Detrás de un sueño 9. Ínguesu #2
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9. Ínguesu #2

¿Le habrá molestado que lo leyera?

No fue mi intención invadir nada.

Él lo dejó ahí, en la biblioteca, y el título me ganó.

Aun así, al verlo tensarse, me entra la duda de si acabo de meter la pata.

—Se me pasó quitarlo —dice al fin—. Tiene años que lo escribí. ¿En serio te gustó? Porque no es algo fácil de digerir y está medio loco. De hecho, nunca se lo he enseñado a nadie.

Su tono es serio. Más vulnerable que molesto.

—Pues la verdad me gustó mucho. Lo entendí bien, eso creo, y la historia tiene mucha profundidad, aun siendo un corto. Me gustó cómo usaste Xilitla no sólo como paisaje, sino como parte del sueño, como si el lugar también estuviera hablando. ¿En serio no se lo has enseñado a nadie? Tienes talento, de verdad. Deberías hacer algo con eso.

Empezamos a disminuir la velocidad porque nos estamos acercando a la caseta.

—Nadie que me importe se ha interesado —contesta, encogiéndose de hombros—. Y después de un rato, supongo que yo también hice como que dejó de importarme. Nunca he creído que tenga calidad. Son cosas que escribí hace tiempo.

Es evidente que el tema es delicado.

Nunca me imaginé que parte de su motivación dependiera tanto de sentirse aprobado por otros, pero supongo que tiene que ver con la forma en que su familia nunca tomó en serio sus aspiraciones.

—Josa, qué pedo con tu música. Está de hueva. Ya cámbiale, ¿no? —se queja Denisse, aún con la voz dormida.

—Nisi, no jodas. Vienes bien jetona y ni la estás escuchando —le contesta Joseán.

—Amiga, qué bueno que despertaste. Nos vamos a parar en la caseta para comprar algo e ir al baño —le digo, volteando hasta donde el cinturón me lo permite.

Se ve súper chistosa con el cabello todo despeinado. No se lo amarró y ahora es una masa de cabello negro desalineado. Despertó sonrojada y parece muñequita de aparador, más que de costumbre.

Denisse me sonríe mientras se acomoda correctamente en el asiento.

—Ay, sí, qué bueno, porque me estoy muriendo de ganas de hacer pipí. Es una bendición que vengas con nosotros porque, déjame decirte, este patán nunca se para y siempre llego con la vejiga a punto de explotar cuando venimos —comenta, haciéndole muecas a su hermano.

Joseán la observa por el retrovisor, riéndose y poniendo los ojos en blanco.

Me da gusto que ya no se peleen tanto.

Siguen dándose lata, obviamente, pero ahora se siente distinto.

Menos filoso.

Más de hermanos.

En algún punto del camino vuelvo a quedarme dormida y abro los ojos justo cuando estamos entrando al túnel de cuota que lleva al área Diamante de Acapulco.

Es la primera vez que vengo y me encanta ver la vegetación densa que cubre las montañas y lo desarrollado que está todo. Sé que la zona a la que vamos es la parte más nueva del puerto. Denisse me dijo que la Costera ya estaba bastante vieja y deteriorada, sobre todo por los huracanes, y que no estaba tan ‘nice’, salvo por algunos antros y restaurantes típicos que todavía frecuenta la gente que viene de la CDMX o de otras partes de la República.

Por supuesto, no pienso dejarme guiar únicamente por la opinión de mi querida amiga. De cualquier manera, quiero conocer todo. Hasta ir a La Quebrada a ver cómo se avientan los clavadistas.

A mí me vale gorro si es ‘nice’ o no.

Como nos regresamos el domingo en la tarde, lo más probable es que ese día por la mañana me escape un rato a conocer. Al fin puedo tomar un taxi y pedir que me dé un tour por la ciudad. Aunque me salga caro, vale la pena y puedo pagarlo aprovechando que, en realidad, este viaje no me costó un quinto.

Joseán no me dejó cooperar para la gasolina y lo de las casetas fue imposible porque traía TAG y ni siquiera me dio oportunidad. De la comida me comentó que tenían cocinera en el departamento y que todo iba a estar listo.

Qué conveniente eso de tener tanta lana, me cae.

Aunque no dejo de sentirme incómoda porque no puedo mantenerles el paso con sus gastos.

Cuando salimos, Joseán, siempre me paga todo, y me da pena porque no tiene por qué hacerlo.

El resto del camino no volvimos a tocar el tema del guion ni nada relacionado. Es mejor así. Por lo pronto, prefiero dejar el tema por la paz.

Mañana es su cumpleaños y no me gustaría arruinar el regalo que le tengo, sobre todo porque está relacionado con el cine y sé que le va a encantar… bueno, eso espero.

El complejo de departamentos es increíble y considerablemente alto.

El edificio es muy lujoso, completamente blanco, con balcones enormes de acero y vistas al mar. El depa de sus papás está en el sexto piso y, obviamente, está impecable, igual que su casa.

La cocina es roja, italiana, con una barra enorme para comer y todo ultramoderno. Los muebles son de ratán, pero de esos elegantes, no como los de las casas de campo. Las telas de los sillones y los cojines tienen diferentes patrones, muy eclécticos.

Todo combina perfecto, aunque nada parece igual. Se nota que la persona que decoró el lugar quiso verse audaz y lo logró con muchísimo estilo.

El departamento tiene cuatro recámaras. Denisse y yo nos quedamos con la principal, que tiene una cama king size con un edredón rojo oscuro muy padre y baño con vestidor, doble lavabo, tina y regadera separadas. Sé que vienen cuatro amigos de Joseán, incluyendo al nefasto de Charlie y tres más, uno de ellos con su novia, así que por lo menos no somos las únicas mujeres en la casa.

También espero que sean más amenos que Charlie, porque de verdad no entiendo cómo lo aguantan.

Aunque, con mi suerte, seguro los demás amigos parecen salidos del mismo molde: Santi, Regina, Rodrigo y una Majo que dice “tipo” cada dos palabras, toma fotos de todo y le llama “bebé” a gente que acaba de conocer.

Si mis papás se enteran de que aquí no están los de Denisse, me matan. Obvio les dije que sí venían.

Decidimos ponernos el traje de baño y nuestros vestiditos de playa de una vez. No sé a qué hora vayamos a bajar a la alberca, pero seguro será después de almorzar porque alcanzo a percibir que están cocinando algo que huele delicioso y mi estómago ruge en respuesta.

Al salir del cuarto, Denisse me presenta a Lupe, una señora como de cincuenta años, muy chaparrita, con el cabello ya entrecano y amarrado en una trenza.

Me sonríe con cariño después de saludar a Denisse con un abrazo, como si la conociera desde bebé.

Me sirvo un poco de café en una taza blanca y, al acercarme a la sala para sentarme un momento, alcanzo a ver que Joseán está en el balcón hablando por celular.

También se cambió para la alberca.

Trae unos shorts largos azul marino con rayas azul claro y nada más. Anda sin camisa, descalzo, con el cabello empezando a ondularse por la humedad y revuelto por el aire.

Los malditos shorts le quedan un poquito flojos y se le ven los huesos de la cadera. Sí, en efecto, esos huesitos que a muy pocos hombres se les marcan así y que me dan ganas de…

¡Ay, no!

Otra vez no.

Me percato que me está viendo fijamente, con los ojos entrecerrados, inmóvil y con una sonrisa pícara de oreja a oreja bastante prometedora.

Pues ya qué.

Inguesu.

Ahora sí me cacha comiéndomelo con los ojos, y me queda clarísimo que hacerlo no le es indiferente. Más bien todo lo contrario. Así que no me queda más que sonreír mientras me llevo la taza de café a los labios, sin dejar de verlo a la cara.

Dos pueden jugar el mismo juego.

Los tres nos sentamos en la barra a desayunar mientras esperamos a los demás, que ya no tardan en llegar. El almuerzo está delicioso: burritos de huevo con chorizo.

Y ahí es cuando la poca compostura que me quedaba amenaza con abandonarme.

Porque claro.

Después de que el señor me cachó viéndolo como si fuera patrimonio histórico nacional, mi cerebro decide que “burritos con chorizo” es lo más gracioso del planeta.

No puedo evitar soltar una risa bajita.

Dos meses de convivir con Javi y Pablo y ya me está aflorando lo corriente. Si ellos supieran lo que está pasando por mi mente en este momento, no me la acabaría con la burla y no sabría dónde esconder la cara de la vergüenza.

Una cosa es que la ardillita que corre en mi cerebro se ponga a jugar y todo se quede ahí, en privado, donde nadie puede juzgarme. Otra muy distinta es que decida agarrar mi elocuencia, mis modales y mi supuesta educación para aventarlas directo al caño.

Definitivamente tengo que domar a la ardilla.

—Amiga, ¿de qué te ríes? —me pregunta Denisse, frunciendo el ceño, intrigada.

—De nada en particular —contesto, haciendo un esfuerzo sobrehumano por sonar normal—. Estoy pensando que tengo que avisarles a mis papás que ya llegué, pero me da cosa que, como buenos padres paranoicos, pidan hablar con los “adultos” y aquí no hay ninguno. Digo… aparte de nosotros, pero de adultos no tenemos nada.

—Lupe te puede hacer el paro, wey. Le decimos a tu mamá que es mi tía o algo así —sugiere Denisse—. O mejor mándales WhatsApp. Les dices que ya llegaste, que todo bien y que luego les marcas porque hay mala señal o porque vamos a bajar a la alberca.

La segunda opción es más que perfecta.

Les mando mensaje, se quedan tranquilos y, si después me llaman, puedo hacerme mensa y no contestar o devolverles la llamada más al rato, cuando esté sola o en la playa.

—Eres un genio, amiguita. Les voy a mandar mensaje.

Joseán está muy concentrado terminando de desayunar.

Está sentado junto a Denisse y no ha dejado de observarme en silencio todo este tiempo. No es la primera vez que lo hace. A veces, en la escuela o en casa de Rosa, se queda así: callado, pensativo, como si estuviera memorizando mis gestos.

Eso me pone algo nerviosa y sé que él lo sabe.

Terminamos de comer rápido. Denisse corre al cuarto por los bronceadores porque ya nos urge bajar a la alberca a quitarnos el color de rata de ciudad que traemos.

Los demás aún no llegan, así que Joseán se queda un rato en el depa, según él a descansar.

Yo no pienso desaprovechar ni un minuto. La última vez que fui a la playa fue hace cuatro años y la verdad es que me encanta poder relajarme, tomar el sol, nadar y escuchar el sonido de las olas rompiendo una y otra vez.