Detrás de un sueño 12. Es mi novia
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12. Es mi novia

En el antro me siento cual perro sin dueño gracias a la ausencia de Denisse. Nos acomodaron en un área grande con sillones y varias mesas. Todos están en su rollo, platicando y tomando. Zaira, como de costumbre, acapara a Joseán y no me interesa estar viéndolos, así que decido perderme un rato en la inmensidad del lugar.

Estoy muy sorprendida porque la verdad el antro está padrísimo. El aire acondicionado no alcanza a ganarle al calor de tantos cuerpos y la pista de baile da a un ventanal enorme con vista al mar. Se pueden ver las luces de la ciudad en todo su esplendor y la forma en que se reflejan en la bahía es hermosa.

Observar la vista me produce una sensación de anhelo porque es romántica y preferiría mil veces estar aquí parada, sobria y con compañía, en lugar de sola, jarra y expuesta.

No quiero regresar a la mesa todavía. Ya no quiero tomar, aunque tengo bastante sed. Tengo los sentidos en alerta. La música está a un nivel ensordecedor, pero debo admitir que la selección es muy buena: nada de basura comercial, sino todo lo contrario.

Decido pasar a la barra por una botella de agua. Me atienden muy rápido, seguramente gracias al escote de mi vestido. Por la forma en que el barman me guiña el ojo al entregármela, no lo dudo.

Con la confianza y el humor un poco más recargados, me muevo a la pista para bailar un rato. No me importa bailar sola. No me importa si me veo ridícula o parezco de ofrecida. Total, si algún galán decide acercarse, ya decidiré si le hago caso o no.

Bailo moviendo el cuerpo de un lado a otro, con los ojos cerrados para mantener el equilibrio y disfrutar la música imaginando que no hay nadie a mi alrededor.

El calor es sofocante.

Gotas de sudor me escurren por la frente, aunque las máquinas de vapor avientan brisa fresca constantemente sobre la pista.

Se me pone la piel chinita cuando siento una mano rodearme la cintura con demasiada confianza.

La presión me obliga a acercarme de forma íntima a la persona que está detrás de mí.

Es un hombre, claro está. Lo sé de inmediato por la forma en que su cuerpo se pega al mío.

Y también sé que no es Joseán.

No por la altura. No por el olor. No por nada.

Trato de zafarme para voltear y decirle exactamente lo que opino de su atrevido y no requerido acercamiento, pero no me deja. Me aprieta más fuerte, un poco brusco, y se mueve detrás de mí como si estuviéramos bailando juntos.

Como si yo hubiera aceptado.

Volteo y me percato que es Charlie.

El imbécil de Charlie.

Me sonríe de esa forma sugerente que tanto me revuelve el estómago. Sus ojos cristalinos delatan el estado en el que está, aunque no sé si es solo alcohol o algo más. Se agacha un poco para hablarme cerca del oído y puedo sentir su aliento.

Retengo el mío porque no quiero ni siquiera que se mezclen.

—¿Ahora sí me vas a hacer caso, guapa? —pregunta mientras me aprieta contra él.

No contesto.

Solo intento moverme para separarme.

No entiendo por qué siempre que voy a un antro tengo que quitarme de encima a borrachos con la mano asquerosamente larga.

No entiendo por qué algunos hombres creen que tienen derecho a tocarte, acercarse así, invadir tu espacio como si tu silencio fuera permiso.

Charlie se merece más que una patada. Se supone que es amigo de Joseán.

Se supone que me conoce.

Se supone que debería entender la palabra “no” aunque ni siquiera haya tenido que decirla.

Logro zafarme un poco, pero lo único que consigo es que me voltee hacia él. Ahora quedo de frente, y Charlie aprovecha para sujetarme de las muñecas.

Me tiene muy cerca, demasiado encerrada, y ni siquiera puedo mover bien las piernas porque se acomoda de tal forma que quedo prácticamente atrapada contra su muslo.

Charlie no es alto, pero está fuerte. Muy fornido.

Y yo estoy en desventaja.

El contacto es privado, súper incómodo. Cualquier persona que nos vea de lejos seguramente piensa que somos una pareja más bailando de forma sugestiva gracias al alcohol.

—No entiendo por qué te resistes —me dice al oído—. Es obvio que lo quieres. Y tu querido amigo está ocupado con otra, pero para eso estoy yo.

Para que te sientas bien.

Antes de que pueda reaccionar, baja la boca a mi cuello.

El asco me sube por la garganta.

—Suéltame, Charlie —digo, primero bajo, después más fuerte—. Suéltame.

Intento empujarlo, pero no me deja.

Siento una mezcla horrible de coraje, miedo y vergüenza.

No porque haya hecho algo malo, sino porque odio estar en esta posición.

Odio tener que pelear por un espacio que era mío desde el principio.

—Ya, suéltame —repito, esta vez casi gritando.

Algunas personas cercanas voltean.

No me importa.

Si tengo que causar un alboroto, lo voy a causar.

De pronto, Charlie me suelta.

Todo pasa súper rápido.

Casi pierdo el equilibrio y tengo que respirar hondo para enfocar la vista.

Cuando logro ubicarme, veo a Joseán frente a Charlie, sujetándolo de la camisa con una furia que nunca le había visto.

No dice absolutamente nada.

Solo le conecta un puñetazo en la cara con tanta fuerza que Charlie cae sentado al suelo.

Las personas alrededor se hacen a un lado.

La música sigue retumbando, absurda e indiferente, mientras Charlie se lleva las manos a la nariz y ve la sangre que empieza a brotar.

—¡¿Qué te pasa, cabrón?! ¡Me rompiste la nariz! —exclama, lívido de coraje.

—¡Te lo dije, pendejo! —le grita Joseán, señalándolo con el dedo—. ¡Te dije que no te le acercaras!

Charlie se pone de pie con dificultad. Tiene la postura retadora, pero la mirada se le va hacia mí.

Estoy inmóvil, con toda la atención puesta en el espectáculo frente a mí, todavía sorprendida por la forma en que Joseán acaba de defenderme.

—¿Años de amistad por una vieja? —le escupe Charlie, empujándolo con ambas manos.

En ese instante quisiera acercarme para darle otro madrazo yo misma.

Joseán vuelve a avanzar hacia él, pero Sergio aparece como por arte de magia y se interpone entre los dos.

—¡Ya, cabrón! —le dice, empujando a Joseán hacia atrás—. ¡Ya estuvo!

—¡Es mi novia, pendejo! —exclama Joseán, fuera de sí—. ¡No te le vuelvas a acercar!

Me quedo boquiabierta.

Se me va el aire. Lo único que siento es el martilleo de la música retumbándome en el cuerpo.

Por mi mente pasan demasiadas emociones al mismo tiempo: gusto, felicidad, coraje, indignación.

¿Esto era lo que tenía que pasar para que finalmente se decidiera?

¿O solo es su ego de macho herido hablando por él?

Sergio les dice algo a ambos. Veo que Joseán cierra los ojos y respira profundo un par de veces, intentando calmarse. Después voltea, sus ojos me buscan y, al conectar con los mios, veo que la irritación en su rostro no ha desaparecido por completo.

Sin dejar de verme, le dice algo a Sergio y empieza a caminar hacia mí.

¿Yo qué demonios hice?

—¿Estás bien? —pregunta.

La boca no me responde para emitir sonido alguno. Le expreso que si con un gesto.

Joseán me toma del brazo, no con fuerza, pero sí con una urgencia que me pone tensa.

—Vámonos —dice.

Empieza a caminar hacia la salida del antro y doy un par de pasos con él, aún aturdida. Salimos de la pista y cruzamos el área de mesas, pero entonces reacciono.

No sé vale.

No después de lo que acaba de pasar.

No después de Charlie.

No después de todo.

Me detengo en seco y retiro mi brazo.

—No me jales.

Joseán se gira, exasperado, todavía con la respiración alterada.

—Vámonos, Natalia.

—No sé qué te estás creyendo, pero no me vas a sacar de aquí como si yo hubiera hecho algo malo —reclamo, intentando que no me tiemble la voz—. Te agradezco que me hayas quitado a Charlie de encima, pero no me trates como si el problema fuera yo.

Su mirada cambia. La rabia se le desacomoda.

Parecía que hasta ese segundo se dio cuenta de la forma en que estoy temblando.

De que no estoy haciendo drama.

De que estoy asustada, enojada y a punto de llorar.

Se acerca un poco, más despacio, y desliza la mano por mi mejilla.

—Perdón —dice, más bajo—. No era mi intención hacerte sentir así. Pero tenemos que irnos. Ya.

—No voy a ir contigo a ninguna parte. Además, mi bolsa se quedó en la mesa —contesto, levantando la voz y los brazos.

Creo que esto ya califica como berrinche.

—No estoy diciendo que hayas hecho algo mal —dice, conteniéndose—. Pero ya suficiente tenemos con lo de la pista. Nos vamos porque no quiero que sigas aquí con Charlie cerca, porque estás tomada y porque yo tampoco estoy pensando con claridad.

—Pues ese es tu problema, no el mío.

—Sí —admite, apretando la mandíbula—. También es mi problema. Pero necesito saber que estás segura.

La parte racional de mí me dice que debería darme la media vuelta, regresar a la mesa y esperar a poder irme con alguien más. La otra parte, esa que se siente mareada gracias al alcohol, la que cantó en público y viene aguantando demasiadas emociones en una sola noche, entiende que no tengo ganas de seguir ahí.

No con Charlie.

No con Zaira.

No con todos mirando.

—Estás demente —es lo único que se me ocurre decirle.

—Tal vez —responde—. Y la neta me vale madres.

Respira hondo y baja la voz.

—Pero no te voy a tocar si no quieres. No después de lo que acaba de pasar. Dime si vienes conmigo o si prefieres que busque a Denisse, a Ale, a quien tú quieras. Pero aquí, sola, no te quedas.

Eso me desarma más que si me hubiera gritado.

Porque, por primera vez en toda la noche, alguien me está preguntando.

Trago saliva.

Miro hacia la mesa.

Miro hacia la pista.

Miro a Joseán.

—Voy por mi bolsa —digo al fin—. Y después nos vamos.

Joseán asiente.

—Te acompaño.

—No me cargues, no me jales y no me hables como si fueras mi papá.

Una sombra de sonrisa se le asoma en la cara, aunque seguía muy tenso.

—Sí, señora.

—Y no soy tu novia solo porque lo gritaste.

Su sonrisa desaparece.

Nos quedamos viendo un segundo, rodeados de ruido, luces y gente que finge no estar mirando.

—Lo sé —dice al fin, con una seriedad que me atraviesa—. Pero ojalá lo fueras.

Y ahí está.

El golpe.

Más fuerte que cualquier puñetazo.