10. Feliz Cumpleaños
Este primer día en Acapulco fue verdaderamente agotador. Después del sol, las bebidas y tanta gente, el silencio del cuarto debería arrullarme. Pero no.
Denisse, como de costumbre, está prácticamente muerta y roncando a mi lado. Terminó algo tomada y ya no aguantaba más. Se ve tan en paz, completamente rendida ante el sueño, que hasta me da envidia.
Aparentemente, esta noche el descanso decidió abrazarla a ella e ignorarme a mí.
No quiero seguir dando vueltas en la cama, así que mejor me voy a poner a leer. Ya casi es medianoche y se me antoja sentarme en un camastro para disfrutar la noche cálida, la brisa, el sonido del mar y un buen libro. ¿Qué más puedo pedir?
Preparo un té helado en un vaso enorme para llevarlo conmigo a la alberca. Salgo del departamento y tomo el elevador, que por cierto está bastante sofocado. Disfruto del silencio, de la soledad y de mis pensamientos.
El día fue largo y no entiendo por qué no puedo dormir, como si algo me empujara a seguir despierta, aun cuando estoy cansadísima.
Me acomodo en uno de los camastros que están justo en el límite de la pequeña barda de piedra que separa la alberca de la playa. De inmediato siento la humedad en el ambiente, pero el viento fresco lo compensa. Traigo una pijama roja de algodón, de camiseta y short, que normalmente no usaría en exteriores, pero con este calor no puedo cubrirme más.
Al fin no creo que baje alguien a esta hora en viernes.
Todos, excepto Denisse y yo, decidieron salir de antro. Obviamente nosotras no fuimos porque mi pobre amiga estaba fulminada y no me pareció correcto dejarla sola. Además, la verdad, tampoco me dieron muchas ganas de ir.
Mientras los chicos jugaban tochito, entré un rato a nadar en la alberca. El agua estaba deliciosa y eventualmente Alejandra y Denisse me acompañaron. Reímos como nunca y decidí que Alejandra es una de las niñas más simpáticas que he conocido. Invariablemente hacía comentarios o decía cosas de lo más chistosas, y Denisse le hacía segunda con sus corrientadas.
Después de un rato, decidimos que un baño de mar estaba en orden y bajamos a una de las palapas de la playa para dejar nuestras cosas.
Los hombres seguían jugando y ya se veían agotados: sudados, llenos de arena por todas partes, pero divertidos como niños en el recreo.
Por supuesto, ya tenían audiencia. Todas mujeres. Parecían club de fans improvisado, observándolos como si estuvieran presenciando un partido de alto rendimiento y no a un grupo de adultos jugando a taclearse en la arena.
Acomodamos nuestras cosas en la palapa. Me quité el vestido y, cuando iba caminando hacia la orilla del mar, alcancé a escuchar a Sergio gritar:
—¡Fíjate, pendejo! ¡No te distraigas!
Volteé y vi a Joseán boca abajo sobre la arena, después de que Charlie lo tacleó.
Sonreí de oreja a oreja y me carcajeé.
Para las seis de la tarde ya habíamos comido, todos estaban muy tomados y el club de fans de la playa se había convertido en ligues. Estaban haciendo planes para ir de antro tras cenar, incluso Joseán.
Una de las morras estuvo con él casi toda la tarde.
No dejó de insinuársele y de aprovechar cada oportunidad para tocarlo. Me contuve bastante porque me daban ganas de aventarla a la alberca, y más porque era otra mujer del mismo molde que parece perseguirme desde que llegué a la ciudad: rubia, altísima, cuerpo de modelo y un micro bikini que no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
Al parecer, esas son las que le gustan.
Traté de evitarlo lo más que pude hasta que subimos a cenar. Estaba muy molesta por su comentario y, si quería que me comportara, pues preferí no hacerle caso.
Durante la cena estuve platicando con Omar. Es un chavo muy agradable e inteligente. Me contó que desde hace dos años trabaja en una televisora, en el área de noticieros, editando video. Es un trabajo súper competido que consiguió después de haber entrado como becario. Es amigo de Joseán desde que estaban en el kínder. Tienen la misma edad, pero él acabó primero la carrera por obvias razones.
Lo noté distante con Denisse, pero no dejó de mostrar preocupación al verla medio jarra. Incluso, antes de irse, entró a la recámara para despedirse y, al encontrarla dormida, se agachó y le dio un beso en la frente. Luego me guiñó un ojo y me advirtió que pobre de mí si le decía a Denisse que había hecho eso.
Me cae que eso estuvo un poco raro.
También quedé sorprendida al enterarme de que Sergio es amigo de Joseán por el trabajo.
Y no precisamente por lo que hace en la oficina de su papá, porque ahí no se conocieron.
Sergio es paramédico y yo no tenía idea de que Joseán estuvo trabajando varios años como voluntario en la Cruz Roja. Tomó cursos de primeros auxilios, ayudó en el área administrativa y también en urgencias algunos fines de semana y en sus ratos libres.
Me quedé con la boca abierta, literal, porque con la imagen que yo tenía de Joseán nunca me hubiera imaginado que tenía el estómago para hacer algo así, mucho menos ese sentido de ayuda.
Denisse se sorprendió igual que yo porque no sabía que muchas de las ausencias de su hermano habían sido por estar ahí.
Como dice el dicho: caras vemos, corazones no sabemos.
Creo que detrás de la fachada hay alguien mucho más complejo de lo que él permite ver.
Por estar pensando y disfrutando del sonido del mar, no he avanzado nada con mi lectura. La pantalla del Ipad está negra por haberla dejado inactiva y me río sola por la ironía del momento. Me estaba quedando dormida aquí, en lugar de haberlo hecho hace rato en la cama como Dios manda.
—¿Qué haces?
Pego un brinco del susto que me acaba de acomodar Joseán.
Está parado detrás del camastro donde estoy recostada y yo ni en cuenta.
—¡Ay! Me acabas de quitar diez años de vida. Deberías considerar una carrera como asesino serial con lo sigiloso que eres —exclamo, por demás molesta.
Se me queda viendo, haciendo una mueca y riéndose al mismo tiempo.
—¿Sigiloso? Esa es una dominguera nueva. La voy a apuntar para el repertorio.
—¿De qué hablas? —le pregunto, ya perdiendo la paciencia.
—Del libro que voy a escribir —dice, con cara de que se siente genio—. Va a llamarse “Las palabras domingueras de una adolescente”.
—Qué gracioso eres. Y no soy adolescente, por cierto.
Joseán aprovecha mi berrinche para sentarse junto a mí. Respiro y me llega el olor a alcohol mezclado con su loción.
Me pone tensa tenerlo tan cerca, sobre todo porque a leguas se nota que está un poco tomado y eso me pone bastante nerviosa.
—No, no lo eres —dice, observándome con una intensidad incómoda—. Eres una niña…
Se queda callado, pensando en quién sabe qué.
—Sí. Eso es. Eres una niñita.
—Joseán, ¿qué te pasa? Estás borracho. ¿No que andabas en el antro? ¿Qué haces aquí? No me digas que así manejaste —empiezo a reclamarle, entre preocupada y enojada.
Él solo me mira fijo, levanta las cejas y me sonríe, haciendo ese ruidito con la lengua.
—Relájate, princesa. No soy tan tonto como algunos creen. Ni quería estar en ese pinche antro, me aburrió. Me tomé dos shots dobles de tequila, una chela y luego pedí un taxi. Bajé, porque entré al depa, toqué la puerta de tu cuarto porque quería hablar contigo, me asomé… y sí, ya sé que no debía, pero la abrí tantito para ver si estabas. Solo vi a Nisi roncando. No te encontré, te llamé, te busqué en todos los cuartos y nada. Fui a la terraza, tampoco. Me asomé al balcón y pensé: igual y se cayó, se aventó, yo qué sé. Y te veo aquí abajo, tan tranquila, como si nada, ya casi dormida y encima en ropa interior. ¿Qué onda? ¿No te gustó la cama o qué chingados?
Arremete con semejante discurso, exasperado y levantando la voz más de lo debido. Sus manos no paran de moverse hasta que acaban enredadas en su propio pelo, tirando de él como si eso fuera a ayudarle.
Bueno, ¿pero qué le pasa a este wey?
Está loco.
Me cae que está loco.
—Estás loquito. ¿Qué tiene de malo que baje a leer un rato? No podía dormir y me dieron ganas de bajar —contesto, enojada, poniéndome de pie frente a él—. ¡Cómo chingados iba a saber que te ibas a regresar y que además ibas a meterte a mi cuarto!
Joseán se levanta. Quedamos frente a frente y al muy cínico se le ocurre aventarme su sonrisa matadora. Camina hacia mí y yo doy un paso hacia atrás. Titubeo.
—Y… y además… ¡no es ropa interior, es mi pijama! —grito.
Los vecinos se van a asomar.
Nos van a callar.
Trágame tierra.
Él se acerca mucho más. Sigue riendo, pero ahora se muestra entretenido y no deja de observarme con detenimiento.
Doy otro paso hacia atrás.
Su expresión se vuelve traviesa.
Se agacha un poco y quedamos a centímetros de distancia.
—Te vas a caer, princesa —susurró.
En cuanto me lo dijo, me di cuenta de que estaba a un paso del borde de la alberca. Joseán levantó la mano izquierda y la colocó sobre mi hombro derecho.
Sus negras intenciones son evidentes.
Me da un empujón mínimo, suficiente para hacerme perder el equilibrio.
¡Ah, no! Ni madres que me caigo sola.
Lo pesqué del brazo con una mano y de la camiseta con la otra, y ambos caímos al agua.
Volví a la superficie desorientada. Estaba molesta, sí, pero también me quería reír porque podía imaginarme cualquier cosa menos que me fuera a aventar a la alberca.
Decidí hacerme la enojada.
Joseán salió del agua y sacudió la cabeza con esa gracia absurda típica de hombre. La alberca no era muy honda; el agua me llegaba justo debajo de los hombros, cosa que agradecí porque, evidentemente, al andar en pijama, no traía brasier.
Se talló la cara con ambas manos para quitarse el agua y empezó a acercarse a mí, nadando despacio, riéndose como si acabara de hacer la travesura más brillante de su vida.
—¡Eres un idiota! —le dije salpicándole agua.
—Eso te ganas por berrinchuda —responde.
Por un segundo no decimos nada.
—No estoy pedo —me dice muy seguro, según él.
—Tal vez un poquito. Pero con semejante empapada ya se me quitó.
—Ajá.
Quedamos a muy corta distancia.
Veo mi reloj.
Son las 12:58 a. m.
—Ya es tu cumpleaños —le dije mas tranquila, cambiando el tema.
—En efecto. Ya soy un año más viejo.