1 4 . Natalia y sus grandes ideas
—¡Natalia! amix, ya deja de estar pensando en tu bomboncito, que estás bastante distraída. Ya van dos veces que te confundes de orden.
Javi me regaña con su característica amabilidad disfrazada de burla. No es la primera vez que lo hace hoy.
Desde que regresé de Acapulco, hace semanas, no me dejan de dar lata. Son los peores metiches del planeta y constantemente quieren detalles de mi relación con Joseán.
La cafetería, mientras tanto, sigue atorada entre temporadas.
Ya quitamos las calabazas de Halloween, los murciélagos de cartulina y las flores de cempasúchil, pero aún hay pan de muerto en la vitrina. Como si hasta el pan se negara a aceptar que noviembre ya empezó.
Pero los cafés no me salen bien, y no tiene nada que ver con el hecho de que esté pensando en mi novio como adolescente soñadora y enamorada. Más bien tiene que ver con la preocupación de cómo le voy a explicar lo que hice ayer.
Los nervios me carcomen porque no tengo idea de cómo va a reaccionar.
Por mi mente han pasado todos los escenarios posibles y me aterra que se moleste conmigo por meterme donde no me llaman.
Faltan dos horas para que termine mi turno. Joseán, como todos los días, va a pasar por mí. Quedamos de ir a cenar a su casa porque Denisse, aparentemente, está haciendo berrinche porque su querido hermano monopoliza casi todo mi escaso tiempo libre.
Y no lo dudo, porque no hemos convivido mucho estos días.
Estas semanas han sido de las mejores de mi vida, y no lo digo a la ligera. Entre exámenes, tareas, turnos en la cafetería y las visitas diarias de Joseán, construimos una rutina que se volvió cómoda súper rápido. Él pasa por mí en las noches, me acompaña a estudiar en casa de su abuela, me prepara algo de cenar cuando me ve con cara de muerte académica y, mientras yo intento no reprobar la vida, él aprovecha para descansar un rato o platicar con Rosa.
Rosa, por cierto, está feliz de que estemos juntos.
Una noche tocó mi puerta para decirme que estaba agradecida conmigo por haberle dado el beneficio de la duda a Joseán y por haberlo aceptado en mi vida. Casi se me salen las lágrimas porque, si alguien está agradecida, soy yo.
Desde que llegué, Rosa me ha tratado con un cariño que no termino de explicarme, y ahora insiste en que soy parte de su familia.
Joseán también se ha tomado muy en serio su papel de guía turístico personal. Me trae como pelotita de ping-pong por museos, restaurantes, centros comerciales, barcitos y changarros de comida los fines de semana.
Dice que pronto quiere llevarme a conocer otras ciudades y lugares cercanos, y que por lo menos un fin de semana al mes tenemos que salir de la urbe de asfalto para respirar aire fresco.
Por supuesto, aún no he tocado ese tema con mis papás. Una cosa es estar aquí, cada quien, en su casa, y otra muy distinta es salir de viaje con él.
Y luego está lo otro.
Los encuentros físicos cada vez que estamos solos se han intensificado de manera considerable. Han escalado a un punto en el que sé que tendré que decidir si quiero ir más allá.
Y estoy aterrada.
Pero no le tengo nadita de confianza a mis hormonas.
Es curioso ver cómo, en general, los demás tienen una imagen muy diferente de Joseán a la que realmente es. Las cosas que ha enfrentado lo moldearon para tener un exterior despreocupado, a veces sarcástico y de niño rico mimado, cuando en realidad es todo lo contrario. Ha descuidado sus propios intereses por aprender a lidiar con una situación familiar sombría; ha mostrado un amor incondicional hacia su mamá y ha protegido a su hermana de una verdad que pudo haberle partido la adolescencia en dos.
En este corto tiempo he podido entender y descifrar parte del enigma. Lo que he descubierto hace que, cada día que pasa, me enamore un poquito más de él.
Aprendí que, durante seis años, José Ángel ha sido quien ha estado al pie del cañón en su casa. Que se ha tardado mucho más en terminar la carrera porque solo ha tomado el mínimo requerido de materias por semestre para tener disponibilidad de horario. Gracias a Dios este es su último semestre.
Que estuvo asistiendo como voluntario en la Cruz Roja todos los viernes por la tarde, que aprendió primeros auxilios, todo para evitar a toda costa pasar por lo mismo que Zaira.
También aprendí que el negocio de su papá consiste en la administración y operación de restaurantes, que es dueño de algunos bares y socio capitalista de una famosa cadena de tables , cosa que Joseán detesta porque ha sido causa de mucho sufrimiento para su mamá.
Salvador es parrandero, a veces bebe de más o llega a casa de madrugada justificando que es parte de su trabajo, cuando la realidad es otra. Sus constantes ausencias son causa de numerosas infidelidades y evidencia de que su esposa le importa un comino. Joseán le guarda un resentimiento tremendo y cada día lo noto más harto, más cansado de trabajar parcialmente con él.
Lo que me lleva al dilema en el que me encuentro.
Es un dilema porque sé de lo que Joseán es capaz y me he percatado aún más del talento nato que está ahí, latente.
Hace dos semanas me dio una grata sorpresa cuando me llevó, muy misterioso, a su recámara. Prendió la computadora para mostrarme un video que hizo para mí: un montaje de tomas que estuvo grabando durante nuestra estancia en Acapulco.
¿A qué hora tomó tanto video?
No tengo idea porque yo ni en cuenta. A veces lo veía con la cámara pero nunca me percaté que me filmó a mi.
Lo que veo es espectacular. Y no por el hecho de que las tomas sean mías, sino por la forma en que están hechas, por la manera en que captura los momentos. Todo se ve bellísimo.
Íntimo.
Artístico de una forma que no sé explicar sin sonar como señora en galería.
Me grabó dormida en el coche, asoleándome, nadando, caminando por la playa, cantando sin darme cuenta. Hay algo raro en verme así, desde afuera. Como si estuviera mirando a otra Natalia. Una que no está posando, ni cuidando la cara, ni pensando en dónde poner las manos.
Lo más lindo de todo es cuando me dice, con una reverencia que me da pena y ternura al mismo tiempo, que tengo una belleza natural para estar frente a una cámara.
Que eso no es tan común.
Que yo soy, según él, su versión personal y bastante menos trágica de Gala para Dalí: su musa.
No entiendo qué ve en mí para decir algo así.
Mucho menos para decirlo con esa seguridad.
Pero verme en la pantalla me hace sentir demasiado consciente de mí misma, de mi cara, de mi cuerpo, de cada gesto que no sabía que hacía. Estoy segura de que, si me hubiera dado cuenta de que me estaba filmando o tomando fotos, me habría escondido debajo de una piedra.
No me pude contener.
Y sí, sé que esto suena terrible incluso antes de escribirlo en mi mente.
Antier, en la escuela, vi una convocatoria publicada en el mural de Comunicación.
En febrero hay un concurso de cortometrajes. El primer lugar se lleva veinte mil dólares y una beca completa para estudiar dirección de cine durante dos años en una de las academias más prestigiosas de Nueva York. La edad límite para participar es no tener más de veinticinco años.
Sería una oportunidad única para alguien como Joseán y la última por la edad.
Así que, sin pensarlo mucho, entré a la página de internet, llené el formato de registro en línea, adjunté el guion del que me enamoré camino a Aguascalientes y pagué la inscripción con mis pobres ahorros.
Hoy por la mañana recibí un correo donde me avisaron que ya quedó aceptado para concursar.
Ahora solo falta… decirle.
Y filmar el corto.
Lo cual requeriría ir a Xilitla, en San Luis Potosí.
Natalia y sus grandes ideas.
Las dos horas que faltan para salir finalmente pasan, aunque se sienten eternas.
Ahora estoy en casa de Joseán. Acabamos de cenar y sigo en la sobremesa con Denisse mientras él sube a las recámaras para ver a su mamá.
Mi querida amiga no ha querido hablar mucho de lo que pasó con Omar. Lo único que sé es que pasó lo que tenía que pasar y cada uno siguió con su vida como si nada.
Estoy en el entendido de que a Omar lo enviaron como corresponsal fuera del país para trabajar en reportajes especiales. No sé si en Venezuela o en algún otro lugar de Sudamérica. Al parecer encontró el trabajo de sus sueños: la oportunidad de trabajar como reportero para una cadena internacional de noticias.
Por supuesto, Joseán no tiene la más remota idea de que su mejor amigo se llevó la virginidad de su hermana junto con su corazón al otro lado del continente.
—Ay, amiga, de plano tú y Josa son de lo peor. Son tan cursis que me dan ganas de vomitar —comenta mi amiguita, claramente burlándose.
—Cállate, mensa. No somos cursis. ¿Cuándo nos has escuchado decir cursilerías? A ver, a ver —respondo, sonriendo.
—No las dicen, pero con las miradas que se echan no hace falta. Me cae que les urge irse por ahí y encerrarse en algún lado para que se les baje lo intensos y puedan liberar la tensión sexual que emanan por los poros.
—¡No manches, Denisse! Deja de darme malos consejos. Estás hablando de tu hermano y no creo que quieras imágenes en tu cabecita con él de protagonista.
—¡Ay, no jodas! Tienes razón —dice, haciendo una mueca—. Pero… ¿y cómo le vamos a hacer? Soy tu mejor amiga y no puedo perderme ni un detalle de tu vida. Me lo voy a tener que fletar y, para como vas, ya me voy a empezar a mentalizar.
—Pues dando y dando, pajarito volando, amiga, porque tú no me has dicho qué rollo con aquel güerito alto, con cuerpo de tentación, que te merendaste en Acapulco —le reprocho con toda la intención de sacarle la sopa.
Inmediatamente su expresión cambia a una de seriedad.
—Ya te platiqué. Todo salió bien y no hay nada adicional —responde tajante.
—Denisse, en serio, ¿cómo puedes decir eso? Es claro, y además se te nota cada vez que lo menciono, que fue algo significativo para ti. Cuando me informaste de tu decisión te veías entusiasmada, y ahora actúas como si hubiera sido un simple encuentro casual sin importancia alguna.