Detrás de un sueño 1 3 . La calma #2
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1 3 . La calma #2

—He intentado mantenerme al margen porque sigo creyendo que es lo mejor para ti. Pero lo único que logré fue entablar una amistad egoísta para estar cerca, monopolizar tu tiempo y evitar que salieras con alguien más. Es una estupidez, lo sé. Después de lo que pasó en la alberca, cuando entendí la intensidad de lo que me provocaste y la forma en que respondiste, me entró pánico. —Se pasa una mano por la cara antes de seguir.

—Pasaron mil cosas por mi mente y lo mejor que se me ocurrió fue intentar convencerte de que te alejaras de mí.

Respira hondo.

—Lo insistí con la canción y me acabaste rematando con la tuya. Eso me derribó. Tu voz. No manches Nat, tu voz me dejó sin palabras. Lo inexplicablemente hermosa que te veías ahí. La ola de miradas puestas en ti mientras tú solo me prestabas atención. Nunca había sentido lo que sentí en ese momento. Ahí se me acabaron los pretextos.

Su mano deja la mía y, junto con la otra, toma mi cara. Se acerca hasta quedar a solo centímetros.

Mi corazón late a mil por hora.

—Mi parte racional sigue creyendo que debo dejarte vivir. Que aún estás muy chica. Que no debo robarte el tiempo ni tus primeras experiencias. Quiero ser yo quien las viva contigo. Quiero acompañarte, cuidarte, aprender contigo. Todo, Natalia. Quiero que dejes que sea yo.

No lo dejo concluir porque ya no puedo escucharlo más.

Me va a volver loca.

Nunca creí que fuera capaz de expresarse así, abiertamente, sin reservas. Lo único que quiero es decirle que sí.

Que quiero que sea él.

Él y nadie más.

Pero las palabras no me salen.

Así que mejor cierro la poca distancia que hay entre nosotros y se lo digo con la boca.

No se lo esperaba.

Mis manos viajan de inmediato a su cabeza y mis dedos se enganchan en su cabello con fuerza.

Todo lo que quiero expresar queda representado en un beso apasionado al que responde con la misma intensidad.

En este preciso momento no quiero nada más. Lo demás no importa. Solo está el aquí y ahora. Aunque suene trillado y tal vez un poco inmaduro de mi parte, no me importa aceptar que Joseán empieza a sentirse peligrosamente necesario.

En alguno de los dos tuvo que caber la prudencia. Lentamente nuestra respiración se fue nivelando y, aun jadeando, intentamos recobrar la cordura. Quedamos acostados sobre la cama, boca arriba, viendo el techo, agarrados de la mano y con los dedos entrelazados.

No sé si es la adrenalina o todas las emociones mezcladas dentro de mí, pero mi extraña reacción es comenzar a reír.

Silenciosamente, mi pecho sube y baja con la risa atorada que quiero dejar salir.

Joseán voltea a verme con una expresión entre perpleja y burlona.

Una enorme sonrisa ilumina su cara y empieza a carcajearse.

Entonces la dejo salir.

Me río histéricamente, como niña con ataque de nervios, y toda la tensión, pasión, frustración y emoción se transforma en alivio.

En paz.

En calma.

Joseán se levanta de golpe y, tomando mi mano, me jala para que pueda sentarme. Sigue sonriendo. Su rostro expresa felicidad y el brillo de sus ojos es intenso.

—Eso sí que no me lo esperaba —dice, pasándose los dedos por el cabello.

—De alguna manera tenía que callarte y creo que fue muy efectiva la estrategia —contesto, fingiendo casualidad.

—Lo tomaré en cuenta la próxima vez que tenga que silenciar una de tus errantes conversaciones. Ya me vengaré.

—Bueno, también tuve otro motivo. Uno más importante.

Me mira con atención.

—¿Ya te quedó clara mi respuesta? ¿Vas a dejar de darle vueltas a este… asunto? —pregunto con cautela.

Necesito que me diga que sí.

—Digamos que ya valiste —responde—, porque esto de tener novia ya me está gustando. Así que no va a ser nada fácil deshacerte de mí.

—Mmm. Estoy completamente de acuerdo con la idea —contesto, acercándome nuevamente a él.

—Me da gusto saberlo, pero antes de cualquier cosa no he terminado. Aún queda un tema pendiente y necesito que quede claro.

Hace una pausa y me observa, frunciendo el ceño, como si estuviera batallando para ordenar sus ideas.

—Zaira —afirma, sin decir nada más.

Me sigue observando detenidamente, esperando mi reacción.

—Okey. Es verdad. Necesito que me expliques qué onda con ella porque no he dejado de percibir señales encontradas al respecto y estoy segura de que ahí hay más de lo que hasta ahora me has dicho.

Estoy lista para saberlo todo, por incómodo que resulte.

—Es algo complicado, pero a la vez muy simple. A Zaira la conocí hace algunos años en el consultorio del psiquiatra que atiende a mi mamá.

Ay, en la madre.

Esa sí que no me la esperaba.

Mis ojos de plato delatan mi asombro porque Joseán sonríe ante mi reacción.

—Sí, ya sé. Está medio de la chingada. Pero cuando mi mamá empezó a ir una vez por semana a la clínica, el que la acompañaba era yo. Mi papá nunca se ha dignado a ir y me costaba un huevo convencer a mi mamá de que tenía que estar ahí religiosamente cada jueves. La clínica es de esas que tienen de todo. Además de psiquiatras, hay psicólogos, terapeutas y todo el numerito. Le hacía bien porque la supervisaban de manera integral y cada semana tenía alguien con quien hablar, pero… en fin.

Suspira.

—Me quedaba aburrido esperando. Trataba de leer, jugar en el celular o de ocuparme en algo porque, de lo contrario, el ocio ayudaba a que pensara de más. A tal grado que a veces me sentí tentado a entrar yo también a terapia de la cantidad de pendejadas que pasaban por mi mente. Total, uno de esos monótonos días Zaira estaba ahí, igual que yo, esperando a su papá, y nos pusimos a platicar. Casualmente varias semanas coincidimos en horario y nos hicimos amigos. Fue algo positivo porque encontré a alguien que entendía por lo que estaba pasando. Era un alivio no tener que ocultar las broncas de mi familia, aunque fuera por un rato. Desde entonces mi papá fue tajante con eso de no divulgar nada, y era frustrante.

Ahora entiendo un poco más.

Y me siento ligeramente mal porque me da coraje saber que el lazo que lo une a ella es más profundo de lo que pensé.

Joseán continúa y decido recargarme nuevamente en la cabecera de la cama, mientras él se sienta frente a mí, cómodo.

—El caso es que a partir de ahí empezamos a vernos en otros lugares. A veces íbamos a comer y la madre. Cuando entré a la universidad ella decidió ir a la misma y hasta ahí todo era normal, una simple amistad. Durante el segundo semestre de la carrera su papá se suicidó. Un buen día cayó en crisis, dejó de tomar el medicamento y… fue espantoso.

Se le endurece la voz.

—Estuve con ella, la apoyé y traté de ayudarla lo más que pude, aun cuando todo eso me provocó pánico y muchísima ansiedad. El solo hecho de imaginarme pasando por lo mismo, de ver a mi hermana sufrir de esa manera, estaba muy cabrón. Zaira no lo tomó bien. Dejó de ir a clases un tiempo, se deprimió, se cerró. Su mamá no sabía qué hacer. En más de una ocasión me dijo que le daba miedo que su hija tuviera la misma problemática médica que su papá, pero no era eso. Lo de Zaira se volvió más bien angustia mal encausada, o algo por el estilo.

Hace una pausa.

—Ella me decía que lo único que la mantenía más o menos estable era estar conmigo. Yo no sé si era cierto, pero en ese momento me lo creí. Me convertí en su escape, en un ancla, y al mismo tiempo yo también empecé a verla de esa manera. Ambos nos dimos cuenta de que usábamos el sexo como una forma de lidiar con la realidad. Meses después entendí que era una pendejada porque ella me estaba usando y yo también la estaba usando a ella.

Sé que estoy boquiabierta.

Joseán me observa y respira profundo. Se acerca un poco para acomodar un mechón de cabello detrás de mi oreja. Un gesto para reconfortarme, quiero suponer.

Nunca me imaginé semejante historia. Hasta cierto punto siento pena por Zaira. Lo que le pasó es muy triste y debió ser durísimo soportar algo así. Cada quien tiene su forma de lidiar con los problemas y, sea cual fuere la razón, por lo menos tuvo a alguien en quien apoyarse.

Joseán aprovecha la pausa para sentarse a mi lado, también recargado en la cabecera.

Supongo que quiere continuar, pero no voltea a verme.

Toma aire y noto que le cuesta trabajo seguir.

—Cuando hablé con ella y le pedí que dejáramos de vernos así, se puso histérica. Nunca la había visto de esa manera y decidí hablar con su mamá. Zaira lleva ya un buen rato en terapia y le ha servido. Sus problemas son personales y bastante complicados. Algunas cosas me las ha contado, otras sé que no. A la fecha no es la misma de antes.

Suspira.

—Ella nunca fue mi novia. Nada exclusivo, ni serio. Yo salía con otras y ella lo sabía. No me daba cuenta de que eso la afectaba porque siempre creyó que teníamos algo más que amistad y… a mí me valió madres. Después de mi accidente todo cambió. Le bajé considerablemente al desmadre y ella, ya con la terapia más avanzada, empezó a agarrar la onda. Seguimos siendo amigos y… ocasionalmente nos dejamos llevar, pero la última vez fue hace casi seis meses. Antes de conocerte.

—No siempre fui cuidadoso con la gente, Nat. Y no lo digo para que me perdones nada. Lo digo porque es verdad y se que la puedo cagar y gacho.

Concluye y el silencio se instala entre nosotros.

Oh, cielos.

Esto sí es algo incómodo.

Por un lado, me da gusto que me cuente todo. Si vamos a empezar una relación seria, es mejor no tener nada escondido en el baúl. Pero no dejo de sentirme perturbada con semejante información. Yo no soy nadie para juzgarlos, pero es indiscutible que, aunque lo niegue, tuerto o derecho, Zaira ha sido una especie de pareja durante varios años.

Lo que han vivido y compartido va mucho más allá de algo casual y es lógico que ella se sienta posesiva.

Lo que no entiendo es cómo Joseán aguanta su actitud. La chava se comporta como niña mimada, es grosera y déspota.

Nada que ver con él.