Detrás de un sueño 9. Ínguesu
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9. Ínguesu

Me estoy quedando dormida. Entre la desmañanada, el cansancio que vengo arrastrando desde el fin de semana pasado, el zumbido constante de la carretera y la música clásica que venimos escuchando, se me están cerrando los ojos.

Lo más bizarro de todo esto es la música, porque no puedo creer que Joseán haya decidido poner a Tchaikovsky en carretera. Amo la música del ballet de El lago de los cisnes y es algo que, por supuesto, no le he platicado.

Vaya que es extraño.

Venimos en la camioneta de su mamá. Joseán viene manejando; yo estoy adelante con él, recargada de lado contra el respaldo que incliné para poder dormir. Denisse viene literalmente babeando y roncando en la parte trasera, lugar que casualmente escogió porque, según ella, está mucho más cómoda.

Claro que sé que lo hizo para que yo estuviera aquí, al lado de su hermano.

Que, por cierto, se ve mejor que nunca.

Trae una gorra negra con el logo de la serie de zombis que le encanta. El cabello, que ya trae algo crecido, se le sale por los lados y por la parte de atrás le cae debajo de la nuca, donde se le alcanza a rizar. Se ve mucho más joven de lo que realmente es. Trae puestos unos lentes de sol de aviador que se le ven súper bien y hacen que su nariz se vea aún más recta, más perfecta.

Verlo manejar no ayuda. La forma en que estira los brazos al tomar el volante, cómo se le marca cada músculo a través de la camiseta blanca, la pose ligeramente ladeada.

Una pierna doblada y recargada contra la puerta.

La otra más estirada.

Los pantalones cargo color caqui enmarcando sus piernas de una forma que debería ser ilegal.

Y luego…

La ingle.

¡Ay, wey!

¿Pues en qué viene pensando este hombre?

Claramente no creo que sea la música. Tampoco considero muy excitante la tarea de manejar en carretera rumbo a la playa.

Mejor cierro los ojos y finjo que mi corazón no acaba de intentar salirse por la ventana, y no quiero empezar a hiperventilar por lo que acabo de presenciar.

La verdad es que, hasta el día de hoy, he intentado mantener la distancia. Me he comportado bastante decente y evito a toda costa verlo con cara de ‘por favor arruíname la vida’, aun cuando hemos salido, bailado, comido y pasado tiempo juntos en los últimos días.

Precisamente por eso estoy tan cansada.

Al parecer, Joseán se dio a la tarea de convertirse en mi guía turístico personal y decidió que cada fin de semana, y cada vez que mi apretada agenda lo permita, me va a llevar a conocer un lugar distinto.

Esto, según sus reglas, incluye comer en un restaurante, puesto o changarro diferente cada vez y conocer las zonas y lugares más importantes de la Ciudad.

El fin pasado acabamos en la Condesa y, como la zona es tan diversa, comimos en un lugar de tacos súper trendy que recomiendan en Insta, caminamos, entramos a diferentes tiendas y terminamos en varios bares probando bebidas rarísimas.

Cerramos la noche en un antro cubano cerca de la Roma, nos dieron las tres de la mañana y rematamos cenando tacos al pastor en un lugar de Avenida Revolución que me pareció horrible. Lo peor de todo es que los tacos me supieron a gloria, aunque era el típico lugar para borrachos desvelados.

Por cierto, no fuimos solos. Denisse y Mario nos acompañaron, y al final Javi nos alcanzó en el bar cubano. Joseán se portó súper lindo conmigo, atento todo el tiempo, y no se me despegó ni un instante.

Me dio muchísima ternura verlo tan emocionado explicándome las peculiaridades del lugar y recomendándome restaurantes. Lo escuché hablar de calles, restaurantes y esquinas con la misma emoción con la que habla de películas. Si seguimos así, voy a terminar con veinte kilos de más.

En la escuela tuve que entregar dos tareas por demás tediosas para Lectura y Redacción y estudiar para un examen que presenté ayer, así que dormí entre tres y cuatro horas diarias.

Lo bueno es que Denisse y Joseán andaban igual de ocupados y no se pararon en casa de Rosa el resto de la semana. Excepto ayer, claro, cuando Denisse llegó por mí muy puntual para llevarme a su spa favorito, aprovechando que no fui a trabajar.

A mi pobre amiga casi le da el soponcio en la escuela cuando me preguntó si ya me había ido a depilar para Acapulco y le contesté que había comprado rastrillos. Aparentemente, usar rastrillo es un sacrilegio.

Me dijo que, en cuanto pudiera, tenía que hacerme un tratamiento de depilación láser. No le dije que hace dos años quise hacerme uno, pero lo dejé por la paz por razones económicas.

Por supuesto, le di el gusto de sentirse útil y accedí a acompañarla al spa para depilarme con cera. Y vaya tortura. La muy escurridiza pidió que me hicieran depilación brasileña en el área del bikini y casi me da un ataque cardíaco cuando entendí, demasiado tarde, qué ‘área del bikini’ significaba mucho más territorio del que yo había autorizado mentalmente.

Grité despavorida del dolor, pero, siendo honesta, estoy más que feliz con el resultado. Pienso seguir haciéndolo hasta que tenga lana para pagar algo permanente.

Abro los ojos de nuevo y me percato que Joseán me está viendo de reojo, según él, muy concentrado en manejar, pero no lo puede ocultar. Mucho menos porque el muy descarado trae esa expresión en la cara, una de quien ya sabe mucho.

Inmediatamente siento cómo el color se me sube a la cara. Estoy segura de que ya estoy roja cual tomate. Lo único que puedo hacer es sonreír y fingir que me acabo de despertar, en lugar de aceptar que me lo estaba comiendo con los ojos.

—¿Ya terminaste de hacerte la dormida? —pregunta, sonriendo.

—No me estoy haciendo la dormida, me acabo de despertar —contesto, un poco indignada, fingiendo un bostezo mientras me estiro para acomodarme.

Enderezo el respaldo y me percato que el vestido de algodón con rayas color lila que traigo puesto se me subió peligrosamente por los muslos. Ahora entiendo. Seguramente estaba enseñando más piel de lo debido y aquel, feliz de la vida, venía apreciando el espectáculo.

Me acomodo el vestido tratando de ocultar la pena que me embarga, mientras él sigue con su risita juguetona.

—Como sea, estaría chingón que no te durmieras de nuevo, porque se supone que mi copiloto debe estar alerta. ¿Qué tal que me da sueño a mí también? —comenta.

Sí, claro. En alerta estaba, pero para otra cosa.

—Está bien, pero si quieres mantenerme despierta, en la próxima caseta nos tenemos que parar. Necesito una buena dosis de cafeína y además quiero ir al baño —le digo, sonriendo.

—Okey. Como en quince minutos llegamos a la caseta. Paramos un rato y despertamos a Nisi, porque conociéndola al rato va a querer parar al baño también, ¿va? —sugiere, mientras ve a Denisse por el retrovisor.

—Sale… Oye, por cierto, me da mucha curiosidad. ¿Cómo por qué venimos escuchando esta música?

—¿No te gusta?

— Todo lo contrario. Me encanta la música de El lago de los cisnes. No soy muy conocedora de música clásica, pero de chiquita tomé clases de ballet y siempre me encantaba que nos pusieran piezas de Tchaikovsky. De hecho, siempre he querido ver el ballet completo en vivo.

—¿Ah, sí? —contesta, pensativo—. Cuando manejo en carretera, o cuando hago algo que requiere concentrarme, la música instrumental me ayuda. No necesariamente tiene que ser clásica. También escucho soundtracks, post-rock, rock sinfónico o cosas así. Cualquier otra cosa me distrae de más. Si nunca has ido a ver el Lago de los Cisnes podemos ir en febrero, creo que por esas fechas hay temporada en Chapultepec.

Me encanta la idea. Respiro profundo y no digo nada. No dice ‘podrías ir’. Dice ‘podemos ir’. Y esa diferencia, ridícula o no, me calienta el pecho. Solo sonrío y recargo la cabeza en el respaldo.

Al fijarme en la pantalla de la camioneta, veo que la música viene de una playlist descargada en su celular. El título me da risa: “Carretera / no morir”. Hay de todo: Tchaikovsky, Hans Zimmer, Gustavo Santaolalla, Sigur Rós, algo de rock sinfónico y varias canciones instrumentales que no reconozco.

La selección de Joseán solo confirma que su cabeza es mucho más interesante de lo que él deja ver.

Entonces noto, en la consola central, una funda negra que no había visto antes.

Es rígida, pequeña, como de cámara, y tiene una correa enrollada a un lado. La curiosidad me gana.

—¿Qué es esto? —pregunto, tomándola con cuidado.

—Una cámara —contesta.

—Eso me imaginé, genio. ¿Pero de fotos o de video?

—De las dos, pero la uso más para video.

La saco de la funda y me sorprende lo compacta que es. No es como las cámaras enormes que uno se imagina cuando piensa en películas, pero tampoco parece una cámara cualquiera.

Tiene lente intercambiable, una pantallita abatible y varios botones que no entiendo.

—Órale. Está súper bonita. Aunque, siendo honesta, no tengo idea de qué estoy viendo.

Joseán sonríe, y esa sonrisa es distinta.

Más limpia.

Más emocionada.

—Es una mirrorless. Graba en 4K, tiene buen rango dinámico y le puedes cambiar el lente dependiendo de lo que quieras lograr. No es una cámara de cine, obvio, pero para practicar, hacer cortos o grabar cosas en la calle está muy chingona. Además, es mucho más discreta. La puedes traer en una mochila sin que parezca que vas a montar una producción completa.

Me pierdo en la mitad de los términos, pero no en su cara.

Le sonrío abiertamente.

Es impresionante cómo se le ilumina la cara cuando habla de esto. Es evidente que el tema le apasiona, y no deja de darme tristeza que no esté haciendo lo que realmente desea en la vida.

—¿Y la trajiste a Acapulco para grabar? —pregunto.

—Chance. No sé. A veces cargo la cámara solo por si se me ocurre algo.

—Eso suena muy de director frustrado.

—Gracias por el diagnóstico.

—De nada. No cobro la primera consulta.

Sonríe, pero no contesta. Y como veo esa pequeña puerta abierta, decido aprovecharla.

—Por cierto… leí un guion tuyo —digo, midiendo su reacción—. Sé que quizá no debí abrirlo, pero me lo encontré en tu iPad y la curiosidad me ganó. La verdad me pareció increíble. Neta, me encantó.

Joseán se tensa un poco ante mi comentario.

Veo que aprieta las manos sobre el volante.