Detrás de un sueño 11 . Imparable
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11 . Imparable

—¡Nat, Nat, ya despiértate, fodonga!

La voz de Denisse es un sonido insistente, pero no puedo abrir los ojos. No quiero saber qué hora es. No me quiero levantar. Quiero seguir durmiendo. Me pesa el cuerpo, pero lo que más me pesa es la cabeza. No por alcohol. Por él.

Alcanzo a escuchar el ruido que se cuela a la recámara: platos, cubiertos, risas, murmullos incesantes. No me queda de otra más que abrir los ojos y enfrentar un nuevo día.

Un cumpleaños.

Un festejo.

No sé cuántas personas vayan a venir hoy, porque los amigos de Joseán se encargaron de invitar a medio mundo a la peda por sus veinticuatro años y, honestamente, me da muchísima hueva.

Después de lo que pasó en la madrugada, no quiero enfrentar la realidad porque sigo sin entender lo que siento.

—Ya me desperté. Ahí voy —contesto con la voz somnolienta.

Me estiro delicioso, cual gatito, y levanto el cuerpo hasta quedar sentada en la cama para no marearme. Me percato de que estoy envuelta en una toalla que milagrosamente no se me cayó mientras dormía.

¿Pues dónde está mi pijama?

Ah, sí.

Secándose en el baño.

—Wey, ¿por qué te dormiste en toalla? No manches.

—No preguntes porque no pienso contestarte. Me bañé en la madrugada, me dio flojera vestirme y me quedé dormida. Fin del comunicado.

—Ajá. Y yo nací ayer.

Mi amiguita, siempre tan suspicaz. No se le va una a la canija.

No contestaré.

Que se quede con la duda.

—Olvídalo, deja de dar lata. ¿Ya desayunaste?

—No. Ale y yo te estamos esperando porque los hombres se despertaron lo que le sigue de crudos y la pobre Lupe está haciendo una tonelada de chilaquiles. Milagrosamente yo no amanecí tan mal. Me tomé un paracetamol y santo remedio.

—Qué bueno, la neta. Yo muero, mato y descalabro por un café. Deja me lavo los dientes y me pongo algo decente para salir.

Me pongo el traje de baño de una vez y encima un vestidito corto de playa negro, sin tirantes, con la parte superior de resorte y corte en A. Completo el intento de dignidad con mis comodísimas sandalias de pata de gallo con piedritas. El cabello me lo amarro desordenado, dejando mechones por todas partes.

Para estar desvelada y un poco ojerosa, me veo bastante bien.

No tengo ganas de salir del cuarto. La verdad es que sigo hecha un desastre porque mi cerebro es un tornado de emociones. Lo único que me queda es tratar de pasarla lo mejor que pueda. Al final, por eso estoy aquí: para festejar.

No pienso amargarme la existencia ni sentirme incómoda por lo que pasó. O bueno, sí me siento incómoda, pero pienso fingir lo contrario con toda la dignidad posible.

La cocina está llena. El olor a café, salsa verde, pan dulce y cuerpos crudos me golpea en el momento que cruzo la puerta. Joseán y Charlie están sentados en la barra esperando su comida. Ambos andan sin camisa y en shorts. Sergio está en la terraza sentado con una taza de café en la mano. Roberto y Ale están en la mesa tomando café, así que ahí me sentaré con Denisse una vez que llene mi taza del néctar mañanero que tanta falta me hace. No hay señales de Omar.

Digo buenos días educadamente y tomo una concha gigante de la panera. Joseán está de brazos cruzados, con cara engreída y llena de orgullo. Noto algo en su mirada, como si quisiera decirme algo.

Como si estuviera a la expectativa. Estoy segura de que espera que lo felicite aquí, frente a todos.

Y por supuesto que lo haré. Decido actuar con normalidad y pretender que tuve un mal sueño.

O más bien, un muy buen sueño.

—Feliz cumple —le digo, mirándolo con una sonrisa sincera, pero sin dejar de caminar hacia la mesa con mi desayuno.

Me da las gracias, observando mi trayecto. Me mira con extrañeza cuando me siento.

—¿Qué? ¿No me vas a dar mi abrazo? —pregunta.

Todos voltean a verme al mismo tiempo.

¡Carajo!

—Claro que sí. Pero al ratito que te dé tu regalo —contesto.

Él arquea una ceja, retador.

Escucho a Sergio y Charlie reírse, y este último le da una palmada en la espalda a Joseán. Por supuesto, la mente llena de cochambre de su amigo escucha la palabra “regalo” y cree que me voy a poner un moño en las nalgas.

—Es más, deja voy por él y te lo doy de una vez, ¿va? —digo, levantándome de la mesa.

Joseán solo asiente, con los ojos clavados en mí.

Ya en la recámara, tomo mi mochila y saco la caja rectangular negra que contiene el regalo. Estoy segura de que le va a gustar porque es algo diferente a lo que está acostumbrado y sé que no lo tiene. Bueno, al menos eso creo.

Regreso a la cocina y de inmediato transpiro incomodidad al notar que la curiosidad tiene a todos pendientes de mí.

Tú y tu gran boca, Natalia. ¿Por qué no te esperaste?

Podría dárselo más al rato, pero dudo tener oportunidad de hacerlo sin audiencia. Más tarde habrá muchos espectadores.

Me acerco a la barra y me coloco a un lado de Joseán. Lo observo de cerca y sonrío ampliamente. Su cabello es una verdadera maraña y se ve lindo. Él se baja de inmediato de la silla alta para recibir la caja.

—Felicidades. Espero que te guste.

Me alzo para darle un abrazo, colocando los brazos alrededor de su torso. Trato de aguantar un poco la respiración para no embriagarme con su olor. La cabeza me da vueltas porque, en cuanto hago contacto con él, las imágenes de lo que pasó hace unas horas cruzan mi mente como un rollo de película.

—Si me lo das tú, seguro me va a gustar, princesa —contesta sin soltarme.

Joseán vuelve a sentarse y coloca la caja sobre la barra. Al abrirla y ver el contenido, sonríe de oreja a oreja.

Se le iluminan los ojos.

Escucharlo decir “gracias” con el gusto que acaba de demostrar me llena de satisfacción, porque me encanta verlo feliz.

Un punto más para Natalia.

Tan ocurrente que soy. Y con eso de que adopté la identidad secreta de consejera vocacional para extraviados de camino profesional, le compré a Joseán ‘Accidental Genius’, de Marshall Fine, sobre la vida y obra de John Cassavetes, padre del cine independiente estadounidense. El libro es bastante inspirador. Más acertada la pedrada no podía ser.

Quiero creer que, paso a paso, puede volver a interesarse en lo que realmente ama. No porque yo lo empuje, sino porque quizá solo necesita recordar que aún existe.

Insisto: tengo serios problemas. Este hombre me tiene hechizada pese a las circunstancias.

—¿Un libro, wey? Qué hueva —exclama Charlie.

—Cállate, cabrón. Que no te guste leer y seas un inculto, la neta no es mi pedo —responde Joseán, molesto.

Pongo los ojos en blanco y me dirijo a la mesa para acabarme el café antes de que se enfríe.

—Oye, wey ¿y por qué te largaste anoche del Class? —le pregunta Charlie.

Esto sí me interesa.

Paro oreja.

—No me latió quedarme. La neta, tomé de más en la tarde y me empezó a pegar la cruda en el antro —explica Joseán sin mayor explicación.

—No mames, cabrón, qué hueva me das. Lo bueno es que me dejaste a la güerita muy triste. Pero yo la consolé en el baño. De la que te perdiste, wey —agrega Charlie, riendo y moviendo las cejas.

Y le da gusto ser premio de consolación.

—¿En serio te la ligaste en el baño, wey? —pregunta Sergio.

—Hey. No mames, ya párenle. No tienen por qué estar oyendo tus porquerías. —reprime Joseán, con tono autoritario.

Nos voltea a ver a Denisse y a mí con cara de resignación. Una disculpa tácita.

—Ay, no chingues. No vaya a ser que profanemos los castos oídos de las niñas —responde Charlie—. Si están aquí con mayoría de weyes, pues que se aguanten.

Joseán está a punto de contestarle. Lo noto molesto.

No me puedo contener.

Charlie me cae tan mal que no entiendo cómo puede ser amigo de Joseán desde hace tantos años. Es un patán de primera y, la neta, no me puedo quedar callada.

—Oye, Charlie —digo con vocecita inocente, apoyando las manos debajo de mi barbilla y abanicando las pestañas— ¿no te preocupa que un día se te caiga la brocha por andar remojándola en cualquier bote de pintura?

Las carcajadas estallan ante mi comentario.

—Ahora sí te la volaste, Nat —dice Denisse, riéndose peor que hiena—. Ya te está haciendo daño juntarte con nosotros.

Joseán se ríe y me observa entretenido.

—Estás perdiendo toda la elocuencia. Si sigues así le voy a tener que cambiar el título a mi libro —comenta.

Sigue riendo e hice lo mismo, en complicidad por aquel comentario que solo él y yo entendemos.

—Cuando quieras pinto tu casa con la brocha para que te des cuenta de que está perfectamente limpia —arremete Charlie, con esa voz lasciva y sugestiva que me pone la piel de gallina.

Qué asco.

—Cállate, pendejo —lo regaña Joseán, dándole un zape.

Charlie lo toma como chiste porque no hace otra cosa más que reírse.

Nuestra diversión fue interrumpida por el somnoliento, casi desnudo y escultural hombre que se dirigía hacia nosotros tallándose la cara y bostezando.

—Qué pedo, no dejan dormir —se quejó Omar, con la voz ronca.

El tipo sale a la cocina en bóxers de comics, sin pena alguna, y la verdad es que los porta con demasiada dignidad para ser una prenda tan ridícula. Menos mal que no me gustan los güeros.

A mi lado Denisse suelta un suspiro ahogado. Me acerco para murmurar:

—¿Jarritos para la baba, amiga?

Cierra la boca de inmediato. Totalmente sonrojada, me mira a los ojos y sonríe. Puedo ver la súplica en su mirada, la promesa de una conversación pendiente.

Eso confirma lo que sospeché ayer: Denisse siente atracción por ese wey.

—Qué bueno que ya te levantaste, wey —le dice Joseán a Omar—. Hay que ir por el carbón para el asador y a comprar la carne que según tú ibas a pagar.

—Ya sé, wey. Deja me tomo un cafecito y voy —contesta Omar, caminando hacia la barra con una taza en la mano.

—¿No te puedes poner algo de ropa antes de sentarte a desayunar? —pregunta Denisse, con un tono de voz que no supe descifrar. ¿Molestia? ¿Sarcasmo? ¿Pánico?

—Perdón, Nisi, tienes razón —se disculpa Omar, riendo—. Aunque no sé por qué te incomodas si me has visto en peores circunstancias.