20 . De vuelta a la realidad #3
Así transcurren los días. Entre mi vida ordinaria y su caos creativo. Opto por darle la mayor cantidad de espacio posible y concentrarme en mis tareas y trabajo.
Denisse decía que Joseán estaba poseído por un demonio con conocimientos básicos de edición y complejo de director europeo. Yo no podía contradecirla. Había momentos en que lo veía pausar una escena, regresar tres segundos, volver a pausarla, cambiar algo mínimo y quedarse mirando como si acabara de mover una montaña. Que si el audio no le convence, que si una escena está muy larga, que si los cortes.
—¿Ya puedo verlo? —le pregunto más de una vez.
—No.
—No manches, qué grosero.
—Cuando esté terminado.
—Eso dijiste hace una semana.
—Y sigue sin estar terminado.
—Yo actué ahí, ¿sabes? Tengo derechos.
—Tienes créditos.
—No es lo mismo.
—Es más elegante.
Quise insistir, pero no sirvió de nada. La verdad es que me moría de curiosidad. Quería saber cómo se veía todo junto. Quería entender qué había hecho con esas tomas que durante el rodaje me parecieron tan extrañas. Quería verme a través de su mirada, aunque también me daba miedo.
Tal vez por eso, cuando finalmente terminó, no insistí de más.
Ya es treinta de enero. El tiempo pasó volando.
Me avisa por mensaje en la tarde, justo cuando estoy saliendo del trabajo.
Joseán: Ya quedó.
Me detengo a media banqueta.
Natalia: ¿El corto?
Joseán: Sí.
Natalia: ¿Ya lo entregaste?
Joseán: Lo estoy subiendo ahorita.
Natalia: ¿Y?
Pasan varios minutos.
Demasiados.
Sigo parada afuera de la cafetería, con la mochila colgada al hombro y el ruido de la ciudad moviéndose alrededor de mí como si nada importante estuviera pasando. Pero para él sí está pasando.
Y para mí también.
Joseán: Listo.
Joseán: Enviado.
Sonrío como idiota.
Natalia: Estoy muy orgullosa de ti.
Esta vez tarda menos en contestar.
Joseán: No lo digas aún. Capaz y lo salas.
Natalia: Qué supersticioso.
Joseán: Cero. Solo respeto el lado oscuro de la fuerza.
Natalia: ¿Entonces ya puedo verlo?
Joseán: No.
Natalia: ¿Cómo qué no?
Joseán: No quiero enseñártelo todavía.
Natalia: ¿Por qué?
Joseán: Porque si lo ves y haces una cara rara, voy a querer editarlo otra vez.
Natalia: Yo no hago caras raras.
Joseán: Natalia.
Okey. Tal vez sí hago caras.
Joseán: Además quiero que lo veas completo, bien, como se debe. No en mi laptop, no con audífonos chafas, no con Nisi interrumpiendo cada tres segundos.
Natalia: ¿Y cuándo sería eso?
Joseán: Si quedamos seleccionados, en la muestra.
Natalia: ¿Y si no?
Joseán: Entonces lo vemos tú y yo. Pero después.
Me quedo mirando la pantalla, con una mezcla de ternura, frustración y nervios.
Natalia: Está bien.
Joseán: Gracias por no pelearte conmigo.
Natalia: No te acostumbres.
Joseán: Jamás.
Joseán: No alcanzo a pasar por ti, pero te caigo en un rato. ¿Está bien?
Natalia: Perfecto.
Guardo el celular en la bolsa y sigo caminando. No lo he visto. No tengo idea de si pasará a la siguiente ronda ni de si los jueces entenderán lo que él quiso contar. Pero ya está hecho. Joseán terminó algo. Algo suyo que durante años permaneció guardado, casi escondido, como si no mereciera existir fuera de su mente.
Y ahora ya está allá afuera.
Enviado.
Irreversible.
Por primera vez en semanas, siento que puedo respirar.
Llego a casa con ganas de verlo, de abrazarlo, de hacerle burla por su superstición ridícula y de decirle en la cara que estoy orgullosa, aunque según él eso pueda salar el resultado. Subo a mi cuarto, dejo la mochila sobre la cama y cuando estoy quitándome los zapatos mi celular empieza a sonar en llamada.
Es Joseán.
Contesto de inmediato.
—¿Ya te arrepentiste y me vas a enseñar el corto? —digo en tono de broma.
Del otro lado no hay risa.
Solo silencio.
Me incorporo despacio.
—¿José Ángel?
Escucho su respiración. Pesada. Rota.
—Nat…
La forma en que dice mi nombre me hiela la sangre.
—¿Qué pasó?
Tarda un segundo en contestar. Pero ese segundo se siente larguísimo.
—Es mi abuela.
El corazón se me va al estómago.
—¿Rosa?
—Está en el hospital.
Me quedo sin aire.
—¿Qué? ¿Qué pasó?
—No sé bien. La encontraron en su casa de Cuernavaca. Se desmayó o… no sé. La trasladaron para acá. Vamos para el hospital ahorita.
Su voz suena contenida, como si estuviera haciendo un esfuerzo brutal por no quebrarse.
—Voy para allá —digo sin pensarlo.
—No, Nat. No tienes que…
—Voy para allá —repito.
Esta vez no discute.
—Te mando la ubicación.
Cuelgo con las manos temblando.
Durante unos segundos me quedo inmóvil en medio de mi cuarto, mirando mis zapatos tirados en el piso, la mochila abierta, los apuntes asomándose por un lado. Hace apenas unos minutos, el mundo giraba alrededor de un corto, un concurso y la emoción de algo que empezaba.
Ahora todo eso parece lejano.
Pequeño.
Irrelevante.
Tomo mi chamarra, la bolsa y el celular.
Bajo corriendo las escaleras.
Y mientras salgo de la casa, con el corazón golpeándome el pecho, solo puedo pensar en la sonrisa cansada de Rosa, en sus viajes cada vez más frecuentes a Cuernavaca y en esa sensación horrible de que todos habíamos visto las señales muy tarde.