Detrás de un sueño 12. Es mi novia #2
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12. Es mi novia #2

No sé qué contestar. Así que hago lo único que puedo hacer sin desmoronarme: camino hacia la mesa para recuperar mi bolsa, en silencio. Bueno, silencio relativo, porque la música sigue retumbando en todo el lugar y la gente a nuestro alrededor finge no haberse enterado de nada, aunque sé perfecto que más de uno sigue viendo de reojo.

Joseán camina junto a mí, muy cerca, como si quisiera usar su cuerpo de barrera entre el resto del antro y yo.

No me toca.

Después de que le dije que no me jalara, no lo ha vuelto a hacer.

Y, aun así, su tensión se siente como una corriente eléctrica en el aire.

Recojo mi bolsa de la mesa sin mirar a nadie. Sergio está hablando con el mesero, Charlie desapareció hacia los baños con la nariz ensangrentada y Zaira nos observa desde el sillón con una expresión imposible de leer.

Bueno, no imposible: odio. Eso es odio.

No hay señal de los demás, probablemente estén bailando o fumando en la terraza.

Joseán ni siquiera se fija en Zaira.

—Vámonos —dice, más bajo esta vez.

—No soy una niña chiquita para que me estés dando órdenes —respondo, aún con la sangre hirviendo.

Se detiene y me mira. Sus ojos siguen oscuros, cargados de rabia, pero su voz sale controlada.

—No estoy tratando de darte órdenes, Natalia. Estoy tratando de no regresar y romperle la cara otra vez.

Eso me calla durante dos segundos.

Solo dos.

—Pues respira o cuenta hasta diez o haz lo que tengas que hacer, pero no me hables como si yo hubiera causado esto.

Su mandíbula se tensa.

Pasa una mano por su cabello y mira hacia otro lado, intentando contenerse.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí, lo sé —repite, ahora mirándome de frente—. Y perdón. No estoy enojado contigo.

—Pues no parece.

Sus ojos bajan a mi boca y vuelven a subir.

—Porque sí estoy enojado. Pero no contigo.

El aire entre los dos cambia de golpe. Seguimos en medio del antro, rodeados de ruido, luces y desconocidos, pero por un segundo todo parece detenerse.

—Dijiste que era tu novia —lo repito, antes de poder arrepentirme.

Joseán se queda quieto.

—Sí.

—No soy tu novia solo porque lo gritaste.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo dijiste?

Tarda un instante en contestar.

Parece medir cada palabra, como si supiera que si responde mal voy a salir corriendo, y quizá tenga razón.

—Porque fue lo primero que me salió. Porque cuando lo vi tocándote de esa forma, perdí los estribos. Porque llevo semanas diciéndome que somos amigos y anoche te dije un montón de cosas para alejarte, pero la realidad es que no puedo verte con alguien más sin sentir que me parte algo por dentro.

Trago saliva.

No esperaba eso.

No así.

—Eso no contesta mi pregunta —digo, aunque mi voz sale menos firme de lo que quisiera.

Joseán se acerca dando un paso.

No invade mi espacio, pero queda muy cerca.

—Lo dije porque quiero que lo seas.

Ahí está.

La frase cae entre nosotros como un golpe.

Me quedo sin aire.

Quiero decir algo inteligente, digno, algo que suene a mujer madura que tiene todo bajo control. Pero tengo alcohol en la sangre, una mezcla absurda de enojo y emoción en el pecho, y el recuerdo de su boca sigue demasiado vivo en la piel.

—Estás demente José Angel—es lo único que se me ocurre.

Se rie apenas.

—Tal vez.

—Y Muy intenso.

—Te lo advertí.

—Y arrogante.

—También.

—Y posesivo.

Se pone serio y contemplativo.

—Estoy intentando no serlo contigo.

Eso me desarma más que cualquier declaración perfecta.

Bajo la mirada. Aprieto la correa de mi bolsa entre los dedos.

No sé qué hacer con todo esto.

No sé qué hacer con él.

—Vámonos —digo al fin—. Pero no porque me estés sacando. Me voy porque quiero.

Joseán asiente.

—Como tú digas.

—Y no me vuelvas a hablar como si fueras mi papá.

—Sí, señora.

Lo miro mal.

—No te pases.

Levanta las manos en señal de paz, pero la comisura de su boca se curva leve. Me molesta que me den ganas de reírme. Me molesta más que, incluso después de todo, quiera estar cerca de él.

Salimos del antro.

Al abrirse la puerta, el calor húmedo de la madrugada es como una bofetada. La brisa del mar ayuda un poco a disipar lo sofocante del ambiente, pero no lo suficiente para enfriar lo que traigo por dentro.

Caminamos hacia la camioneta sin hablar.

El estacionamiento está medio vacío, iluminado por lámparas amarillentas que hacen que todo se vea más dramático de lo necesario. Joseán abre los seguros con el control y se detiene junto a la puerta del copiloto.

No la abre de inmediato.

Se recarga contra la camioneta y me mira.

—Dilo de nuevo —pide.

Frunzo el ceño.

—¿Qué cosa?

—Mi nombre.

No sonríe. No está jugando. Su voz sale baja, casi vulnerable.

Me acuerdo de la forma en que lo dije hace unos minutos.

José Ángel.

Completo.

Como si al decirlo así hubiera tocado una parte de él que casi nadie toca.

—José Ángel —murmuro.

Cierra los ojos un segundo, como si ese simple sonido le pegara en algún lugar.

Cuando los abre, la distancia entre nosotros se siente peligrosamente corta.

—Otra vez.

—No abuses.

Ahora sí tuerce la boca, apenas.

—Por favor.

Ay, no.

Eso sí es jugar sucio.

—José Ángel —repito, más bajo.

Da un paso hacia mí.

No me toca aún.

Solo se acerca lo suficiente para que mi respiración empiece a traicionarme.

—Así sí me puedes decir lo que quieras —murmura.

—No empieces.

—Ya empecé desde hace rato, Nat.

No sé si soy yo quien se mueve primero o si es él. Solo sé que, de pronto, sus manos están en mi cintura y las mías en su pecho.

No me está sujetando.

No me está obligando.

Me está esperando.

Y eso lo vuelve peor.

Porque entonces soy yo quien cierra los dedos en la tela de su camisa y lo atrae hacia mí.

Sus labios encuentran los míos en un beso que despierta todos mis sentidos. No es como el de la alberca. Este tiene algo distinto.

Menos accidente.

Más decisión.

Sus manos suben a mi espalda y las mías se enredan en su cabello. Si ya estaba embriagada, ahora estoy peor, porque toda la coherencia se escapa de mi cabeza y lo único que queda es su boca, su respiración, la forma en que me besa con tanta determinación.

Sin dejar de besarme, me acerca a la camioneta hasta que mi espalda toca la puerta. Sus dedos se aferran a mi cintura y yo intento encontrar dentro de mí la fuerza para detener esto antes de que suba de intensidad. Otra vez estamos en un lugar público. Otra vez estoy a punto de olvidarlo todo.

Trato de separar mi cuerpo un poco del suyo.

Él lo entiende de inmediato.

El beso cesa poco a poco. Joseán descansa la frente contra la mía, con los ojos cerrados y la respiración agitada.

—No te entiendo —digo sin separarme.

Abre los ojos.

Su mirada es intensa, expresiva, cercana.

—Ayer fuiste muy firme al decir que no me convienes. Luego Zaira no se te despegó en todo el día y, encima, te madreas a Charlie, que muy merecido se lo tenía, pero lo justificas diciendo a los cuatro vientos que soy tu novia… De plano ya me perdí.

Hablo más rápido de lo normal.

Joseán pone un poco de distancia entre nosotros, pero sigue dejándome entre su cuerpo y la camioneta. No como una prisión. Más bien como si no supiera alejarse del todo.

Se queda pensativo, buscando la mejor forma de responder.

—Tenías razón —dice al fin.

—¿Sobre qué?

Sonríe, pero su sonrisa no es burlona.

—Tú y yo no podemos ser amigos. No cuando estás en mi mente todo el tiempo. No cuando cierro los ojos y lo único que veo es tu cara. Y menos aun cuando pierdo la razón al verte con alguien más, porque mi lado egoísta no me deja compartir lo que siento mío.

Me mira fijo.

—Y tú… definitivamente eres mía.

—No como una posesión —dice, al leer mi cara—. No así. Me refiero a que ya estás aquí. En mí. Y no sé cómo sacarte.

Ay, Dios.

Ahora entiendo a qué se refería cuando me advirtió que era intenso. Escucharlo decir eso me puede vencer por completo y, al mismo tiempo, quisiera que me explicara qué significa. Es obvio que existe química. La atracción física es indiscutible. Pero para mí no es suficiente. No tengo idea si es amor o no, pero sé que lo quiero y no estoy dispuesta a ser una más del montón.

Cada vez que estamos juntos es un reto contener la necesidad absurda de tocarlo, besarlo, hacer cosas que hasta cierto punto me aterran.

Y no sé si estoy lista para algo así.

No sin antes tener la seguridad de que él siente lo mismo por mí.

Estoy segura de que mi expresión delata la batalla interna que me envuelve. Joseán da un paso hacia atrás, separándonos.

Saca las llaves del coche de su bolsillo y abre los seguros con el botón. Luego extiende la mano para que la tome.

—Vámonos. En el depa podemos hablar más tranquilos, ¿va?

Acepto dando gracias a los dioses del universo porque, entre la brisa, el alcohol y la besuqueada que me acaba de acomodar, estoy completamente mareada.