Detrás de un sueño 8. No quiero perderte #2
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8. No quiero perderte #2

Coraje por ser tan débil y dejar que algo así me afecte tanto. Debería tomar las cosas de quien vienen, pero me da rabia dudar. Me da rabia que una parte mínima, ridícula y asustada de mí se pregunte si Zaira sabe algo que yo no.

No debería hacerlo, porque durante este tiempo Joseán me ha mostrado una parte de él que sé que no muestra a otros. Y sería devastador pensar que todo es una farsa para que finalmente caiga, para usarme y seguir tan tranquilo como siempre.

—Cinco minutos, nada más —alcanzo a escuchar lo que dice Pablo a lo lejos.

Levanto la cabeza y veo a Joseán entrar al área trasera.

Su figura alta casi obstruye la luz que entra desde el pasillo. Por primera vez no parece seguro de sí mismo. Antes de que pueda preguntarme cómo demonios lo dejaron pasar, lo tengo frente a mí.

Supongo que Pablo le dio permiso o lo amenazó con partirle la cara si se tardaba más de cinco minutos.

Si llega el gerente de zona y encuentra a un cliente aquí atrás, nos corre a todos.

Al verme, su expresión cambia por completo. Se hinca frente a mí y me toma de las mejillas, levantándome la cara con cuidado para mirarme a los ojos.

Siento una oleada de alivio al verlo ahí, aunque también me da pena que me vea llorar por algo tan estúpido.

En serio parezco niña de primaria que no puede con un poco de presión.

Joseán me limpia las lágrimas con los pulgares. Noto que el color miel que usualmente adorna sus ojos en ese momento se ve más oscuro, casi negro.

—¿Qué te dijo? —pregunta entre dientes—. ¿Te lastimó? Nat, dime qué te dijo.

Su cara revela una mezcla de preocupación y enojo que me desarma.

—Nada. No le des importancia —contesto, bajando la mirada.

Prefiero no decirle.

Hacerlo revelaría mucho de lo que siento por él, y no quiero mostrarme así de vulnerable.

Somos amigos.

No debería importarme con quién se acuesta, mucho menos debería importarme que Zaira crea tener algún derecho sobre él.

—No me digas que nada, por favor. La conozco perfecto. Te dijo algo sobre mí, ¿verdad?

Me lo pregunta casi suplicante.

Y claro. Eso de que la conoce perfecto me prende otra vez las pésimas ideas. Porque puedo imaginarme con demasiada facilidad todas las formas en que la conoce.

Me da más coraje.

No entiendo cómo puede aguantarla.

Mucho menos entiendo cómo puede… Agh. Tengo que sacar eso de mi mente.

Me limito a asentir sin dejar de mirarlo a los ojos. Espero que con eso se quede tranquilo, porque en serio no pienso decirle más.

Sin soltar mi cara, se acerca un poco más. Tengo que mover las manos y ponerlas sobre sus brazos, justo arriba de los codos. Se me escapa un pequeño jadeo, mínimo, traicionero, porque entre tenerlo tan cerca y sentir la firmeza de sus músculos bajo mis dedos, tengo que contener las ganas de doblarlos un poco y rasparlo suavemente con las uñas.

Me besa la frente, igual que el día en que se despidió de mí en la terminal de autobuses, pero esta vez no se aparta de inmediato.

Se queda ahí un segundo más y luego apoya la barbilla sobre mi cabeza, abrazándome.

—Lo que te haya dicho, no le creas —murmura—. Es en serio, ni siquiera le hagas caso. Sé que no es una persona fácil y entre ella y yo… hay historia. Es un desmadre medio intenso y supongo que algún día voy a tener que contártelo, pero nada de eso le da derecho a lastimarte. Sé que no me conoces bien, pero en poco tiempo sabes más de mí que casi cualquiera. Y todo lo que te he dicho es verdad. Lo que hay de mi parte es sincero y no quiero perderlo. No quiero perderte.

Se separa un poco para ver mi expresión.

Mis labios están semiabiertos. Intento procesar sus palabras mientras noto que su ojos se dirigen un instante hasta mi boca.

La angustia en su rostro está haciendo que pierda toda la cordura, porque me doy cuenta que lo único que quiero es tomarlo del cabello, jalarlo hacia mí y estrellar sus labios contra los míos.

Besarlo hasta quedarme sin aliento.

Pero ese pequeñísimo hilo que sostiene mi cordura, ese que está a punto de romperse, me detiene.

Así que solo lo abrazo.

Por la forma en la que estamos acomodados, mi boca queda cerca de su oído derecho. Igual que él lo ha hecho algunas veces, decido hablarle en voz baja. Inmediatamente siento cómo se estremece en mis brazos.

—No te agobies. Ya pasó, ¿sí? —le digo suavemente—. No voy a hacerle caso.

Joseán asiente. Su respiración empieza a calmarse y eso me da la pauta para poner un poco de distancia y regresar a la realidad.

Cuando pasan este tipo de cosas y las circunstancias provocan que estemos tan cerca, se me olvida todo. Quiero que el tiempo se detenga y que este hombre tan bello y enigmático que tengo frente a mí decida por fin decirme qué pasa por su mente. Qué siente realmente cuando está conmigo.

—Tengo que regresar a trabajar —comento, riendo ligeramente.

—Sí, ya sé. Estoy seguro de que Pablo está a punto de entrar a sacarme de aquí y la neta el wey me intimida un poco, así que no creo que sea buena idea hacerlo enojar —dice, sonriendo mientras se pone de pie.

Joseán toma mis manos y me ayuda a levantarme. Inmediatamente acomodo mi mandil y me sacudo la ropa, tratando de recuperar algo de dignidad.

Me río suavemente ante su comentario.

El hecho de que Joseán confiese que Pablo lo intimida es bastante cómico. Aunque, siendo justos, Pablo sí tiene algo de animal salvaje. Muy fuerte, muy intenso, muy de “te rompo la madre si haces llorar a mi amiga”, aunque en el fondo sea completamente inofensivo.

Cuando salimos del área trasera, Pablo y Javi abren los ojos como platos al verme.

Joseán se despidió de mí con un beso en la mejilla, no sin antes darles las gracias a mis compañeros. Sé que tiene que irse a trabajar con su papá, y lo mejor es que lo veré de nuevo en la noche, ya con más calma y sin dramas.

Tengo que entrar al baño porque estoy segura de que mi cara es un verdadero desastre y necesito verme presentable para seguir trabajando. Al mirarme en el espejo casi me da un ataque. Tengo la nariz de Rodolfo el Reno, el rímel corrido y los ojos hinchados.

¡Ay, Dios! Qué vergüenza, me cae.

Me arreglo lo mejor que puedo y salgo para continuar con mi tarde de trabajo. Me urge llegar a la casa y descansar porque mi mente no se está en paz. Encima de todo el trabajo que tengo aquí y en la escuela, siento que voy a explotar. Apenas voy a cumplir dos meses aquí y ya estoy hecha un manojo de nervios, con las emociones a la máxima potencia.

Estoy considerando seriamente hacerle caso a mi mamá. ¿Qué necesidad tengo de involucrarme emocionalmente con alguien a estas alturas de mi vida?

Mejor me enfoco en pasarla bien, en estudiar y, si después se da algo con quien sea, pues bienvenido será. En estos momentos lo mejor que puedo hacer es tener amigos, salir, conocer, viajar y empezar a construir el camino para el éxito profesional y personal.

Sí. Definitivamente le diré adiós al drama para enfocarme en lo importante.

Me lo digo con una convicción admirable.

Falsa, pero admirable.

El resto de la tarde se pasa de volada.

Hemos estado muy ocupados y Javi y Pablo no han hecho comentarios sobre lo sucedido hace unas horas. Son unos metiches profesionales, así que se me hace rarísimo que no me hayan preguntado nada.

Ya es hora de cambiar turno y llegaron los relevos, por lo que estoy recogiendo mi mochila y mi bolsa del área trasera. Claro que por algo se me hacía raro el comportamiento del par, porque ambos me están acorralando junto a los estantes, seguramente para chismear.

—Ahora sí, amix. Ya no podemos más. Te tenemos que contar —dice Javi, sentándose en uno de los bancos de repuesto que guardamos ahí.

Se ve de lo más chistoso, con las manos juntas sobre la pierna, ansioso por soltar el chisme.

Pablo se acerca, me toma de la mano y me sienta en otro banquito junto a Javi. Él se queda parado frente a nosotros.

—No tienes idea de lo que te perdiste. En serio. Después de haber visto eso, no me cabe la menor duda de que el angelito muere por ti. No sé qué le dijo a la rubia, pero tenía una cara de encabronado que hasta se me erizó la piel. Digo, encabronado o no, de todas formas, se veía buenísimo —comenta, haciendo toda clase de ademanes con las manos.

Qué risa me dan estos dos. Más porque, si Joseán supiera las cosas que dicen de él, estoy segura de que ni siquiera se pararía por aquí.

Me pregunto qué le habrá dicho a Zaira. Ojalá la haya puesto en su lugar.

—El caso es que la tipa lo empujó, le mentó la madre y salió hecha una furia. Todo un espectáculo —agrega Javi.

—Ay, sí. Y luego el bombón se quiso brincar el mostrador, pero lo paré antes de que se metiera al área trasera. Lo tenía tan cerquita y, al ver su carita tan linda y lo agobiado que estaba, le di cinco minutos para entrar a hablar contigo —finaliza Pablo, como si acabara de narrar una telenovela completa.

—¿Ya terminaron? —pregunto.

Pablo se queda pensativo y sé que, por supuesto, no ha terminado con el chisme.

—Pues sí y no. Mejor cuéntanos qué te dijo la vieja esa, porque Javi ni alcanzó a escuchar.

—Pues me dijo que Joseán nada más me quería usar y que, después de aburrirse, iba a regresar a su cama porque dizque sabe lo que tiene —respondo.

—¡Ay, esa hija de la chingada! La próxima vez que la vea me cae que la desgreño, porque lo que tiene seguro son liendres —exclama Javi, indignadísimo.

Me carcajeo con el comentario. De verdad, Javi es muy ocurrente. Me siento halagada y querida por estas dos personas que, en tan poco tiempo, ya aprecio muchísimo. Son sinceros y sé que me estiman y quieren lo mejor para mí.

—Qué zorra, en serio… ¿Y el angelito qué te dijo? —pregunta Pablo.

—Pues… no le repetí el comentario, pero supongo que se lo imaginó. Me dijo que tienen cierta historia y que no le hiciera caso.

Mi respuesta es parca porque no quiero revivir el coraje que me dio, ni los lugares a los que se va mi mente cuando repito la palabra “historia”.

¿Cuánto tiempo llevan así? No es su novia, pero es algo más. ¿La quiere? Aparentemente, ella cree que tiene derechos sobre él. Se siente amenazada por mí. Pero ¿por qué?