9. Ínguesu #3
El mar es imponente. Al observar lo majestuoso que es, no puedo evitar sentirme pequeña y un poco amenazada por el poder que representa.
Nunca he sido muy audaz y no me encanta nadar en el mar, aunque lo hago bien. La corriente, los animales y el simple hecho de introducirme en un mundo totalmente distinto al mío, donde yo soy la intrusa y todo puede pasar, me parece abrumador.
Por eso me alegra simplemente verlo y escucharlo. Me siento agradecida de que me hayan invitado. De otra forma no estaría aquí, apreciando esta hermosa vista y sintiéndome tan feliz.
No sé cuánto tiempo llevo acostada boca abajo en el camastro, pero me siento peor que pollo en rosticería. Traigo puesto bloqueador solar bastante fuerte y aun así siento que la piel se me está tostando. Así que creo que es hora de darme la vuelta y esperar un rato antes de meterme al agua para refrescarme.
La alberca me llama, sobre todo porque está construida de tal forma que parece no terminar, como si se uniera con el mar. Es una de esas albercas infinitas y, si te acercas a la orilla, puedes ver la playa muy cerquita.
Denisse está adentro del jacuzzi, lo cual no puedo entender. El agua está hirviendo y con el calor que hace no sé cómo aguanta.
En serio está más loca que una cabra.
Me pongo los lentes de sol y me acuesto boca arriba. Cierro los ojos, lista para echarme una mini siesta, cuando siento una sombra sobre mí.
—Hola, preciosa… ¿no quieres que te ponga más bronceador?
Esa voz lasciva que tanto me choca.
No. No me choca.
Me caga.
Es el idiota de Charlie.
Al instante se esfuman mis esperanzas de que, por intervención divina, se hubiera quedado tirado en la carretera, perdido el avión, secuestrado por una secta playera o yo qué sé. Cualquier cosa, con tal de que no llegara.
—Hola, Charlie. Ya llegaste. Qué buena onda —le digo entre dientes, con una sonrisa completamente falsa.
De inmediato noto que me barre de pies a cabeza. En la posición en la que estoy, sé que estoy completamente expuesta, sobre todo porque lo único que tengo puesto es un bikini rojo de triangulitos que muy ocurrente decidí comprarme en un momento de locura.
En la vida me había puesto algo tan chiquito.
Mi reacción es tomar una de las toallas para cubrirme y sentarme.
Charlie se ríe y empieza a caminar hacia las mesas detrás de los camastros.
Volteo hacia el edificio y veo que Joseán viene con tres morros que no conozco y una chica. Aprovecho para ponerme de nuevo el vestidito porque, al verlo venir, de repente me invade una sensación de pena.
No quiero que los demás me conozcan con tan poca ropa y, además, no aguantaría la mirada penetrante, llena de deseo y promesas de Joseán.
La tercera sería la vencida y mi autocontrol de por sí ya pende de un hilo.
Al llegar, todos me saludan cordialmente. Joseán me presenta como una amiga de su hermana, lo cual considero extraño, aunque entiendo en cierta forma la razón. Con eso de que él no tiene amigas en el buen sentido de la palabra, supongo que lo hace como una forma de protegerme de habladurías, y eso me derrite aún más.
Mentiría si dijera que los tres chicos no están algo guapos. Todos muy diferentes entre sí.
Omar, a quien Joseán me presenta como un amigo de la infancia, es un poco más alto que él, y eso vaya que es un logro. Me pregunto qué les daban de comer cuando eran pequeños. Es delgado, de cuerpo atlético y músculos bastante marcados. Tiene el cabello muy corto y rubio; de hecho, parece de ascendencia europea, como alemán o algo así. Quién sabe. En fin, es muy guapo y tiene los ojos azules más bellos que he visto en mi vida, clarísimos, de esos que parecen falsos hasta que parpadean.
En cuanto llega Omar, noto cómo escanea el área hasta que sus ojos encuentran a Denisse.
Al verla, sonríe de una forma extrañamente tierna y se queda observándola de reojo unos minutos.
Ella, obvio, ni se percata.
El otro chavo, Sergio, es un poco más alto que yo. Moreno claro, con el cabello ondulado y un poco largo, facciones duras y muy masculinas. Tiene esa belleza latina descarada: ojos negro azabache, pestañas rizadas, cejas pobladas y labios gruesos. En cuanto me lo presentan, me cae muy bien. Tiene buena vibra y es simpático.
El tercero, Roberto, viene con su novia, Alejandra que resulta ser hermana de Sergio. También es más o menos de la estatura de su amigo, moreno, con cabello castaño y unos ojos verdes hermosos. Su novia es un poco más alta que él, de cabello negro, rizado y abundante. Me sonríe afectuosamente y, al saludarme, se acerca a darme un beso en la mejilla.
No puedo pasar por alto el cuerpazo que se carga la niña. Es de dar envidia de la buena: curvas justo donde deben estar y un bronceado casi natural que porta a la perfección.
Es un hecho que estoy rodeada de gente bonita y me siento un poco fuera de cuadro. Como si alguien me hubiera metido en una revista sin avisarme cuál era mi pose.
Pasadas las introducciones, todos se dirigieron al área del bar. Entre tantas amenidades del complejo, no podía faltar el servicio de toallas y restaurante, así que las bebidas comenzaron a fluir y creo que no habrá manera de pararlas.
Ojalá no se pongan muy borrachos porque la verdad no soy fan de las borracheras y el fin de semana pinta para convertirse en una de tres días.
Pero sé que, a nuestra edad, los excesos por alcohol tristemente parecen casi obligatorios.
—¿Quieres algo de tomar? —me pregunta Joseán.
—Mmm… un refresco —contesto.
La neta no quiero tomar.
—Princesa, no manches. Aunque sea échate una chela o… ya sé, una piña colada —sugiere, muy emocionado.
Qué asco, odio la chela. Pero lo otro suena bien.
—Está bien. La piña colada me late, pero sin alcohol, por favor.