y tú no tienes nada por qué disculparte. El que tiene que hacerlo es José Ángel.

Lo señala con la mano derecha.

Y dijo el nombre completo.

Madre Santa.

—Porque no recuerdo haberte enseñado que levantarle la voz a una mujer de esa forma es correcto. Mucho menos usando ese vocabulario.

Lo dice con firmeza.

Puedo darme cuenta de que Laura es una mujer muy refinada. Sus dos hijos, aunque físicamente se parecen mucho a Salvador, heredaron lo mejor de su madre: el porte, la mirada, ese aire de cierta arrogancia que ambos poseen. Pero al verla también noto que, detrás de esa fragilidad, hay una mujer que, a pesar de su enfermedad, ama a su hijo y se preocupa por su comportamiento.

—Perdón, mamá —alcanzo apenas a escucharlo decir.