Detrás de un sueño 1 3 . La calma #4
55%

1 3 . La calma #4

Más de domingo después de desastre.

Hay vasos sobre la barra, toallas húmedas en las sillas, sandalias abandonadas cerca de la entrada y ese olor raro a bloqueador, café, alcohol viejo y mar que parece quedarse pegado a todo.

Joseán ya está listo cuando llego a la sala. Trae lentes oscuros colgados en la camiseta y el cabello húmedo, como si también hubiera intentado bañarse con dignidad y no con agua helada para calmarse.

No voy a pensar en eso.

Desayunamos algo rápido con los pocos sobrevivientes que siguen despiertos. Ale me abraza antes de irse a empacar, Roberto se despide con una mano porque claramente la vida le duele, Sergio apenas puede hablar.

Charlie no aparece, gracias a Dios. Zaira tampoco. Por una vez, el universo decide cooperar conmigo.

Joseán carga mi maleta sin preguntarme. Estoy a punto de reclamar por puro reflejo, pero me detengo.

No lo hace como si yo no pudiera. Lo hace como si quisiera hacerlo.

Y esta vez lo dejo.

Nos despedimos de Lupe, que me abraza como si me conociera de toda la vida, y bajamos al estacionamiento. El calor húmedo me golpea en cuanto salimos del elevador. Afuera, Acapulco brilla con esa luz intensa que no pide permiso: mar, sol, concreto caliente y palmeras moviéndose como bailando al son del aire.

—¿Lista para tu tour express? —pregunta Joseán, abriéndome la puerta del copiloto.

—Lista. Pero aviso que, si me mareo o me da hambre, me voy a poner insoportable.

—Eso no es aviso. Eso ya lo sabía.

—Qué observador.

Sonrío a mi pesar y me subo.

Antes de tomar carretera, manejamos hacia la Costera. Acapulco de día se ve diferente. Menos fiesta, menos postal, más real. Hay hoteles enormes, restaurantes bonitos, terrazas con vista al mar y turistas caminando en ropa de playa como si nada en el mundo pudiera salir mal. Pero también hay edificios cansados, locales cerrados, fachadas golpeadas y zonas donde aún se nota el paso de los huracanes.

Joseán baja un poco la velocidad en algunos tramos, como si supiera que necesito mirar.

—Antes estaba más cuidado —dice—. O eso dicen. Yo lo recuerdo distinto cuando veníamos de niños.

Me quedo observando por la ventana. No sé qué responder. La ciudad tiene algo hermoso, pero también algo triste. Como si siguiera de pie por puro orgullo, aunque le dolieran los huesos constantemente.

—Me da tristeza —admito—. No porque esté feo. Al contrario. Es como si se notara todo lo que fue y todo lo que aún quiere ser.

Joseán me mira de reojo.

—Eso sonó muy tú.

—¿Dominguero?

—Un poco —responde—. Pero bonito.

Me quedo callada, sonriendo hacia la ventana.

Pasamos por zonas más arregladas, más modernas, más “nice”, como diría Denisse. Y luego, casi sin transición, aparecen otras partes más antiguas, más descuidadas, más golpeadas. Ese contraste me desconcierta. El Acapulco brillante y el Acapulco herido conviven uno al lado del otro, como si ninguno quisiera cederle el espacio al otro.

Después me lleva a La Quebrada.

Caminamos hasta el mirador bajo un sol que parece tener pleito personal con mi piel. El aire huele a mar, piedra caliente y sal. Abajo, el agua rompe con fuerza contra las rocas, levantando espuma blanca. Me asomo con cuidado y siento un vértigo delicioso, de esos que te obligan a dar un paso atrás, aunque quieras seguir mirando.

—Aquí se avientan los clavadistas —me explica Joseán, colocándose a mi lado.

—¿Desde ahí?

—Desde ahí.

—Están locos.

—Sí.

—Pero qué locura tan impresionante.

Nos quedamos un rato en silencio, mirando el acantilado. Para nuestra suerte no hay espectáculo, pero no hace falta. El lugar ya impone por sí solo. Me imagino el cuerpo de alguien lanzándose al vacío, calculando el mar, la roca, el tiempo exacto. Me parece muy bello pero aterrador también.

Como muchas cosas últimamente.

Como él.

Como yo con él.

Joseán no me toma de la mano, pero su brazo roza el mío varias veces. Ninguno de los dos se aparta.

Más tarde comemos algo sencillo cerca de la Costera. Pescado, arroz, tortillas y una limonada enorme que me sabe a gloria después de la cruda. Hablamos poco del antro, nada de Charlie y casi nada de Zaira. No porque no importe, sino porque creo que los dos estamos muy cansados para volver a meternos en esa oscuridad tan pronto.

Por un rato, simplemente estamos.

Él me cuenta cosas de Acapulco cuando era niño, de viajes con Denisse, de cumpleaños anteriores, de veces en que se escapaba a caminar por la playa cuando todos estaban dormidos. Yo lo escucho y guardo pedacitos de esa versión suya que aún no conozco del todo.

Cuando por fin tomamos carretera de regreso a México, el sol empieza a bajar y el cielo se pinta de naranja sobre la bahía.

Me recargo en el asiento, ladeada hacia la ventana. Estoy agotada.

Emocional, física y espiritualmente agotada.

Pero también estoy tranquila de una forma que no esperaba.

Joseán pone música baja. Esta vez no pregunto qué es.

Solo lo miro manejar un segundo y cierro los ojos.

Todavía tengo miedo.

Muchísimo miedo.

Pero, por primera vez desde que todo empezó, también tengo ganas de ver a dónde nos lleva.