10. Feliz Cumpleaños #2
Me acerqué por completo para abrazarlo.
—Felicidades —le dije en voz baja.
Joseán corresponde el abrazo colocando los brazos alrededor de mi cintura.
Me toma con fuerza y no me suelta.
Así nos quedamos unos minutos, abrazados, sin decir una palabra.
Nos movemos con el agua. Flotamos.
Me siento en la luna.
El momento es perfecto.
Las sensaciones que me provoca estar así con él son apabullantes. Puedo inhalar su olor, sentir el calor de su cuerpo, su respiración agitada.
Todo.
El corazón me late desbocado por los nervios y por lo que estoy a punto de hacer.
No me importa si se enoja.
Si no me corresponde.
Si después todo cambia.
Lo necesito aquí y ahora.
Que lo tome como regalo de cumpleaños, que piense lo que quiera.
Inguesu.
Ya me armé de valor y no voy a echarme para atrás.
Relajo los brazos y dejo que mis manos recorran su espalda hacia abajo y de regreso, hasta descansar en sus hombros.
Ya no lo abrazo.
Lo miro fijamente a los ojos.
Él no me suelta. Siento cómo sus dedos bajan hasta mi cadera y me toman con más fuerza.
No me duele. Todo lo contrario.
Me acerca más, hasta que no queda ni un centímetro de distancia entre nosotros.
Nos quedamos completamente inmóviles durante unos segundos.
El agua es lo único que se mueve a nuestro alrededor.
La luz tenue de los reflectores de la alberca acentúa sutilmente algunas líneas de su rostro.
Es hermoso.
Sus ojos están llenos de deseo.
Mis dedos se mueven solos.
El cerebro ya no me responde.
Se enredan en su pelo y tiro de él, jalandolo hacia mi para poder alcanzar su boca con la mía.
El primer contacto es tímido. Sus labios, suaves y tibios, buscan acoplarse a los míos, explorando, preguntando sin palabras.
Sentir el roce de su lengua contra mi labio inferior basta para que se me escape un pequeño sonido que no alcanzo a controlar.
Joseán no necesita mayor incentivo.
En un instante, el beso deja de ser tímido y se vuelve ardiente. Una danza torpe y perfecta a la vez. Un cúmulo de sensaciones me invade el cuerpo hasta la médula. Me aferro a sus hombros, aunque mis manos quieren explorar, acariciar, tocar.
Me detengo.
Mi falta de experiencia frente a la suya me hace dudar.
Pero el miedo a ser rechazada se desvanece cuando mi cuerpo se relaja y se moldea contra el suyo. Por puro instinto me muevo contra él y siento con claridad lo que estoy provocando. No hay manera decente de ignorarlo. Su cuerpo se estremece y aprovecha ese segundo para poner un poco de distancia entre nosotros.
Poco a poco disminuye la intensidad del beso. Respiramos acelerados, con el aliento mezclado y el centro de mi cuerpo convertido en gelatina.
Abro los ojos cuando muerde suavemente mi labio inferior.
Me observa con una intensidad que dice más que cualquier palabra.
Sé que está luchando por controlarse.
No.
No quiero que se controle.
Quiero más.
—Natalia —susurra mi nombre, entrecortado.
Toma mi cara entre sus manos y empieza a delinear suavemente cada parte, cada línea, cada contorno. Uno de sus pulgares acaricia mis labios y no puedo evitar provocarlo en silencio cuando lo toco con la lengua.
El poco control que había visto en sus ojos se desvanece por completo. Lo escucho emitir un sonido bajo, áspero, y con una mano se quita la camiseta mojada, dejándola, flotando en el agua.
Su torso queda desnudo frente a mí.
Mi sapo, convertido en el príncipe más bello y peligroso de todos los cuentos.
—Me vas a volver loco —murmura antes de besarme otra vez, esta vez con una pasión descontrolada.
Me besa como si quisiera devorarme y toda la sangre se me va a un solo lugar. La tempestad ahora es un huracán pidiendo disminuir de intensidad. Mis manos recorren su espalda, sus hombros, su cintura, hasta quedar enganchadas en el borde de sus jeans empapados.
Joseán es menos decente.
En un abrir y cerrar de ojos, sus manos bajan hasta mis piernas y me levanta para recargarme suavemente contra la escalera. Mis piernas, por instinto, envuelven su cadera. Soy completamente consciente de la firmeza de su cuerpo contra el mío. De la barrera mojada de mezclilla entre nosotros. De mis shorts de pijama pegados a la piel y de lo poco que todo eso ayuda a conservar la cordura.
Me abrazo a él como si mi vida dependiera de ello.
El cosquilleo palpitante que me produce la fricción de nuestros cuerpos, en un ritmo íntimo que va mucho más allá de todo lo que he hecho antes, me llena de miedo y emoción al mismo tiempo.
Joseán enreda una mano en mi cabello suelto y tira apenas de él para mover mi cabeza hacia atrás. Le doy acceso a mi cuello sin pensarlo.
Traza besos en mi barbilla, en mi cuello, en la clavícula.
Por cada lugar que pasa deja una huella de calor, usando labios, dientes y lengua con una delicadeza que me está desarmando.
No dejamos de movernos. Es un baile sensual que me lleva a un lugar completamente inexplorado. La presión de su cuerpo contra el mío no tiene medida y trato de no entrar en pánico.
—Dime que pare, por favor —susurra en mi oído.
No quiero.
No lo haré.
En respuesta, mis manos bajan por su espalda y lo atraen más hacia mí. Sus palabras quedan suspendidas entre nosotros, sustituidas por su boca en mi cuello y el calor de sus manos. Todo mi cuerpo está tenso, a la expectativa de algo que nunca he sentido y que, de alguna forma, sé que está por llegar.
Me mira un segundo, como preguntando.
No me aparto.
Una de sus manos se aventura por debajo de mi camiseta. Sus dedos rozan mi piel con cuidado, subiendo lentamente hasta encontrarme.
Arqueo la espalda en respuesta a esa nueva tortura y el ritmo de mi cuerpo cambia por completo.
Esto ya es demasiado.
Las sensaciones me abruman.
No puedo más.
Como si supiera exactamente lo que está pasando, Joseán absorbe el sonido que escapa de mis labios con un beso desesperado, mientras yo subo al cielo y caigo al vacío en cuestión de segundos.
Joseán me tiene abrazada. Seguimos en la misma posición, ambos intentando nivelar la respiración. Yo estoy titiritando; no sé si de frío por el agua o como secuela de todo lo que acaba de pasar.
Tengo la cara hundida en su cuello.
Entonces la realidad me cae como un golpe en el estómago.
Estamos en la maldita alberca del edificio.
Es casi la una de la mañana.
¿Qué tal si alguien nos vio? Denisse estaba en el depa dormida. ¿Y si se despertó y se asomó por el balcón? El primer orgasmo de mi vida lo tuve en un lugar público.
¿Pero qué me pasa?
¿Qué va a pensar Joseán de mí sí a la primera de cambios lo beso y acabamos casi perdiendo el control en una alberca?
Soy igual que todas.
No hay diferencia alguna entre las mujeres con las que sale y yo.
Ninguna.
—Nat, ¿qué pasa? —me pregunta, consternado.
Estoy llorando en su hombro, cual vieja emocional.
Después de todo esto, termino llorando.
Qué patética.
Me siento completamente inexperta. No sé qué hacer, cómo actuar, ni tengo idea de las consecuencias de lo que acaba de pasar.
—Nada. Estoy bien. Solo un poco abrumada —contesto, tratando de enderezarme, buscando el espacio necesario para salirme del agua y correr al departamento.
Joseán no me deja moverme.
Me acorrala suavemente contra la escalera y toma mi cara con ambas manos, obligándome a mirarlo. Su escrutinio se transforma en entendimiento.
Sus ojos se llenan de mortificación.
—Perdóname… por favor. Nat, perdóname —me suplica, desencajado—. No debí dejar que las cosas escalaran tanto. No contigo. Te juro que nunca había perdido el control así.
—No entiendo por qué tienes que disculparte si prácticamente fui yo la que te brincó encima. Mi intención era darte un beso por tu cumpleaños… bueno, o esa era la excusa. Lo demás… lo demás…
—Lo demás fue culpa mía —me interrumpe.
—¡No! Claro que no. Me dejé llevar. Nunca dije que te detuvieras y… quería… saber…
Ay, ¿cómo le digo?
—Quería sentir eso.
Soy una pendeja.
Soy una pendeja.
Joseán frunce el ceño. No deja de observarme y seguramente la cara de mensa que traigo me delata por completo.
Su expresión cambia, se suaviza y respira profundo.
Creo que por fin le cae el veinte.
—Nunca te había pasado —dice.
No fue pregunta, sino afirmación.
Me quedo callada, aceptando su acertado comentario.
Me suelta y pone distancia entre los dos.
Quisiera poder leerle la mente porque lo noto angustiado, conflictuado.
—Me contaste que tuviste novio dos años y… sé que no… pero nunca me imaginé… olvídalo —dice, haciendo movimientos de negación—. Ven. Vamos por unas toallas. Necesitamos secarnos.
Sale primero de la alberca y espera para ayudarme a subir. Va por unas toallas a la cabina donde están guardadas y, al regresar, me envuelve con una. Él se coloca otra en la cintura y, debajo de ella, se desabrocha los pantalones mojados para dejarlos caer al suelo. Recoge la camiseta de la alberca, la exprime, toma los jeans y tiende ambas prendas en una silla.
Se sienta a un lado del camastro que yo ocupaba hace un rato. Me coloco frente a él. Está agachado, con los codos en las rodillas y las manos cubriéndole el rostro.
Me preocupa su actitud.
No entiendo cuál es el problema.