Detrás de un sueño 8. No quiero perderte
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8. No quiero perderte

Aproveché el puente del 16 de septiembre para volver cuatro días a Aguascalientes. Era la primera vez que regresaba desde que me mudé y, aunque solo había pasado poco más de un mes, entrar a mi casa se sintió raro. Familiar, sí, pero raro.

Los días se me fueron volando.

No me había dado cuenta de cuánto los extrañaba hasta que entré a mi cuarto y todo seguía exactamente igual. Vi a Karla, por supuesto, y tuve que contarle mi vida con lujo de detalle entre cafés, drama y sus gritos cada vez que mencionaba a Joseán.

Fue todo un interrogatorio. Karla, siempre tan perspicaz, me escuchó con esa cara de “ajá, sí, claro” que conozco demasiado bien.

—A ver, repíteme la parte donde dices que es un patán, pero también te presta libros, te mira como si fueras el centro del universo y tú finges que no te importa —dice, metiéndole crema a su café con una seriedad ridícula.

—No estoy fingiendo.

—Natalia.

—Okey, tal vez un poco.

Karla sonríe como si acabara de ganar un juicio. A veces odio que me conozca tan bien.

Volver me hizo bien. Me recordó que, aunque en la Ciudad de México todo se siente enorme, aún tengo un lugar donde puedo respirar.

No me cabe la menor duda de que Dios me bendijo con los mejores papás del mundo, aunque mi mamá a veces use ese privilegio para sermonearme con una precisión quirúrgica.

Mi mamá se desvivió preparándome mis platillos favoritos: enchiladas, milanesas, sopa de fideo y todo lo que aparentemente una hija desnutrida necesita para sobrevivir en la capital. Comí tanto que en mi futuro cercano veo inminente una dieta, sobre todo si quiero estrenar el bikini tan lindo —y tan pequeño— que me acabo de comprar para ir a Acapulco en octubre.

No sé qué estaba pensando cuando lo compré, pero en cuanto lo vi, supe que tenía que ser mío. Es la primera vez que compro algo tan revelador para ir a la playa, pero ahora sí que la ocasión lo amerita. Además, como dice Javi: “el que no enseña no vende”.

Así que, con ese lema profundamente cuestionable y cero aprobado por mi madre, tengo planeado dejar con la boca abierta a cierta personita.

Ayer Denisse me avisó que en octubre quieren celebrar el cumpleaños de Joseán en Acapulco. Aparentemente tienen una casa o departamento allá y quiere que vaya.

Según ella, es “plan tranquilo”, lo cual, viniendo de Denisse, puede significar desde una cena normal hasta un operativo internacional con alcohol, alberca y gente que yo no conozco.

Joseán aún no me ha dicho nada al respecto, pero supongo que, implícitamente, estoy invitada. Lo cual, para ser honesta, me tiene emocionada y preocupada en proporciones similares.

A mi mamá no se le va una.

Más de una vez me ve intercambiando mensajes en el celular y no sé si es mi cara de zonza cada vez que recibo uno de Joseán, pero termina dándome un sermón más largo que el de la misa del domingo. Me pide que me cuide, me recuerda que estoy muy joven y que debo enfocarme en estudiar.

Lo de siempre, pero dicho con esa cara de mamá que una no puede desobedecer sin sentirse pésima persona.

La entiendo, claro que sí. Y sé que en parte tiene razón. Pero también sé que tengo que vivir la vida al máximo porque en el futuro no habrá manera de regresar el tiempo.

No me interesa vivir con remordimientos.

Quiero creer que tarde o temprano, aunque por alguna extraña razón Joseán insista en verme solo como amiga, voy a ser algo más. No una de sus tantas ‘amigas’.

No una novedad.

Algo distinto.

Alguien que le importe de verdad.

Y sí, quizá suena ridículo, pero desde que leí su guion no puedo dejar de imaginarlo volviendo a soñar, atreviéndose a hacer algo suyo, algo que no tenga nada que ver con su papá ni con el caos de su casa.

El guion que leí me dejó sorprendida.

Sí, sé que tal vez no debí abrirlo.

Pero una vez que vi su nombre en la portada, la curiosidad me ganó con una facilidad vergonzosa.

Aún no he pensado en el momento adecuado para decirle lo genial que me pareció. La historia es corta, pero está llena de sueños, amor y locura.

Retrata un mundo extraño y surrealista, y no pudo escoger mejor escenario para desarrollarla: Xilitla, en San Luis Potosí. No sé nada de cine, pero sí sé cuando algo me mueve.

Y eso me movió.

Siempre he querido conocer el jardín surrealista creado por Edward James. Ese lugar me parece mágico y sé que muchas personas ni siquiera tienen idea de que algo así existe en nuestro país.

Joseán tiene talento.

Eso es indudable.

Y no dejo de preguntarme hasta dónde podría llegar si se atreviera a ponerse detrás de una cámara.

—Amix, a ver si ya despiertas, que ya van dos cafés que te salen horribles —interrumpe Javi mis pensamientos, dándole un tirón suave a mi coleta.

Tiene razón.

Hoy de plano no doy una.

Este par decidió que mejor me dedicara un rato a limpiar mesas, pisos y hasta me amenazaron con mandarme a limpiar el baño.

—Ya sé, Javi, pero es que mi mente anda divagando el día de hoy. Prometo concentrarme, ¿va? Sabes que te quiero… ¿verdad? —le contesto con mi mejor carita de ‘yo no fui’, dándole un ligero pellizco en el cachete.

Me mira con cautela y luego sonrie.

—Niña, deja de maltratar a Javier y vente corriendo a la caja, que viene una bola de gente para acá —dijo Pablo, señalando la puerta con la cabeza.

En efecto, un grupo de estudiantes de la Universidad se dirige al café, incluyendo, para mi desgracia, a la insoportable de Zaira, que viene con Joseán y Charlie.

—Pablo, por favor, no le vayas a decir nada a la rubia intensa. No estoy de humor para dramas el día de hoy y, de por sí, esa morra ya me odia —supliqué.

—Está bien, pero si se pone de diva o me insulta, no respondo —contestó, tajante.

Me lavo las manos de volada e inmediatamente tomo mi lugar en una de las cajas justo cuando la gente empieza a entrar al local.

Por lo menos veo que Zaira no viene colgada de Joseán, pero no deja de enfurecerme verlo con ella.

Es absurdo, lo sé.

Mi estómago no pidió mi opinión.

No estoy ciega.

No soy tonta.

Sé perfecto el tipo de relación que parece tener con Zaira y sé que no es la única. Entiendo que sería absurdo pensar que, a sus casi veinticuatro años, Joseán no tiene experiencia. Pero imaginar esa experiencia —con ella, con otras, sin amor de por medio— me duele más de lo que quisiera admitir.

Tal vez soy puritana, anticuada o simplemente inexperta, pero no creo que yo pudiera acostarme con alguien así nada más.

Por lo menos no ahora.

Por lo menos no para mi primera vez.

Yo quiero que sea especial.

Que sea por amor.

Atiendo a cuatro personas en la fila hasta que llega el turno de Joseán. Obvio, se forma en mi caja.

Ordena lo de siempre, sonriendo de esa forma que me desarma, y acerca el celular a la terminal para pagar.

—Qué onda —me saluda.

—Hola.

La pantalla marca aprobado casi de inmediato, pero él sigue ahí, sonriéndome como si aún tuviera algo más que decir.

—¿Te veo al rato en casa de mi abuela? —pregunta.

—Voy a llegar un poco tarde, pero si aún estás ahí, nos vemos. Claro.

—No importa. Te espero y cenamos. Por cierto, ya arreglaste todo para ir el próximo fin, ¿verdad?

Okey. Creo que esa fue mi invitación.

—Sí. Ya me cubrieron aquí en el trabajo, pero no voy a poder pedir permisos por un buen rato —aclaro.

Me percato que el muchacho que sigue en la fila ya está haciendo caras, así que regreso a la realidad y me obligo a dejar de verlo para poder atenderlo.

—Sale. Qué bueno que vas, porque sin ti sería solo un cumpleaños más. Gracias.

Da media vuelta para dirigirse al área de espera y lo veo agachar la cabeza, intentando ocultar cómo sonríe.

Me quedo con la mano suspendida sobre la caja registradora, como si se me hubiera olvidado para qué sirve.

Termino de atender a la siguiente persona y, para mi mala suerte, Zaira, que estaba a punto de pasar a la caja de Pablo, se cambia de fila para plantarse frente a mí y pedir su ridícula orden.

La atiendo con amabilidad y, maliciosamente, le pregunto su nombre para anotarlo en el vaso. No quiero darle importancia, así que prefiero fingir que ni siquiera recuerdo cómo se llama.

Acerca el celular a la terminal para pagar, sin dejar de observarme con odio.

Cuando la pantalla marca aprobado, se inclina hacia la caja registradora.

—Se va a cansar de ti, ¿sabes? —me dice en voz baja.

Preferiría contestarle, pero decido fingir demencia.

—No sé de qué me hablas.

—No te hagas pendeja, Natalia. Eres la novedad, eso es todo. Así es con las amiguitas tontas de su hermana. Les hace creer que son especiales, que lo entienden, que con ellas es distinto. Y cuando se aburre, siempre regresa a mi cama. —arremete, con una sonrisa venenosa.

Al escucharla, por mi cerebro empiezan a pasar diferentes escenarios.

Le grito que es una zorra.

Le embarro en la cara el pastel de chocolate que me está haciendo ojitos desde el mostrador.

Le jalo el larguísimo cabello rubio.

La mejor imagen de todas: darle una bofetada tan fuerte que mi linda mano se quede marcada en su horrible mejilla.

Pero como soy una persona educada. Yo sí tengo modales y, mejor decido no convertirme en partidaria de la violencia. Así que, con mi sonrisa más sarcástica, me limito a terminar de atenderla antes de soltarme a llorar frente a todos del coraje.

—En un momento te entregan tu bebida. Espero que la disfrutes —contesto, con un tono tan dulce que hasta a mí me da miedo.

Me hierve tanto la sangre que solo volteo a ver a Pablo con ojos de súplica. Él entiende de inmediato. Asiente apenas y se mueve para cubrir mi caja.

Yo doy media vuelta y me voy directo al área trasera del local.

No es exactamente una bodega, más bien un pasillo estrecho entre los estantes de insumos, el refrigerador industrial y la puerta de servicio. Huele a cartón húmedo, jarabe de vainilla y café molido, pero dadas las circunstancias me parece el único lugar del mundo donde puedo respirar sin que nadie me vea.

Me recargo contra uno de los estantes de acero inoxidable hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas dobladas contra el pecho.

No puedo contener las lágrimas.

No es tristeza.

Es coraje.