Detrás de un sueño 9. Ínguesu #4
37%

9. Ínguesu #4

—Puede ser sin alcohol, pero te advierto que eso ya es licuado tropical, no piña colada. O para eso mejor te tomas el bronceador. Sería casi lo mismo.

Cruzo los brazos y levanto la ceja ante su comentario.

—¿Acaso me quieres emborrachar?

—No, para nada. Solo quiero que disfrutes una buena bebida. En la playa todo sabe mejor —hace una pausa, llevándose la mano a la barbilla antes de pasársela por el cabello—. Aunque ahora que lo pienso, jarra eres bastante entretenida y parlanchina.

Concluye riendo y se da media vuelta hacia el bar.

Me pongo de pie y voy con Denisse para preguntarle si quiere algo. Recuerdo el episodio de mi peda en el antro hace algunas semanas. Sigo sin saber qué chingados le dije a Joseán esa noche y la neta me muero de curiosidad.

Me siento a un lado de mi amiga e introduzco los pies en el agua del jacuzzi, que está como para cocinar mariscos. Apenas me llega a las rodillas y no la aguanto.

—Amiga, no manches, ¿cómo puedes estar aquí metida? Mejor vámonos a la alberca grande. — Le sugiero, subiéndome los lentes de sol a la cabeza.

—El agua caliente me relaja, wey, pero creo que ya fue suficiente. Tienes razón.

Denisse se levanta y sale del jacuzzi para sentarse en la orilla.

—Estás toda roja de tanto sol —le digo, tocándole la espalda, que ya se ve algo irritada—. ¿No te duele?

—No. Además, no importa. Siempre me quemo igual. Me pongo súper roja, pero después agarro color. Y me puse bloqueador del treinta, así que no hay pedo wey. Nada grave.

—Okey, vente. Vamos por algo de tomar.

Le extiendo la mano para ayudarla a ponerse de pie.

Regresamos al área del bar. Joseán me entrega la piña colada en un vaso alto, adornada con media rodaja de piña y hasta una sombrillita roja.

La quito del vaso y me la pongo en el cabello, justo arriba de la oreja, mientras él me observa.

Le doy un sorbo y, sorprendentemente, está deliciosa. Poco cargada y casi no se siente el alcohol.

Sonrío abiertamente.

—Está deliciosa —digo, dándole otro trago.

—Ya sé, parece bebida de señora en vacaciones, pero aquí las preparan muy bien. Hasta a mí se me antojan a veces —me responde, luciendo una expresión de senda confianza.

—Mmm. Nunca imaginé que una bebida pudiera tener género. ¿O tú crees que, si te ven tomando algo que no sea chela, whisky, o tequila derecho, te van a poner en duda la masculinidad? —le contesto.

Tomo el popote entre los labios y, en cuanto lo hago, sé perfectamente cómo se ve. Mi sarcasmo el día de hoy no tiene límites y no entiendo de dónde me sale lo atrevida.

Estoy jugando con fuego.

Y quiero quemarme.

Veo que se le retuerce la sonrisa. Cierra los ojos un segundo y suelta una risa baja, entrecortada. Se acerca. Lo siento, todo él: bronceador, sal, calor, él.

Mis piernas están a nada de fallar y hacerme quedar en ridículo. Siempre logra que mi cuerpo le delate. Se acerca demasiado y me susurra al oído.

—Nunca lo dudes, princesa —me dice suave junto a la oreja—. Seré un sapo, pero no tengo que demostrarte que también soy hombre. Y vaya que tú ya te diste cuenta de eso, ¿o me equivoco?

Suelta el aire despacio al terminar y todo el color se me sube a la cara.

Estoy jadeando.

Se me fue el aliento.

—Hablo en serio, Natalia. Por favor, compórtate.

Nunca me dice Natalia.

Y me pide que me comporte.

¿Es en serio?

¿Pues quién se cree?

Este jueguito ya me está cansando.

—¿Y si no quiero comportarme? —le contesto, retadora, echándome hacia atrás para verle bien los ojos.

Él vuelve a suspirar. Su mirada queda fija en la mía.

—No va contigo, Nat. No eres tú.

Y, como suele ser su maldita costumbre, se da media vuelta y se va con sus amigos.

Pendejo arrogante.

Me dan ganas de gritarlo para que todos me escuchen. Todas sus ligues sí le pueden tirar la onda y coquetearle, pero yo no puedo hacerle siquiera un comentario sugestivo porque “no va conmigo”.

Que no mame, en serio.

Entiendo que soy su amiga nada más. Lo sé y trato de recordarlo cada vez que estoy con él. Pero tengo mis límites y no sé cuánto más puedo soportar esta atracción fulminante que siento por él.

Que no me venga con fregaderas, porque con toda certeza puedo decir que él está igual o peor que yo.

Busco a Denisse porque quiero ir por otra bebida. Con el coraje que me dio, ya dejé el vaso completamente vacío.

Omar está frente a ella y le entrega un vaso con líquido rojo; supongo que es vodka con arándano, la bebida favorita de Denisse. Ella le sonríe tímidamente y le da las gracias.

Me busca entre la gente y, al verme, me hace usa seña para que vaya.

—¡Hey, cabrones! Vamos a la playa. Dos contra dos, un tochito, ¿no? —grita Sergio.

Todos reaccionan y empiezan a reír. Como niños chiquitos, corren hacia la playa empujándose y aventándose el ovoide de un lado a otro.

Las tres mujeres nos quedamos sentadas en los camastros. Al voltearnos a ver, ponemos los ojos en blanco al mismo tiempo.

Nos carcajeamos.

—Hombres —dice Alejandra—. Que se vayan a liberar testosterona a la playa para que nosotras podamos huevonear y asolearnos a gusto, ¿no?

—Apoyo la moción al cien por ciento —contesto.

—¡Salud! —dice Denisse, levantando su bebida.

Y, al unísono, las tres decimos:

—¡Salud!