1 3 . La calma
Mi cerebro intenta procesar los detalles que rodean la forma en que estoy despertando. El dolor de cabeza que tengo es indescriptible y mi boca ruega por encontrar un cepillo de dientes lo antes posible. Muero de sed, al grado de sentir que caminé toda la noche por el desierto.
Es obvio que amanecí lo que le sigue de cruda.
Y me detesto porque es mi culpa.
Mi grandísima culpa.
Estoy tan concentrada en lo mal que me siento que que no me había dado cuenta de que no estoy en el cuarto que comparto con Denisse. De hecho, estoy completamente atrapada —por no decir enredada— en los brazos de Joseán, en su recámara, en su cama.
Horrorizada, me doy cuenta de que ni siquiera tengo puesto el vestido. Estoy en ropa interior.
¡Ay, por el amor de Dios!
¿Qué hice?
Como un tsunami, me llegan imágenes de la noche anterior: las canciones, los shots, la pelea, Denisse…
¡Ay, no! Denisse.
¿Habrá llegado ya? ¿Se dio cuenta su hermano de que no estaba? No tengo la menor idea porque ni siquiera me acuerdo bien de cómo llegué aquí.
En serio me doy de topes por tonta. Sé que no debo tomar alcohol porque las consecuencias siempre son las mismas: me quedo dormida y no me acuerdo de lo que pasa después.
Y eso, además de vergonzoso, es peligrosísimo.
Joseán está dormido y puedo sentir el vaivén de su respiración tranquila en mi cuello. Me muevo despacio para voltearme hacia él, lo cual me cuesta trabajo por el enredo en el que estamos, pero vale la pena con tal de observarlo así, en paz.
Su cabello oscuro e indomable le cubre parte de la cara. Con mis dedos lo hago a un lado suavemente para abrirme paso y poder trazar su perfil: cejas, nariz, labios, barbilla, cuello.
Intento memorizar cada detalle.
Titubeo un poco antes de continuar hacia su hombro, y llego hasta ahí porque Joseán se mueve gruñendo. Sin abrir los ojos, me aprieta más contra él, pegándose por completo a mi cadera.
No sé si reírme, sentirme halagada o salir disparada de la cama al sentir el descaradísimo saludo mañanero que acompaña dicho movimiento.
Esta situación es completamente nueva para mí.
No dejo de sentirme un poco culpable porque apenas llevo casi tres meses fuera de casa de mis papás y aquí estoy, en una cama ajena, con un hombre hermoso que aún no sé si de verdad es mi novio o no.
—Deja de hacer eso porque no respondo —irrumpe su voz somnolienta en mis pensamientos, con una advertencia bastante prometedora.
Sin mayor preámbulo se mueve para quedar sobre mí, colocando una de sus piernas entre las mías, cuidando no tocar mi cadera con la suya. Se sostiene con una mano a cada lado de mi cara, los brazos tensos por el esfuerzo. Su cabello cae como un velo de seda negro, cosquilleándome el rostro mientras se acerca.
Me ve fijamente.
Ay, si me da un beso me muero.
No quiero ni imaginar el aliento que me cargo.
—Buenos días, Nat —susurra en mi oído.
—Buenos días —contesto con la voz entrecortada, porque de nuevo me consume su intensidad.
Siento cómo traza un caminito de besos desde mi hombro, pasando por mi cuello, hasta llegar al lóbulo de mi oreja, donde tengo que contener la reacción inmediata que provoca la pequeñísima mordida que acaba de darme.
Escucho una risita malévola porque, obvio, ya se dio cuenta de que me tiene al borde de un sonido vergonzoso. Regresa a su posición original con la firme intención de terminar esa amenaza de besos mañaneros en mis labios, así que, antes de cualquier cosa, con firme resolución lo detengo del pecho con una mano, coloco la otra sobre mi boca y lo miro con súplica dadas las circunstancias.
Me responde con una amplia sonrisa, claramente divertido con mi vergüenza.
—¿Cómo te sientes? —pregunta sin dejar de reír.
—Fatal. Crudísima. Me duele la cabeza y… necesito ir al baño, lavarme, pero mis cosas están en el otro cuarto —contesto tímidamente, sin quitar la mano de mi boca.
Se sigue riendo, como de costumbre, divertido con el ridículo que estoy haciendo.
—No te preocupes por eso. Entra al baño y tómate tu tiempo. En el botiquín detrás del espejo hay cepillos nuevos. Toma lo que necesites y mientras yo salgo a hacer lo mismo. También te traigo algo para la cruda, ¿va?
Le indico que si y él se inclina para darme un beso sobre la mano que cubre mi boca. Sonríe de nuevo y, con toda la gracia del mundo, se levanta.
Siento cómo su calor se aleja de mi cuerpo y la sensación no me agrada.
Lo quiero cerca otra vez.
Al verlo alejarse de la cama en dirección al montón de ropa en el suelo, me muerdo la lengua para contener un gimoteo de apreciación al verlo usando solo bóxers.
Muy quitado de la pena, como si no fuera la primera vez que compartimos un momento tan íntimo como despertar juntos prácticamente sin ropa, se agacha y se pone unos shorts largos negros mientras yo me tapo la cara con la almohada.
Finalmente alcanzo a escucharlo soltar una risita que se enmudece cuando cierra la puerta.
De prisa corroboro que estoy sola y brinco como resorte de la cama. En el suelo, revuelta entre la ropa, encuentro una camiseta gris de Joseán y la uso para cubrirme. Me llevo la suave y desgastada tela a la nariz, y mi cuerpo responde de inmediato.
No es posible.
Insisto: tengo problemas.
Hasta su olor me pone mal.
Sermoneandome entre dientes por pensar con las hormonas, entro al baño y cierro la puerta con seguro.
Dientes, cara lavada y demás necesidades cubiertas, salgo del baño para encontrar al objeto de mi avidez sentado tranquilamente en la orilla de la cama. Al verme sonríe y me recorre de pies a cabeza con los ojos. Se muerde ligeramente el labio inferior, levanta una ceja y extiende la mano.
—Ese vejestorio se te ve mucho mejor a ti que a mí —dice, refiriéndose a su camiseta.
Me retraigo un poco, pero sonrío en respuesta. Sé que me sonrojo porque verlo así, feliz, quitado de la pena y tan tranquilo conmigo es surreal.
Y me encanta.
Me siento a su lado y Joseán toma mi mano para darme algo. Son un par de pastillas para el dolor que recibo con mucho agradecimiento.
—Te van a ayudar un poco con la cruda. Y al rato que desayunes ya te vas a sentir como nueva —me dice, pasándome un vaso de agua.
—Sí, gracias.
Me tomo las pastillas y, antes de cualquier cosa, cruda o no, necesito hablar con él.
La curiosidad me está matando. Me urge saber qué onda con todo lo que pasó en las últimas veinticuatro horas. Así que, sin mayor preámbulo, decido empezar, con todo y nervios.
—Joseán, ¿qué pasó ayer? Digo, aparte de mi obvia reacción al alcohol porque seguramente me quedé dormida y quiero suponer que me tuviste que cargar de nuevo. No entiendo cómo ni por qué me trajiste aquí y no a mi cuarto. Si me acuerdo bastante de lo que dijiste y de lo que me confirmaste, pero me confundes porque aún no sé qué pasa. O bueno, sí sé qué pasa, pero no termino de asimilarlo. Y no me has explicado qué onda con Zaira, y…
Claro que no puedo seguir con la conversación porque aparentemente esta mañana lo único que provoco es risa.
Literal, Joseán se está riendo de mí y no le veo lo gracioso a lo que estoy intentando —por supuesto fallando olímpicamente— decirle con toda seriedad.
—¡No te burles! Es en serio. Necesitamos hablar y así no puedo concentrarme —reprocho.
—No me estoy burlando. Es solo una reacción al verte tan agobiada porque otra vez no tienes idea de lo que hiciste. Y eso me da una gran ventaja. Es más, creo que puedo torturarte con la duda y sería muy cagado.
—¡Ni se te ocurra!
—Okey, okey. Tranquila. Te voy a decir, pero quiero que me escuches porque hay varias cosas que necesito explicarte, ¿sale?
—Okey.
Me muevo para recargarme en la cabecera de la cama y estar cómoda, porque viene otro monólogo muy a su estilo. De eso estoy segura y debo aprovecharlo.
—Anoche, después de que salimos del estacionamiento, te quedaste dormida. Por más que quise despertarte cuando llegamos, no pude. Así que te cargué del coche al elevador. Ahí medio abriste los ojos, me pediste que te bajara y te paraste, pero tuve que sostenerte porque estabas de pie casi dormida. Entramos al depa y solita caminaste directo para acá en lugar de irte a tu cuarto. —Ay Dios que pena.
Hace una pausa y se nota que lo que viene es recuerdo que le causa gracia.
—Me pediste que te ayudara a quitarte el vestido. “Ya no lo aguanto” me dijiste toda adormilada y pues yo con mucho gusto hice con una cantidad admirable de autocontrol. Fin de la historia, te echaste un clavado a la cama y te quedaste dormida.
¡Ay, no manches!
Qué vergüenza.
No lo puedo creer.
Mi cara de mortificación debe ser un indicador porque Joseán hace una pausa para tomarme de la mano.
—No te preocupes. La neta me divertí mucho al ver cómo perdiste toda la elocuencia. Pero te juro por mi vida que inmediatamente te tapé y que no pasó nada más. Me quedé dormido poco tiempo después porque quise hacerlo aquí contigo.
Me da un ligero apretón.
Sonríe y respondo de la misma manera, y dejo de verlo de inmediato porque no deja de darme pena.
—De lo demás… Charlie ya me tenía hasta la madre. Le pedí más de una vez que no te molestara y no le importó. Ese cabrón cada vez está peor. Cuando llegamos al antro quería estar contigo, pero te desapareciste antes de que pudiera zafarme de los demás. Te fui a buscar y me volví loco cuando vi lo que te estaba haciendo. Ahí me di cuenta de que ya no podía seguir engañándome.
Hace una pausa para sonreír con una expresión de complicidad.
Me mantengo en silencio, sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Desde que te conocí, no ha pasado un día sin que estés en mi mente. Me la he pasado buscando pretextos para verte: las visitas a la abuela, los cafés… yo casi no tomaba café y ahora ya se me hizo costumbre.
Se ríe bajito, como si eso le diera pena