11 . Imparable #2
—Omar, Nisi ya no tiene diez años, wey. Y hay más mujeres presentes —acota Joseán, exasperado, mientras se pone de pie con sus platos en la mano—. Parece que tengo que recordarles ese hecho cada cinco minutos. No mamen, pinches maleducados.
Deja los platos en el fregadero y le da las gracias a Lupe por el desayuno. Luego la abraza dándole un beso en la frente. Lupita le responde con una palmadita en la mejilla y le sonríe como una madre a su hijo.
Ese gesto, tan pequeño, se me clavó en el corazón. Las mariposas en mi estómago arman un escándalo.
El hechizo, más fuerte.
Problemas.
Problemas.
Aproveché la mañana para bajar a nadar un rato antes de que los ángeles del cielo decidieran subirle al termostato y me impidieran asolearme sin arder en llamas.
Casualmente, Denisse decidió acompañar a Omar a hacer las compras. Una clara treta para pasar tiempo a solas con él. Me pregunto cuál será la historia ahí. Urge una sentada para echar chisme con mi amiguita.
Joseán y Sergio están muertos en los camastros.
La linda parejita se quedó en el departamento a disque descansar, y la verdad, bien por ellos. Que aprovechen mientras están solitos en el depa.
Charlie bajó a la playa y que Dios me perdone, pero si un tiburón se come alguna parte importante de su anatomía, no derramaría ni una lágrima.
Estoy flotando.
Soy la pluma de un ave que desciende lentamente desde el cielo. Boca arriba, con los brazos extendidos, la sensación incorpórea que provoca estar así en el agua me encanta. Siempre me ha gustado nadar de muertito porque es relajante.
Me deja descansar, perderme por un instante, soñar.
Recuerdo cuando mi papá me enseñó a nadar. Mi tío Agustín tenía alberca en su casa y, en el verano, justo después de cumplir seis años, se ofreció a prestarla para mis clases de los sábados. Aprendí muy rápido porque tener a mi papá guiando cada paso disipó el temor que de más pequeña le tenía al agua.
Dios sabe que agradezco haber crecido en una familia tan bella. La educación y el amor que he recibido no los cambiaría por nada. Tal vez por eso me pega tanto pensar en la familia de Joseán y Denisse: tienen dinero, casas, viajes, todo; pero a veces parecen mucho más solos que yo.
Siento horrible no haber sido del todo honesta con mis papás, omitir detalles del viaje, disfrazar o maquillar la realidad para no preocuparlos y ahorrarme el regaño.
Ya no soy una niña y pronto lo van a tener que asimilar.
Haber salido de casa fue un golpe tremendo para ellos. Soy hija única y obviamente querían que me quedara. No tuve hermanos porque a mi mamá le tuvieron que quitar la matriz justo después de que nací. El plan de vida de mis padres era tener tres hijos y, en su lugar, se quedaron solo conmigo: una niña medio extraña, pero que los ama con todo el corazón.
Mi determinación ganó al final porque creo, quizá de forma necia, que uno tiene que perseguir lo que quiere, aunque dé miedo. La vida ya es bastante complicada como para vivirla conforme a los planes de otros.
Aun así, mentirles —o maquillarles la verdad— me pesa.
El chiste es llegar a tu destino.
Ese que es completamente incierto.
Cuando pienso en la familia de Joseán y Denisse, siento melancolía. Sus padres están juntos, pero a la vez ausentes. Distantes por enfermedad, inestabilidad, compromisos, obligaciones y el demandante trabajo de su padre, que no dudo está lleno de banalidades. La verdad es impresionante darme cuenta de cómo, aun con las vicisitudes, los problemas, la riqueza y el resentimiento, ambos hermanos son personas maravillosas.
Estoy tan hundida en mis pensamientos, disfrutando del silencio que produce el agua en mis oídos, que no me percato de que ya no estoy sola.
Siento un ligero cosquilleo en el estómago.
Una caricia.
Me muevo abruptamente e intento ponerme de pie, pero no puedo.
Seguramente floté hasta la parte más honda de la alberca y aquí no alcanzo.
Joseán está parado frente a mí. El agua le llega al cuello y el sol le brilla sobre los hombros mojados.
¡Me lleva!
Las ventajas de ser alto.
Al verme flotar, sonríe.
—Me asustaste.
—Me desperté y te vi flotando, pero después de diez minutos de ver que no te movías quise verificar que estuvieras viva.
—Pues estoy viva.
—Me encantó el libro. En serio, gracias.
—De nada.
—¿Vas a estar así todo el día? ¿Estás enojada conmigo? —me pregunta, preocupado.
—Por supuesto que no estoy enojada… simplemente me siento algo incómoda —contesto,
Termino de avanzar hacia la orilla para sostenerme. Ya me cansé.
—¿Incómoda?
—Sí. Para mí es complicado y aún estoy tratando de procesar todo lo que me dijiste anoche.
Joseán baja la vista y se queda serio.
—Tenemos que hablarlo… después. Con más calma. Ahora no es el momento.
Cobarde.
A lo lejos escucho risas y gritos.
Ambos volteamos hacia el ruido y veo que se acercan varias personas cargando bolsas de supermercado, hieleras y mochilas.
Llegan los demás invitados y con eso se esfuma mi tranquilidad. Sobre todo, porque, entre las risas y los saludos, alcanzo a ver a una mujer de cabellera rubia observándonos paralizada.
Puedo sentir las dagas que me lanza con los ojos.
Nada más esto me faltaba.
Llega Zaira.
Sin decir una sola palabra, y aprovechando que Joseán se distrajo, me hundo en el agua para bucear hacia las escaleras y salir.
El pronóstico definitivamente indica que el día será muy largo.
***
No reconozco a la mujer que veo en el espejo. Sé que soy yo, pero a la vez es una desconocida.
No estoy viendo a una niña.
No veo a una adolescente.
Veo a una mujer.
Guapetona.
Mi cabello está ondulado por la humedad y, gracias a los baños de sol, se ve más matizado de lo normal. Los diferentes tonos, que van desde castaño claro hasta oscuro, hacen que se vea muy exótico.
Nuevamente traigo puesto un vestidito que me prestó Denisse: negro, sin mangas, más corto y pegado de lo que usualmente tolero. El atuendo se complementa con unas sandalias negras de tacón de aguja que no creo aguantar más de cinco minutos. Menos en un antro.
Mis argumentos en contra de usar semejantes zapatos fueron inútiles, así que opté por meter unas chanclas en mi bolsa.
Mis pobres pies me lo van a agradecer más tarde.
Estamos listas para salir de antro con toda la bola. Decidieron que primero iremos al Canta Bar, un lugar de karaoke y micrófono abierto supuestamente muy trendy. De ahí, más tarde, iremos a otro lugar más grande a bailar, así que el día, de por sí largo, no tiene hora para terminar.
Denisse está sentada en la cama, jugando con el celular. Se ve súper bonita. Se esmeró más de lo normal en arreglarse y ahora que conozco la razón, siento un nudo en el estómago. Una sensación de preocupación por ella que no puedo expresar con palabras.
Entre Denisse y Zaira, mi día fue peor que subirme a una montaña rusa. Tuve una sobrecarga de sentimientos que me dejaron exhausta: temor, desesperación, preocupación, celos, coraje. Todo el numerito.
La rubia no dejó en paz a Joseán ni un minuto. En la alberca le acomodó el pelo con una familiaridad que me dio náusea. En la comida se sentó junto a él como si tuviera reservación permanente.
Y él… él no la quitó.
Traté de pasarlo por alto, de no sentir celos, pero fue totalmente infructuoso.
Mi ardillita no dejó de dar vueltas porque lo que pasó entre nosotros, para mí, fue algo importante.
Pero no tengo idea de si lo fue para él. Quiero creerlo, pero no puedo dejar de dudar.
Sé perfecto que sus intenciones no son explorar una relación conmigo. Me lo dejó muy claro, junto con el hecho de que prefiere sus relaciones sin ataduras.
Pero que me lo diga es una cosa; verlo con mis propios ojos, otra muy distinta.
Aún queda toda la noche y no pretendo aguantar que me restriegue a la tipa en la cara, así que definitivamente esta noche amerita un reencuentro con los Mezcalitos.
La gota que derramó el vaso fue la confesión de mi querida amiga.
Cuando regresó de la tienda con Omar estuvo actuando extraña, nerviosa. Noté que quería decirme algo, pero no se animaba.
Ante mi constante escrutinio y mi enfadosa insistencia, finalmente, cuando se dio el momento de que ambas estuviéramos alejadas de los demás, nos sentamos a platicar.
—Amiga, ya dime qué te traes. Estás rarísima desde que llegaste. ¿Te hizo algo Omar? —le pregunté.
—No, para nada —contestó cortante, muy despreocupada, sin mirarme a los ojos.
Obvio no le creí nadita.
—No te hagas, Denisse. Te conozco y hay algo que no me estás diciendo.
—Está bien, pero prométeme que no te vas a encabronar y me vas a ayudar.
Eso no me gustó nadita, pero no me quedó más remedio que aceptar y escucharla.
—Hoy en la noche, cuando salgamos, me voy a escabullir, no se como aún pero me tienes que hacer el paro con Josa para que no se dé cuenta por si no llego al depa cuando regresen.
—¿Cómo que te vas a escabullir? ¿A dónde te vas a largar y con quién? ¿Con Omar? —la reprendí, porque sabía perfecto por dónde iba el asunto—. Explícame, amiga, porque si quieres que te cubra tengo que saber qué onda con ese wey. Nunca lo habías mencionado.
Denisse respiró profundo.
—Omar es amigo de Josa desde el kínder. Me conoce desde que nací, literal. Cuando crecí y empecé a sentir atracción por los niños, siempre fue él quien ocupó mi mente. Me encanta desde hace años. Toda fantasía que ha pasado por mi mente con un hombre siempre ha sido con él. Amiga, Ken y Barbie siempre fueron Omar y Denisse.
Suspiró para tomar aire y su rostro adoptó esa expresión de perrito enamorado que no pude ignorar.
—Amiga… ¿Acostabas a Barbie y a Ken? —pregunté, sonriendo.
—¡A huevo! ¿Quién no?
Nos carcajeamos hasta que me dolió la panza. Pensaba que yo era la única niña pervertida que hacía eso.
Al calmarnos, la conversación se tornó seria porque necesitaba que me explicara más.
Se lo pedí.