Detrás de un sueño 7. La verdad #3
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7. La verdad #3

—De hecho, no. No quiero hacer eso. Nunca lo he querido. El ambiente donde se mueve mi papá es horrible. La neta, estudiar Administración —o por lo menos terminar la carrera— fue más bien un requisito. Jamás fue lo que quería para mi vida. Cuando acabé la prepa soñaba con muchas cosas, con algo muy diferente. Pero, para ser honesto, no aguanté la presión de mi papá. Creo que todavía estaba muy inmaduro, por no decir pendejo. Y luego, con todo el pedo que se vino por la enfermedad de mi mamá, pues… decidí quedarme. Al final, terminé siendo el que está al pendiente de ella porque mi jefe ni la pela. Se la pasa en la calle y obviamente sé que nunca le ha sido fiel. Así que… heme aquí, tratando de aminorar el caos.

Encogió los hombros y bajó la mirada hacia su plato para comerse el último bocado.

Al escucharlo, me di cuenta de que en realidad no me había explicado gran cosa, y aun así se me encogió un poco el corazón al imaginar lo que significaba vivir con semejante carga.

Joseán había puesto su vida en pausa para no alejarse de su mamá, Y su papá, por lo que entendía, no solo no ayudaba: pesaba.

Si de por sí su papá me había caído mal, después de escuchar eso mi opinión no iba a mejorar.

Su respuesta me hizo pensar que tal vez no quería decirme mucho, pero no pude evitarlo.

Necesitaba saber más.

—¿Entonces por eso te vas a quedar sin hacer lo que realmente te gusta? —pregunto—. Sé que no es de mi incumbencia, pero eso fue lo que entendí. ¿Con qué soñabas?

Mientras hablaba, levanté la mano para hacerle a un lado el cabello. Él seguía mirando su plato y, como tenía la cabeza agachada, el pelo no me dejaba ver su expresión.

Fue un gesto por demás íntimo, creo, porque nunca lo había tocado deliberadamente.

Justo cuando lo hice, lo vi tomar aire y cerrar los ojos.

Luego me tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los míos.

No me soltó.

—La neta no me gusta hablar del tema porque sé que me faltaron huevos para hacerle frente. Siempre quise estudiar cine fuera de México. Nueva York o Los Ángeles. Preguntas con qué soñaba, y eso era: ser director. Y, por qué no, guionista. Pero me convencí de que era una locura. Las oportunidades son escasas y mi papá se encargó de recordármelo cada vez que pudo.

Me dio un ligero apretón en la mano y luego me soltó. Inmediatamente extrañé su calor.

Lo observé sacar dinero de la cartera y colocarlo sobre la mesa, suficiente para pagar la cuenta de ambos y dejar propina.

El tema estaba cerrado.

Me dijo que ya era tarde, así que salimos del lugar y me llevó a casa de su abuela. No me dio oportunidad de decirle que me dolía verlo hablar de sus sueños como si fueran una tontería de juventud.

Que no sonaban ridículos.

Que no era tarde.

Que nadie debería vivir únicamente para aminorar el caos de otros.

Pero me tragué las palabras porque sabía que no me escucharía.

Esa noche soñé nuevamente con escenarios y aplausos, pero quien estaba de pie frente a todos era él.

***

Joseán llegó por mí súper puntual y, me dejó en la terminal de autobuses justo a tiempo para abordar. En el camino no platicamos mucho. Lo noté serio, como si tuviera demasiadas cosas en la mente.

Al llegar, le pedí que me dejara en la entrada principal, pero insistió en estacionar el coche y acompañarme hasta la puerta del andén.

No puedo negar que me encanta lo caballeroso que puede llegar a ser. Y sí, sé que hoy esos gestos pueden leerse de mil maneras. Lo entiendo. Pero en él no se siente como si creyera que no puedo sola. Se siente como si quisiera acompañarme.

Cuidarme, quizá.

Y eso, aunque me dé pena admitirlo, me encanta.

Me sentí extraña al despedirnos. La idea de no verlo durante cuatro días me desagradó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Joseán me abrazó y, sin soltarme del todo, dijo:

—Te voy a extrañar, princesa.

Le sonreí.

—Yo igual—alcanzo a decir.

No dejó de verme a los ojos. Después tomó mi cara entre sus manos, apoyando los dedos sobre mis mejillas, y me acercó a él para darme un beso lento y suave en la frente.

No fue un beso cualquiera.

Fue tierno, sí, pero también tuvo algo más.

Algo que no supe nombrar y que, precisamente por eso, me dejó sin aire.

Sonrió, dio media vuelta y se fue.

Me quedé parada como idiota, esperando a que volteara.

No lo hizo.

En serio tengo problemas.

Algo muy raro en mí, pero no tengo sueño. Usualmente me quedo bien dormida en los camiones o en el avión, pero llevo casi una hora de camino y, por más que lo intento, esta vez no logro conciliar el sueño.

Definitivamente, lo mejor que puedo hacer es leer.

Tomo el iPad para buscar algo nuevo. Joseán me la entregó precargada con un buen de libros que él compró, así que tengo material para rato. Navego entre las aplicaciones y aprovecho para poner música. Desde que me la prestó no he querido sincronizarla con las canciones que tengo en mi compu porque me encanta escuchar lo que él tiene guardado aquí.

Escuchar su música se siente un poco como revisar su librero: otra prueba de que no es tan fácil encasillarlo. Su selección es bastante ecléctica y, sorprendentemente, de muy buen gusto. Tiene rock viejito, cosas de los dosmiles, electrónica tranquila, bandas alternativas y artistas nuevos que no suenan diseñados para volverse virales.

Siempre he pensado que una playlist puede delatar más que una conversación.

Veo varios títulos y no sé cuál escoger. La verdad es que estoy buscando una portada que me cautive; no importa tanto de qué se trate el libro.

Entonces me llama la atención un ícono sin portada, completamente negro.

Está ahí, discreto, sin portada, como si no quisiera ser encontrado.

La curiosidad me gana.

Lo abro.

Y me llevo una sorpresa al leer el título:

Un Sueño Surrealista

Guion: JACG