Detrás de un sueño 11 . Imparable #3
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11 . Imparable #3

—Nunca me peló —continuó—. Siempre me ha visto como la hermanita de su amigo. Por supuesto que nos llevamos bien y a veces me molestaba, ya sabes, como si también fuera su hermana. Pero yo nunca lo he visto así. Cuando Josa salió de prepa dejaron de verse tan seguido porque estaban en diferentes universidades y así. ¿Sabes? Cuando llegó aquí y lo vi de nuevo después de casi un año, decidí que era el momento porque ya soy mayor de edad. Que por ningún motivo iba a dejar escapar la oportunidad de intentar algo con él, aunque fuera algo pasajero.

Se quedó callada un segundo.

—Así que hace rato le dije la neta. Le dije que quiero que mi primera vez sea con él.

Con semejante bomba terminó su explicación.

Me quedé con la boca abierta, sin saber qué decir.

—¡Estás loca! ¿Así como si nada le pediste eso? Y, además, el muy… el muy cínico, ¿aceptó?

—Nati, porfa, no me juzgues —suplicó, tomando mis manos—. Créeme que no fue así. De hecho, me costó trabajo convencerlo. Me dijo lo mismo que tú: que estoy loca. Pero sé que es mi oportunidad. Se va a ir un tiempo de México y no puedo imaginarme con nadie más. Quiero que sea él. No otro wey que venga después, porque me da miedo que nadie me haga sentir igual. Yo sé que tengo tiempo y que muy probablemente encuentre a alguien, pero no tienes idea de lo que siento. Mi corazón, mi mente y mi cuerpo me dicen que tiene que ser él.

La vi tragar saliva.

—Al final me entendió y aceptó. Pero si se entera Josa, nos va a matar a los dos. Solo te pido que me apoyes. Es mi decisión y ya está tomada. Sé que te voy a necesitar, pero no quiero sermones.

Finalmente acepté y le dije que, al final, era su decisión.

Pero también le pedí que lo pensara bien, no porque quisiera darle un sermón, sino porque hay decisiones que no se pueden deshacer.

La primera vez no tiene que ser perfecta, pero sí debería sentirse segura.

Elegida.

Suya.

El corazón puede ser que lo vayas dejando pieza por pieza hasta encontrar a alguien que lo enmiende y se quede con él para siempre, y eso es lo que realmente importa.

Cada quien es libre de tomar sus propias decisiones y, si eso es lo que quiere, yo no voy a detenerla.

Quién sabe, tal vez algún día Denisse encuentre su final feliz con él.

El tiempo lo dirá.

No dejaré de preocuparme por ella, sobre todo porque, después de esta noche, es muy probable que la primera pieza de su corazón se quede aquí, arrastrada por la corriente del mar.

Solo espero poder apoyarla cuando lo necesite.

Termino de aplicarme el maquillaje, que me queda muy sutil: un poco de polvo traslúcido, rímel, rubor y un tono neutro en los labios.

Ya nos están llamando para irnos.

Tomo mi bolsa de mano y estoy lista para la última bajada de la montaña rusa, que estoy segura será la más empinada.

***

El barecito está bastante acogedor. Es el clásico lugar para el precopeo y, aunque es temprano, está algo lleno.

Ya hay gente haciendo uso del karaoke.

El local no es muy grande y parece más restaurante que bar, con excepción del pequeño escenario redondo justo en medio.

El lugar huele a cerveza, limón, perfume barato y botana frita.

El escenario tiene dos pantallas en ambos extremos, una silla y el micrófono estratégicamente colocados para que todos los asistentes puedan apreciar a los pobres borrachos y a los valientes que se apuntan para cantar.

Nos sentamos en una de las mesas al pie del escenario. Tuvimos que pedir que nos juntaran tres para acomodar a todos los que iban llegando.

Joseán se sentó junto a mí y, curiosamente, Denisse se plantó del otro lado, alejada de Omar, por supuesto, para no levantar sospechas. Claro que puedo me puedo percatar que cada vez que pueden se avientan miradas de complicidad que en más de una ocasión ya lograron sonrojarme.

Estamos platicando de todo y de nada, riendo, disfrutando de los que suben a hacer el ridículo y también apreciando a más de uno que lo hace bastante bien.

Estoy tan entretenida que no me percato de que estoy completamente recargada en Joseán, mientras él deja un brazo sobre el respaldo de mi silla, sin tocarme, pero marcando presencia.

Lo observo y se ve contento, relajado.

Estoy a punto de terminarme el segundo mezcalito cuando la dueña de mis pesadillas decide aparecerse. La proximidad con Joseán me lo anuncia antes que mis ojos: su cuerpo se tensa.

Sergio empezó a preguntar quién quería pasar a cantar y, como nadie se animaba, comenzó a escribir nombres en la lista, mencionando que el primero sería el cumpleañero.

Zaira, que ya está sentada frente a nosotros muy jovial, no deja de observarme.

—Ay, sí. Súper idea. Josa canta lindo —dice con ese tonito falso que tanto me caga.

Esto lo tengo que ver.

—¿En serio cantas? —le pregunto en voz baja, atrayendo la conversación solo para nosotros.

Me mira y me sonrie.

—No canto un carajo. Soy medio entonado, nada más.

—Mmm. Pues tu güerita dice que cantas lindo. Me encantaría verte hacerlo para ver si es cierto.

Natalia la sarcástica, retadora y berrinchuda está apareciendo gracias a los efectos del alcohol.

—Si lo hago, tú también subes.

Ni madres.

Me muero de pena.

Tengo pánico escénico.

Sé que tengo una voz decente, pero usualmente se queda guardada en la regadera o en los confines de mi hogar.

—Yo no canto, olvídalo —contesto un poco más fuerte.

Zaira me escucha y sé perfecto, por la cara que está haciendo, que algo trama.

Precisamente por eso pide la lista.

Pido otro mezcalito porque definitivamente necesito desinhibirme si no quiero hacer el ridículo cuando seguramente me llamen. Joseán me mira consternado, pero no dice nada. Sé que no le está gustando nadita mi ingesta de alcohol y, la neta, me vale madres porque vaya que lo necesito.

Además del pánico que me da pasar al frente, el idiota de Charlie no ha dejado de observarme todo el tiempo y me está incomodando de sobra. Encima me tengo que fletar Zaira, y estar junto a Joseán me tiene el estómago dando vueltas porque las mariposas están bailando al ritmo de la música que se escucha en el bar.

Estoy a la mitad de mi tercer mezcalito y todavía me estoy riendo de la horripilante voz de Roberto, que cantó junto con Ale. Se aventaron “Bohemian Rhapsody”, de Queen, y fue todo un espectáculo verlos intentar alcanzar las notas altas y brincar cuando la canción se puso más intensa.

Se están sentando de nuevo en la mesa cuando escucho que llaman a Joseán.

Todos aplauden y chiflan.

No le queda de otra más que ponerse de pie y pasar al frente.

Volteo a mi alrededor y varias chicas se quedan con la boca abierta al verlo sentarse en el banco, con una pierna estirada y la otra flexionada sobre el descansapie. Las entiendo, porque la vista es más que formidable. Con esos jeans deslavados, el bronceado, el cabello despeinado y la polo roja desfajada, se ve mejor que nunca.

Joseán pide que cambien la canción. La melodía empieza con guitarra y piano. Al segundo acorde la reconozco de inmediato.

“Aléjate de mí”, de Camila. Una elección que no esperaba.

Sorprendentemente, Joseán es algo entonado. No creo que se vaya a ganar un Grammy, pero lo hace bien.

Demasiado bien, quizá, porque no solo canta: interpreta.

La letra me cae como una bofetada. Sé que es para mí. Es su manera de repetir, frente a todos y sin decir mi nombre, la misma postura de siempre: que me aleje, que no me conviene, que él no es quien yo creo.

Y lo peor es que no aparta la mirada de mí.

Ni siquiera necesita seguir la letra en la pantalla.

Se la sabe.

La canta como si la hubiera traído atorada en la garganta desde hace días.

Siento que todo el color se me sube al rostro y que las lágrimas amenazan con escaparse.

Tal vez es el alcohol.

Tal vez es la canción.

Tal vez es él, sentado ahí, pidiéndome con la voz que me vaya cuando sus ojos dicen exactamente lo contrario.

La gente a mi alrededor empieza a desvanecerse.

El local, las risas, los murmullos, Zaira, Charlie, todos.

Lo único que puedo ver y escuchar es a Joseán.

A su voz pidiéndome que me aleje de él.

No entiendo por qué insiste tanto cuando la realidad se siente tan distinta. Cuando es evidente que, aunque se empeñe en negarlo, hay algo entre nosotros. Algo que no tiene con ninguna otra.

Finalmente concluye y logro no llorar.

Por el contrario, lo que empieza a crecer dentro de mí es una mezcla de nostalgia, coraje y desesperación. Me dan ganas de pararme, subir al escenario y plantarle un beso frente a todos, solo para hacerle ver lo equivocado que está.

Al verlo bajar del pequeño escenario, solo sonrío tímidamente y vuelvo a enfocar mi atención en los demás, que lo reciben con burlas y los reglamentarios shots para sobrellevar la humillación.

Aprovecho para empinarme el resto de mi bebida.

Necesito el efecto de insensibilidad que me produce para poder ignorar lo confundida que me siento.

Entre los shots y las distracciones, no me doy cuenta de que Charlie ocupó el lugar de Joseán y ahora está sentado a mi lado.

Lo que me faltaba.

Me dice “salud” levantando su vaso, pidiéndome chocarlo con el mío.

No lo hago. Le muestro con un gesto que mi vaso está vacío.

Charlie sonríe e inmediatamente le hace una seña al mesero para ordenarme otra bebida igual.