Detrás de un sueño 1 3 . La calma #3
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1 3 . La calma #3

—La verdad, todo lo que me acabas de contar es difícil de digerir, pero agradezco que lo hayas hecho —digo al fin—. Si te interesa mi opinión, ustedes tienen una especie de codependencia o algo similar. Y, si bien es cierto que son amigos, existe algo más. Eso es lo que la hace creer que prácticamente eres de su propiedad. Además, no me cabe en la cabeza cómo puedes soportar lo nefasta que es. Me da pena referirme así a ella, sobre todo ahora que sé los antecedentes, pero creo que eso no justifica que sea tan ruin con los demás.

—¿Celosa? —pregunta, sonriente.

—¡Pues claro! —exclamo con indignación.

—Qué te puedo decir, Nat. Eso y muchas otras cosas las he hablado con ella varias veces. Zaira tiene un problema de actitud y eso le ha limitado mucho su círculo de amistades. Pero conmigo es diferente. Es como si en la calle se pusiera una máscara, aunque sé que más bien la usa cuando convive con los demás.

Se queda pensativo.

—Por lo demás, sí, es mi culpa por no rechazarla con claridad durante mucho tiempo. Por actuar como un cabrón en lugar de ser un caballero. Cuando te conocí, me di cuenta de que lo que me faltaba era una razón lo suficientemente fuerte para desear algo real y normal. He cometido muchos errores con ella y eso ha provocado que mantenga esperanzas, esperando que le diga que es el amor de mi vida o algo así.

Se nota tenso por su expresión apenada.

—He tratado de zafarme poco a poco, de hacerla entender que no puede haber nada más entre nosotros. No me he animado a ser más tajante porque, quieras o no, me preocupa su estabilidad emocional y no está en mi naturaleza ser cruel. Ayer hablamos. Por eso pasé tanto tiempo con ella en lugar de aprovecharlo para estar contigo. Le expliqué que tú me interesas, que esto contigo es serio, y le pedí que me ayudara a no arruinarlo con sus comentarios y malos tratos. No lo tomó muy bien. Cree que es algo pasajero, pero tengo confianza en que le va a caer el veinte en algún momento.

Me toma las manos.

—Solo quiero pedirte que, si se pone difícil, me dejes arreglarlo. Yo veré qué hacer. Y no te preocupes por eso, ¿sí? Zaira no va a ser un obstáculo y tampoco quiero que se convierta en un tema recurrente entre nosotros.

Solo me sale una mueca de entendimiento y le muestro que entiendo. Quiero decirle que no soy una espectadora en mi propia vida, pero comprendo a qué se refiere.

Zaira es su historia.

Su desorden.

Su límite pendiente.

Me quedo más tranquila.

Ya veremos qué pasa más adelante. Estoy aceptando a Joseán en mi vida y viene con bagaje. Eso es algo con lo que tengo que lidiar, y no va a ser un problema si no permitimos que lo sea.

—Por cierto —dice, cambiando el tema por completo— hace rato que salí me encontré a Nisi. Me dijo que se va a regresar con Omar porque quiere llegar temprano para terminar un trabajo de la escuela o no sé qué madre. Así que nos vamos a ir tú y yo solos después de desayunar. O, si quieres, nos vamos más tarde y te llevo a conocer algo de la ciudad. Sé que querías ir a la Costera.

—¿La Costera?

—Ajá. Y La Quebrada, si te late. No es tour de señor en camioneta con micrófono, pero puedo improvisar.

—Qué decepción. Yo quería datos históricos mal pronunciados y que me obligaras a bajar en una tienda de artesanías carísima.

—Eso tiene costo extra.

—¿Incluye gorrita bordada de Acapulco?

—Solo si prometes usarla todo el camino de regreso.

—Entonces paso. Tengo límites.

Joseán sonríe, acercándose un poco.

—Cool, me late. Entonces voy a mi cuarto a bañarme y a recoger mis cosas. No me tardo y desayunamos porque ya me está pegando la cruda de nuevo, ¿va?

Es cierto. Se me bajó bastante el dolor, pero no me siento muy bien y me urge algo más sustancioso que café.

Espero alcanzar a Denisse para que me platique cómo le fue. Me olvidé por un instante de ella y espero que esté bien.

Joseán aprovecha mi distracción para acercarse. Me toma de la cintura y me aprieta ligeramente hacia él. Se acerca a mi y se inclina para quedar cerca de mi oreja.

Me dan escalofríos al sentir su aliento en ese lugar tan sensible. Se da cuenta porque siento cómo se ríe disimuladamente.

—Te puedes bañar aquí si quieres —susurra, sugestivo.

El color se me sube a los cachetes y me invade la timidez.

Soy de lo más patética.

—Estás loquito —respondo.

Me inclino hacia atrás y le doy acceso a mi cuello al tiempo que su lengua traza un camino desde el lóbulo de mi oreja hacia abajo, pasando por el cuello hasta la clavícula. Se mueve unos centímetros, me besa el hombro e inhala profundamente.

Al moverse para ver mi rostro muestra su característica risita, con todo y hoyuelos. Esa risita que me encanta y que promete tantas cosas.

—Okey, ya vete pues —dice, separándose con evidente esfuerzo—. Y no te preocpes por el agua caliente porque yo me voy a bañar con agua helada.

Lo remarca sonriendo aún más.

Le respondo imitando su alegría y moviendo la cabeza de un lado a otro.

Avanzo hacia la puerta de madera para salir de la recámara, no sin antes decirle de nuevo que está loquito. Y yo estoy aún más loca, porque ganas no me faltan de tomarle la palabra y pedirle que me talle la espalda.

Sé que mi vida va a cambiar.

No sé si para bien o para mal. No sé si esto va a romperme o a salvarme de alguna forma que todavía no entiendo.

Solo sé que, cuando cierro la puerta detrás de mí, sigo sintiendo su boca en el cuello y su voz en la piel.

Y eso me da miedo.

Muchísimo miedo.

Me baño en mi cuarto con una rapidez completamente contraria a la cantidad de pensamientos que tengo encima. El agua caliente me ayuda un poco con la cruda, pero no con Joseán. Eso, al parecer, ya no se quita ni tallando fuerte.

Cuando salgo, Denisse ya no está. Me mandó un mensaje diciendo que se fue con Omar, que luego me cuenta todo y que no me atreva a morirme de curiosidad porque necesita procesar antes de hablar.

Ajá. Como si eso fuera posible.

Recojo mis cosas con cuidado, reviso tres veces que no se me olvide nada y salgo con la maleta. El departamento ya se siente distinto.

Más silencioso.